
Porque siempre habrá un argentino ahí para pasarte el dato que no te puede faltar.
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Por Julieta Mortati
<i><b>Fernando Gelaf</b>* desde Trier, Alemania</i>

Vivo en Trier (Tréveris), cerca de la frontera con Luxemburgo. Soy cantante de ópera y trabajo en el Teatro Municipal. Aquí, la gente va a ver una representación a "su teatro" aunque viva en los alrededores. Vienen grupos en micros y autos, toman cerveza en el intervalo y se vuelven a sus casas apenas termina la función. Trier tiene 100.000 habitantes y es la ciudad más antigua de Alemania. Tiene un casco histórico muy bien conservado, y la antigua puerta romana de la ciudad, la "Porta Nigra", es un sitio muy apreciado por los turistas. Mi lugar favorito es el claustro de la catedral. Cada vez que un amigo viene a visitarme le muestro el jardín, las columnas y, particularmente, el osario, un hueco en el suelo con una reja que permite mirar el sótano lleno de huesos de personas colocadas allí desde la Edad Media. Los restaurantes típicos ofrecen repollo con puré de papas, mezclados, acompañado de morcillas y chorizos. O pescaditos fritos. De postre, tortitas de frutas secas. La bebida local, además de la variedad Pils de cerveza, es el Viez: una sidra muy ácida que se suele mezclar con agua mineral o con gaseosa. Los de Trier se vuelven locos por ella en verano y suelen venir turistas a tomarla porque solo se fabrica aquí y no se exporta. A mí no me gusta nada.
*Cantante de ópera.
<i><b>Lorena Raffaelli*</b> desde Ámsterdam, Holanda</i>

Llegué a Ámsterdam en 2013 y les puedo asegurar que es un lugar maravilloso para vivir. Si bien es la capital de Holanda, no deja de ser un pueblo. Lo que quiero decir con esto es que es pequeña, silenciosa, calma. Hay muchos turistas, pero apenas te alejás del centro, solo escuchás a los patos y cisnes que nadan por los canales. Ámsterdam hace de la diversidad un culto. En una misma cuadra pueden convivir una iglesia, un jardín de infantes, una cabina de prostitutas, un coffee shop (bares en donde se fuma marihuana), un sex shop sadomasoquista y un estudio de yoga, todos en perfecta armonía. A todos lados se llega en bicicleta y ellas son las dueñas indiscutidas de las calles. Es impresionante ver tantas juntas en absolutamente todos los rincones de la ciudad. El clima es lo más difícil de soportar, hay estadísticas que dicen que llueve 214 días al año. Por eso, cuando hay un día de sol, los holandeses sacan mesa y sillas a las veredas y comen afuera. El idioma no es un problema, claro que el holandés es complicadísimo, pero todos hablan perfecto inglés. Una de las pocas palabras que aprendí es ¡Gezellig!, que significa acogedor, agradable y amigable, un adjetivo que le queda pintado a esta ciudad.
*Diseñadora gráfica.
<i><b>Tobías Casafús*</b> desde Gunbalanya, Australia</i>

Las comunidades indígenas en Australia no son conocidas como puntos turísticos. Para poder llegar a ellas por tierra es necesario cruzar varios ríos. Mi viaje era laboral, pero se dio cuando sentí que había empezado a conocer un poco más de la sociedad australiana y quería saber cómo vivían en estas comunidades aborígenes nativas. Quise entrar en contacto con diferentes culturas, terrenos, paisajes, plantas y animales. Nos recibieron con los brazos abiertos y nos hicieron partícipes de su música, arte y costumbres. Los niños siempre mostraron mucho interés en nuestro trabajo, se acercaban a preguntarnos nuestros nombres, de donde éramos y qué estábamos haciendo. El alcohol está prohibido porque es uno de los problemas más grandes dentro de ellas. Quedé impactado por el modo en que cambiaban los paisajes y las rutas a medida que nos alejábamos de las grandes ciudades. Pasar por tierra, ripio, arena, barro, charcos y ríos para llegar a destino hizo que lograrlo fuera mucho más satisfactorio. Cada amanecer en un lugar distinto hace que me sea difícil elegir un momento en particular. La imagen que ven es una mañana en un terreno sagrado de la comunidad Gunbalanya. Despertarse con esta postal fue impresionante.
*Sonidista.






