
Antiguo Egipto: tesoros robados
Una lápida con la imagen de Osiris hallada en la tierra de los faraones termina en un departamento de Manhattan. Esta pesquisa periodística sigue el rastro de la estela y devela la trama del millonario mercado negro de piezas arqueológicas
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En la ciudad de Akhmim, en el Alto Egipto, el pasado está en todas partes, y su explotación es una actividad constante. En un emplazamiento arqueológico del gobierno, los trabajadores extraen baldes llenos de tierra de una gran grieta y revelan un gigantesco templo del reinado de Ramsés II. Pero las excavaciones ilegales proliferan en toda Akhmim.
Hace una década, los obreros que excavaban para sentar los cimientos de un edificio en Akhmim se encontraron con una lápida de más de un metro de altura, con jeroglíficos grabados y una imagen de Osiris, el dios del otro mundo. Los antiguos egipcios ofrendaban esa clase de monumento, llamado estela, como tributo a un dios o pariente muerto. Según la ley egipcia, la estela debería de haber sido entregada al gobierno como recuperación del patrimonio nacional. Pero eso no ocurrió: pasó al mercado global de antigüedades y reapareció cinco años más tarde, ya limpia de su ilícito pasado, en el vestíbulo de un departamento neoyorquino de la Quinta Avenida, como trofeo de un hombre rico.
Usualmente, estas travesías empiezan y terminan en silencio, sin que nadie pregunte nada. Pero la estela de Akhmim ha revelado sus secretos. Hace dos años fue requisada por agentes federales en Nueva York, como parte de un caso penal. Los archivos proporcionan un relato detallado del contrabando, la entrada en el mercado y la venta de una pieza robada.
El comercio de antigüedades robadas no es una novedad. Sus dimensiones precisas no se conocen, aunque Interpol, organización policial internacional, dice que esos robos no suelen ser reportados porque muchos países carecen de los recursos necesarios para proteger los sitios históricos. La globalización económica y la aparición de Internet favorecieron el mercado de estos productos.
El viaje de la estela desde Egipto es prueba de la tensión que existe entre los esfuerzos por contener el comercio de antigüedades robadas y la voracidad del mercado, que exige nuevas piezas. Mediante un recorrido de más de 8046 kilómetros, cada una de las personas vinculadas con la estela contribuyó a su avance. Pero nadie parecía ansioso por responder un par de simples preguntas: ¿de dónde había salido ese objeto?, ¿cómo había llegado hasta allí? Bernard Blondeel, uno de los anticuarios que comerció la estela, tiene una explicación: "Si uno hace demasiadas preguntas -dice- muchas cosas desaparecerían del mercado".
El Cairo: el contrabandista
En las altas horas de una noche de junio de 1994, un hombre llamado Alí Farag, con los ojos vendados, estaba sentado en un auto que describía círculos desorientadores a través de los callejones de tierra de Akhmim. Cuando el auto se detuvo, le quitaron la venda y Farag se encontró en un edificio en construcción de los suburbios. Allí había sido desenterrada la estela unos meses antes, junto con varias estatuas pequeñas, un sarcófago pintado y tres estelas más pequeñas. Un hallazgo nada inusual en la ciudad; bajo su superficie yace un tesoro arqueológico: la capa islámica sobre la romana sobre la griega sobre los monumentos y objetos cotidianos del antiguo Egipto.
Durante casi toda la década del 90, Farag y sus hermanos establecieron una gran red de contrabando desde una tienda de curiosidades y joyería del centro de El Cairo. Por allí pasaban campesinos, jefes aldeanos y ladrones para informar sobre los nuevos descubrimientos. Todos sabían que había que tratar a Farag con cuidado. En junio de 1994, los constructores le mostraron sus hallazgos y le pidieron 70.000 dólares por todo. No se sabe cuál fue la cifra definitiva, pero cuando Farag se marchó de Akhmim habían cerrado el trato.
Todos los contrabandistas locales necesitan un puente hacia Occidente. En el caso de Alí Farag, era un inglés, Jonathan Tokeley-Parry. Con apariencia de estrella de cine, educado en Oxford, Tokeley-Parry conoció a Farag en 1988, en El Cairo, adonde había viajado como asesor de un anticuario danés. Farag encontró a su agente y Tokeley-Parry, a un maestro que le enseñó todos los recovecos de la profesión. El inglés descubrió que el contrabando era ideal para sus aptitudes: ya era conocido como un talentoso restaurador. Los contrabandistas emplean una variedad de tretas para pasar sus objetos, y Tokeley-Parry usó una muy adecuada a su talento de restaurador: disfrazó todo pintándolo de colores vivos e inscribiéndole a cada objeto el nombre de algunas tiendas de souvenirs, y pasó ante los controles de aduana. Para 1994, su sociedad de seis años con Farag tenía un récord formidable: más de 60 viajes entre El Cairo e Inglaterra, y más de 2000 objetos contrabandeados sin ningún incidente. Cuando entró en el escondite de Farag en El Cairo, y vio la estela apoyada contra la pared, se asombró ante el excelente estado de la pieza, aunque le preocupó que pudiera no ser genuina. Pero tras una cuidadosa inspección, se tranquilizó: las inscripciones de la estela mostraban las suaves incisiones de los instrumentos de cobre de la época, menos profundas que las que dejan las actuales herramientas de acero.
A poco del descubrimiento de la estela, el doctor Jaromir Malek, director del Instituto Griffith del Museo Ashmolean, de la Universidad de Oxford, recibió por e-mail una foto junto con una nota de un tal Kim Pegler, abogado, que esperaba obtener información de un experto para un cliente suyo. El de Griffith es el mayor archivo de egiptología de todo el mundo y suele ser muy generoso con su saber. Tokeley-Parry sabía que tal vez la estela no había sido desenterrada por accidente, sino robada de algún centro arqueológico. En ese caso, existiría algún registro que la identificara y matara su precio de mercado. Por eso, lo mejor era engañar a un experto como Malek para que investigara la pieza. Pegler no era abogado, pero sí amigo de Tokeley-Parry. El doctor Malek tradujo los jeroglíficos de la estela y se enteró de que había sido un importante funcionario, Pasenencón, encargado de censar la población equina y llamado Escriba de los caballos, el que había encargado el monumento conmemorativo para su familia. Malek consultó el compendio de todos los monumentos egipcios conocidos: la estela era desconocida. Para Tokeley-Parry fue una buena noticia.
Nueva York: el marchand
Poco después, el fax de la galería de Arte Antiguo Frederick Schultz, de Manhattan, imprimió una carta de Tokeley-Parry que describía con entusiasmo el descubrimiento de Akhmim. "La estela de Pasenencón -decía- es la mejor que he visto durante años en el mercado." Y podía comprarse, junto con el resto de los objetos, por 70.000 dólares.
Ambicioso, Schultz había empezado su relación con Tokeley-Parry en 1991, con la venta -por más de un millón de dólares- de una cabeza de Amenotep III. Ahora se hallaban otra vez ante un buen negocio, la estela de Pasenencón. En 1995, Schultz transfirió al menos 52.000 dólares a cuentas de un banco suizo controladas por Tokeley-Parry o Farag. En la primavera, Tokeley-Parry viajó a Ginebra. Alí Farag le había asegurado que la estela llegaría en cualquier momento. Quince días después, no había aparecido.
La siguiente etapa del viaje de la estela permanece en la oscuridad. Durante un tiempo, la piedra parece haberse esfumado. La pista sigue en 1997, con una declaración de embarque que demuestra que la estela fue registrada en un depósito de Zurich, que era parte de lo que se conoce como puertos libres, que manejan grandes cantidades de carga casi siempre legal.
No se sabe con certeza quién compró la estela ni cuándo, pero el oficial de embarque declaró que las piezas habían estado depositadas en consigna por una empresa llamada H. H. Antiques, que había rentado una casilla durante un lapso breve, antes de desaparecer. En 1997, la estela partió en un camión desde Zurich hacia Ginebra.
En la Galería Fénix de Arte Antiguo de Ginebra apareció la estela de Pasenencón a fines de 1997. La galería es propiedad de dos hermanos, Alí e Hicham Aboutaam, que heredaron el negocio de su padre Sleiman, que lo inició en Beirut en los años 60. Los Aboutaam dicen que fue su padre el que compró las tres estelas por alrededor de 70.000 dólares, sin documentos que registren el nombre del vendedor. Los hermanos se cercioraron de que las piezas no figuraran en los registros de antigüedades robadas e hicieron traducir los jeroglíficos por Massimo Patanè, un experto de la Universidad que incluso publicó un trabajo al respecto.
París: el comprador
El artículo del profesor es un elemento más de la campaña instrumentada para impulsar la pieza de arte hasta un museo o una colección privada. Bernard Blondeel, un belga con galería en París especializado en tapices medievales que quería abrirse paso en el mercado de antigüedades, llegó a la Galería Fénix en julio de 1998, donde la estela le llamó la atención, y pagó unos 500.000 dólares por ella y otras piezas. La estela cambió de manos con pocas preguntas. Blondeel puso un aviso publicitándola en la Revue du Louvre, una sofisticada guía de las galerías de París. Los esfuerzos de Blondeel dieron fruto en mayo de 1999, cuando fue a verlo un inversor inmobiliario de Nueva York, Henry Elghanayan, que había visto el anuncio en una revista de antigüedades. Elghanayan, alto ejecutivo de la Rockrose Development Corporation, había visto luego la pieza en la galería de Blondeel, y accedió a comprarla, sin exigir documentos que garantizaran su procedencia. Pagó por ella 210.000 dólares. Cinco años más tarde, la pieza llegó a su lugar definitivo, en un departamento neoyorquino de la Quinta Avenida, frente al Museo Metropolitano de Arte.
La recuperación
A Frederick Schultz, la estela se le había escapado. Pero en 2002 volvió a alcanzarla. Había empezado a tener problemas legales desde que la pieza había desaparecido en algún sitio entre El Cairo y Zurich, en 1997. En esa época, su socio Tokeley-Parry había sido condenado por contrabando a seis años de prisión. Scotland Yard empezó a hacer preguntas sobre Schultz, mientras revisaba todos los papeles de Tokeley-Parry, y pidió a una egiptóloga del Museo de Arte de Brooklyn que comparara las fotos halladas en el archivo de Tokeley-Parry con las piezas que había visto en la galería de Schultz. Una mala foto de las tres estelas le recordó el artículo de Patanè, el profesor suizo, cuya foto daba el crédito a la Galería Fénix, y abrió el camino para reconstruir la ruta de la estela. Aunque Schultz jamás la vendió, y ni siquiera la vio, fue juzgado en 2002 por conspirar con el contrabando de objetos robados. Schultz cumple una sentencia de 33 meses en Fort Dix, Nueva Jersey. Varios meses después del juicio, dos agentes del FBI retiraron la estela del departamento de Elghanayan. Blondeel le reintegró el dinero y, a su turno, los hermanos Aboutaam le reintegraron el suyo.
Se han recobrado algunas de las piezas manejadas por la sociedad Tokeley-Parry/Schultz. Otras siguen desaparecidas. Las dos estelas más pequeñas, procedentes de Akhmim, siguen en posesión de Blondeel, que dice que espera instrucciones respecto de adónde enviarlas. Y agrega que nunca más comprará piezas cuya procedencia no esté debidamente documentada. La estela de Pasenencón se encuentra ahora en el museo de El Cairo, una pieza ejemplar que simboliza el éxito de la campaña de reclamo de los tesoros perdidos de Egipto.
The New York Times/LA NACION (Traducción: Mirta Rosenberg)
Fotos Corbis y gentileza The New York Times
Akhmim
La moderna ciudad de Akhmim, centro comercial a 550 kilómetros al sur de El Cairo, está repleta de grúas de construcción y torres de departamentos realizadas a toda prisa para los campesinos que llegan atraídos por el trabajo. A esto se suman las riquezas arqueológicas que, junto con la pobreza de Akhmim, su rápido desarrollo y corrupción, han convertido la ciudad en una pródiga fuente de objetos para los contrabandistas. Se han registrado incontables travesías de otras piezas originarias de Akhmim que han terminado en distintas partes del mundo.
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