Aprender a atender

Guillermo Jaim Etcheverry
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3 de julio de 2011  

Deambular por una ciudad castigada por una lluvia y un viento helados incita a reponer energías en algún ámbito acogedor. Esa mañana madrileña no era la excepción y, buscando cálido ocio, entré en una espléndida librería, de esas que no estarán mucho tiempo más. Hojeando libros tropecé con una frase que atrajo mi atención y que se refería, precisamente, a la atención. Decía: "Lo que los estudios favorecen es el cultivo de la atención."

Su autora era Simone Weil (1909-1943), cuya historia personal es una de las más apasionantes de la primera mitad del siglo XX. A pesar de su brevedad, la vida de esta intelectual francesa es un asombroso compendio de aventuras que, por lo diversas, sorprenden al coincidir en una misma persona. Hermana del legendario matemático André Weil, estudió en las más prestigiosas instituciones francesas. Si bien desarrolló su carrera académica tanto en Europa como en los Estados Unidos. enseñando filosofía, llevó a cabo una intensa actividad política en el convulsionado mundo de su época: lideró organizaciones obreras y participó en la Guerra Civil Española y en la Resistencia Francesa. Pero tan apasionada inmersión en la realidad de su tiempo no interfirió con sus meditaciones filosóficas, centradas en la ética y la mística, así como con sus experiencias religiosas – siendo judía se aproximó al cristianismo–, que se conocieron por sus escritos difundidos luego de su muerte. T.S. Eliot la definió como "una mujer de genio, de un tipo de genio similar al de los santos."

Aquella frase que encontré me condujo hacia el texto del que proviene y que trata del buen uso de los estudios escolares en relación con el amor a Dios. Dejando de lado sus consideraciones religiosas, Weil sostiene que, en realidad, la importancia del estudio no reside en aprender ciertos y determinados saberes (que la tiene…). Tampoco en adquirir los métodos que conducen a esos conocimientos que, aunque resulte esencial desarrollarlos, al igual que aquellos pueden cambiar con el tiempo. Lo más importante, sostiene Weil, es que al estudiar algo la persona ejercita una conducta paciente que la obliga a concentrar su atención, de manera persistente, para comprender una situación o resolver un problema. Al hacerlo, la persona se mantiene como en suspenso, se centra en el objeto de su atención, con el que intenta familiarizarse, y deja de lado todo lo que la rodea, casi hasta desprenderse de sí misma. Por eso Weil interpreta que el desarrollo de esta facultad de atención es el objetivo básico del aprender, donde reside su principal función. Dice: "Si se busca con verdadera atención la solución de un problema de geometría, aunque en una hora el progreso resulte escaso, durante cada minuto de esa hora se habrá avanzado en una dimensión más misteriosa… Los frutos se recogerán en el futuro." Para ella, ningún genuino esfuerzo de atención es inútil.

Como el debate sobre la formación de las personas se centra en qué y en cómo enseñamos –cuestiones de indudable importancia–, tal vez se nos escape que ese proceso supone algo de similar trascendencia humana: el cultivo de la capacidad de prestar atención, el ejercicio de la concentración reflexiva, del "ensimismamiento", como diría Ortega y Gasset. El filósofo contrapuso dos estados de espíritu: el de los monos que, pendientes de lo que ocurre a su alrededor, no viven desde sí mismos sino desde lo otro, "alterados", con el de los seres humanos, quienes poseen "esa rara capacidad de entrar dentro de sí, de pensar."

Tal vez la frase de Weil impresione porque, al sostener que "aprender es, en esencia, aprender a atender", trae al primer plano el desarrollo de la atención. Sólo atentos al entorno, podremos volver a analizarlo críticamente. Más aún en nuestra época, cuando la actual cultura de la distracción intenta dispersarnos, alterarnos, aproximarnos a los monos del zoológico.

El autor es educador y ensayista

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