
Al son de Compay
Dice que cuando llegue a los 115 años, como su abuela, le va a pedir una prórroga a la muerte, y que los jóvenes necesitan conocer sus raíces. Por eso hoy, a los 91 años, Compay Segundo es la historia viva del son cubano tal y como se concibe desde comienzos del siglo, y mostrará su vitalidad desde el próximo 24 en La Trastienda
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¿Cuántas vidas se pueden contar en nueve décadas? ¿Una? ¿Dos? ¿Cinco?
Las que quepan, posiblemente, las vivió Compay Segundo. Y la última de ellas, que comenzó hace poco más de diez años, es la que permitió que su nombre saliera de Cuba y llegara, por ejemplo, hasta Buenos Aires, donde se presentará con su banda por primera vez en sus 91 años de vida, que incluye más de setenta haciendo música.
Y a pesar de la mucha historia recorrida, se preocupa por aclarar: "No soy hombre de mirar para atrás. Pa´ adelante, siempre pa´ adelante, chico".
Pero Compay Segundo es, en realidad, Francisco Repilado Muñoz, el hombre que un día se dedicó a enrollar tabaco y preparar los habanos que todavía sabe disfrutar "con moderación, uno o dos por día", según sus palabras, aunque lo hace desde los 5 años, "cuando le encendía los cigarros a mi abuela, que vivió 115 años".
Es todo un personaje. Trabajó en el campo, es músico desde muy niño, un amigo francés le propuso ser modelo para el diseñador Jean-Paul Gautier, inventó un instrumento y, desde mediados de los años ochenta, Madrid, París, Londres y algunas ciudades de los Estados Unidos, lo reciben a sala llena cuando se anuncia Compay Segundo y Sus Muchachos.
Su nombre artístico tiene un origen muy evidente: era la segunda voz de Los Compadres, un dúo que en los años cuarenta aceleró el desarrollo del son cubano, aunque Compay era testigo del crecimiento de esa música desde mucho antes. Es que el intérprete activo de mayor edad de la isla más grande del Caribe ya pasó las siete décadas de actividad. Una marca que no cualquiera puede ostentar.
Cada afirmación suya llega con tanta seguridad que uno no tiene más que escuchar y sorprenderse, como cuando dice que uno de los secretos que hay que conocer es el del equilibrio, sobre todo para no abusar de lo bueno de la vida y que no se haga costumbre, porque la costumbre aburre.
Y no le resulta posible correr el riesgo de llevar una vida que pueda aburrirlo; una vida que, por ahora, él se niega a abandonar: "A la muerte no la pienso esperar. A mí me tiene que correr atrás. Lo digo desde ahora: me va a sorprender sacando candela. Yo tengo 91 años y voy a llegar a los 100. Entonces iré para los 115 de mi abuela, y entonces pediré prórroga".
Además de su entusiasta disposición a la eternidad, Compay tiene el privilegio de ser el único intérprete del armónico, el instrumento de siete cuerdas que creó al combinar el tres (que sabe ejecutar desde muy pequeño) con la guitarra, con una cuerda doble en el centro del diapasón, con el que logró renovar y ampliar el trabajo armónico en el son, un género que nunca abandonó y del cual hoy es uno de sus representantes más fieles. Tanto, que no quiere moverse de la estructura que tiene esta música desde que nació el siglo.
Más allá de las modas
Y sobre el género cubano por excelencia, el experimentado intérprete y compositor tiene una enorme cantidad de opiniones, entre ellas una teoría sobre el olvido que sufrió su música durante casi cuarenta años (su popular dúo Los Compadres se separó en 1953), cuando otros ritmos se ganaron el corazón de los cubanos, aunque tampoco hace de ello un tema personal. "Yo siempre hice música cubana tradicional, pero después se olvidó. Vino la influencia norteamericana y los autores tomaron mucho de allí; después llegó el tango, que todos querían cantar como Gardel, y la música española con castañuelas; después la salsa..., pero siempre se vuelve a lo tradicional, porque todo el mundo necesita regresar a sus orígenes, oír lo suyo. Por eso nunca pasa de moda."
Y parece que en Cuba también se da lo que tantas veces se dice que sucede en nuestro país con el folklore: "Los cubanos tenemos el defecto de no considerar lo nuestro, de creer que lo que hacemos no es tan bueno. Ahora, por ejemplo, le dan a la salsa, y va a ser así hasta que la agoten, y entonces volverá el son. Siempre fue así".
Y el tema le da para más. Por ejemplo, dice que "ahora a los cantantes los hacen gritar, porque cuando les toca cantar les ponen una trompeta, un trombón, la percusión... ¿Cómo quieren que la gente aprenda las letras si no se entiende nada de lo que dicen? Es un crimen que a los cantantes los hagan gritar tanto. Por eso también se vuelve a lo tradicional, porque la gente puede entender lo que se dice".
Pero que se entienda la letra no es el único medio de comunicarse: "La música es igual que el amor; no necesita palabras. A pesar que uno no conozca el idioma del otro, se hace entender. Y eso se puede sentir mucho más claro cuando la música sale del corazón".
A recoger los frutos
Nacido en 1907 en Siboney, en la hoy provincia de Santiago, de pequeño ya sabía tocar el tres. Pero un día ahorró unos pesos con su trabajo y se compró un clarinete (que aún conserva) y poco tiempo después pasó a integrar la banda municipal de Santiago de Cuba. Tenía 14 años y, desde entonces, más allá de desempeñar otros oficios y, por supuesto, no siempre vivir profesionalmente de ella, nunca se alejó de la música.
"Hay gente que me conoce ahora, sobre un escenario, y dice tú no trabajaste . Sin embargo, hice de todo: trabajé en el campo, con un machete; enyugué bueyes..., hice de todo en la tierra; fui aprendiz de panadero, pintor en un convento del reparto Vista Alegre, sembrador de frijoles, músico y torcedor de puros. Trabajé 18 años torciendo puros en H´Upmann y no falté un día. Es un trabajo muy libre, porque uno hace lo suyo y se va, así que cuando me decían de ir a tocar a algún lugar, una hora antes recogía mis cosas, tapaba mi mesa de trabajo y me iba."
En los últimos años grabó con Silvio Rodríguez, Ry Cooder y el gaitero español Hernán Núñez, y uno de sus últimos temas, Chan chan , fue un éxito tal en su país, que Victoria Peñalver, del Instituto Nacional de Música de Cuba, afirmó que "parecía el himno nacional".
Pero la llegada de sus sones a la juventud de su país, más allá de novedosa, muestra también los frutos de una tarea silenciosa y permanente al servicio de la música popular: estuvo más de 15 años sin entrar en un estudio de grabación "porque no me invitaban", y muchos de los especialistas de su país ni siquiera lo tenían en cuenta. Hasta hubo quienes no lo descubrieron sino en los últimos años.
Y dice que en su país "se nace músico. Allá todos los cubanos sienten la música y la llevan en la sangre. Siempre ha gustado mucho la música. Desde muy niños ya se saben expresar. Cualquier chico le sabe tocar una guaracha o un bolero".
Mantener la tradición
Su presencia en la música de este siglo es muy importante. Basta mencionar a Sindo Ganay, Ñico Saquito, Miguel Matamoros o Benny Moré para saber que tocó con los grandes de la música de la isla caribeña, además del Cuarteto Hatuey, el Cuarteto Patria y Los Compadres, al lado de Lorenzo Hierrezuelo.
Hoy, su grupo de muchachos lo integran Hugo Garzón (voz solista y maracas), Benito Suárez (guitarra y coros) y Salvador Repilado (contrabajo), a quienes constantemente se suman invitados, según en qué lugar del mundo se presente.
Si bien ocasionalmente salió algunas veces de Cuba para actuar en el exterior (sobre todo en los años ochenta, en algunos festivales norteamericanos), fue en 1989 cuando un turista español lo escuchó en un hotel de La Habana y lo invitó a presentarse en Madrid. Y fue un éxito. Entonces comenzó el reconocimiento internacional (ya había pasado los 80 años), y se quedó en la capital española para registrar varios álbumes, aunque siempre regresa a su ciudad natal, Siboney, para reunirse con amigos en su casa, frente al mar, con un vaso de ron que acompañe algunas guajiras y boleros.
Compay Segundo ingresó en el mundo de la música cuando el son tomaba forma definitiva, allá por los años veinte, con esa mezcla de ritmos africanos y lírica española que, además de crear un nuevo estilo, inauguró un camino que después utilizaron, por ejemplo, ritmos más modernos como la guajira o la salsa que en estos años se internacionalizó a través del mecado latino de los Estados Unidos.
Pero Compay sigue en lo suyo, el sonido más tradicional del son, aunque participe en un estudio de grabación con Ry Cooder, el hombre que un día se obsesionó con los ritmos y los colores de la música de centroamérica.
Y todavía compone. Un ejemplo es la guaracha Al toro o El Malecón de la gozadera , y disfruta de esos "números" -como le gusta llamar a las piezas- que le recuerdan a "aquellos septetos de los años veinte, medio cansones, como borrachos a las 10 de la mañana".
Y la aceptación que los jóvenes de hoy tienen hacia su música es un buen augurio para el inventor del armonio, porque "eso quiere decir que el número va a perdurar".
Sin excesos
¿Cuál es la fórmula para llegar en forma a los 91 años y que la perspectiva sea la de seguir activo por unos cuántos años más? En primer lugar, no abusar del ron: "Hay que tomar poquito, poquito... Si tomara mucho ron, no estaría como estoy, y eso que me gusta dar un trago".
Y se siente muy seguro al aconsejar que uno no debe aburrirse, y que a eso llevan los excesos: "Se puede comer, pero no mucho. Si llenas mucho el estómago, cuando te acuestas te oprime hasta el corazón. No debes hacer nada con exceso. No te debes aburrir de lo que tienes. Ni del amor, ni de la comida. Siempre que tenga una guitarrita a mano, una mujer a mi lado y un traguito de ron, yo seré feliz".
Entonces su teoría se profundiza un poco más y llega a explicar que el hombre "tiene esa contradicción entre lo material y lo espiritual. Lo material pide una cosa y lo espiritual otra".
Es cuando gana la experiencia que Compay deja traslucir su filosofía de vida que, a decir verdad, le da buenos resultados: "Lo material dice quiero tomar una botella de ron , y lo espiritual dice eh, Compay, eso puede hacernos daño a los dos... y algunos no le hacen caso a esa voz. Yo le hago caso a las dos. Cuando como, por más que me guste el plato que tenga servido, no abuso, y me guardo las ganas para la próxima vez que me lo sirvan. No quiero aburrirme, porque si te aburres de las cosas te aburres de vivir. Y ese es un error que no tiene remedio".
Y suena tan natural que entonces se preocupa por aclarar que no es un filósofo: "Yo no sé lo que soy, pero estudio la vida. Antes de dormir, pienso en las cosas que me pasaron en el día, con quién conversé, qué me dijo. Eso me evita caer en errores".
Compay Segundo no deja de atender a su personaje. Y ciertamente lo es y lo disfruta, y no puede verse inactivo: "No me gusta ver a las personas mayores que se tiran en un rincón a esperar".
Quizá por eso insiste con que va a pasar los 100 años para llegar a la edad de su abuela y allí, entonces, "pedir una prórroga". ¿Por qué dudarlo?






