
ALEJANDRO DOLINA FILOSOFIA Y OPERETA CRIOLLA
Acaba de presentar un disco superproducido y multiestelar, y lucha con su pereza para terminar su segundo libro. Sigue con su programa de radio y, mientras tanto, hace algo absolutamente típico: se dedica a pensar
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Y finalmente sucedió. Alejandro Dolina estrenó su opereta criolla, Lo que me costó el amor de Laura. Tres años de gestación, una trama que desde el relato fantástico ahonda en las cosas del amor y la vida, un elenco estelar... Una superproducción.
Eso que él llama opereta tiene su antecedente en las comedias musicales -comedietas, dice- que compuso en 1990 para su programa de TV. Sus seguidores clamaban por más, y así se le ocurrió lo del disco. Para hacerlo pasaron tres años de lucha denodada contra su propia pereza y contra su autoexigencia.
-Pero también tardé -cuenta- por buenas razones: en medio del trayecto se incorporó la Orquesta Sinfónica Nacional, así que a lo que había escrito se tuvieron que agre- å gar muchas partes para orquesta grande.
En total, trabajaron 150 personas, y Dolina podría jactarse de ser uno de los pocos, si no el único, que logró reunir a tan imponente elenco para una idea musical propia: Ernesto Sabato, Joan Manuel Serrat, Mercedes Sosa, Les Luthiers, Sandro, Juan Carlos Baglietto, Julia Zenko, Los Huanca Huá, Horacio Ferrer... y la lista sigue.
-Con algunos tengo una relación personal, con otros no. Pero ciertamente su participación ha sido un gesto de generosidad muy grande, porque no me lo debían desde ningún concepto. Ni porque fuera yo un gran artista, ni un buen tipo, ni porque fuera amigo de ellos... Pero me pasó una cosa curiosa, que no me había pasado nunca. Generalmente, cuando pienso algo, después siempre sale peor. Debe ser porque las expectativas de uno, quizá, no se equiparen con las aptitudes artísticas, con el talento que uno tiene... Sin embargo, acá aparecieron otros tipos que, con su arte, mejoraron lo que a mí se me había ocurrido. Escribí una canción, después vino Serrat, después la Sinfónica, y salió mejor de lo que soñaba. No me postulo a la admiración popular como genio, pero a mí la opereta me gusta mucho.
Esa opereta que le gusta mucho tiene una trama como hay tantas en la literatura clásica. Se trata de un hombre, Manuel (Dolina), que, enamorado de Laura (Julia Zenko), es obligado por ella a cumplir una serie de pruebas para demostrar su amor. Estas pruebas consisten en ir en busca de la Llave del Amor, que abre todos los corazones. Pero para encontrarla hay que atravezar el Barrio del Dolor, pletórico en personajes diabólicos: una pitonisa que sólo pronostica fracasos (Mercedes Sosa), los hombres sabios (Les Luthiers), el seductor (Sandro), y la espantosa Murga del Tiempo, entre otros, que obligan a quienes la encuentran a bailar por toda la eternidad (interpretada por Los Huanca Huá). -Hubo una pareja en mi vida que se llamó Laura, pero la historia no esconde condimentos autobiográficos. Uno le pone el nombre de personas conocidas a los héroes de sus historias, se inspira en amigos, en amores, porque es una manera de tomar un contacto inmediato y cariñoso con los personajes, aunque éstos después adquieren vuelo propio. Y esta Laura del cuento no tiene nada que ver con la real.
-¿Tu producción artística está muy ligada a tus emociones?
-Sí, sí. Pero no de un modo determinista. No es que me enamoro e inmediatamente me sale una chacarera. Pero el motivo principal del arte es el amor, en el siguiente sentido: yo creía en la musa, en un tiempo. Yo creo que uno se moviliza en virtud de un amor. Y después sí que hay que estudiar piano...
-¿Te sentís un artista?
-Me gustaría creer que sí, pero, ¿quién lo sabe? Por ahí, me creo que algo que estoy viendo lo veo yo solo, y lo ve todo el mundo. Esa es una estupidez muy común, la de creer que uno ha descubierto algo único, y resulta que ya lo han visto otras personas hace 2000 años.
Son las 16.30, en la casona de Núñez. Un primer piso, a unas cuadras de la avenida Cabildo. Tres colaboradores se encaminan por esa escalera interminable y empinada de mármol, que nace inmediatamente después de un portón estrecho, de hierro forjado y del breve zaguán, y que muere bajo los techos altos con molduras que enmarcan un living despojado y amplio. La chimenea, que seguramente no se usa, alberga a los costados parte del tesoro de Dolina: libros. Libros y discos compactos.
El articula cada palabra con vértigo y sin miedo a sucumbir en lo ampuloso. De pronto, cambia el tono sentencioso por un ramplón: "¿Vamos a matear?", y suena bien. Dicen que lo de él es incontinencia poética.
Yo qué sé si soy profundo!, arremete, con cierto fastidio. Y con esa duda parecería querer desentenderse de su voracidad literaria, de la curiosidad por las vestales romanas o por alguna diosa anodina de la mitología griega, de sus erudiciones de trasnoche en la radio, ante las que se rinden los miles de oyentes insomnes que desde hace más de 15 años, escuchan y presencian su show oral, La venganza será terrible.
-La noche nos hace creer que lo que decimos es más profundo. A punto tal que creo que hay gente que se cree profunda porque se acuesta tarde. Lo que tiene la noche no es profundidad, sino otra paciencia. La gente escucha. Y yo no sé desde el punto de vista del apuro y de la paciencia, pero ciertamente pienso mejor de noche, o toco mejor de noche, o canto mejor de noche. Y de día estoy un poco como esperando que aparezca la noche como para empezar a hacer cosas serias. Siempre ha sido así.
-¿En qué estuviste pensando últimamente?
-¡Ah, está bien eso! Está bien que se lo pregunten a uno... Para mí, escribir es pensar, no solamente inventar un argumento, sino pensar a ver qué es lo que sucede en el mundo y de qué manera tiene que ver con lo que estoy escribiendo. De modo que, quizá, la última vez que he pensado de este modo ha sido sobre el paso del tiempo, sobre el deseo de permanecer joven y sobre el deseo de recuperar el pasado. En rigor, casi siempre pienso en eso, desde hace muchos años.
La imposibilidad de la eterna juventud: una obsesión de Dolina, volcada en forma de ensayo en su ya célebre segundo libro, que nunca termina de escribir. Crónicas del ángel gris, el primero, ese que dice tenerlo harto, se sigue vendiendo como un clásico, esperando que el siguiente vea la luz.
-La ultima vez que hable con La Nacion estaba terminándolo. Parece que siempre estoy terminándolo. Eso mismo le digo al editor de Colihue: "Lo estoy terminando". Pero terminé la opereta, y como lo escribía en forma paralela, una cosa me servía de pretexto para no terminar la otra. Lo que pasa es que soy perezoso. Y escribir no da placer. Estás solo, no te aplauden, no hay minas sentadas en la primera fila, no se te ocurren las cosas tan fácilmente. Entonces, es ahí donde soy perezoso y busco pretextos para interrumpir la escritura. La radio, en cambio, no es trabajo, es un placer instantáneo.
Ese libro interminable, que abriga disquisiciones unamunescas sobre la esencia eterna y la agonía del hombre, mantiene la misma estructura del último, pero hay en él además de cuentos, ensayos. Y cuando finalmente lo concluya lo espera el desafío de superar su marca anterior: 250.000 ejemplares vendidos, y 29 ediciones.
-Supongo que este último libro debe ser un poco menos divertido, debe tener menos ideas y debe estar mejor escrito, porque conforme pasa el tiempo uno tiene menos ideas, pero mejores. Aquello que uno consideraba ideas en la juventud, ahora ya no le parecen tales. Incluso, hay algunas ideas que antes nos parecían que eran nuestras, sólo por desconocimiento. Ahora ya sabemos que son ajenas.
-¿No te agobia pensar siempre en lo mismo, en el paso inexorable del tiempo?
-Sí. Pero un tipo tiene pocas obsesiones. En realidad, una persona seria no tiene más que dos, tres, cuatro obsesiones. Y las mías no cambian: la muerte, el amor, el paso del tiempo, el fenómeno estético.
-Vamos en busca de ilusiones, entonces, y en el camino, nos conformamos con el amor...
-Quizá. ¿Quién nos garantiza que la vida no sea una necesaria e inevitable ilusión? La verdad, decían los chinos, podría llegar a matarnos. Pero cuidado, que yo no vivo atormentado por preguntas metafísicas. Sería muy aburrido. Discuto con el almacenero de la esquina sobre la superioridad de un yogur sobre otro, hablo de fóbal. Pero ciertamente soy un campo propicio para ciertos cultivos, y me atrevería a decir, además, que hay muchos años de cultivo. Ciertas lecturas, cierta formación, y ciertas relaciones amistosas que me impulsan a pensar en estos asuntos.
Hay varias cosas claras en Dolina, como él dice: la naturaleza propicia, cavilosa; las lecturas que nacieron, desde muy chico, en Caseros, de la mano de los policiales y cedieron terreno a la literatura clásica y a la filosofía universal. La preferencia por Miguel de Unamuno, el filósofo y escritor español, cuya obra Del sentimiento trágico de la vida, parecería ser la principal cantera donde abreva este fiel discípulo.
La pasión por la lectura lo ha inducido también a ignorar a todo autor, toda obra, que no tenga, por lo menos, 30 años de vida.
-Desconfío de los escritores nuevos, y sé que está mal eso. Pero me he llevado algunas sorpresas, por ejemplo, con Luis Chita-rroni, posiblemente la mejor prosa de la Argentina, ¡y me lo estaba perdiendo! Lucho contra ese prejuicio, pero no siempre con éxito.
-¿Cuáles son tus frivolidades?
-Las inevitables en la vida burguesa. Cierta frivolidad es indispensable.
-¿Cuánto te estimula el aplauso?
-No, yo desconfío mucho, pero mucho del aplauso. Y desconfío del aplauso porque he percibido que muchas veces me han aplaudido injustamente por cosas que no eran ni graciosas, ni brillantes, ni profundas. Son halagos mundanos, satisfacciones de cumpleaños. Yo no las necesito como alimento.
-¿No necesitás del aplauso, pero sí del afecto?
-Necesito del estímulo de sentirme querido. Uno hace todo para que lo quieran. No me gusta que me aplaudan, me gusta que me quieran.
-¿Y te sentís amado?
-A mí me han amado mucho, me ha tocado ganar y perder. No me quejo. Me gusta pensar no en el tiempo, sino en si ese amor pudo iluminar mi vida hacia delante y hacia atrás; ver cuánto alcanzó a iluminar.
Risas y lágrimas
Los dos CD de Lo que me costó el amor de Laura (se consiguen en los buenos quioscos, por 28 pesos, con librito) contienen sorpresas extraordinarias. Desde Sabato interpretando a un mozo de bar hasta una deliciosa canción hecha a la medida de Sandro, la bella voz de Baglietto y la gracia de Les Luthiers. Cierta melancolía resta humor al final, y la opereta se atasca en reflexiones sobre la muerte y el sentido de la existencia. Lo mejor ocurre cuando Dolina apela a su gracia, que es mucha, y a su fina sensibilidad melódica.
H. C.






