ADIOS CINEMA PARADISO
Empresario de extraordinaria visión, controla un negocio que crece a ritmo explosivo. Sin embargo, tiene sus cuestionadores: son los que extrañan el espacio que antes tenían en las pantallas argentinas las películas menos comerciales
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Si la ficción se nutre de la vida diaria, ésta bien podría ser la historia de ese chico pueblerino de ojos inquietos, que pasaba horas encerrado en la salita de proyección enlatando cintas y descubriendo el mundo con los ojos clavados en los besos almidonados de Rodolfo Valentino.
Rabeno Saragusti tenía casi la misma edad del protagonista de Cinema Paradiso cuando en su Paraguay natal repartía volantes para entrar gratis a la matinée del domingo, que puntualmente ofrecía el cine Municipal. Por esos años, se hundía feliz en la oscuridad de la última fila y apenas si soñaba con los héroes en blanco y negro del celuloide. Quizá nunca imaginó que el destino lo depositaría en estas tierras fecundas y se convertiría en el empresario más poderoso del cine argentino, en el hombre que actualmente tiene entre manos el control de las salas de exhibición y a quien, en honor a tanta autoridad, el ambiente vernáculo ha bautizado como el zar del cine.
Es que Saragusti fue de los primeros en advertir que el cine en el país podía ser un meganegocio. Por eso, apenas llegó a Buenos Aires no tardó en empeñar hasta los zapatos para comprar la salita Alberdi en el barrio de Mataderos, donde arrancó con menos de mil butacas y un público bastante pesado porque, recuerda, entonces había mucho guapo del 900 por la zona.
En esa época, por 1955, sin pochoclos ni efectos especiales, la industria vivía sus mejores momentos y auguraba un futuro próspero para quienes trabajaban en el sector. No era para menos: funcionaban 2000 salas a lo largo y ancho del país, y unos 60 millones de espectadores vestidos siempre como si fuera domingo disfrutaban sin reservas de todas las producciones del cine mundial y de la pompa menos ambiciosa de las grandes luminarias nacionales.
En ese contexto, el chico que volanteaba para pagar cada ticket se fue transformando de a poco en el afortunado propietario de varios monumentos tradicionales de los barrios, como el Gran Liniers o el Belgrano, de Ramos Mejía, que le permitieron expandirse sin pausa y digitar a gusto la programación de las carteleras porteñas.
Así, lo que en principio fue como una modesta tienda de barrio devino, 30 años más tarde, en un mayúsculo monopolio. Nada exagerado si se tiene en cuenta que hoy la empresa Coll-Saragusti, asociada a SAC -que antes fue su principal competidora-, maneja el 80% del mercado de las salas de cine mejor ubicadas en Capital Federal, Gran Buenos Aires y ciudades del interior.
Además, Saragusti tiene su propia distribuidora, y es dueño de una de las principales editoras de videos, AVH.
La experiencia y la visión comercial le han otorgado a Rabeno Saragusti un poder absoluto para decidir qué film se verá -y cuáles no se verán jamás- en las más de 200 pantallas pertenecientes al grupo que integra. Algo que le ha valido la misma proporción de odios y afectos, amigos y enemigos.
Luego de sobrevivir a una crisis profunda en la década del 80, los 90 le devolvieron al cine todo ese brillo perdido, hasta el punto de convertirlo en el entretenimiento favorito de fin de siglo. Para comprobarlo basta con peregrinar un fin de semana por las boleterías hasta perder la paciencia y conformarse con tomar un cafecito o comer los caramelos en una plaza porque fue imposible conseguir entradas para la película del momento.
Pero si bien este crecimiento renovó alegrías entre los beneficiarios, también dejó al descubierto aristas menos alentadoras del negocio que, semanas pasadas, la crítica especializada se ocupó de revelar en ocasión del cierre del Losuar. Tal es la magnitud del poder que la industria hollywoodense tiene sobre este mercado nuestro y sus protagonistas directos que finalmente ha logrado timonear el material por exhibir en el circuito local. Las ofertas del momento lo confirman: muchos efectos especiales y casi nada de arte.
¿Por qué se ven tantos tiros, monstruos zonzos, fines del mundo y pirómanos en musculosa? Es sencillo: a la hora de contar billetes, los dueños de las salas optan por venderle al público productos comercialmente seguros. Esto obliga a las distribuidoras independientes a comprar películas capaces de competir el tiempo suficiente en cartelera. Y a esta regla del libre mercado no escapan los intereses de la corporación que comanda Rabeno Saragusti.
"La globalización no es una palabra dulce, es cruel, pero el que la maneja triunfa y el que se queda a mitad de camino sufre horrores -afirma el empresario-. Yo vi la actividad en su época de gloria, cuando no había televisor ni video, que más tarde nos fueron robando espectadores. Por ese motivo cerré el Belgrano, de Ramos Mejía, y el Gran Liniers y convertimos el Sarmiento y el Alfa en un bingo. El Renacimiento hoy es un Musimundo, en el Iguazú están los pastores y el Luxor es un shopping. A mí eso me costó. Es como tener hijos y enterrarlos. Pero así es el progreso. Ahora nos vimos en la necesidad de asociarnos a una cadena norteamericana para construir multicines, porque son el futuro. Uno no puede cerrarse, tiene que trabajar en función del crecimiento de la empresa, y no es un capricho nuestro, pero la industria cinematográfica de Estados Unidos maneja el 80% del mundo. Es lo que la mayoría quiere ver. Ahora que las extranjeras llegaron, se viene una canibalización del mercado exhibidor. Aunque claro, nosotros tenemos algunas ventajas sobre ellos porque manejamos el circuito central, tenemos los mejores lugares."
Según un informe elaborado por el sociólogo y cineasta Rolando Santos para el Sindicato del Cine, durante el año último el 61% de los estrenos y el 84% de las emisiones en televisión fueron de procedencia norteamericana. Sobre un total de 25,6 millones de espectadores que asistieron a la salas de todo el país, 16 millones vieron producciones norteamericanas, mientras que 5,2 optaron por argentinas, 850.000 vieron las francesas y sólo 448.000 espectadores disfrutaron de las australianas. El resto de las realizaciones checas, españolas y mexicanas cautivó a menos de 200.000 personas cada una.
En la investigación, se estimó que el grupo de Saragusti reunió 13 millones de espectadores, un poco más de la mitad del total. Las salas independientes -como el Lorca, el Cosmos, el Gaumont- se quedaron con menos de un millón y medio, y el resto se repartió entre cuatro cadenas extranjeras, del tipo Village Road Show.
Durante el primer semestre de 1998, la afluencia de público aumentó el 53,5% con relación al año anterior. Esto significa 7.400.000 entradas más vendidas. Son, claro, los millones que vieron tanques cinematográficos como Titanic y Un argentino en Nueva York.
Un nuevo concepto de entretenimiento mueve verdaderas masas en los multiplex (complejos de más de seis pantallas). Allí reinan el pop corn, el candy bar y los peloteros para que jueguen los chicos. Eso aniquila lentamente a las clásicas salas, donde de vez en cuando se podía ver cine de arte. En consecuencia, los distribuidores no se arriesgan a invertir dinero en largometrajes no comerciales, pues luego no habrá dónde exhibirlos.
Con la apertura de los mercados y la globalización, lugar común siempre a mano para echarle un poco de teoría a las pasiones consumistas, las grandes cadenas norteamericanas y australianas desembarcaron para levantar a troche y moche ciclópeos complejos que disputan a brazo partido el histórico monopolio nacional. Esto provocó un cimbronazo entre los empresarios, que se vieron forzados a tejer alianzas para enfrentar la competencia. Así, Coll-Saragusti-SAC se asoció a la norteamericana Cinemark, con la que abrió nuevas salas en Puerto Madero, Adrogué, Mendoza y Rosario. Esto le permitió al Zar continuar holgadamente al frente del ramo, pese a que, se rumorea, ya ha perdido un 10% de la torta a manos de las flamantes compañías.
Con la iniciativa de Rabeno y el empuje de las compañías extranjeras, seguirá creciendo el número de salas. El problema es ¿qué películas exhibirán esos cines?
Para las distribuidoras independientes (o las no filiales de las majors nortea-mericanas como Fox o Warner, que envían directamente sus productos), la multiplicación de las salas traerá un poco de aire fresco a sus intereses, que siempre dependieron de las conveniencias de los exhibidores. La situación desató una crisis ya nada secreta en el sector, que habitualmente compra films en festivales internacionales y luego se ve obligado a archivarlos hasta conseguir fecha de estreno o bien resignarse a salir por el circuito chico (cines independientes y cadenas extranjeras) porque no representan ganancias jugosas para las salas principales ubicadas en la avenida Santa Fe y en el barrio de Belgrano, propiedad del grupo Saragusti.
Y no es lo mismo estrenar ahí que hacerlo en una pequeña sala de la calle Corrientes, pues la afluencia del público es distinta.
Un caso paradigmático es el de Eurocine, que programó 15 largometrajes para el año en curso y hasta ahora sólo pudo estrenar dos en circuito grande (uno fue Las alas de la paloma, que se dio sólo después de haber sido premiada. El otro, Jude, que también tenía gancho: actuaba Kate Winslet), y otro en segunda línea.
"En principio, esto sucedió por causa de Titanic , que estuvo desde febrero en cartel - explica Valeria La Valle, de Eurocine-. Esto hizo que todos postergáramos fechas, provocando un amontonamiento de material de todos los sellos. El otro tema clave es el embudo de Santa Fe y Callao, zona vital pese a que sólo hay nueve pantallas. Eso hace que las películas entren y salgan a gran velocidad. Nadie quiere estrenar sin esa zona. Hay alternativas, como el Patio Bullrich, Alcorta o Alto Palermo, pero nadie puede arriesgarse a ir sólo allí con una película importante. Como consecuencia, la cartelera se ve saturada de acción y aventuras, mientras que los amantes del buen cine no tienen nada para ver."
El monstruo Godzilla desplazó a la menos aparatosa Wilde , que al cabo de unas pocas semanas en Santa Fe y Belgrano, salió sorpresivamente despedida hacia el Centro Cultural Borges y el Lyon, de Caballito.
"A este tipo de películas de nivel les está faltando las salas tradicionales, que es donde se hacen las cifras -explica Rafael Cohen, de Reco SA, distribuidor del film Wilde -. Yo quería estrenar en la calle Santa Fe La ostra y el viento , una brasileña ganadora de varios premios, pero no tuve suerte. Saldrá por los cines intermedios. La zona más importante está concentrada en manos de una sola empresa. Si sale en Santa Fe tiene mejores posibilidades, pero el criterio del exhibidor es otro, y eso es lamentable. Además, con la gente pasa algo curioso: se hace a la idea de que cuando una película va a las principales salas es de calidad, y si va a la segunda línea es mala." Otros creen lógicas las urgencias comerciales, pero responsabilizan también a la publicidad desmedida que los medios periodísticos le conceden a los tanques de Hollywood.
Vicente Vigo, de Artistas Asociados, afirma que la solución está en "abrir salas que ofrezcan obras de valor artístico y cinematográfico, como el Lorange, el Lorca o el Cosmos, o bien que los multiplex le dediquen al menos una pantalla a estos films. No puede ser que una franja importante del cine mundial no llegue porque no hay dónde pasarlo. Deben comprender que también es un buen negocio. Yo entiendo que los comerciantes busquen su interés, pero no que se tarde tanto en advertir la necesidad de traer más cine europeo, asiático, latinoamericano o el mismo norteamericano independiente. No quiero hacer calificaciones. Considero que el manejo responde a razones demasiado mercantilistas. Lo malo es que muchas veces se equivocan, y los daños son enormes. El cine norteamericano de los efectos especiales y la publicidad excesiva ha colonizado al espectador. Entonces, es más aceptado porque deja mucha plata, más si está apoyado por los medios, especialmente los diarios, que después mandan a sus colaboradores a preguntar por qué no llega más cine europeo a la Argentina".
En la actualidad, los registros indican que funcionan en todo el país unas 500 pantallas, según el informe del SICA. Un 35% en shoppings y el 65% restante en salas individuales o en centros de alto consumo. Las cifras van en progresivo ascenso y hacia fines de 1998 se estima que habrá 800. Pero mientras proliferan las bocas de expendio, nada garantiza que concedan espacio al cine que no vemos.
"Los americanos son líderes porque han logrado un producto comercial masivo, fácil de digerir. También tienen un Woody Allen, tan americano y taquillero como Godzilla . Pero la gente prefiere Godzilla. Es lógico: se vende más hamburguesa que comida francesa. La gente viaja más en turista que en primera clase. Las dos opciones son buen negocio, pero no tienen la misma posibilidad de explotación, pues una clase de películas llega con 120 copias y la otra apenas con 26. Pero es así: si tengo un bodrio no va nadie, si paso una comercial va toda la gente", explica Saragusti.
"Claro que el arte es un buen negocio. Lo digo con autoridad porque lo manejé durante años en la avenida Corrientes. Pero para eso hay que tener al menos 10 salas buenas, y en esa zona ya no queda ninguna en condiciones. Además se necesitan buenas copias, hacer ciclos, fichas técnicas, y cuesta dinero, para que luego vayan 80 personas. No cubren los costos de copia ni publicidad. Además, los Godzilla y Armageddon son escapismo sano, barato, no hay droga, no hay baile, en las salas no se fuma y es un ambiente seguro. Eso sí: nuestros circuitos centrales van a seguir ofreciendo servicios clipper, no vamos a ensuciar las salas con comida ni meter a la gente como ganado para que se acomode sola, sin programa ni nada. Nosotros compramos ese sistema porque es la tendencia, pero jamás lo vamos a implementar en Belgrano o Callao, ni en el Bullrich.A mí no me gusta que me masifiquen", sigue diciendo El Zar.
Entre los proyectos a punto de inaugurarse en la ciudad, está el de la cadena australiana Village Roadshow, que ha copado el interior del país y actualmente construye 20 salas en Recoleta, 18 en la Rural y un aimax -salas tipo estadio de fútbol, para ver en tercera dimensión- en cada provincia.
Los distribuidores independientes, ya decepcionados de Saragusti, tienen sus esperanzas apostadas en los australianos. Confían en que el criterio de éstos a la hora de seleccionar será más abierto. Pero tal vez deberían moderar sus expectativas.
Para Eduardo Novillo Astrada, representante local de Village, todo el cine es arte. "La diferencia es que uno es masivo, mero entretenimiento, y por eso los americanos han tenido tanto éxito. Si uno no consigue entretener, llevar una masa a las boleterías y recuperar la inversión, no puede poner la próxima película. Además, el 99% de las personas no están preparadas para ver un drama, por más bien hecho que esté, porque no tienen la suerte de haber sido bien educados, no están en condiciones. Hay que mejorar la educación, pero el cine no está para eso. El arte va a seguir existiendo, porque hay muchos artistas contestatarios. Este negocio es fácil si tengo una industria como la que maneja este señor (Saragusti), que en lugar de construir ha cerrado salas y ha subido el valor de la entrada. Si usted tiene 1800 butacas, como tendremos nosotros, va a aprovechar la oportunidad. Pero, claro, el cine arte no le gusta a nadie. A Woody Allen no lo entiende nadie. Sólo acá tiene relativo éxito."
Para fines de 1998, se proyecta un total de 37 millones de espectadores, y el negocio cinematográfico factura sólo en entradas alrededor de 180 millones de dólares anuales. Cifra nada despeciable, aunque una propina comprada con los 6000 millones que embolsa la industria en los Estados Unidos.
En el mercado vernáculo operan 14 distribuidoras (todas en la zona de Once) de las cuales menos de la mitad son filiales de las grandes productoras de Hollywood, como la Warner Bross, Disney Buena Vista y Columbia, Fox, Universal Internacional Pictures, que reciben directamente de sus estudios el material por exhibir. Disney, asociada bajo el sello BVCTS, rompió el récord cuando de 5,6 de espectadores acumulados en 1996 subió a los 10,2 en 1997.
Líder Films es independiente y logró ubicarse en el segundo puesto del ranking gracias el éxito de La furia, Fargo y Todos dicen te quiero . En la misma senda, la ex Filmarte -ahora Distribution Company, asociada al grupo Coll-Saragusti- captó dos millones de espectadores gracias a los largometrajes Comodines y Martín Hache.
El precio de los derechos que pagan las distribuidoras por traer un film es un dato celosamente guardado, pero se sabe que los números varían según el nombre del director, el costo de la producción, los actores que intervienen y los premios obtenidos, elementos que las cotizan entre los 20.000 y los 3 millones de dólares. Claro, sin tener en cuenta posteriores aranceles de importación, que rondan por ley los 4000 pesos con flete incluido, copias, traducción y subtitulado -cada una, 1700-, y la publicidad previa al estreno, lo que finalmente demanda tanta inversión como la inicial.
La distribuidora sólo recupera esta parafernalia de plata con la cantidad de espectadores que convoque el film, algo que a su vez depende de un conjunto de variables tales como fecha de estreno, el tipo de salas obtenidas para el lanzamiento y una efectiva campaña publicitaria.
El ciclo económico transcurre de jueves a miércoles, y según la evolución de la concurrencia se decide la suerte de su continuidad en cartel. Si la recaudación no alcanza a cubrir los costos y el exhibidor tiene una película que considera aumentará sus ingresos, por más que la historia aún atrape a un puñado de personas, volará indefectiblemente a otra sala de menor rendimiento. En consecuencia, disminuirá la recaudación y facturará mucho menos.
Las ganancias se pactan previamente y, por ley, un 10% le corresponde al Instituto Nacional de Cinematografía (el año último embolsó unos 53 millones, pese a que ha recortado subsidios). El resto se reparte en partes iguales entre el distribuidor y el exhibidor, pero si la película queda más semanas que las previstas en cartel, el exhibidor se queda con un 60 por ciento.
Mientras los actores principales del mercado se pasan facturas, una franja de cinéfilos completamente abandonada asiste al despiadado cierre de salas como el Losuar, sobre avenida Corrientes, cuya fachada hoy está empapelada con afiches proselitistas del gobernador Duhalde.
Lo difícil de entender es que, aun siendo un grupo reducido, los amantes del buen cine representan ganancias interesantes si algún empresario se decidiera a explotarlo. Hasta el momento, sólo dos proyectos estudian la posibilidad de recuperar ese segmento olvidado.
El más avanzado es el de la productora Cuatro y Mitad, propiedad de un argentino que trabajó los últimos 20 años en Madrid, vinculado con las cadenas Alphaville y Renoir, dos complejos con café literario y biblioteca especializada donde sólo se exhibe cine de ensayo, como se lo llama en España.
Si la idea prospera se levantarán idénticas minisalas en zonas como Palermo sensible y el complejo La Plaza.
"Ni las distribuidoras ni los exhibidores quieren explotar ese segmento, porque insisten en disputar un mercado que no tiene competencia -afirma Fito Bergerot, de Cuatro y Mitad-. Se quejan de que no hay salas, pero no han hecho nada para revertir la situación, no han inventado nada y siguen diciendo que no los dejan pasar buen cine. Creían que con la inyección de más salas iban a abrir el mercado, pero no es así. Se levantan más salas para pasar las mismas películas. Mi idea es traer ese cine en condiciones y aggiornado a estos tiempos, pues los 70 pasaron y éste también es un negocio, con la única diferencia que uno siente pasión por él. Hoy quienes gustan del arte también disfrutan de butacas cómodas, aire acondicionado, buenos libros, música especializada y una atmósfera moderna. Es necesario presentar directores desconocidos, actores nuevos." La otra iniciativa está vinculada con la Biblioteca Nacional, que estudió la posibilidad de armar pequeños bares- cine clubes y darlos en concesión, pero la propuesta hasta el momento no ha avanzado.
Son, por ahora, proyectos esperanzadores para los amantes del otro cine. Cuando se realicen -y, tal vez, prosperen en su propia escala-, el imperio de Saragusti y la fiebre por el espectáculo masivo seguramente habrán cosechado muchísimos más millones de dólares. Pero al menos, el séptimo arte habrá recuperado en la Argentina una segunda cara, que hoy está casi por completo perdida.
Cuando falta imaginación
En el mercado de la exhibición de películas falta imaginación. Hace mucho que el mismo sistema -estrenar una película; no preocuparse porque dure en cartel; reemplazarla por otra por más que tenga valores- se repite semana tras semana, en un mercado donde sobran las compañías que cuentan con títulos suficientes para cada recambio semanal. No les importa el público (menos aún la función cultural del cine): sólo interesa la boletería.
¿No habrá una alternativa?
La llegada de los multicines norteamericanos y australianos cambió apenas la modalidad: junto con el pochoclo y la gaseosa en la butaca, sólo se revirtió la costumbre del cierre de salas barriales y de pueblo por la reapertura de racimos de salones bien equipados. Su preocupación por el espectador no pasa de las comodidades del asiento y de un alfombrado abundante. El sistema de estreno y remoción de las películas es el mismo que en las salas centrales. También allí es escasa la imaginación y la atracción de espectadores poco tiene que ver con los títulos exhibidos. Se busca que el cliente concurra por inercia, atraído por el resort: allí hay de todo, a toda hora.
Esa inercia, sin embargo y casi siempre, es y ha sido un motor eficaz para convocar al público. Y no son ajenos a ella los llamados (y muy deseados, porque funcionan con éxito en todo el mundo) cines de arte y ensayo.
Vamos por partes. Conviene conocer la diferencia que hay entre distribuidores y exhibidores. Los últimos son los dueños de las salas y sus programadores. Representan el comercio visible del cine. Distribuidores hay de dos clases: por un lado, los representantes de las compañías norteamericanas, que son oficinas que reciben los films de ese origen y se encargan de ofrecerlos a los circuitos de salas; por el otro, los independientes representan a los audaces compradores de películas en el exterior, que procuran el éxito comercial dividiendo partes con el propietario de las salas (las realizaciones argentinas salen por estos circuitos). Ambos son intermediarios entre los productores de películas y los cines donde se instala el espectador.
Para los independientes -lo dicen ellos-, el cine es una ruleta... muy beneficiosa cuando consiguen un éxito. No cualquiera es distribuidor independiente: se requiere buen ojo; presteza en el exterior, donde los films se ofrecen desde que sólo son un guión; saber disimular frente a la competencia y tener la sonrisa bien puesta ante el gerente de la exhibición. Las dos compañías porteñas tradicionales de exhibición, en los hechos, están fundidas en una sola.
Hay otra clase de distribuidores o intermediarios: los que no cuentan con un film norteamericano de sello representado aquí y quienes han comprado uno de esos títulos que se dicen de arte y que estiman muy redituables, ¿por qué no? Actualmente, a éstos les cuesta mucho instalar su película en una sala del mejor circuito comercial, el área de Santa Fe y Callao, por ejemplo. Las películas de arte, se dice, tienen sólo un público determinado y reducido.
Hace unos días, para sorpresa de todos, el dueño del cine Lorca nos decía que desde hace unos quince años que no lograba meter siete mil espectadores -suma más que respetable- en el primer fin de semana con una película de las que allí se estrenan. Se daba El sabor de la cereza , film iraní del desconocido Abbas Kiarostami, una obra por suerte muy manijeada por la prensa.
Espectadores potenciales preguntaban por teléfono la ubicación de la sala. ¿Es que está tan caída y olvidada la avenida Corrientes?
Este suceso reavivó la cuestión de las salas de arte. También a estos cines se concurre por inercia, no importa qué exhiban, porque se sabe que hay buena selección previa y calidad segura. Estas salas fueron novedad en los años 60 y casi una exclusividad en la Argentina: el Lorraine, el Loire, el Lorca, el Losuar, el Lorange, los de la L, cuya mayoría fue idea del veterano Alberto Kipnis. Hoy ya ni están en la memoria, a pesar de que son de fácil cita los Alphaville, los Princesa, los Real o los Renoir de Madrid, así como los Anjelika de Nueva York, que, en verdad son sólo sucesores de los de la L argentina.
Estas salas se caracterizan por regalar al espectador interesante información en hojas o cuadernillos, dedicados a las películas que se proyectan o las próximas. Como hay muchos vecinos que los coleccionan, los programas con fichas técnicas y textos explicativos aseguran una asidua audiencia.
Las producciones exhibidas suelen ser de origen extranjero e ineludiblemente subtituladas, dato que conviene tener en cuenta ahora que una distribuidora norteamericana quiere imponer aquí los films doblados al español. Habrá que correrlos a garrotazos, demostrándoles cuánto los subtítulos contribuyeron -sobre todo en el interior y en épocas de gran masividad- a alfabetizar al pueblo.
En Buenos Aires, se habla ahora de pequeños complejos de dos o tres salas para cine especializado en Palermo Viejo y en el perímetro de las facultades, Córdoba, Junín y aledaños, para conseguir espectadores jóvenes.
Volviendo al éxito de la película iraní en el Lorca, extraña a los observadores que la mayoría que volvía multitudinaria la cola para entrar estaba compuesta por público de edad madura, nostálgicos tal vez de una costumbre de hace años que no debería perderse y que habría que reactivar: ganarle una partida al pochoclo para que el público joven entienda por qué sus padres iban al cine a entretenerse y a buscar en la película obligatoria de la semana un motivo para la charla, la ocasión para el encuentro entre amigos y una buena razón para reservar en la memoria dos horas de exposición de valores humanos con los que se puede coincidir o los que vale la pena discutir.






