4 músicos nos cuentan cómo fue diseñar su propio vino

Juanchi Baleirón, Gillespi, Fernando Ruiz Díaz y Pedro Aznar trabajaron con Marcelo Pelleriti para producir sus propias etiquetas y acá narran la experiencia de componer con uvas.
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1 de diciembre de 2015  • 15:53

Producción Humphrey Inzillo

Un proceso creativo en común

Por Juanchi Baleirón

Hace tres años, mi amigazo Marcelo Pelleriti me dijo que me quería regalar una barrica. Me invitó a hacer el corte y me dijo que me regalaba esas botellas. Fuimos a su bodega con mi mujer un día antes de un show de Pericos en Mendoza y la pasamos genial. Para mí ya era una locura hacer un vino con él, pero no soñaba con meterme en la industria. Hasta que me propuso que lo comercializáramos. Me volví loco, como un regalo increíble que cayó del cielo. Como sentarte a mezclar un disco de los Beatles con Geoff Emerick al lado, ayudándote. Fue una epifanía.

Foto archivo Brando / Anahí Bangueses Tomsig
Foto archivo Brando / Anahí Bangueses Tomsig

Así que ahora estamos armando dos vinos. El Malbecaster, que es un vino de asado –gaucho, cumplidor, divino– y ciento por ciento malbec: modernoso, corpulento, al estilo de Marcelo, que me encanta. Frutas, concentración, hombros y espalda. Y el Gran Baleirón, que es un corte que va a ir variando año a año. El primero, que hice en 2014, tenía un 50% de cabernet franc, y otros grupos de pequeñas cofermentaciones, microvinificaciones que estaban dentro de las muestras y que me encantaron. El de 2015 es más malbecoso y más cabernetoso (sauvignon). Y también tiene esos inventos que hace Marcelo que son increíbles. Es un poco más elevado, en todo sentido, por la materia prima. De todos modos, ambos vinos se complementan bien.

Mis conocimientos sobre vino empezaron con una epifanía. Hace veinte años probé un Rutini Merlot, de (la enóloga) Mariana Di Paola. Me lo regaló mi suegro y quedé tildado. Ahí empecé a ver que había un mundo mejor. Y no solo porque era un vino más caro, sino porque el paladar de uno ya está preparado para apreciar ese tipo de vinos. Entonces empecé a hacer algunos cursos de introducción al mundo del vino con un amigo sommelier y periodista especializado. Desde ese momento, me interesé y me formé cada vez más.

El mundo de la música y el mundo del vino tienen en común un proceso creativo que surge de una inspiración, de una intuición, de un manejo de los instrumentos de cada uno, de una experiencia y de un gusto por algo. Y donde después de realizado, tanto un vino como una canción, ese producto de la inspiración se expone al gusto ajeno.

Hace más de una década que admiro a los enólogos. Y creo que la conexión entre ellos y nosotros, los músicos, es muy clara. Se da de modo espontáneo, no es una acción de marketing. Es un ida y vuelta. Los músicos que se acercan al vino es porque han tenido una conexión directa con la persona que lo hace. Por eso, es tan simple y tan genuino. Nos hacemos amigos porque hay una pasión en común. Y la unión entre los músicos y las bodegas se da de forma espontánea y pura, sin contratos, natural y transparente.

Las puertas de la percepción

Por Gillespi

La espesura en boca del vino me vuelve loco. Mi suegro, que es italiano, compra uvas de Mendoza y hace vino en su casa. Cuando lo visito, me invita a probar cómo va evolucionando el sabor semana tras semana. Generalmente, hace Bonarda. El vino puro es espeso: no es aguachento, no parece diluido. Por eso, siempre pienso en su espesura.

Foto archivo Brando / Vera Rosemberg
Foto archivo Brando / Vera Rosemberg

En los 70, cuando era chico, en mi casa se tomaba vino. Vino fino, el de esa época: si descorchábamos un Valentín Bianchi Lacrado nos parecía una nave espacial. Así que me acostumbré al sabor del vino desde chico, pero una cosa es tomar vino y otra cosa es empezar a definir cuál es tu verdadero gusto, cuál es tu paladar. Porque al elegir un vino, de alguna manera te definís como persona. Por eso, la experiencia de hacer mi propio blend con Marcelo fue alucinante.

Fue un mediodía, en su increíble bodega en el Valle de Uco. Trajo doce vinos de distintas cepas y fui probando y seleccionando los que más me gustaban. Para eso, es preciso tener un poco de cultura alcohólica, porque si no, te ponés en pedo a los dos minutos. El proceso implica ir anotando qué características tienen, cómo se sienten en tu boca. Sobre esta base, te armás una referencia de cuáles fueron los que más te gustaron. Así, vas reduciendo la cantidad de vinos. Yo terminé eligiendo un cabernet franc, un syrah y un malbec. Después evaluamos las proporciones y Marcelo armó la mezcla final con una probeta, lo dejó orear, y lo sirvió en una copa. ¡Y sí! Era espectacular. Para mí, además, fue como una sesión de análisis, porque en esa hora y media que estuvimos probando vinos yo le conté toda mi vida. Algunas cosas graciosas y otras muy profundas.

Hacer un vino me parece un gran acto de amor. Es un proceso largo, y hay que tenerle mucha paciencia. Mi vino, que probablemente se llame Miles, lo hicimos hace un año y todavía no está listo. Marcelo me aseguró que, después de la guarda de roble, con el aplacamiento y el fundido de las distintas cepas, el sabor se amalgama aún más, y mejora hasta un 30 por ciento.Yo siempre tomé vino, pero empecé a disfrutar los de alta gama cuando lo conocí a Adolfo Castelo. Él era un gran bebedor, pero lo hacía con mucha discreción. Bebía, realmente, muy poco. Dos copas por cena. Pero siempre eran de alta gama. Me hizo degustar muchos vinos blancos. Fue a fines de los 90, cuando empezaba el auge de la gastronomía. Íbamos mucho a Palermo y Las Cañitas. El vino, con Castelo, era la llave que abría anécdotas alucinantes. Desde la época que era baterista, en su paso por La noticia rebelde, cuando atendía una agencia de autos usados en Gerli, cuando laburó en publicidad, cuando laburó con Dolina e historias maravillosas con su gran amigo Joaquín Sabina. Ahí comprendí que el vino, para abrir las puertas de la percepción, es el mejor compañero.

Subir el umbral

Por Fernando Ruiz Díaz

Cuando Pablo Ventura, un hermano del camino, descorchó una botella con un vino increíble que venía esperando hace muchos años, escribí: "Puro, el paladar se regocija entero, cristalizando algo eterno en mis devociones, muchos sabores siguen sin nacer". Es el comienzo de "Cuentos decapitados" (2000), y a mí me hizo flashear en todo lo que había tenido que pasar para llegar a degustar un vino así. Fue como tomar conciencia de que el vino llega luego de un proceso de muchos años, y a mí se me hizo que era como ver los círculos del tronco de un árbol, y ver los años que habían pasado, hasta que sale el duende y lo transforma todo.

Foto archivo Rolling Stone / David Sisso
Foto archivo Rolling Stone / David Sisso

En ese sentido, el proceso creativo de un vino es como el de la música. Yo hice mi primer vino con Marcelo hace tres años y medio. Estábamos en Monteviejo, nos quedamos con los Catupecu en una especie de retiro espiritual después de dar un show en Mendoza, y armamos nuestro propio blend. Me lo acuerdo perfecto porque ese fue el día que les anuncié que iba a ser padre.

Hace poco, ya con más conocimientos, volví a Monteviejo. Y, además de un blend de aceite de oliva, hice otros tres blends diferentes, todos con Marcelo. Hacer un blend es parecido a hacer música, porque se trata de combinar elementos, como si dijeras que tenés una guitarra, un delay, un chorus… Pero lo que va a salir de cada uno de ellos es diferente.

Nos hicimos muy amigos con Marcelo, y hasta llegar a hacer los blends tuvimos muchas charlas. Creo que el concepto más importante y esencial de ese proceso fue entender qué le va a pasar con el tiempo a ese vino que estás probando hoy. Es como imaginarte cómo va a sonar un demo cuando la canción esté arreglada, grabada en el estudio y masterizada.

Para mí fue como subir el umbral, para mí él es como Piazzolla, y por eso hacer los blends fue más que sentarme y elegir un sabor. Tenés que afinar mucho el sentido. Es una cuestión que va más allá del gusto, y tiene que ver con un tacto espiritual: es llevar la amistad y la hermandad a un punto muy alto. Me hizo muy bien conocerlo. Y aprendí muchas cosas, no solo relacionadas al vino.

Una vez, mi papá me dijo: "La música vuelve una reunión en fiesta". Esa frase me quedó grabada para siempre. Y con el vino pasa lo mismo. Porque no es el vino en sí, sino lo que sucede alrededor del vino. El ritual. La transformación. Hay siete notas en el pentagrama, pero en un momento sucede la música. Como con el vino. Es un rito que tiene que ver con la creación.

Vinos que emocionan

Por Pedro Aznar

Foto archivo La Nación
Foto archivo La Nación

La aparición de Marcelo fue una revelación. Fue como encontrar un co-compositor con el que te complementás perfectamente, y con el que las ideas vuelan y fluyen todo el tiempo. Un querido amigo y un tremendo compañero en un viaje inagotable. Lo que motivó que nos asociáramos fue su gentil invitación, en agosto de 2012, a que yo hiciera mi propio corte con vinos elaborados por él. Ahí descubrimos que teníamos varias coincidencias, como el aprecio por la cepa cabernet franc. El blend que hice le gustó mucho, y los dos quedamos tan conformes que decidimos lanzarlo como edición limitada. Es el Página Uno, que obtuvo 99 puntos de James Suckling, en sus añadas 2011 y 2012. Decidimos repetir la experiencia cada año, en las mismas condiciones: el Página Uno lo corto yo, a ciegas (sin ver previamente proveniencia ni varietal de los vinos base). Y vamos a seguir manteniéndolo limitado. No más de 1.200 botellas por tirada en el marco de Abremundos, una bodega boutique de pequeña producción y muy alta gama, de vinos que emocionen.

Mi decisión de estudiar la carrera de enólogo fue a partir de mi sociedad con él, ya que, siendo él una personalidad tan grande en el mundo del vino, no alcanzaba con tocar "de oído": quise profundizar en el tema. Por recomendación suya, estudié en CAVE (Centro Argentino de Vino y Espirituosas), donde encontré un excelente equipo de profesores y una gran calidad humana. Fue una experiencia tremendamente enriquecedora, y, por supuesto, mi disfrute del vino y todo su entorno se multiplicó.

Hay muchas similitudes entre hacer un vino y componer una canción. Requiere de intuición, pasión, conocimiento técnico, atención al detalle, coraje para romper las reglas y reescribirlas. La gran diferencia es que el vino te exige más paciencia: requiere de tiempo en todas sus etapas. Y no se acaba ahí. Una vez que lo terminaste, quien lo beba quizás decida esperar otros diez o veinte años para disfrutar de la magia que hace la guarda en un vino de alta gama. Pero, sin duda, la elaboración del vino es definitivamente una actividad artística. Lo que se busca es comunicar una visión, una estética, una filosofía, un concepto. El hacedor de vino pone su alma en lo que hace, busca su expresión. Y pone todos sus conocimientos técnicos al servicio de esa búsqueda. Tal como lo hace cualquier artista.

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