
ANIBAL IBARRA "SOY MUY DISTINTO A DE LA RUA"
Le han surgido competidores, como Dante Caputo. Pero él siente que es el que está mejor parado en la Alianza para suceder al jefe de Gobierno que aspira a presidente. Aun así, no deja de arrojar sobre su gestión una mirada crítica
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En 1994, la revista norteamericana Time publicó una lista con los nombres de cien jóvenes de todo el mundo que se perfilaban como los nuevos líderes del siglo XXI. Por la Argentina, el mencionado era Aníbal Ibarra.
Hombre de hablar en muy baja voz durante las entrevistas periodísticas, de lenguaje llano y respuestas muy pensadas, esos rasgos contrastan con la imagen pública que ofrece (ayer, con su traje de fiscal; hoy, con su armadura de político) cuando la denuncia o la contienda política lo ameritan.
Ibarra es un político atípico porque carece, precisamente, de historia política. No proviene de comités ni de unidades básicas ni de esos cotos de caza que tan celosamente defienden los siempre neblinosos punteros políticos. Su único roce con la política -dirá en un pasaje del reportaje- lo tuvo en la secundaria, cuando formó parte del centro de estudiantes.
Consciente o inconscientemente -sólo él lo sabe-, durante años aceptó el juego planteado por los medios de mostrarlo como un sex symbol de la política, además de destacar sus condiciones profesionales.
Su apellido está asociado -como fiscal y como político- a acontecimientos que golpearon fuertemente a la sociedad.
Empezó a cimentar su prestigio en la causa por la extradición de José López Rega. Después, se consolidó con el proceso a los carapintadas que coparon el Aeroparque y con la investigación de los secuestros de los empresarios Sivak, Aulet, Oxenford y Neumann. Denunció la corrupción en el PAMI durante la gestión de Matilde Menéndez; el vaciamiento del Banco de Italia; las escuelas shopping, causa en la que fue procesado el ex intendente Carlos Grosso. Hoy, si la lucha interna de la Alianza para ubicar a su candidato no depara ninguna sorpresa y si lo que dicen las encuestas se cumple, Aníbal Ibarra ya empieza a probarse su traje más caro: el de jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
Yo me crié en una casa donde la política nunca fue mala palabra. Mi madre falleció en 1995. Era peronista no militante, una peronista como tantos, de Perón y Evita. Mi padre es paraguayo, exiliado político de la guerra civil del 47; era del partido febrerista. En la Argentina nunca hizo política."
-Y su orientación hacia la abogacía, ¿cuándo empezó a evidenciarse?
-Ahí sí influyó mucho mi padre, aunque de chico yo quería ser médico pediatra. El es abogado, se recibió ya de grande, y mi hermano mayor siguió abogacía. En el secundario tuve que elegir una orientación, científica o humanista. Yo me incliné por lo último. Fui sincero con mis ganas. De ahí a la abogacía había un paso. En 1977, ingresé en la Facultad de Derecho.
-Con sinceridad, ¿cómo evaluaría sus distintas etapas de estudiante?
-Fui muy buen alumno en la primaria, del montón en la secundaria y bastante bueno en la Universidad. Me recibí en menos de cuatro años, antes de los 22.
-¿Recuerda cómo fue su día el 24 de marzo de 1976?
-Sí, yo estaba pasando de quinto a sexto año de la secundaria. Tenía plena conciencia de que se venía un golpe de Estado. Es más, tenía plena idea de que el 24 de marzo podía ser el día del golpe. Seguía mucho los diarios, cuando se publicaba que muchos funcionarios iban a sus despachos a retirar sus pertenencias, lo cual me daba una gran bronca... Recuerdo perfectamente aquel discurso de Balbín: Todo enfermo incurable tiene cura cinco minutos antes de la muerte... Me acuerdo, cómo no... Tengo una prima hermana desaparecida en junio de 1976, apenas tenía 17 años... Muchos compañeros de mi promoción están desaparecidos...
-Lo marcó a fuego.
-Sí, mirá lo que era el miedo... Recuerdo la autocensura que uno se imponía hasta el punto de no juntarse con los amigos a hablar en un café, por ejemplo. Había mucha impotencia, mucha bronca. Yo había tenido participación estudiantil en el Colegio Nacional de Buenos Aires, en el centro de estudiantes, hasta tal punto que me echaron enseguida del golpe.
-De la bronca al odio hay un paso.
-Mirá, habría que definir bien qué se entiende por odio. Odio en el sentido de irracionalidad, nunca. Nunca llegué a desear que fueran condenados a muerte los responsables principales del genocidio. Tengo un concepto filosófico en contra de la pena de muerte.
-Vayamos a 1983. ¿Cómo le llegaba el discurso de Alfonsín cuando repetía el Preámbulo de la Constitución?
-Alfonsín encarnó la reivindicación del Estado de Derecho. Eso fue lo principal. Instaló el respeto a la Constitución, la no impunidad. Creo que con Luder jamás se hubiera dado el enjuiciamiento a las Juntas, y esto lo captó la sociedad. Alfonsín logró que muchos jóvenes se comprometieran con la política. Claro, después habría que hacer un análisis de por qué eso no se pudo mantener...
-¿Qué cree que le pasó a Alfonsín para terminar como terminó?
-La declinación de Alfonsín no empieza con la embestida del establishment económico: termina con esa suerte de golpe económico. Pero a esa altura el gobierno ya había hecho méritos como para que hubiera una situación de crisis. La sociedad estaba dispuesta a darle mucho más de lo que él supo aprovechar políticamente, desde su manejo con el justicialismo, es decir, de confrontación en muchos casos cuando debió haberse dado otra política... Fueron muchas cosas que lo fueron llevando a la declinación, hasta que le dieron el golpe de gracia.
-Hasta 1991, su escenario era el de la Justicia. ¿Por qué aceptó ser político?
-Yo empecé a tener un reconocimiento del ambiente político que ni pensaba ni buscaba. Me fui de la Justicia sin pensar en la política. Me fui con bronca de la Justicia porque el menemismo hizo depender a los fiscales del Poder Ejecutivo; era una brutalidad. Me fui a ejercer mi profesión, a sobrevivir como podía. Mantuve la docencia. Trabajé con distinta suerte. Viví meses complicados. Tuve que vender mi auto, un Fiat Brío, porque no lo podía mantener. Recuerdo que me lo compré después de ganar el Prode (un Prode chiquitito, pero igual eran unos pesitos). Eramos varios para repartir. Fue más la emoción de ganar que la plata en sí.
-Concejal, convencional constituyente, estatuyente porteño, vicepresidente de la Legislatura, candidato a jefe de Gobierno. Todo eso en cinco años. Mucho, en tan poco tiempo.
-Es mucho, sí. Un día, me llaman Chacho Alvarez y Juampi Cafiero y me hablaron de proyectos que me parecieron interesantes. Hasta que, otro día, Chacho me pregunta si quería ser candidato. Le pregunté si podía mantener mi profesión a la par de ser concejal, y me dijo que sí. Y ahí acepté. De a poquitito. Enseguida vino el caso Grosso, las escuelas shopping y todo lo demás. -¿Qué asignatura pendiente le quedó de su época de fiscal?
-Hay una. Se trataba de una familia que buscaba a un nieto que había sido apropiado ilegalmente. Lo pudimos ubicar. Estaba involucrado un abogado influyente, con vínculos en la Corte. Yo conocí muy bien a los abuelos, pero ellos murieron sin poder verle la cara a su nieto, sin poder contarle la verdadera historia. Ese caso me marcó muchísimo. Fue un golpe muy duro.
-¿Cómo vivió el juicio a las Juntas?
-Ahí hay un mito. Muchos creen que yo actué como fiscal. Y no fue así. Estuve en el juicio, lo presencié... Lo seguí muy de cerca.
-¿Siempre apostó por la Alianza?
-Sí, siempre. No sé si por una historia generacional... Yo no arrastro en la mochila las peleas históricas en la Argentina. Los de mi generación podemos reconocer que hay muchos valores aun en otras fuerzas políticas. Nos cuesta menos.
-Si no existiera la Alianza, ¿qué le criticaría, hoy, a De la Rúa?
-Mirá, siempre que tuve que hacer una crítica, la hice. Con De la Rúa tenemos estilos distintos. El es más meditado, más lineal, menos osado. A veces le cuesta poner una impronta en su gestión. Si uno preguntara cuál es la impronta que le puso De la Rúa a su gestión, la gente diría: no la vi mal... está bien... pero no tiene dos o tres cosas de las que agarrarse. Ese es su estilo. Pero De la Rúa ha hecho un ordenamiento económico-financiero en las cuentas de la ciudad importante. De todos modos, creo que está pendiente una reforma del Estado en la ciudad de Buenos Aires. No una reforma al estilo menemista, de ajuste de personal, sino de mejora de servicios. En la ciudad se gasta mucho y los servicios no son lo buenos que deberían ser en relación con lo que se gasta.
-¿Por qué se achicó la brecha entre la Alianza y el justicialismo?
-Es que ni había tanto antes ni tan poco ahora. Tampoco es posible estar en un período de crecimiento permanente. En algún punto, uno ingresa en una meseta. Siempre dije que no debíamos caer en la soberbia de pensar que por un éxito electoral teníamos todo asegurado. En la ciudad de Buenos Aires han ganado todos, y la gente mira a la hora de poner el voto lo que se le ofrece.
-¿No se subieron demasiado al caballo con el triunfo de Graciela Fernández Meijide en Buenos Aires?
-Sí, algunos tal vez sí. Algunos pensaron que con eso ya estábamos hechos y que a octubre vamos a llegar así nomás. Y no es así. No lo digo con un sentido de preocupación, pero con sentido de: ojo, muchachos, hay que trabajar a full. Y, bueno, hay que decirlo, la Alianza de pronto corrió detrás de escenarios que planteaba el propio Menem en lugar de preocuparnos por las cosas que nosotros teníamos que hacer como Alianza. Y esto nos ha generado dificultades.
-El radicalismo perdió en Córdoba y ganó en Catamarca. Ni en un caso ni en otro estaba oficializada la Alianza. Menem, por su lado, se asoció al triunfo de De la Sota y quedó pegado a Saadi. ¿Cuál es su visión?
-Sí, en Córdoba perdió Mestre. En Catamarca ganó Oscar Castillo y perdió Ramón Saadi. Menem pensó: Córdoba es un fenómeno nacional. En Catamarca perdió mucho, el golpe fue muy duro. Para Menem, Saadi fue un manotón de ahogado. Era apostar a todo o nada. Pero ya le quedan pocos manotones.
-A propósito, ¿cómo analiza los últimos discursos de Menem? ¿En qué plano los ubica?
-Menem siempre estuvo convencido de lo que decía, que era el único capaz de gobernar al país, que un mandato no le alcanzaba, que dos tampoco... El tiene un criterio fundamentalista de su función en la Argentina y también en el mundo. Todo eso aflora en sus discursos, donde invoca cosas hasta divinas e inapelables.
-Disfruta el poder y más le duele dejarlo.
-Es coherente con su filosofía. A él le produce una quiebra interna tener que retirarse aunque sea por cuatro años, lo cual es grave en un sistema democrático.
-¿Se trata sólo de una obsesión personal, o está presionado por otras obsesiones?
-No, no, no. Yo creo que la obsesión es fundamentalmente de él. Y, además, hay muchos que lo acompañan disfrutando ese poder. Pero es su propia ambición, nadie decide por él. Hay dos cosas en Menem: el ahora, el de continuar en el poder, y el después, el temor al después.
-Barrionuevo, Rousselot, Saadi, fueron recuperados por el menemismo...
-Es que Menem no tiene escrúpulos. Es maquiavélico. Todo lo que le sirve, lo usa, venga de donde venga. Nunca le hace asco a nada. Si le sirve Gostanián, lo usa; si le sirve Rousselot, un sospechoso eterno, que venga Rousselot...
-El peronismo sobrevive. ¿Se desintegra el menemismo?
-Sí, pero... Quienes hoy están disciplinados con Menem, enseguida buscarán otras protecciones y se reacomodarán. Las lealtades tienen sus límites y el calor del poder suele marcar esos límites.
-¿Hay algo en el presidente que admire francamente?
-No sé si admirar, pero le reconozco ciertas cosas. Por ejemplo, su capacidad de tomar decisiones. Internacionalmente -y esto tengo que decirlo-, la Argentina ocupa un lugar que años atrás no ocupaba.
-Ejerce el poder.
-Sí, lo ejerce, aunque la mayoría de las veces lo ejerce mal. Pero reconozco eso en él. Toma decisiones.
-¿Alfonsín se fue con dignidad del gobierno?
(Piensa largamente) -Se fue con dignidad personal. No con dignidad frente a la sociedad. Se vio encerrado políticamente, con serias dificultades económicas, con unas elecciones perdidas y acordó el retiro anticipado. Esto, que pudo haber sido digno para él, no quedarse atornillado al poder pese a todo, fue mal visualizado por la sociedad y el menemismo utilizó esto despiadadamente hablando del retiro anticipado como una huida, cuando el propio menemismo buscó esa huida. Y así quedó instalado en la sociedad.
-¿Menem se irá con dignidad?
-Ya perdió la oportunidad de hacerlo. Menem se va a pesar de él mismo, y esto ya no es digno.
-¿Son contados los dirigentes del justicialismo en animarse a hacerle ver al Presidente la realidad?
-Es que eso sería una apelación a la racionalidad del Presidente. En su mentalidad, primero está él, su obsesión por el poder y después está todo lo demás, incluida la República.
-Duhalde dijo que Menem quiere que el peronismo pierda.
-Menem y Duhalde son muy parecidos y uno va a intentar destrozar al otro. Duhalde dice: si gano, tengo que destruir al menemismo porque el menemismo me puede destruir a mí. Duhalde siempre fue enemigo de Menem. Antes, porque quería llegar al poder. Y si gana, porque no lo va a querer perder. Yo no digo el justicialismo, pero sí Menem quiere que el duhaldismo pierda. La posición de Menem es clarísima: instalar un títere mientras él prepara el retorno al poder en el 2003.
-¿Cómo resolverá los problemas de la ciudad?
-Buenos Aires encierra en sí misma los grandes conflictos de un país. Hoy, para ver los desniveles de pobreza, no hay que contrastar el centro con el interior. En la misma ciudad, uno los encuentra. Pero no hay que tomar la ciudad, sino todo el complejo del Gran Buenos Aires. Hasta ahora, esto fue imposible por el grado de miopía que hubo tanto desde la ciudad de Buenos Aires como desde la provincia. Yo voy a trabajar muy fuertemente para generar esos mecanismos de política regional.
-¿Continuaría la política de De la Rúa?
-La continuidad no se contrapone con las cosas que restan por hacer. Me parece que en tema de seguridad, la ciudad tiene que hacer mucho más todavía. No podemos esperar la transferencia de la Policía para comprometer a la ciudad en este tema, donde los niveles de inseguridad son alarmantes. Esto es una deuda.
-¿Cómo imagina su gestión, habida cuenta de que la Alianza suele mostrar fisuras, en casos como el Código de Convivencia y la frustrada consulta popular?
-No me preocupa, porque en el disenso se crece. Me preocuparía si esas discrepancias trabaran una política de gobierno. Yo aspiro a una gestión de gobierno muy ejecutiva, con mucho dinamismo... No me va a preocupar en absoluto que me llamen intendente. Yo quiero resolver esas cosas cotidianas. Quiero una ciudad limpia, que no se inunde, iluminada y con espacio público aprovechable.
-Cosas que no hay ahora, por cierto.
-Algunas cosas sí, otras no. -¿Jesús Rodríguez es su mejor compañero de fórmula?
-Nunca diría quién es el mejor, más allá de que uno siempre puede tener preferencias en uno u otro sentido. Es una decisión del radicalismo. Me preocuparía si surgiera un candidato que no tuviera vocación aliancista.
-Al menos mencione tres apellidos.
-Es decisión del radicalismo. Estoy a la expectativa de una definición, pero los nombres que ahora están apareciendo son buenos nombres.
-¿Buenos nombres, a secas?
-No, es verdad. No tengo que manejarme con formalidades. Son buenos nombres.
-¿Qué le atrae de la jefatura de gobierno?
-Mirá, yo no tengo en mi concepción utilizar la jefatura de gobierno como trampolín para. Quiero ser un buen jefe de Gobierno en el primer período.
-De hecho, es un trampolín. La provincia de Buenos Aires también es un trampolín.
-No lo niego. Pero, sinceramente, no está en mi cabeza utilizarlo como trampolín. Me interesa el lugar. Tenemos una ciudad hermosa...
-Y sucia...
-Pero sigue siendo hermosa. Acá se tiene que dar un cambio cultural. Tengo que lograr que todos sintamos la ciudad como nuestra. Esa es la definición.
-¿Mantendría en su gabinete a algunos funcionarios de De la Rúa?
-Algunos sí, otros no.
-¿Habrá más gente del Frepaso que de la UCR?
-No lo analizo, todavía. Este va a ser un gobierno de la Alianza, no del Frepaso. Trataré de buscar el equilibrio. Pero el equilibrio no pasa por el cincuenta y cincuenta.
-¿Cómo se las ingeniará para no echarle la culpa a la gestión anterior, como siempre sucede?
-Yo lamento las políticas de echarse culpas. Me parece mediocre. Cuando sea el momento, seré autocrítico y, si es necesario, criticaré con fundamentos la gestión anterior. Uno necesita conectarse sinceramente con la sociedad, apuntando hacia adelante.
¿La reina del plata?
- Las necesidades básicas insatisfechas abarcan a 200.000 personas.
- Hay 81.000 hogares en situación de emergencia habitacional.
- Más de 500.000 personas están desocupadas y subocupadas.
- 95.000 menores de 10 años carecen de cobertura social.
- 700 chicos viven permanente en la calle.
- 17 de cada 1000 niños mueren por causas evitables.
- 60.000 ancianos viven en extrema pobreza.
- 200.000 jóvenes, de entre 15 y 29 años, tienen problemas laborales.
- El 10 por ciento más rico gana mensualmente 24 veces más que el 10 por ciento más pobre.
- La mortalidad infantil en Barracas sólo es superada por la de San Luis, Santiago del Estero y Formosa.
- El 32 por ciento de los hogares tiene jefatura femenina.
- El aborto es la primera causa de muerte; el 75 por ciento de los casos corresponde al sector más pobre.
- La mujer representa el 42 por ciento de la población económicamente activa.
- El salario promedio es un 51 por ciento menor que el de los varones.
- El 95 por ciento de las víctimas de violencia familiar son mujeres.
- Aumentó el SIDA y el embarazo adolescente.
- La violencia doméstica afecta a 8 de cada 10 familias porteñas.
De frente y de perfil
Aníbal Ibarra: 41 años, divorciado, dos hijos (Santiago, de 8 años, y Pablo, de 10). Nació en Lomas de Zamora, un 1° de marzo de 1958 y desde hace cuatro años -desde su separación- vive en una casa con terraza y patio de exuberante sombra, de Villa Urquiza, a una cuadra del hospital Tornú.
- En 1978 ingresó como pinche en el Poder Judicial. En 1986 fue designado fiscal federal, cargo al que renunció en 1990. Es docente del Colegio Nacional de Buenos Aires y de la cátedra de Derecho Penal en la UBA.
- Concejal porteño en 1991 por el Fredejuso, convencional constituyente por el Frepaso en la reforma constitucional de 1994 y estatuyente porteño en 1996. Como presidente del bloque de concejales del Frente Grande presentó, entre 1991 y 1995, junto con otros cuatro concejales, 809 proyectos, de los cuales 214 fueron aprobados.
- En la actualidad, es vicepresidente primero de la Legislatura y candidato por la Alianza a la jefatura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
- Hincha de River hasta la médula. Y confeso amante de los perros: Chala, una de sus dos Rottweiler, le regaló seis cachorros la madrugada del 22 de marzo último.





