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Historias para conocer

Anécdotas e inventos de la botica porteña más antigua, que sigue intacta

Evangelina Bucari
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5 de febrero de 2018  • 19:40

Hombres con sombreros de copa entran y salen en busca del tónico milagroso, otros con ropa de trabajo y boina de tela compran la píldora que promete cortarles la tos. Mujeres vestidas al estilo victoriano encuentran sus primeros cosméticos y las que llegan con delantales piden la pócima con virtudes curativas para el empacho. Sólo hace falta cerrar los ojos e imaginar que es la Buenos Aires de fines de 1800 en la esquina de Defensa y Alsina, que las estrechas calles del sur de la ciudad todavía son de tierra y que la botica De la Estrella no para de crear sus recetas magistrales. Al abrir los ojos, las calles vuelven a ser las del actual barrio porteño de Monserrat, la gente que entra y sale ya no es de la época colonial, pero la farmacia es la misma, intacta, como si el tiempo no hubiese pasado. Ese es el encanto de encontrarse con este edificio histórico, que se destaca no sólo por ser una de las primeras boticas, sino porque desde que abrió sus puertas, hace más de 180 años, nunca dejó de funcionar.

Los comienzos

A principios del siglo XIX y por gestión de Bernardino Rivadavia, muchos profesionales llegaron a nuestro país con el fin de aportar sus conocimientos al desarrollo de una ciudad que se independizaba de España y necesitaba organizarse y expandirse. Entre ellos, estaba el italiano Pablo Ferrari, un famoso boticario y botánico que por sus conocimientos fue el encargado de crear, primero, el Museo de Ciencias Naturales dentro del convento de Santo Domingo y luego, en 1834, de inaugurar, a metros del templo, una de las primeras "boticas" porteñas.

La ubicación no fue azarosa: era muy común que estos lugares estuviesen frente a una iglesia. Así, si algún vecino tenía una emergencia, podía encontrarlos rápidamente buscando los campanarios.

Crédito: Serena Castagnola

En ese momento, la situación sanitaria era preocupante. Eran tiempos de lepra, fiebre amarilla, sífilis y tuberculosis, y los barrios eran focos de concentración y propagación de enfermedades que llegaban al puerto a bordo de buques que no tenían ningún tipo de control. "También estaban las pestes surgidas de la actividad de los mataderos, las calles muy angostas y la humedad", explica Sebastián Albertini, guía del Casco Histórico. Y agrega que "la situación empeoró cuando la gente rica que habitaba el actual barrio de Monserrat se mudó hacia el norte de la ciudad debido a las graves epidemias de cólera de 1870. Luego, sus grandes casonas se convirtieron en conventillos para albergar a la inmigración de fines del 1800 y el hacinamiento propagó aún más estas enfermedades".

La Estrella se destacó por sus recetas magistrales y creaciones como la Limonada Roge, la Hesperidina y las píldoras para la tos Parodi
La Estrella se destacó por sus recetas magistrales y creaciones como la Limonada Roge, la Hesperidina y las píldoras para la tos Parodi Crédito: Serena Castagnola

La Estrella crece

A los pocos años, en 1838, Ferrari decidió volver a su tierra natal y transfirió la Farmacia De la Estrella a Silvestre Demarchi, un inmigrante ítalo-suizo que había llegado junto a su familia hacía unos años y se convirtió en el primer cónsul italiano. Acompañado por su esposa Serafina Trezzini y sus hijos Marcos, Demetrio y Antonio, Silvestre fue un próspero comerciante y expandió el negocio creando la Droguería De la Estrella. En 1854, cuando Silvestre falleció, sus hijos se hicieron cargo de la empresa. Marcos, al igual que el resto de su familia, se dedicó a la botica y fue socio de la Casa Bagley. Demetrio fue profesor en Farmacia y Antonio –que se casó con una hija del caudillo Facundo Quiroga– comenzó una intensa actividad comercial que lo llevó a crear la Compañía Farmacéutica y Droguería Demarchi, Parodi & Co, la principal de la época.

El fresco que representa la batalla entre la salud y la enfermedad
El fresco que representa la batalla entre la salud y la enfermedad Crédito: Serena Castagnola

El negocio creció y la fama de sus prestigiosos productos originales, aún recordados con nostalgia, no se hizo esperar. La limonada Roge, el tónico Hesperidina y las píldoras para la tos Parodi, entre otros, fueron un boom.

Fruto de este éxito, necesitaban mudarse para expandirse. Así, en 1885, De la Estrella se trasladó a Defensa 201, frente a la Basílica de San Francisco. Desde ese entonces permanece allí, casi sin modificaciones y sin nunca haber dejado de funcionar.

Crédito: Serena Castagnola

Para conseguir el lujo al que entonces se aspiraba, el local se construyó con detalles de gran valor artístico y sin reparar en gastos: los mostradores y las estanterías se hicieron en nogal de Italia tallado al estilo neoclásico, los cristales son de Murano, los mármoles de Carrara y los pisos son pequeños mosaicos hechos de mayólicas venecianas. Lo sorprendente es que, como en el 1800, la farmacia conserva hoy el equipamiento de la época y la decoración de entonces, prácticamente intactos. Y eso es parte de su encanto, ver cómo convive el mobiliario antiquísimo con productos nuevos y envases de plástico.

Crédito: Serena Castagnola

Se destacan los frescos en los cielorrasos realizados por el pintor italiano Carlos Barberis, traído especialmente para decorar las paredes del edificio. Sus simbolismos aluden a "la salud", "la enfermedad" y "la farmacopea", y alegóricamente reflejan el triunfo de la medicina frente a la enfermedad –representada por una mujer cadavérica–. También cuelgan de las paredes dos grandes cuadros que representan con mujeres L a Química y La Botánica. Se supone que las hijas de Quiroga y Juan Manuel de Rosas fueron las modelos del pintor.

Pero no sólo el interior habla de una época. Los detalles de la fachada evidencian la arquitectura del momento, como el balcón cerrado de la ochava o las cubiertas de claraboya sobre los halls. "Su arquitectura puede ubicarse en lo que se llama ‘academicismo italianizante’ por elementos como el tímpano partido arriba de la ventana y el almohadillado que tiene tanto en planta baja como en primer piso, que copia el estilo europeo y simula ser una piedra", describe Sebastián Albertini. La planta baja se usó siempre como farmacia y nunca tuvo otro fin comercial. E n 1898, pasó a manos de un hijo de Demetrio, Marcos Demarchi di Demetrio, quien reorganizó la Droguería de La Estrella, dejándola en manos de viejos empleados, José Soldati, Juan Craveri y Domingo Tagliabue, para regresar a Italia a terminar sus estudios. Luego pasaría a ser una sociedad anónima.

La fachada de la botica se mantiene igual que desde la fundación. Se encuentra frente a la Basílica de San Francisco. Era tradición que las farmacias estuvieran cerca de las iglesias para ubicarlas rápidamente
La fachada de la botica se mantiene igual que desde la fundación. Se encuentra frente a la Basílica de San Francisco. Era tradición que las farmacias estuvieran cerca de las iglesias para ubicarlas rápidamente Crédito: Serena Castagnola

Pero no sólo por medicamentos llegaban las personas a la esquina de Alsina y Defensa. En el sótano se realizaban tertulias políticas a las que asistían los hombres más importantes de la época, como Julio Roca, Carlos Pellegrini, Nicolás Avellaneda y Bartolomé Mitre. Imaginar las discusiones políticas, los bailes y las charlas de estos hombres de la escena nacional tomándose una Hesperidina, mientras hablaban de batallas, luchas e independencia, es posible con tan sólo cruzar el hall y entrar en la Buenos Aires colonial.

Patrimonio cultural

"En 1960, aproximadamente, quisieron derribarla. Una ordenanza disponía la demolición de las construcciones de la cuadra. Gracias a la intervención del arquitecto José María Peña, el primer director del Museo de la Ciudad, se pudo salvar", cuenta Alberto, un empleado que conoce cada detalle del lugar, porque trabaja allí desde hace 26 años. En 1969, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires declaró patrimonio histórico el casco antiguo de Monserrat y adquirió el edificio que contiene a la farmacia y los contiguos, conformando el Museo de la Ciudad, pero manteniendo la concesión comercial para que la botica más antigua siga funcionando. Los dos edificios forman parte del Casco Histórico. Un viaje al pasado que permite acercarnos a los albores de una ciudad que empezaba a gestarse.

La botica perteneció a la familia Demarchi, a los empleados José Soldati, Juan Craveri y Domingo Tagliabue, hasta que pasó a ser una sociedad anónima
La botica perteneció a la familia Demarchi, a los empleados José Soldati, Juan Craveri y Domingo Tagliabue, hasta que pasó a ser una sociedad anónima Crédito: Serena Castagnola

Una espirituosa nacional

Aparece en muchos cuentos, lo tomaban nuestros abuelos e incluso dicen que durante la guerra de La Triple Alianza era usado para dar vigor y energía en la batalla. Una bebida made in Argentina que se creó en la droguería De La Estrella y fue la primera marca registrada: Hesperidina.

¿Cómo nació este aperitivo? Cuando el estadounidense Melville Sewell Bagley llegó al Río de La Plata fue empleado en la botica. Cual alquimista, empezó a mezclar hierbas destiladas y naranja hasta crear este tónico con efectos antioxidantes y digestivos, que se transformó en un verdadero éxito comercial. En 1865, Melville creó la firma Bagley junto a Marcos Demarchi e inauguraban la producción de su planta alimenticia y allí la bebida comenzó a fabricarse en cantidad. El resto es historia.

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