
Amor japonés
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Si uno se deja guiar por la fonética, que un tal Kabusacki tenga éxito con sus discos en Japón no tiene nada de ilógico. Si uno se entera de que no posee ojos rasgados, sino que es rubio y de mirada de esmeralda, y que el origen de su apellido -que para el oído remite al mundo nipón- está emparentado con resabios soviéticos, la lógica tambalea. "Yo creo en eso de que la música no tiene fronteras", dice Fernando Kabusacki, cuya guitarra es una de las más prolíficas de las pampas... ¡Aunque el mayor reconocimiento lo tiene al otro lado del planeta! "Me siento más afín a los músicos en Japón que a muchos de acá, que me parecen marcianos", reconoce, mientras muestra con orgullo su flamante trabajo, "6.1 La Maravilla", que presentará esta noche, a las 21.30, en el Chacarerean Teatre.
Se trata de una obra enteramente instrumental, creada en compañía de Fernando Samalea, Ricky Sáenz Paz, Matías Mango y -¡de pie, señores!- Charly García. "Tenía intenciones de sumarle voces, pero me convencieron de que si lo hacía iba a salir del lenguaje instrumental, que es lo que yo hago. Este es un disco más colorido que los anteriores, que eran más oscuros", explica el mejor amigo que tiene Robert Fripp por estos pagos.
-¿Por qué en Japón tienen fascinación por tu música y acá no tiene tanto eco?
-En Japón hay mucho respeto y lugar para estas otras cosas, no sólo para lo "mainstream". Allá también salió el DVD de "The Planet", una animación de Pablo Rodríguez Jáuregui y musicalizada por mí, que ganó en el Festival de La Habana como mejor film experimental. Y acá no se enteró nadie. Toda la prensa estaba con "La Ciénaga". Ni siquiera pudimos ir a recibir el premio porque no teníamos dinero para el pasaje. Además, creo que la gente que va acá a los lugares tradicionales de rock tiene una cerrazón que le impediría disfrutar de lo que yo hago. Aunque me siento un guitarrista de rock.
Al hablar de Charly García, Kabusacki se saca el sombrero: "Lo quiero mucho como amigo y me parece un músico increíble. Lo llamé un domingo a las 10 de la noche y aceptó enseguida la propuesta. Le dije: «¿Cuándo lo hacemos?» «Ahora», me contestó. ¡Tuvimos que salir a buscar un estudio un domingo a las 10 de la noche!"
Kabusacki no puede parar de hacer cosas. Y los proyectos se amontonan en su horizonte. "Ahora van a venir unos músicos japoneses a grabar conmigo en Buenos Aires y también estamos preparando otra película de animación que se va a llamar «Claustrópolis»", dice, pero su actividad no termina en eso, porque, además, sigue al frente de la National Film Chamber Orchestra con la musicalización de películas mudas. "No soy una persona muy sociable. Entonces, me gusta encontrarme con los músicos para tocar. Ese es mi lenguaje. Siento que hay mucho trabajo por hacer y mucha música por descubrir", se define.
Aunque se lo suele asociar con la complejidad y la obsesión -tal vez porque se formó con Fripp-, Kabusacki despeja esos prejuicios con un álbum fresco, variado y climático: "No soy para nada prolijo cuando grabo, sólo lo arreglo un poquito al momento de llevarlo al disco. Si no, se pierde la esencia del rock". Y deja en claro un espíritu optimista: "Siento que salí de un período de tristeza y este disco, desde el nombre, tiene que ver con la intención de que nos maravillemos por las cosas buenas".






