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Un compañero me cuenta esta mañana, mientras suena una de las bellas canciones que grabaron en un álbum compartido Brian Eno y David Byrne, que ha vendido su discoteca de vinilos. Solemos hablar de música con frecuencia. El lo hace con verdadera pasión, un poco dado a la desmesura en los adjetivos, mientras yo guardo un recato aprendido en los días tempranos en que escribía sobre música en un periódico estudiantil y luego en un matutino de Buenos Aires. En esa vida anterior al ejercicio de la publicidad, durante unos cuantos años me ocupé de reseñar discos y películas. Mi tarea se parecía poco a un trabajo, aunque a veces la marea de novedades me llevaba dos o tres veces al cine en un mismo día, y la mayoría de ellas a ver films dudosamente eróticos o de artes marciales, como correspondía a un principiante en el oficio de la crítica. A menudo regresaba a casa, me daba una ducha y de inmediato debía escuchar discos, uno detrás del otro, para a la mañana siguiente anotar mis primeras impresiones. En esos años acumulé discos de los géneros más diversos que me enseñaron el placer de la diversidad. Hace algún tiempo (vivía todavía con Marcela) decidí deshacerme de la gran mayoría de ellos, reservándome solamente los de música clásica y algunos ejemplares que marcaron mi vida para siempre, entre los que estaba la edición de
Cinema Trascendental
, de Caetano Veloso. El resto fue a parar a otra vida, literalmente. Esa tarde de domingo estaba solo en casa, y dos horas después de que llegó a casa el dueño de una disquería de viejo ví mi fantástica colección montada en una furgoneta dispuesta a abandonarme para siempre. Eran discos que amaba, y amo todavía. Desde el primero que llegó a mi vida (un ejemplar de
Machine Head
, de Deep Purple: la furia de la primera adolescencia), todos fueron cuidados con el mismo esmero con que se atiende a un enfermo en terapia intensiva: durante tardes enteras, me sentaba yo frente a la discoteca, humedecía un paño con líquido antiestática y dibujaba círculos perfectos en el sentido de los surcos. Esos vinilos tenían el mejor sonido del planeta, y durante mucho tiempo me negué terminantemente a abrazar la tecnología digital. Quisieron convencerme de los beneficios del sonido digital cierta tarde en que un amigo me invitó a ver
Alrededor de medianoche
, una película con Dexter Gordon, en una copia de disco láser. En una de las escenas, el protagonista espiaba al saxo tenor bajo una lluvia torrencial. Cuando terminó la proyección me preguntaron qué me había parecido. Dexter Gordon toca como los dioses, dictaminé, pero la lluvia jamás suena así: nada de esto es verdad. Muchos años después, cuando ya me había rendido a los avances de la tecnología, de pie junto a la furgoneta, les dije adiós a mis más de mil vinilos sin que se me cayera una lágrima. Lo que se alejaba de mí para siempre era una buena parte de mi adolescencia, y sin embargo algo de ese desprendimiento (no sólo la partida) me resultó conmovedor: comprendí entonces que esos discos, y la emoción que produce escucharlos, irían a iluminar otras vidas.






