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A 30 años de su muerte, Federico Moura vuelve a brillar

Alejandro Cánepa
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19 de diciembre de 2018  • 16:05

El 21 de mayo de 1988, antes de cantar el último tema con Virus en el show del Teatro Fénix de Flores, Federico Moura, que ya estaba golpeado por el HIV, le dijo al público: "Muchas gracias, y hasta dentro de un año y medio… o un poco más". "Nooo, nooo", le gritaron. Esa fue la última vez que el grupo se presentó con su cantante original. Siete meses después, el 21 de diciembre, Moura fallecía en su departamento de San Telmo, acompañado por su madre, Velia. Hoy, a diferencia de lo que sucedía en los 80, lo reivindica todo el arco artístico: desde Babasónicos hasta Soledad Pastorutti, pasando por Massacre, Attaque 77, Miss Bolivia, Leo García y David Lebón, entre otros. ¿Qué sucedió para que una figura tan resistida en su tiempo tenga cada vez más brillo?

Hay que sacarse la ropa interior

"Virus estuvo muy adelantado, algo parecido le pasó a Serú Giran y a The Police. Pero en Virus fue peor el desencuentro entre lo que proponían y lo que ocurría en ese momento", dice el escritor Eduardo Berti, autor de Rockología, un clásico para comprender el rock argentino. Y marca otro elemento novedoso en Federico Moura: "Hasta ese momento los cantantes solían ser, además, instrumentistas; y él rompe con esa tradición". Rubio de grandes ojos claros, con cierto aire a David Bowie, el frontman de Virus fisuraba con sus movimientos, su voz y su estética al grisáceo rock nacional de aquellos años finales de la dictadura militar, dictadura que había secuestrado y hecho desaparecer a su hermano Jorge, en 1977.

En 2013, Sergio Costantino estrenó un documental sobre Moura.
En 2013, Sergio Costantino estrenó un documental sobre Moura. Fuente: Archivo

En uno de los primeros shows masivos de Virus, en el Festival Prima Rock, en 1981, buena parte del público se había divertido tirándole naranjazos a Federico. "A ver si levantan esos culos y bailan un poquito", respondió él, mientras devolvía de taquito algunas de las frutas. La propuesta de la banda era considerada superficial y la imagen ambigua de su cantante era, cuanto menos, incómoda. Peinados elaborados, remeras a rayas, camisas floreadas, maquillaje, gestos sutiles en el escenario; Moura se salía del molde. Y además, reivindicaba el placer corporal y el baile dentro de su propuesta, otras dos herejías para la religión oficial del rock argentino. "Su silueta sensual y espigada y ese aire andrógino de su apariencia, así como también las cuidadas coreografías de sus bailes, eran elementos provocadores", dice Daniela Lucena, Doctora en Ciencias Sociales e investigadora de la cultura de los 80.

Hasta ese momento los cantantes solían ser, además, instrumentistas; y él rompe con esa tradición
Eduardo Berti

Varios sectores de la prensa descalificaban a la banda tildándola de fría y comercial. De hecho, la revista Humor, en 1982, publicó una nota en la que se burlaba de Federico, diciendo que era un "homo muy sensual" y que en los momentos en que no cantaba en el escenario, "se pone una manito en la cadera y hace mohines, o se acerca a su hermano Julio y lo amenaza con terribles golpes de pelvis, no al modo de Tom Jones sino más bien al de Raphael".

Cópula y ensueño

"Él era Escorpio, así que era un poco autorrefente, había algunos choques por eso. Sabía vestirse de manera cool, nunca parecía consciente de estar bien vestido. Y en su manera de hablar, que era muy auténtica, transmitía también algo cool y centrado a la vez", describe el artista plástico y poeta Eduardo Costa, que vivió más de un año junto a Federico en Brasil hacia fines de los 70. En ese entonces, el músico diseñaba y vendía de todo: desde cinturones hasta lámparas. A mediados de la década siguiente, Moura le encargó la letra del que se convertiría en el principal hit de la banda: "Una luna de miel en la mano".

El artista Eduardo Costa vivió en Brasil con Moura y es autor de "Una luna de miel en la mano".
El artista Eduardo Costa vivió en Brasil con Moura y es autor de "Una luna de miel en la mano". Fuente: LA NACION

"Yo vivía en Nueva York y un día me llama Federico y me dice: ‘quiero que escribas una letra para Virus’. ‘¿Pensaste que sea sobre alguna cuestión en particular?’, le dije. Y me respondió: ‘Sí, sobre la masturbación’. Y se me ocurrió así la letra de ‘Una luna de miel en la mano’, que habla justamente de eso y que es una frase de un personaje del Ulises de James Joyce", recuerda Costa.

Además de sociólogo y artista, Roberto Jacoby fue amigo de Moura y autor de muchísimas canciones de la banda. "Lo conocí como un chico inquieto, curioso, interesado en el arte, el diseño y el pensamiento. Cuando comenzamos a hacer canciones juntos y fui viendo todo lo que hizo de Virus, me impresionó su decisión de hacer las cosas de cierta manera: siempre quería lo mejor", recuerda el creador de letras como "Imágenes paganas", "Wadu Wadu" y "Tomo lo que encuentro".

Roberto Jacoby, sociólogo y artista, fue amigo de Moura y letrista del grupo.
Roberto Jacoby, sociólogo y artista, fue amigo de Moura y letrista del grupo. Fuente: LA NACION

Si hoy se asocia a Virus a determinada estética de los ochenta, es gracias a que Moura convocaba para el diseño de los shows a artistas como Lorenzo Quinteros, Jean Francois Casanovas y Renata Schussheim o el estilista francés Cyril Blaise. En una entrevista para la revista Pelo, de 1981, decía: "Hay que tomar el ejemplo del cine, que es un arte muy completo: hay música, textos, actuación, color, etcétera. Cada actuación deber ser un todo (…) La época del ‘loco, me copo y toco’, ya pasó. Hay que hacer las cosas bien".

Con Locura, su disco de 1985, la banda logró su mayor pico de masividad. Esa placa, de la que se vendieron más de 200 mil copias, incluía además de "Luna de miel…", otro hit: "Pronta entrega". El sexo, el erotismo ambiguo, flotaba en las letras. Moura cantaba eso de lo que nadie se animaba a hablar.

El avión ya despegó…

En abril de 1987 Virus se reunió en Brasil para grabar Superficies de Placer. Allí, tras varios días de fiebre, Federico se hizo el test de HIV. Paradojas del nombre de la banda al margen, al Sida se lo llamaba la peste rosa y todas las canciones de ese álbum quedaron teñidas con el color de una despedida. Gabriela Borgna fue la jefa de prensa encargada de la promoción ese disco y así recuerda esa etapa: "La última vez que lo vi fue en su departamento de Piedras entre Belgrano y Venezuela, un mediodía que nos juntamos a almorzar y a charlar largo y tendido. Mientras tomábamos cerveza se sentó al piano y tocó música brasilera que había escuchado cantar a su madre. Tiempo después, cuando su enfermedad ya lo había vencido, combiné con para ir a verlo. Entonces me llamó y, coqueto hasta el fin, me pidió que no fuera: ´no quiero que me veas así’". Después de su muerte, la banda entró en un impasse hasta 1995, cuando sus hermanos Julio y Marcelo, miembros originales de la formación, la reactivaron.

Hoy, el hijo de Jorge Moura, que también se llama Federico, es el cantante de Viralisados, un proyecto que toca las canciones de su tío homónimo. "Federico era mi tío pero era más como un ídolo. Era muy fuerte su presencia en los shows, era un imán, no podías dejar de mirarlo", recuerda. El paso del tiempo, al revés de lo que indica cierta lógica, hace que, en vez de perderse en el olvido, su imagen y su voz crezcan en magnetismo. Quizá sea una forma de justicia artística para quien, según Gustavo Cerati, fue un verdadero "hombre alado".

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