
Adolece, que no es poco
Cultura, biología, sociedad: en la conjunción de estos tres factores estalla ese terremoto de hormonas que se llama pubertad. Aquí, algunas pistas para entender mejor la lógica del universo teen
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La edad del pavo, las patas largas, la era del acné… Lo cierto es que la adolescencia es cosa seria y, como todo, tiene su ciencia. Pero, ¿qué es eso de la adolescencia? ¿Es algo universal, siempre existió, está en todas las culturas? No, no y no: más allá de los obvios –y tremendos– cambios asociados a la pubertad, la adolescencia no siempre fue reconocida como tal. De hecho, esta etapa no fue definida hasta el siglo XX, cuando en 1904 el psicólogo norteamericano Stanley Hall descubrió que, de pronto, los procesos de industrialización habían desplazado a los aprendices que funcionaban como eslabones entre la niñez y la vida adulta. De repente, cualquier cantidad de jóvenes estaban sueltos y sin saber muy bien qué hacer: los nuevos adolescentes. Pero según muchas investigaciones, en diversas culturas no hay una transición tan definida entre los chicos y los grandes, y allí los jóvenes adquieren responsabilidades de adultos desde muy temprano. De hecho, el psicólogo Stanley Epstein afirma que el demorar la llegada a la adultez puede traer unos cuantos problemas.
Pero más allá de la cultura, algo tienen estos flacos, altos y peludos teens: si bien su cerebro está bien desarrollado, pasa por muchísimos cambios en su estructura y sus circuitos. De hecho, hay un proceso llamado poda neuronal, por el que pierden alrededor de un 1% de estas neuronas por año desde la pubertad hasta los veintipocos años. Y eso son muchas neuronas. Se supone que esta poda se saca de encima las neuronas que fueron produciéndose durante el desarrollo y, vaya a saber por qué, están de más. No sólo eso: algunas áreas del cerebro que tienen que ver con el control de los impulsos, la capacidad de juicio, la percepción del riesgo o la toma de decisiones tardan más en madurar que otras, y así tenemos bastante bien definido al adolescente típico. Al mismo tiempo, es una etapa de moldeo cerebral: aquí es donde los papáes podemos ayudar a convertir esos huesos largos y monosilábicos en gente de bien.
Eso siempre y cuando los encontremos despiertos… La pubertad coincide con el hallazgo de masas roncadoras en la cama por la mañana, imposibles de mover para el desayuno o las primeras horas del colegio, y que comienzan a despertar cuando el resto de la familia ya quiere ir apagando la luz. El fin de la pubertad está más o menos definido: se supone que ocurre cuando los huesos dejan de crecer, alrededor de los 17 años de edad, pero está claro que este no es el fin de la adolescencia en nuestras sociedades. Resulta que Till Roenneberg, de la Universidad de Munich, estudió los hábitos de sueño en 25.000 personas en Suiza y Alemania, y encontró que el pico de nocturnidad (medido como la hora a la que se van a dormir) se da alrededor de los 19 años y medio en las mujeres y cerca de los 21 en los varones. Luego de ese ritmo nocturno, de a poco comienzan a acostarse más temprano. Según Roenneberg, este es un marcador biológico del fin de la adolescencia –tardío, tal vez, pero que cumple con las expectativas de la vida moderna.
En cuanto a su inicio, hay indicios de que la edad de la pubertad puede estar adelantándose. Ellos y ellas lo saben: ven su cuerpo en el espejo y notan que cambia, todo cambia. El rango de edad en que comienza la pubertad es muy variable (aunque está un poco retrasado en los chicos con respecto a las chicas), y hay varios factores que lo aceleran, incluyendo cuestiones sociales, exposición a hormonas, obesidad y hasta la altitud. En casos extremos de adelantamiento se ha propuesto retrasar su inicio con fármacos. Incluso se ha encontrado un gen que se expresa en el cerebro, y que tiene las instrucciones para fabricar una proteína llamada kisspeptin, que tiene mucho que ver con el terremoto hormonal que aparece en esas edades. Cuando los ratones no reconocen esta proteína, no crecen, como Peter Pan en el País de Nunca Jamás. Claro que la decisión de manipular la edad de la pubertad no deja de ser controvertida.
La adolescencia puede ser un mal necesario, y tal vez la ciencia intente ayudar a pasarla un poco mejor. O, al menos, les puede dar buenas excusas a los que la están viviendo.
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