
Una vez por año Alfredo Casero les abre las puertas de su casa, en el medio del campo, a un grupo de desconocidos para ayudarlos a materializar sus sueños. Arte, budismo, delirio y sierra pampeana. ¿Sabiduría oriental o viveza criolla?
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En la provincia de San Luis hay un pueblo de cien habitantes, llamado Las Chacras, donde Alfredo Casero compró un campo y construyó su casa. El hombre echará más leña al fuego, se sentará en un banco de madera y uniendo sus manos en un nudo dirá:
–Yo voy a irme de este mundo haciendo lo imposible para que el mundo cambie.
Lo escucharemos, lo miraremos y no sabremos qué decir. Para eso también estamos acá.
Desde hace seis años Casero trabaja en algo que él llamó The Casero experimendo. Los primeros tres años los encuentros se llevaron a cabo en Japón. Y los tres restantes se están haciendo en la Argentina. El experimendo consiste en un espacio intensivo de intercambio de ideas entre desconocidos, con el objetivo último de que cada uno encuentre la manera más eficaz de concretar sus sueños. En su blog, Casero lo explica primero con una ecuación ("tres días + diez personas + Alfredo Casero + lo que traigas") y luego con unas palabras: "No importa si sos actor, juez de la Nación o electricista; si sos un político en etapa larvaria o un aficionado al waterpolo que necesita explicar convincentemente por qué no gana. Si sos técnico en lavarropas, quién mejor que Casero para enseñarte a convencer a una vieja de que cambiaste los rulemanes cuando no los has cambiado: porque si vos sentís que le cambiaste los rulemanes, desde el corazón, los rulemanes están cambiados".
Para participar del experimendo hay que viajar 826 kilómetros hasta Las Chacras. Y, sobre todo, hay que contactarse antes con la señorita Babusci, responsable de armar y coordinar los grupos que viajan a San Luis.
Dos años atrás me comuniqué con ella. Le conté que había ido a ver a Casero al teatro, que él había hablado sobre un experimendo, que dos noches después yo había soñado con él, y que el Casero de mis sueños me había pedido que fuera. "Si lo soñaste –respondió Babusci enseguida– tratá de venir".
Fui.
En ese experimendo pasaron cosas: tomé vino en bota, comí milanesas enormes, conocí gente amable. Vi perros, caballos, chanchos, malabaristas de circo. Pasé tres días y cuatro noches sin sacar fotos (y soy fotógrafa). Disparé balines con una escopeta, tuve frío, ganas de llorar, también desvelo. Bailé, canté, escribí, enmudecí por horas. Cuando volví a mi casa dormí quince horas sin soñar, y al despertar me sentí liviana. Después seguí sacando fotos, y pasó el tiempo.
Dos años más tarde vuelvo a estar en un experimendo, y aunque Babusci me presente ante el nuevo grupo como parte del staff, las dos sabemos que eso no es cierto y que volví, esta vez sí, a sacar fotos para documentar la experiencia.
Es domingo 26 de mayo y el encuentro está terminando. Están los diez participantes arriba del micro y se los ve contentos de haberse conocido. Otoñel, Mentruyt y Babusci son parte del equipo y están a mi lado. Cuando el motor se pone en marcha, desde acá abajo tiramos besos y saludamos con la mano. El grupo vuelve a Buenos Aires, y nosotros al campo de Casero en Las Chacras, a 170 kilómetros de donde estamos ahora: la terminal de La Toma. Babusci enseña Historia del Arte en una escuela primaria. Tiene ojos oscuros, pelo lacio, sonrisa fácil. La primera vez que la vi me dijo:
–Casero está loco.
–¿Sí?
–Sí, pero es muy sabio… –hizo una pausa y después repitió–. Muy sabio.
–¿Sí?
–Sí.
Tiempo después Casero anunció que su siguiente obra de arte sería crear una Universidad. ¿Especializada en qué? Especializada en todo. Y en nada. Especializada en personas que quieran y puedan –porque deberán ser los mejores y saber cómo– enseñar cualquier cosa que produzca, en este mundo, "belleza y bien". Casero no lo dice, pero está buscando gente. Lo que no queda claro aún es para qué.
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El cielo despejado, un suelo árido y Babusci marcaron el camino hasta una tranquera de madera que daba inicio a la propiedad de Casero. Detrás de Babusci y en fila india caminaba el grupo. Éramos doce personas. El menor tenía veintiocho años; la mayor, 49. Algunos metros más adelante, un border collie movía la cola y, a su lado –detrás de un mostacho de canas mullidas–, Casero hacía señas con la mano invitándonos a pasar.
Casero, debajo de un sombrero de paño, hubiese querido parecer un hombre de campo, pero Casero, debajo de un sombrero de paño, parecía un forastero en su propia tierra.
–Pase, entre, venga –dijo al tiempo que saludaba a cada uno con un beso–. ¿Qué tal? ¿Cómo anda? ¿Cómo le va? Qué alegría.
En apenas segundos, la pequeña multitud se amontonó a su alrededor y él fue, sutilmente, separándose del centro mientras los iba ordenando uno al lado del otro hasta formar un círculo. Mientras los participantes se presentaban, Casero los observó con atención: los ojos, las manos, el tono de voz, los pies, la parada, la forma de hablar, de nuevo los ojos.
–Yo soy scout –dijo un joven.
Casero, al escucharlo, juntó sus manos, dio gracias al cielo y le encomendó que pensara cuáles eran las cinco cosas que el joven scout consideraba importantes para enseñarnos a sobrevivir.
–Por ejemplo, tiene que enseñarnos las cinco cosas que nos van a salvar la vida el día que nos caigamos y nademos a una isla donde no hay nadie. Nos tiene que decir qué llevar en el bolsito y qué tenemos que hacer para sobrevivir –le rogó–. Se lo pido por favor. ¿Puede?
–Cómo no –respondió el scout.
–Yo diría que se deshagan de todo lo que les pese y que caminemos hasta la casa nueva, que es donde nos están esperando. ¡Mentruyt! –gritó.

Mentruyt –bioquímico, cuerpo anguloso, voz de niño– era la persona con quien Casero había empezado a trabajar el campo en un primer momento, cuando no había más que largos kilómetros de tierra y pasto. Los unía una amistad en la que podían permanecer en silencio sin sentirse incómodos. Quizás por eso, y sobre todo Mentruyt, estaba allí. Empezamos, entonces, a caminar.
–Mirá –dijo Casero–. Lo único que yo puedo enseñar en la vida, desde el fondo del alma, es lo siguiente –tomó aire–: nada nace del confort. Nada crece en el confort –habló con pausa, como si en su lengua pesaran las vocales–. Nada está bien hecho cuando es fácil. Y es muy importante que sepan que el camino más corto es el camino que te lleva a un lugar de mierda.
La casa estaba a dos kilómetros de allí. Habíamos perdido por completo la noción del tiempo. Mientras caminábamos sin hablar demasiado, Casero iba indagando sobre los deseos, obligaciones y placeres de cada uno.
–¿Y a usted? –decía–. ¿Qué le inquieta? ¿De qué tiene ganas? ¿Qué le gusta hacer?
–¿Yo? –preguntó una joven frunciendo el seño–. Trabajo para una asociación ejecutiva en Mendoza.
–¿Y con qué se divierte?
–Hago equitación –dijo ella y Casero suspiró.
–¿Te puedo decir Tiffany? Me encanta Tiffany porque para mí es como el nombre de la chica de los caballos, se lo digo a mi hija… ¿Está casada?
–No.
–Ah.
Casero hablaba en segunda persona del singular, aun cuando se estuviera dirigiendo a varios.
–Vení que te muestro –dijo en un momento y agitó la mano indicando que lo siguieran–. Ahí, por allá. ¿Ves? –señaló todo el campo que entraba en sus brazos abiertos–. Es donde voy a hacer después, pero ahora, en un tiempo, la universidad. Una universidad. Ahí, mirá.
–¿Universidad, para quién? –preguntaron.
–Para el que quiera.
–¿Y universidad de qué? –preguntaron.
–De nada… de lo que quieras –algunos se rieron pensando que era una broma. Pero no lo era–. Yo lo único que sé hacer son buenos negocios. Bragagnolo, por ejemplo.
Marcos Bragagnolo y Martín Ogando se habían asociado con Alfredo Casero para fundar una empresa que brindaba –y brinda– servicios mecanizados para el agro en tierras mendocinas. La empresa se llama Trescha. Bragagnolo había conocido a Casero en un experimendo.
–El tipo vino acá con un quilombo en la cabeza. Se quería ir a Chile y no sé qué. Y yo le dije: "Pará, vamos a darlo vuelta. Yo pienso para vos, y vos después pensá para mí". Y el tipo hizo todo un plan, porque le enseñaron a hacer planes porque fue a estudiar, ¿entendés? Entonces, son tan importantes esas pelotudeces que uno aprende en la vida, porque te permiten pararte en un lugar con la seguridad que necesitás para poder hacer las cosas bien.
–¿Y qué hacen? –preguntaron.
–Vamos y hacemos trabajos igual que otros, pero bien. Los hacemos perfectos. Mañana va a venir Bragagnolo, lo invité a comer algo con ustedes.
A lo lejos, sobre el medio del campo, la casa: un gran cubo perfectamente construido a base de cemento y concreto. Y, al lado de un horno de barro, la puerta de entrada. Al cruzarla, Otoñel, los Bacchetta y Celina servían, en tazas, sopa de arroz. Celina –cuerpo pequeño y palabra ágil– era la encargada de organizar la comida del experimendo.
–Es mi señora –diría Casero–. Porque es una señora que yo tengo para que me cuide a mí.
Pero eso sería más tarde, cuando todo el grupo estuviera de regreso en el hotel donde, entrada la madrugada, volverían para descansar. Antes, Casero era uno más de ellos, con calor, con sed y hambre.
–Pase, pase, siéntese –indicó–. Hay sopa y después unas milanesas que son bárbaras. Yo quiero sopa, señora. ¿Sería tan amable de darme a mí un poco de sopa, también?
Ya estaban todos sentados alrededor de la mesa y ya estaban comiendo enormes sándwiches de milanesa cuando Casero, interrumpiendo el ruido de las mandíbulas al masticar, dijo:
–La cosa se divide en dos: en materia de pensamiento y en trabajo. Es decir, hacia dónde quiero ir y cómo estoy yendo.
Casero habló y los que estaban parados se sentaron, los que murmuraban se callaron, los que estaban masticando tragaron. Casero habló, y se apuró el silencio.
–También podemos pensar en boludeces, pero la idea es que a ustedes esto les sirva de algo, ¿no? –miró a un joven filósofo y siguió–. ¿De qué manera me voy a mover inteligentemente para hacer lo que se me antoje más que para hacer lo que debo hacer? –preguntó. El filósofo se animó a responder:
–Como el dicho ese que dice "cuál es la verdad de la milanesa", ¿no?
–Lo fe–li–ci–to. Usted acaba de decir lo que yo iba a decir al final, como quien caga un chiste. Porque la milanesa –levantó la voz– es LO-CON-CRE-TO. Porque el pan, bueno, de pronto hay que ver si la harina se lleva bien con la levadura, y si el agua, y si el fuego… En cambio, la carne es ¡pim! ¡pum! ¡pam!, te mato, te empano, y ahí está: la milanesa.
La gente estalló en risas, el filósofo sonrió satisfecho. Casero golpeó con fuerza la mesa y largó una carcajada. El público permaneció expectante, atónito. Casero agarró un sifón de soda y lo apretó en su vaso, después se rascó la cabeza, levantó las cejas y dijo:
–¿Alguno me puede contar algo que tenga que ver con eso, antes de que me aburra y empiece a pensar que son un montón de gente que comió?
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La casa de Casero eran cuatro paredes enormes. Y, sobre dos de ellas, había una salamandra y una mesada con bacha y cocina; un tablero redondo con círculos blancos y negros para tirar dardos; un mueble antiguo, una ventana, un óleo grande; la bota de vino, una cafetera desenchufada y un gran ventanal por el que entraba la calidez de un sol que en poco tiempo comenzaría a despedirse. A cincuenta metros de la casa está el baño. Y cincuenta metros más allá del baño, una piedra.
–El lugar para poder presentar las tesis es arriba de la piedra –dijo Casero.
La piedra era inmensa y, para poder hacer cualquier cosa sobre ella, primero había que treparla. Una vez allí podía verse, a lo lejos, el comienzo del campo vecino. Y justo en el sendero que separaba una propiedad de la otra, había dos árboles: uno más grande que el otro. Nadie se habría detenido en ellos si no hubiese sido a pedido de Casero.
–Tenés que mirar bien el árbol grande –señaló–. El árbol grande está ahí, ¿ves? Bueno, miralo –dijo, y solo unos pocos giraron para buscar el árbol en el horizonte, el resto se había quedado mirándolo a él. Casero levantó la voz y repitió–: ¡Pero miralo, miralo!
Y ahí sí, todos miraron, él sonrió satisfecho, y después dijo:
–Bueno, ahora tenés que decir así, con la mano en alto, qué es lo que querés. Nada más. ¡Y fuerte! Porque te tiene que escuchar fuerte y de un solo saque, ¿eh? –y con la expresión de quien no logra entender un chiste, volvieron todos a mirarlo a él. Casero suspiró, bajó su mano y dijo–: Pero no es nada chamánico ni nada de nada… es lo que yo hago. Es lo que yo hago para meterme en la cabeza que lo que quiero hacer lo voy a hacer.

Entonces ahí se quedaron, quince personas sobre una piedra, en silencio largo tiempo, contemplando más piedras enormes, detrás de un sendero y un árbol grande.
–Si tuviera que darle forma a su próximo sueño, ¿qué forma le daría? No lo diga ahora si no quiere. Pero piensen. Y cuando sepan de qué manera quieren que sea su vida de ahora en adelante, vienen, se suben acá arriba y se lo gritan a ese árbol –después la miró a Tiffany y le dijo–: Usted vino muy seria, y ahora como que se le desabrochó la cara… a mí me gustaría escucharla.
–Mi sueño –dijo Tiffany– es tener mi propia empresa. O tener algo mío.
–¿Y por qué no arma su propia empresa?
–Porque soy medio maricona.
–Ah, bueno. Pero hablemos de eso, le doy tres tips y lo solucionamos.
–¿Y recién ahora vengo acá?
–Y sí, por algo vino. Mire: armar una empresa es algo que tiene que ver pura y exclusivamente con trabajar. A mí me pagan empresas para que yo piense para ellos, y me pagan para que no diga qué empresa es. O sea, me pagan para no estar. Entonces ahora, si vos querés, yo hago eso para vos, y para vos, y para vos. Y, a veces, funciona. Porque al sentido común le falta otra cosa: el sentido común carece de locura. Y el problema es que el sentido común es muy necesario. Pero si el sentido común además tuviera locura, se llamaría de otra manera.
–¿Anotaste eso? –le preguntó una participante a otra–. Anotalo.
–Entonces –dijo el filósofo– lo más fácil es hacer, ¿no? ¿Lo más fácil es ponerse a hacer cosas?
–No –respondió Casero–. Lo más fácil es estar mal.
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La corriente eléctrica del lugar era de solo doce voltios. Un panel solar alimentaba cuatro baterías de auto, que a su vez alimentaban las luces de la casa, la heladera y un estéreo que hacía de radio. No había señal para Internet ni para teléfonos celulares. Tampoco enchufes donde fuera posible cargar algo. Las luces eran de led y había una linterna por si ocurría en el medio de la noche que alguien necesitara caminar hasta el baño.
Dentro de la casa, Casero pidió un té. Le preguntó a Babusci qué pensaba del grupo. Y ella pensaba, por ejemplo, que el joven scout era muy tímido. Pero Casero no.
–No. El boy scout… es un señor –dijo–. Lamentablemente no hay dónde poner a la gente que tiene una vocación militar. Es una pena que se dé cuenta de que el límite que él tiene es seguir siendo boy scout y no pasar a un estamento superior como tenían los scouts antes –abrió la boca y estiró los brazos en un bostezo–. Algún día le voy a presentar a las Fuerzas Armadas la idea para que sean fuerzas de ingeniería.
–Ajá –dijo Babusci.
–Porque el Ejército no puede estar ocioso –continuó Casero–. Vos agarrás un pibe y le enseñás bien: electricidad, mecánica, tornería, hormigón armado, a soldar cosas, y ya tenés un montón de gente que sabe laburar. La idea sería hacer del Ejército una escuela pensada elementalmente para la paz. Porque el espíritu militar es el de no tirar un solo tiro. Y a los hombres bravos no sé, los alquilamos.
–Ajá –dijo Bacchetta.
–El Ejército lo único que tiene que darle al soldado es amor. ¿Cómo se te va a morir un soldado? A esa persona la tenés que querer, la tenés que contener y le tenés que poner también los límites necesarios para que no se pierda. A ver, si yo le doy más de lo que le doy a Otoñel, Otoñel se equivoca.
–Sí. Obvio –dijo Babusci.
–Si Otoñel recibe lo que yo creo que es justo y lo que él cree que es justo, Otoñel respira. Porque en realidad lo que le doy, más que nada, es tranquilidad.
–Claro –dijo Bachetta.
–Yo creo eso. Es así –Casero abrió las palmas de sus manos y las apoyó sobre la mesa–. El Vaporesianismo es lo que dicen estos pibes. Sin querer, somos un partido político. Político como una forma de hacer. Como una filosofía. Cuanto más se aleja la política de la filosofía, más termina mintiéndose a sí misma. Termina siendo una mentira en sí misma. Yo soy partícipe de mi propia mentira, de mi propia vida, ¿no?
–Sí. Obvio –dijo Babusci.
–Y falta agua ¡la puta madre! –se acordó–. Mañana, bien temprano, vamos a poner a andar la bomba –tomó el último trago de té y extendió la tasa sobre la mesa. Después la miró a Celina, sentada y atenta–. Ha trabajado como loca, usted. Muy bien, señora. ¡Se ha ganado un pelapapas!
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Al día siguiente, fue en moto y cerca del mediodía que llegó Otoñel. El ruido del motor despertó a Casero que, desde el entrepiso y despeinado, dijo buen día. Estaba molesto por el descuido del agua. Alguien había ido al baño y, al no haber agua, no había tirado la cadena. Alguien más había ido después. Alguien más había ido después de aquel. Y así.
–¿¡Cómo puede ser!? Hay que pedirles que se enjuaguen el culo con agua y que no usen tanto papel. Se tapa el baño así. ¿Otoñel dónde está?
Un río cruzaba todo el campo y Otoñel había bajado hasta allí con una bomba presurizadora. Después la enchufó y el agua del río empezó a subir. Casero se unió a él y se quedó un buen rato ahí, de pie y en silencio. Parecía descansar mirando el agua correr.

Pasadas las cinco de la tarde, todos volvieron a reunirse alrededor de la mesa para el almuerzo. O merienda. O ambas. Sobre ella había empanadas de carne o membrillo, aceitunas, queso y pan casero. Todos parecían sentirse más cómodos. Entraban y salían y charlaban, hacían bullicio.
Algunos de los participantes hacían preguntas. Querían saber cómo llegar adonde creían que Casero había llegado. Veían en él un rasgo, una reminiscencia familiar. Como si no fuera forzado pensar en Casero como un tío o un hermano. Incluso un padre.
–De qué manera hice, me preguntaban… –hizo una pausa, abrió la palma de su mano–. La necesidad. Lo primero que yo hice, a los nueve años, fue vender bocaditos Holanda en el tren, entonces ahí empecé a aprender de la gente, de muy chico, por necesidad. Pero las personas jóvenes no hacen grandes negocios fácilmente, porque nadie confía totalmente en el poder de fuego que tiene una persona de veinte años. Después de los veintinueve, ya pasás a ser dueño de un nombre, ya te conocen. Viste que escuchás "este es un boludo", "este es un boludo pero labura bien", "este es un boludo pero no pasa nada". Bueno, ahí tenés que laburar. Hasta los 34, 35 años que empezás a pararte más o menos en donde vos querés, y ahí ya hay un problema: tenés que empezar a cuidar tu vida, porque si llegás a mandarte una cagada perdés el honor, que es algo muy importante después de los cuarenta –Celina levantaba los platos vacíos de la mesa. El sol entraba por los ventanales dando aviso de su pronta partida. Casero seguía–. Te van a dar bola. Y vos vas a llegar hasta donde te den bola. Cuando no te den más bola, es porque estás cometiendo un error vos –y lo miraban, perplejos–. No se crece porque uno no tiene la valentía. Porque no tenés la valentía de armar todo el hardware y te quedás con tu pequeño software, que es muy importante, pero no alcanza. Es importante basarse en los valores que uno tiene, partir de ahí y decir "yo sé que soy el único que hace esto, aunque sea chiquito": buscar la perfección sobre algo que uno maneja. Y, antes de hacer cualquier negocio de cualquier cosa, tomen real noción de en qué mundo están viviendo. Y cuídense de eso, hojaldre con eso… Hojaldre con perder, también.
–¿Con perder qué? –preguntó una joven, artista.
–Con perder el momento en el que sos consecuente con lo que vos decís –y, de repente, Alfredo Casero cambió el tono–. Y la política ¡fuck you! Es de muy mal gusto hablar de política. Es muy de ciudad… hablar de política. La izquierda y la derecha me chupan un huevo: ¡El mundo anda con plata! –y gritó–: ¡El mundo se mueve con el puto petróleo! Y en los números no está lo creativo. Lo creativo está en lo que vos hacés con esos números. Cuando vos pensás en dinero en lugar de hacerlo, es lo que había… decía… es… –quiso seguir, pero no encontraba las palabras. Hizo una pausa, cerró los ojos, bajó la voz–. Qué estaba, en qué estaba… lo último que dije, ¿qué era?
–Que lo creativo no está en los números –respondieron.
–Sí… no… bueno, no importa –hizo un gesto de resignación y preguntó–: ¿Ustedes trajeron para anotar? –y casi nadie respondió, pero todos se levantaron para volver a sentarse con libreta y birome en mano. Enseguida se acomodaron en las sillas mientras miraban a Casero, miraban el papel, miraban a Casero–. Sería bueno que me dieran bola ahora –dijo–, porque estoy en un alto vuelo, así que agarren esto.
Casi todos sonreían, pero Casero estaba serio. Hablaba en serio.
–La gente que quiere ganar plata tiene que trabajar. Y si vos pensás que ganar plata "es algo pecaminoso y que está mal", dedicate específicamente a tocar la flauta, que no vas a tener ningún problema. El grave problema del mundo es que por cada uno que es emprendedor hay cinco que tratan de ver en qué te pueden cagar. Y a vos, que tenés la idea, de a poco se te va secando el culo. Pero también es porque uno comete el error.
–¿Cuál? –le preguntaron.
–Todavía no lo sé –respondió. Minutos después, levantó los brazos y moviendo sus manos como quien dirige una orquesta, dijo–: Miren, uno tiene que ponerse todos los días la vaselina suficiente para poder ir pasando entre medio de los boludos, los mentirosos, los vagos, los garcas y toda esa fauna, así –la miró a Tiffany–. Como si estuvieras engrasada, casi sin tocarlos. Vamos todos afuera, antes de que se vaya el sol. Abríguense bien –volvió a Tiffany–. Te voy a mostrar cómo te vas a sentir pasando entre todos esos y te voy a decir cómo: como un piojo que pasa entre grandes pelos. Señores, la vida es esto: tratar de hacer Aikido entre boludos. Mirá.
El frío podía sentirse en los huesos. Debajo de las camperas, bufandas y gorros de lana estaban todos: los diez participantes, Bragagnolo, Ogando, Babusci, Bachetta, la mujer de Bachetta y Mentruyt. Casero los juntó formando una triple hilera por la que Tiffany debía pasar cuando él diera la orden. En ese mismo momento, todos los que estaban agrupados formando una especie de pared humana, debían empezar a repetir sin parar que "no".
–Ustedes tienen que decirle que no, que ni en pedo, y que no porque algo. Bien fuerte. Y van a tener todos las manos en los bolsillos y van a estar bien juntos, tratando de que ella no pueda pasar. Y usted –le dijo a Tiffany– piense que está envaselinada y trate de sentir misericordia. Pase como si fuera una gacela, métase de a poco y mírelos a la cara cuando le digan que no. ¿Se anima?
–Sí, me animo –dijo Tiffany–. Es un desafío.
–No es un desafío. Es una boludez, tenés que hacer nomás lo que es… la vida.
Cuando Casero dijo preparados listos ya, se escucharon, entre gritos, frases como estas: "No vas a llegar porque sos mujer", "No sirve lo que hacés", "No te lo vamos a permitir", "Dame datos técnicos, demostrame que es verdad", "Simplemente no porque no te puedo coger", "Acordate cuando te digo que vas a fracasar", "Por favor, alejate de acá", "No rompas las pelotas, te dije que no", "Hasta acá llegaste", "De acá no pasás". Y así.
–¡No la insulten! –advirtió Casero–. Nadie insulta y no va preso. Fíjense cuánto les cuesta decir que no, y cómo uno paga siempre de alguna manera el no permitir que el otro haga algo. Fijate si decir que no podría hacerte feliz, imaginate qué pasa dentro de la persona que hace eso. Háganlo de nuevo. Y una vez que Tiffany haya terminado, ella va a decir que no, y pase otro. Y van pasando todos los que quieran. Los que vienen y piensan que te arreglan de un cachetazo están equivocados. ¡Absoluta misericordia por los boludos que dicen que no! Esa es mi historia –bajó la voz–. Mi vida pasó entre medio de tipos que me decían eso y eran todos de la tele y todo lo demás. Pero yo me metí por un costadito, les hice un programa de la san puta y me cagué un poco en todos los cómicos de su época. Entonces yo pienso que ahora es normal que todos los cómicos de esa época me odien. Pero bueno… yo hice eso y después me fui a la mierda. Y acá estoy.
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El último fue un día de frío y sol, y fue, también, la despedida. Pero antes, en la mesa, Casero hablaba con el fotógrafo –un muchacho de porte enorme y ojos tristes–. Hablaban de la fuerza. Casero le decía:
–No está mal tener poder. Uno no es malo por tener poder. La parábola del poder es que uno puede detener acciones y darlas vuelta. Y, con todo ese poder, ser amoroso. No hay que perder el poder de la fuerza, pero hay que tratar de llevarlo siempre para el lado del amor ¿entendés?
–Ajá.
–Y ahí, cambiás el mundo…Yo te recomiendo que aprendas Aikido donde nadie te conozca. Va a venir uno y te va a tirar a la mierda casi sin tocarte; vas a aprender a usar la fuerza del otro para defenderte. Porque a quién le tiran siempre: al más grande –el fotógrafo asintió–. Entonces vos te das vuelta y te los querés comer. ¿Y vas a vivir dándote vuelta porque les tiran a los más grandes? ¿Vas a vivir tratando de comértelos?
–…
–Yo he aprendido de un animal que me ha enseñado todo, y es el animal más co-lo-sal: la ballena –se levantó lentamente de la silla, buscó firmeza en sus piernas, abrió los brazos–. La ballena tiene una bondad infinita. Pero si cometés un error te toca con la aleta y ¡te corta al medio! –su brazo hizo de espada–. Vienen a molestar: no-se-mo-les-ta –y abrió la mirada incluyendo en la enseñanza a todos los presentes–. Cuando viene un niño chiquito y me molesta –irguió su cuerpo y se miró la punta de los pies–, yo lo mínimo que hago es pisarle un pie y le digo: nunca te metas con un gordo porque te va a hacer mierda. Y ese tipo aprende.
Después, por última vez, levantó la voz:
–Y a todos, siempre, por sobre todas las cosas de la vida: ¡respeto! ¡Absoluto y total respeto! Por vos y por lo que vos pensás de vos. ¡Y por lo que vos creés de vos! –y enseguida bajó la voz y abrió la mano y entonces dijo–: Ahí tenés, con todo eso que yo te dije, si no triunfás, es porque te tenés que dedicar a otra cosa.






