Adrián Suar: "Yo ya gané cinco veces Wimbledon"

Dice que organizará la entrega de un premio paralelo al Martín Fierro, y que no se presentará otra vez ante Aptra porque considera que la institución no es representativa de la industria televisiva
Marina Gambier
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25 de junio de 2000  

Por un pasillo alfombrado avanza un tipo elegantón vestido con traje de marca. Lleva una medallita de oro asomando al cuello de una camisa inmaculada, cinturón de rotunda hebilla plateada y talante de domador de fieras. Sonríe, y eso bastará para transmitir la sensación de que en adelante controlará cuanto ocurra bajo la suela de su abotinado negro número 40. Es muy cerebral, y lo admite de entrada. Pero ni falta hace semejante confesión. Adrián Suar tiene la mirada procesadora de quien está anticipándose siempre a la próxima pregunta.

Sin embargo, bajará de a poco la guardia y su estilo hermético cederá para mostrar un ser amable, capaz de cronometrar sus emociones, pero no de desprenderse jamás del álbum con las primeras entrevistas periodísticas recortadas y pegadas amorosamente por la mano de su padre.

Puede que de aquel prestigioso tenor de la colectividad judía haya heredado la vocación por la escena y el orgullo por la tradición, y es muy probable que el eterno recuerdo de su abuela Polka sea el más valioso de su arcón afectivo. Pero, ante todo, Suar dice ser alguien dispuesto a impedir que lo sepulte la vanidad de saberse el único actor argentino que hace negocios brillantes. Es que solito se construyó un lugar en la televisión, maneja los hilos de una poderosa usina de trabajo y fue el primero en desafiar la anquilosada pantalla con efectos especiales jamás vistos en un medio hasta ayer controlado por caudillos siempre a punto de jubilarse.

Y eso que a los 13 años, cuando se tomó el colectivo en Villa Crespo para probar suerte en la puerta de Canal 9 en la calle Gelly y Obes, sólo soñaba con ser actor. Pero así empiezan las historias de los hijos de la televisión. En este caso, la de un ser menudito con el jopo sobre la frente, que de tanto insistir le cayó simpático al productor de turno.

"Yo quería estar ahí, me llamaba la atención la televisión. No sé por qué, no me pregunto el porqué de las cosas. Quería ser actor y estar en la televisión, de eso siempre estuve seguro. Y me tuvo que tocar, estaban las personas justas, es el tema de caer en el momento justo, esas cosas mágicas de la vida que no tienen explicación."

-¿Y qué sintió al entrar en la trastienda de la pantalla?

-Cuando llegué a la tele me dije: la p..., qué mundo... Uno queda capturado. Debuté en una comedia con Guillermo Bredeston y Nora Cárpena. Hacía de hijo. En casa nadie sabía que había ido a una prueba y cuando se enteraron eso generó mucha expectativa. Para el primer papel sentí muchos nervios, pero estaba feliz de cumplir con mi deseo. Por eso digo lo de los momentos justos: estaba arrancando otra novela, fui y quedé yo, y así vinieron otros papeles. Era la época de los militares, en 1981, y la estética de la tele era otra, pero yo no juzgaba, no tenía idea, para mí estaba todo bien... Uno, acostumbrado a comer fideos...

-De aquellas primeras experiencias como actor, ¿cuál recuerda especialmente?

- Pelito. Ahí aprendí mucho, porque era una tira diaria, aprendí el oficio, a tener un romance con la cámara.

-¿Y en qué consiste el romance con la cámara?

-Se da, en el ambiente se da. Uno tiene feeling con la cámara o no. Parece raro, pero es así... uno la vibra. La cámara te quiere o no te quiere, es así... Yo sentía que me quería...

-¿Tenía aspiraciones como actor?

-El protagónico. Todos los actores tenemos esa meta. Si no, no nos dediquemos a esto. Yo quería protagonizar, me gustaba mucho la comedia.

-¿Y cuándo le llega el protagónico?

-Me parece que a los 21, en La banda del Golden Rocket.

-Era un protagónico colectivo...

-Sí, pero un protagónico al fin.

-¿Y cómo se despierta el productor? En algunos casos, ocurre por falta de propuestas laborales.

-No, siempre he sido agradecido por el trabajo. En 1986 tuve un período de siete u ocho meses sin laburo, pero he tenido suerte. Pero empecé a darme cuenta de que quería hacer otra cosa un poco antes de La banda... Era inquieto, quería buscarle cosas distintas a las historias, sentía que tenía más ideas para aportar.

-¿Cuándo surge la idea de hacer Poliladron?

-El clic fue después de Tal para cual, que es una idea mía que llevamos al 13, producida por el 13. No tuvimos mucha suerte. A los seis meses no anduvo ni bien ni mal... Yo tenía ganas de seguir, sentía que podía... Yo creo mucho en que hay algo que uno trae, no sé, uno viene al mundo para cumplir algo, y a mí me tocó. Yo lo generé, obviamente, pero esas cosas no las tengo muy claras...

-Se refiere al destino. ¿Cree en el destino?

-Sí, muchísimo. Pero ojo, uno dice destino y parece una superficialidad, pero a veces suelo preguntarme, ¿yo hice esto? Y... algo me pasó. Qué, es la gran pregunta. No sé si alguien la puede responder, yo mismo todavía no tengo respuesta. Es loco mirar para atrás, cuando me dicen que hay un antes y un después de la televisión por mí creo que hablan de otra persona, no de mí.

-....

De verdad lo digo, no es pose. Siento que hablan de otra persona. Yo no opino de Suar lo mismo que opina la gente.

-¿Significa que le costó entender la dimensión de su éxito?

-No. Siento que es muy grande esto.

-Bueno, la estética y el revivir el género de la ficción es un aporte destacable...

-Sí, pero mucha gente me ayudó. Tuve la suerte de encontrar las personas exactas, el editor exacto, el autor, el director. No sabía cuál iba a ser el resultado. Cuando lo terminé de ver, me dije: me parece que tengo algo bueno entre manos, creo que hice algo lindo... No tenía tan claro el asunto de la estética ni la cosa técnica. Sólo quería que me lo compraran, me parecía canchero hacer un policial, pero no tenía idea qué iba a pasar, ni de si duraría lo que duró.

-¿En algún momento pensó que después de Poliladron se terminaba todo?

-Nunca me lo pregunté. Vale la metáfora del fuego y las balas, que fue muy premonitoria para mí en Poliladron: atravesaba el fuego, me tiraban las balas, y yo corría... Es un buen ejemplo para ilustrar el haber seguido para adelante. Verdad-Consecuencia fue el punto donde me paro como productor. No fue Poliladron. Yo ya estaba con Fernando Blanco, que es mi socio, la persona exacta que encontré para realizar el sueño. Poliladron fue la locura, el puntapié, pero en Verdad-Consecuencia empecé a confiar. Dije: ah... yo tengo algo más, tengo otra carta para mostrar. Por eso me cuesta creer que este chico de hoy sea yo, no sé por qué, no tengo una asociación directa conmigo.

-Hay más de un Suar.

-Hay más de dos... (Se ríe.) Por eso creo mucho en la sociedad que generamos con Fernando. Es el destino. Sin conocernos demasiado, él puso plata para el primer capítulo de Poliladron, y sin él no hubiese podido construir Polka.

-Y de ser sólo alguien conocido pasó a ser el chico más exitoso...

-Me ayudó mucho la terapia, esencialmente para ver qué hacía con eso. Soy un tipo muy cerebral, pero al mismo tiempo soy muy sanguíneo: cuando quiero algo, lo quiero; cuando me enojo, me enojo... Luché siempre para que el demonio del éxito no me hiciera perder la cabeza, porque el éxito te mata.

-¿Tan difícil es controlar el ego en este ambiente?

-Totalmente. El mundo del espec-táculo genera un éxtasis divino, te pone muy boludo, he visto gente que le ha ido muy bien y después muy mal... siempre me dio vergüenza ajena cierta gente del ambiente que ahora habla distinto. Y muchos de ellos son de barrio. Todos somos narcisistas, los actores más aún. Yo lo soy, pero hay algunos que se creen tocados por Dios.

-Y usted no se siente un elegido...

-Soy un afortunado. Tocado por la suerte. A lo mejor en algún sentido eso es estar tocado por Dios, pero trato de no creérmelo. Yo me refiero a que en el espectáculo hay quienes creen tener un rol social por el hecho de ser actores, o peor, se creen distintos por tener 30 puntos de rating.

-Bueno, usted ha contribuido en parte a fabricar muchos de esos personajes.

-No es mi culpa. El rating los obnubila. Yo también he sido así, pero mi mayor pelea es dominar mi ego, que lo tengo inflado porque me encanta que hablen bien de mí. ¿A quién no le gusta? Pero creo que lo sobrellevo bastante bien. Mi socio me ayuda a bajar a la tierra; en casa, mi mujer también. Y por suerte nunca tuve entorno de chupamedias.

-Pero en algún momento se habrá dejado seducir...

-A mí me salvó el observar y conversar mucho conmigo...

-¿Y qué cosas se decía?

-Calma, no te la creas. Todavía lucho con eso, porque además tuve la suerte de que los programas que hicimos estuvieron de la media para arriba, la pregunta es cuando sean de la media para abajo. Yo conmigo he cumplido: con haber hecho seis o siete productos que han funcionado yo ya gané cinco veces Wimbledon. Después puedo perder, pero al menos no fui una casualidad, como pensaba al principio.

-Resulta difícil creer que realmente eso pensaba de usted.

-Yo no me creo tan inteligente. Los seres humanos tenemos una faceta de la que podemos sacar tajada, pero en el otro 80% hacemos agua, somos ignorantes...

-¿Y en qué consiste su 80 por ciento de agua?

-En el medio éste puede andar bien, pero en el resto, en la vida soy como un avión que va y que viene. Hay cosas que desconozco. Por ejemplo, me gustaría saber mucho de historia, porque siempre me pareció interesante. Trato de leer, investigar, me encanta esa gente que te dice: en 1847 pasó tal cosa y vino Fulano... ahhhh.... yo digo, ¡la puucha!

-Eso no es complicado de revertir.

-Estoy haciendo el esfuerzo por leer, me cuesta concentrarme porque estoy muy metido en el laburo, pero lo intento. Leo todo lo que puedo de historia; por ejemplo, me gustó mucho la biografia de Gandhi.

-¿Qué otro costo ha tenido el éxito?

-Ser jefe es lo que más me costó. Es duro cuando se trata de gente grande, y también con gente de mi edad que, además, es colega. Ahora lo manejo, porque supe no tener compromisos con nadie y avivarme rápido de algunas cosas; por ejemplo, de quiénes se acercan por interés.

-Bueno, podría decirse que en este momento maneja la realidad económica de un gremio cuya fuente de ingresos ha sido siempre muy inestable. Para muchos, hoy vivir de la profesión es trabajar o no con usted.

-Sí, en Polka o en Canal 13. Pero hay muchos productores. Quizás es porque hago ficción y en este momento nuestra productora es la que más actores emplea. Pero la Argentina no está atravesando su mejor momento televisivo, y yo absorbo eso: también tengo problemas. La gente cree que he ganado siempre, y que todo me lo llevo a casa, y en realidad hay programas como El nombre de Dios en los que no he ganado dinero. Al contrario, gasté más de lo que me pagaron, pero lo hice igual para darme un gustito.

-¿Es difícil medir la trayectoria de un colega en términos económicos?

-Los cachets los decidimos con mi socio. Yo soy Pol y el es Ka. Tengo una empresa de la que dependen 250 personas, gracias a Dios. En el caso de los actores el mercado los tasa, y yo hago lo que puedo.

-Pero el mercado es usted, dada la cantidad de productos que tiene en el aire

-No, yo no soy. Sólo tengo tres programas...

-¿Les paga bien a los actores?

-Por ahí con algunos me he quedado corto, merecían más. A algunos les he pagado bien, a otros no tanto, acorde con lo que se podía en ese momento. Pero a algunos les ha ido muy bien conmigo. No voy a dar nombres por educación. A otros les ha ido bien en el sentido de poder reposicionarse en la profesión.

-Tiene un elenco de preferidos, de actores recurrentes.

-Todos los seres humanos tenemos debilidades por cosas o personas, yo también, de lo contrario sería un frío total. Por ejemplo, sabía que Osvaldo Laport era Guevara, y tardé mucho en convencerlo. Me gustaba el mundo del boxeo y todos me decían: ¿el boxeo?, ¿en la Argentina?, ¿ahora que el Luna Park cerró...?

-¿Como nacen sus historias?

-Me inspira la vida, personas que conozco y me nutren. Son cosas chiquitas que se me ocurren y que se van agrandando con la ayuda de los autores y los guionistas. Con Vulnerables, me parecía interesante una sesión de terapia, espiar en el mundo de las personas que se encierran a hablar de sus cosas. Yo sabía que a la gente le iba a gustar meterse en ese ámbito privado. La idea fue mía, y con Bellati y Segade empezamos a reunirnos y salió.

-¿Cuánto de su vida personal hay en sus programas?

-Absolutamente nada. Por ejemplo, jamás hice terapias de grupo.

-¿Y con Primicias? ¿No hay quizás un poquito de fobia a los medios?

-Nooooo, para nada. me parece que los periodistas y sus notas son protagonistas, y hay algo de voracidad en ese mundo tan interesante, me gusta. Yo siempre tengo historias. Malas, buenas. Escribo todo en mi cabeza y después anoto. Tengo cincuenta historias en la cabeza.

-Alguna vez dijo que a las historias no las cuenta más en voz alta porque cada vez que lo hace lo acusan de plagio, ¿cuánto de verdad hay?

-Sí, es real. Siempre que armo algo, hay alguien que lo hizo antes.

-¿Y a qué lo atribuye?

-A gente mala. Este es un país donde hay una cultura del aprovecharse del éxito de otro.

-Pero han desembocado en demandas judiciales...

-Sí, existen, pero es un tema doloroso, no la paso bien... He tenido demandas por Poliladron, en su momento. Por Rodolfo Rojas, un tipo dijo que era su idea, que lo robé. Por Alma mía... En fin, me pone muy mal. He tenido demandas que el sentido común dice que son infundadas, y... nada, estoy esperando. Trato de mantener un perfil bajo en ese sentido. A veces escucho gente que dice: Esto me lo robaste a mí, pero las demandas son de personas a las que nunca les vi la cara... y hay que tener cara para hacer una cosa así. Uno dice que hizo un programa en 1982 y arguye que lo robé sólo porque el tema del fútbol es parecido al que yo hice... En la ficción siempre habrá temas comunes, porque hay quince temas clásicos tocados de distintos ángulos: siempre hay una mala, un bueno, los temas van girando. A menos que alguien invente una historia de una mujer con tres tetas... Bueno, eso sí es original, ahí no tengo nada que decir...

-¿Siente que no le perdonan el éxito? Porque esto le pasa a usted y no a otros.

-La gente que me hace juicios no ha hecho nada en el medio, nadie los conoce. Me enojo, es un tiempo que pierdo... He tenido que ir a declarar, y es horrible. Por ahora no hay fallos, y la Justicia, me parece, está obrando bien, porque en algunos casos ha desestimado las demandas por falta de fundamento. Y es un alivio, al menos podés confiar en la Justicia, y no en estos ladrones. Además me han difamado en programas de TV, les han puesto una cámara y hablan, un desastre. Y yo soy un chico de barrio: me enojo enseguida, puteo...

-¿Qué otras cosas lo ponen de mal humor?

-A veces me levanto mal, me bajoneo por una pequeña cosita... qué va a hacer. Me pasan las mismas cosas que al resto, si me peleé con alguien, eso me arruinó el día. Por ahí dirán, mirá qué tonto este pibe, con todo lo que tiene se preocupa por cosas de laburo. Y sí, me puedo enojar con algún autor, productor o pelearme con mi mujer; si me peleo con ella puedo estar media mañana mal.

-¿Se llevan mal?

-Es sano pelearse, y nos peleamos porque nos queremos mucho. Cuando uno se pregunta todos los días: ¿por qué estoy con esta persona? es porque sigue la relación. Cuando la pregunta no viene más llega el problema...

-Y ya llevan muchos años juntos.

-Porque nos queremos, y además están Flopi, Tomás... Tomás es un sol, es una cosa de locos... El me cambió algunas cosas, ahora tengo la responsabilidad de saber que voy a vivir para él hasta que me muera. Es mi vida por él... Salgo más tarde a trabajar, lo llevo a jugar, ya habla, es divino... Bueno, yo tengo dos personas muy lindas en mi escritorio (por la foto de Florencia o Flopi, la hija del primer matrimonio de su esposa, ubicada junto a la de su hijo sobre el televisor). Para mí, tengo dos hijos, porque Flopi es como mi hija. Ella tiene su papá, pero yo la cuido como si fuese mía. Va a cumplir 12 años, y la tengo cerca desde los 3 años y medio.

-Hay una generación de productores televisivos a los que les ha ido muy bien en los años 90. Con relación a ellos, ¿en qué cree que se parece y en qué se diferencia de Repetto, Pergolini o Tinelli?

-Somos fundamentalmente muy laburadores todos. Las diferencias, no sé... Yo hago ficción, Marcelo hace entretenimientos, y muy bien. Yo no sabría hacer los programas que hace él porque no me saldrían... Es un estilo, le sale muy bien a él y a Nico, como hay cosas que me salen muy bien a mí y a ellos no.

-¿Mantienen una buena relación a pesar de que compiten casi en los mismos horarios?

-Yo compito por el rating, no sé por el éxito, pero la gente sabe qué hace cada uno y cómo lo hace. Cada quien es muy valioso en lo suyo. Marcelo se mantuvo primero en el rating durante once años. Te pueden gustar más o menos los productos, pero no podés negar su valor. Yo sé lo difícil que es mantenerse en esta profesión, y Marcelo lo ha logrado, ya está fuera de categoría. Yo hace seis años que lucho por mantener lo mío.

-¿No tiene miedo de que la gente se canse de sus programas?

-Miedo no, pero el día que se cansen tendré que ser lo suficientemente perceptivo para darme cuenta y quizá deba virar a otro lado. Trato de estar muy atento a lo que le pasa a la gente, yo vibro con la gente...

-¿Y cómo es eso, qué contactos mantiene con el televidente para saber qué desea ver?

-No sé, es el feeling que te digo que tengo, intuyo lo que quieren ver. No digo que sea una certeza, intuyo... me late, me vibra. Tengo olfato...

-Tiene un concepto idílico del barrio. ¿Cómo lo recuerda usted?

-De haberlo curtido. La calle, la barra de amigos sentados en la verja.... A mí me hizo mejor el barrio que el colegio. Yo recuerdo más las cosas aprendidas en la calle, y no soy un chico de la calle, estoy lejos de eso, pero siento que me hizo mejor. Uno se da cuenta en la vida, en los códigos, el barrio te da algo... uno puede ser mejor o peor persona, eso se trae desde la cuna, viene en el almita de cada uno... pero la calle tiene nobleza. La realidad del país los ha desdibujado un poco, el tema de la inseguridad, el éxodo a los barrios privados...

-Pero esa temática llega a un punto en que satura un poco.

-Yo me corrí del barrio, en un diario habían sacado que me había aburrido del barrio, y no es verdad. Hice otra cosa, pero no por aburrido, sentí que quería descansar del barrio para volver con todo.

-¿Todos los programas le han dado satisfacciones? ¿Cuáles más, cuáles menos?

-Todos, y todos parejos. Con los programas que he hecho, el rating me ha acompañado, he tenido menos o más puntos en determinados momentos, pero nada más.

-¿Y no es difícil producir en función del rating?

-Yo no produzco en función de eso. Pienso en un programa y después tengo la suerte de que duren porque a la gente le gusta.

-Pero, ¿le parece que aceptar ese compromiso comercial no implica de alguna manera correr el riesgo de empezar a fabricar chorizos con tal de llenar el espacio?

-No, no, nunca. Me muero el día que haga eso, me muero... (Risas.) El día que pase eso, pido por favor que me lo hagan ver, que alguien me lo diga, ¡porque puede pasar que en la locura no me avive! Pero por Dios, díganmelo. Yo trato de ofrecer mejores productos, trato de fabricar la mejor ropa.

-¿Piensa que es posible hacer una televisión que no dependa del rating?

-Sinceramente, no. Además es más divertido. Es la ley del juego. Es así. Hay auspiciantes, es un negocio. Jugás o no jugás, y cuando aceptás hay que atenerse a las reglas. Además, mis productos también me dan felicidad. Me pone orgulloso haber creado Verdad-Consecuencia, Gasoleros, Vulnerables, Por el nombre de Dios, con Alfredo. Es más, me llena de or-gu-llo.

-¿Es verdad que fue convocado para reconstruir ATC?

-Sí, y me hubiera encantado, pero no pude. Tengo muy puesta la cabeza en mis productos, no tenía tiempo suficiente para dedicarme. De todos modos fue una buena oferta.

-Digamos que si no es comercial, no le interesa.

-No, es que tengo un compromiso que cumplir con Canal 13.

-¿Qué opina de la programación en general?

-En comparación con otros países del mundo tenemos una tevé fantástica, mucho más creativa y con menos recursos, y en un país como éste, que económicamente siempre está ahí.

-¿Y qué le falta, según su criterio?

-Por momentos hay mucha chatura, hay programas sin vuelo, con lugares comunes que me dan vergüencita ajena, hay cosas que no me gustan. No doy nombres porque es de buchón decir nombres. Pero hay quienes no respetan al público y a veces se ven los piolines, que buscan sólo rating. Yo también, pero intento darle algo cada vez más digno a la gente.

-¿Entre sus proyectos figura el dirigir algún canal de TV?

-Ni loco, no tengo capacidad. Yo quiero dirigir cine. Esa es mi ambición, hacer ese cine de las relaciones, de historias de personas, el cine de Gente como uno o Los puentes de Madison, una película que me fascinó.

-¿Se está preparando para eso?

-Sí, laburando en mis programas. Algún día me tomaré cinco, seis meses para hacer algún curso de cine. Por ahora estoy muy metido con los proyectos del 2001. Siento que tengo dos buenas historias...

-¿Puede adelantar algo?

-Ni loco, así nomás te digo. No, de canuto. Estamos en plena elaboración

-¿Qué cree que ha hecho para no merecer el Martín Fierro de oro?

-No lo sé... a lo mejor creen que no lo merecía.

-¿Cree que lo merecía?

-Polka, no yo. Bueno, yo soy Polka... Pero estoy feliz que se lo hayan dado a mi amigo, el otro día me lo mostró... Yo pensaba que lo iba a ganar. No tengo mucho que decir porque he ido avalando a la gente de Aptra con mi presencia, yo recibí mis premios y me los llevé, si no los hubiese dejado. Creo que si no estoy de acuerdo, no tengo que ir más.

-¿Y va ir el año próximo?

-No estoy de acuerdo, y no iré el año que viene. Y no creo que cambie de idea, me conozco. Estoy de acuerdo con que se lo hayan dado a Nicolás, pero la gente de Aptra no es representativa de la industria, y creo que no voy a ir más. No tengo nada en contra de ellos, me parece bien que exista el premio porque a la gente le gusta, genera 46 puntos de rating, a todos les gusta ver a los actores y esa suerte de morbo que genera verles la cara a quien gana y a quien pierde. Pero no son representativos de la industria, no puedo opinar fehacientemente acerca de lo que pasa dentro de Aptra, pero hay un olor... y hace tres o cuatro años que se viene diciendo. No sé si todo es verdad, pero hay algo de falta de verdad de la que ellos se tienen que hacer cargo. Es algo que emana de Aptra que es de poca transparencia. Yo agradezco mis premios, pero creo que la industria se merece otro premio. El Martín Fierro tiene que existir, pero la industria tiene un sector representativo, muy idóneo y con protagonismo activo en los medios de comunicación. Tengo ganas de que Capit, la cámara de productores independientes, instituya un premio. Es un proyecto. Quiero que tipos como Carlos Ulanovsky, Quique Estevánez, Mario Pergolini y gente de esa jerarquía participe con su opinión...

-¿Se hará?

-Se va a hacer. Vamos a reunir periodistas, gente de los canales y, si Dios quiere y todos los integrantes de la cámara están de acuerdo, el proyecto tomará cuerpo el año que viene. Muchos tenemos ganas, y creo que dentro de las ternas también podemos elegir los productores, la gente de los canales, directores, autores y periodistas. Hay que ponerse de acuerdo para instrumentarlo porque le va a hacer muy bien a la industria en estos tiempos de poca transparencia.

La trayectoria

  • El papá de los domingos , con Nora Carpena y Guillermo Bredeston (1981)
  • Como actor de televisión: Pelito, Nosotros y los otros, Vendedores de Lafayette, Así son los míos, La banda del Golden Rocket.
  • Su primera producción en teatro: Pájaros in the night (1990), teatro.
  • Producciones para televisión: Tal para cual (1993), Poliladron (1995), Verdad-Consecuencia (1996), Carola Cassini (1997), RR.DT (1997), Gasoleros (1998), Campeones (1999), Calientes (1999), Vulnerables (1999), Primicias (1999), Por el nombre de Dios (1999), El hombre (1999).
  • Cine: Comodines (1997), Cohen versus Rossi (1998), Alma mía (1999), Apariencias (2000).
  • "Cuando me veo, me quiero matar"

    -¿Se consideraba un buen actor? En un discurso de agradecimiento en la entrega de los Martín Fierro hizo una irónica amenaza de que pronto volvería a actuar.

    -Puede ser que haya dicho eso... (Risas.) No me acuerdo. Como actor creo que mejoré muchísimo, mi perfil fue avanzando con los años.

    -Pero, ¿cómo calificaría su desempeño? Para algunos colegas de su generación, recordar el paso por Pelito o Clave de sol es algo así como un pelotazo en contra.

    -No, no, para mí no es así... Bueno, sí, hoy me quiero matar cuando me veo, pero todos nos queremos matar... (Risas). Pero creo que lo que me pasa ahora es producto de lo que me pasó antes: fui creciendo actoralmente hasta que empecé como productor.

    -¿Tenía algún ídolo, algún modelo a quien quisiera parecerse?

    -Me gustaban varios actores, pero no tenía ninguno que me inspirara. Quizá Jack Lemmon y Tony Curtis, actores de comedia, porque definitivamente siento que tengo mejor oído para la comedia que para cualquier otra cosa. No sé, tiene una melodía especial, no la ejercité mucho, pero sé que puedo entonarla bien.

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