
suicidio
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“Por favor, cuenten mi historia”, pidió Robert Budd Dwyer, tesorero de Pensilvania en los 80, el 22 de enero de 1987. Había organizado una conferencia de prensa en el edificio de Finanzas del estado. Las cámaras y los periodistas ya estaban adentro cuando apareció en la sala.
Durante casi media hora leyó, sin pausas, de unas hojas mecanografiadas. Cada tanto, se tocaba la cabeza, se secaba la transpiración de la frente. Habló mucho y se expresó sobre la pena de muerte: “Lamento que, en varias ocasiones, cuando era miembro de la legislatura, voté a favor de la pena de muerte. Como resultado de lo que me pasó a mí en este caso, estoy convencido de que gente inocente fue declarada culpable y fue ejecutada”.

Hacia el final, dijo: “Le agradezco al Señor por haberme dado 47 años de desafíos excitantes, experiencias estimulantes, momentos de felicidad y, más importante, la mejor esposa e hijos que un hombre pudiera desear”. Leía casi sin puntación.
Los periodistas esperaban su renuncia: al día siguiente sería condenado por recibir sobornos, aunque hasta ese mismo momento Dwyer insistió en su inocencia. Algo raro pasaba, y la gente empezó a notarlo. Cuando terminó, repartió cartas que había dejado en su maletín abierto sobre el escritorio. Llamaba a sus colegas para que se acercaran. Por último, agarró un sobre más grande de papel madera.

“Por favor, abandonen la sala si esto los va afectar”, advirtió mientras sacaba un revólver Magnum .357. Apenas se lo escuchaba, las súplicas de los presentes sonaban más fuertes: “Por favor, Budd, no lo hagas”. “Por favor, no se acerquen, esto puede lastimar a alguien”, fue su respuesta. El arma apuntaba al techo, pero enseguida la llevó a su boca y apretó el gatillo.
“R. Budd Dwyer, tesorero del estado de Pensilvania, cuya condena por soborno el mes pasado conmocionó al Partido Republicano del estado [al que pertenecía], se suicidó hoy de un disparo en una conferencia de prensa en su oficina en Harrisburg, la capital del estado”, escribió The New York Times (NYT) al día siguiente.

Por su parte, el Washington Post explicó: “El mes pasado, Dwyer fue declarado culpable de otorgar un contrato de 4,6 millones de dólares a Computer Technology Associates (CTA) a cambio de un soborno de 300.000 dólares. No hubo intercambio de dinero. Se enfrentaba a una pena de hasta 55 años de prisión por fraude postal, transporte interestatal para facilitar el crimen organizado, perjurio y conspiración para cometer soborno”.
Sin embargo, las acusaciones siguen, hasta hoy, siendo dudosas. Hasta ese momento, Dwyer no había atravesado grandes conflictos en su carrera. Había sido maestro, legislador estatal y, finalmente, tesorero de Pensilvania desde 1981. “Una vez que conocías a Budd Dwyer, votabas a Budd Dwyer”, resumió su director de campaña en el documental Honest Man: The Life of R. Budd Dwyer, una frase que, con el tiempo, funcionaría casi como un contraste brutal con la imagen que terminaría imponiéndose.

El punto de inflexión llegó en 1984 a partir de una decisión administrativa: el Tesoro de Pensilvania debía gestionar la devolución de millones de dólares en impuestos de la Seguridad Social que, contaba el NYT, habían sido indebidamente pagados por distritos escolares de Pensilvania entre 1979 y 1981. Para procesar esos datos, habían contratado a la empresa de computación californiana sin licitación previa. Ese detalle encendió las alarmas, y una exempleada de la firma declaró que la adjudicación se obtuvo mediante un soborno de 300.000 dólares. El nombre de Dwyer apareció rápidamente en el centro de la acusación.
Desde el primer momento, él negó cualquier irregularidad. “Es como una pesadilla que no desaparece”, declaró entonces también al NYT aquel año, cuando el caso empezaba a ganar dimensión pública y a instalarse como un escándalo.

Pero la investigación avanzó y, en mayo de 1986, un jurado federal lo acusó formalmente de conspiración, fraude, perjurio y asociación ilícita. La fiscalía le ofreció una salida que, en términos judiciales, era habitual: declararse culpable de un cargo menor, pagar una multa y evitar una condena extensa. Si rechazaba ese acuerdo, se exponía a una pena que podía llegar a 55 años de prisión. Dwyer no aceptó.
Según el Daily Mail, de haberlo hecho habría recibido, como máximo, una pena de cinco años, aunque también habría significado su ruina económica, ya que se estipulaba que pagara el mismo monto al que supuestamente había recibido: 300.000 dólares. Además, significaba admitir su culpabilidad, como ya habían hecho otros implicados en el caso.

En la trama que terminó con la vida de Dwyer, William Smith fue una figura bisagra. Según los medios locales, el director de CTA había acudido a él, que entonces trabajaba como abogado de la firma, para “convencer a Dwyer y al presidente republicano del comité estatal del partido, Bob Asher, de que le permitieran cerrar el trato, ofreciéndoles un soborno”, repasa el Daily Mail. De esta forma, Smith se movió como intermediario entre el sector privado y el Estado. En el juicio, afirmó que el tesorero aceptó la “contribución” y se declaró culpable de haber entregado el sobornos, por lo que fue condenado a tres años y medio de prisión por manipulación de licitaciones.
Décadas más tarde, el papel de Smith tomó otra importancia cuando se retractó públicamente de lo que hizo. “Di falso testimonio bajo juramento durante el juicio de 1986, por lo tanto, me atribuyo el suicidio y la muerte de Budd Dwyer”, confesó en Honest Man. También remarcó que, en ese entonces, había recibido amenazas directas contra la vida de su hijo por parte del director de CTA.

En 2022, 35 años después del hecho, el periodista John Luciew entrevistó a Greg Penny, quien fue subsecretario de prensa de Dwyer en ese momento, y se encontraba presente en la última conferencia del tesorero. Penny fue uno de los que recibió un sobre aquel día. La carta decía: “Adjunta está mi tarjeta de donante de órganos. Asegúrense de que llegue al Hershey Medical Center”. “En cuanto leí el sobre, levanté la vista”, recordó Penny. “Para entonces, Budd estaba detrás de la mesa, y había sacado un arma de un sobre. Solo recuerdo lo largo que se veía el cañón.”
Además, contó sobre ese momento: “[Dwyer] Tenía la mesa ahí para impedir que la gente llegara a él rápidamente. Se puso el cañón en la boca y apretó el gatillo. Me sorprendió que el disparo no fuera fuerte. Estaba amortiguado por su boca. No vi mucha sangre desde donde estaba, como en la pared o lo que fuera. Pero me sorprendió lo rápido que cayó. Estaba ahí, y simplemente se desplomó al suelo. Tu cerebro ya no está controlando tus músculos. Ese es un recuerdo persistente: lo rápido que un hombre tan grande como él cayó”.
Dwyer tenía esposa, un hijo, Robert Jr., y una hija, Dyan (a la que llamaba, cariñosamente, Dee Dee). Los sobres también contenían cartas para ellos. En una entrevista de 2017 con Daily Mail, Robert ahondó sobre la familia en aquellos momentos.

“Ese día me pidió que lo llevara en auto a la oficina, porque yo iba a clases y era un día de mucha nieve. Insistió mucho cuando lo dejé. Me dijo: ‘Después de clase, andá directamente a casa, directamente a casa’”.
Pero cuando finalmente volvió a su casa, donde estaban su madre Joanne y su hermana Dyan, que entonces tenía 18 años, descubrió que su padre había enviado a dos de sus empleados, presumiblemente para consolar a su familia. En ese momento se enteró del suicidio.

Sobre las cartas, relató: “Para mi madre, fue más bien una explicación de lo que hizo y por qué lo hizo en ese caso, para llamar la atención sobre la injusticia que se había cometido. Básicamente, un resumen de lo que habían vivido juntos y de cuánto había amado su vida con ella”.
“La mía era una carta en la que expresaba lo que esperaba de mí en el futuro, lo orgulloso que estaba de mí y lo difícil que era todo esto para él, pero sabía que era lo mejor, porque quería demostrar lo mal que funcionaba el sistema judicial”, agregó.

Aquel 22 de enero de 1987, la decisión fatal de Dwyer no era solo terminar con su vida, sino también llamar la atención sobre el funcionamiento de la Justicia, según sus propias palabras y las de su hijo.
“En mayo pasado, les dije que después de este juicio les daría la historia de la década”, había anunciado en la conferencia. “Para aquellos de ustedes que son superficiales, los acontecimientos de esta mañana serán esa historia. Pero para aquellos de ustedes con profundidad y preocupación, la verdadera historia será lo que espero y rezo que resulte de esta mañana… el desarrollo de un verdadero sistema de Justicia en los Estados Unidos.”
“Por favor cuenten mi historia en cada estación de radio y televisión y en cada periódico y revista de los Estados Unidos”, rogó antes de gatillar.




