
Ariadna Gil: la chica de pelo azul
Catalana mansa y febril, es una de las actrices más taquilleras de España, y pisa fuerte por aquí. Después de Nueces para el amor, viene a filmar la segunda parte de El lado oscuro del corazón
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Sólo hay tormenta en la cima, en esos pelos como un fósforo encendido. Debajo, en cambio, está todo tranquilo. Está Ariadna Gil, agazapada. Tiene un teléfono en la mano y las piernas replegadas sobre un sillón de hotel. Escucha.
-Tin, tin, tin. Hay música.
Ahora ríe, intenta divertirse. Del otro lado de la línea, en pocos minutos, le estarán haciendo una entrevista por radio.
-Rolando Hanglin. ¿Le conoces?
Pregunta mientras la música hace tin tin tin, y hay varias cosas para contestarle, entre ellas una bastante entretenida.
-Es un señor que se desnuda en televisión.
Cuando Ariadna Gil entra en pánico, se le nota en los ojos. Dos almendrillas sonrientes, perpetuamente ensoñadas, que en este momento hacen plop.
-Dios mío.
Hanglin, todo un caballero, jamás le preguntará las cosas tremendas que Ariadna imagina que preguntan los hombres que se desnudan en televisión. Pero ella igual tiembla porque en España, donde es una de las actrices más cotizadas y taquilleras del momento, la prensa ha logrado enloquecerla un poco. Y eso que estaban todos vestidos.
-No, no. Ha estado bastante bien -se alivia después de la charla-. Si yo esperaba algo peor. Con eso del nudismo en cámaras, me esperaba algo más amarillo. Sabes, es que de repente hay gente a la que no le importa nada la película o lo que hagas, y lo único que quiere es preguntarte tonterías. También tuve que cortarle un poco porque empezaba con "¿Y a tus padres, les gustaba lo que hacías?", cosas más personales y es cuestión de llevarlo por otro lado.
-¿Por qué te molesta que pregunten por tus padres?
-Sucede que estoy acostumbrada a la prensa española, que te pregunta una cosa con la idea de llegar a otra. Yo, por ejemplo, vengo de una familia muy de clase media, normal-normal. Pero en España se empeñan en decir que vengo de una familia muy bien, de clase alta y tal. Ojalá hubiera sido así, pero no. No me llevo del todo bien con el periodismo basura, como en todos lados.
Ariadna, clásico ejemplo de actriz alérgica a ciertas prensas que la tienen algo escaldada. Aunque en Buenos Aires, donde es menos conocida que en sus pagos, la han tratado bien. Con educación y todo. Cuando se hizo esta entrevista, ella estaba en nuestro país para la presentación de Nueces para el amor, la película de Alberto Lecchi, que: a) trata sobre los encuentros y desencuentros de una pareja a lo largo de treinta años de historia argentina; b) fue presentada con éxito en festivales internacionales; c) acaba de salir en video, y d) le abrió a Ariadna las puertas al público argentino (aunque se la puede encontrar con anterioridad en Belle Epoque, ganadora del Oscar a Mejor película extranjera).
-Acepté el guión de Alberto antes de leerlo, y me alegro de mi decisión. En general soy muy impulsiva. Primero me pego la hostia y luego digo qué burra, podría haber ido con más cuidado. La gente me ve muy cerebral, pero la realidad me demuestra que no soy así. Por ejemplo, la gente se enamora, se lía con alguien y luego se pasa varios meses pensando si la relación funcionará o no. Yo me lío con alguien y me voy a vivir con él. No lo pienso, aunque luego me vaya mal.
Se lió con David Trueba, y fue tan prolijita con su lío que el resultado fue una especie de película coral pensada al milímetro. A ver: David es el hermano menor de Fernando, el director de Belle Epoque, el film en el que Ariadna hace de una lesbiana parecida a un soldado de infantería. David Trueba fue también coguionista y guionista de Amo tu cama rica y Los peores años de nuestra vida, dos películas también protagonizadas por la chica. El resultado de tanto roce fue un amor, y una hija de tres años llamada Violeta, que es además el nombre del soldado de infantería de Belle Epoque.
- Bélle Epoque fue una especie de bisagra en mi carrera. Además, fue un rodaje muy especial y quedé con una sensación muy bonita, como si hubiera vivido en una nube durante dos meses. El papel era complicado, pero estaba tan bien definido en el guión que no tuve problemas para hacerlo.
Homosexual hecha de acero y pasiones, flor enamoradiza y magnética, yonkie hasta las venas, monja ingenua, mujer de una grisura conmovedoramente frágil. Ariadna supo calzarse todas las pieles, vestirse de otra y llegar mucho más lejos que su vergüenza.
-Yo soy muy tímida y la actuación me da un placer tremendo, por tener alguien en quien escudarme. Si tengo un texto me siento capaz de hacer cualquier cosa.
Lo dice así, con su voz mansa que parece arrastrarse, que se retuerce sensual entre los despojos del sueño. Lo dice con la misma voz que hace algún tiempo se dejó entrenar por una foniatra criolla. El rodaje de Nueces para el amor, imponía la condición de hablar como porteña. Ahí estaba la foniatra, entonces, mujer argentina en Madrid, nostálgica por condición genética, contándole a Ariadna sobre el barrio de la infancia, y los trenes, y el asado. Imponiéndole la tibia melancolía del mate amargo en Europa, y un poco de Goyeneche, y che.
-Desde el primer día me dijo: "aunque al principio te equivoques, ya no hables más con acento español". También me recomendó que al pisar Buenos Aires hablara con todo el mundo como porteña, mal o bien. Yo había estado en la Argentina antes, muy poco tiempo, mientras rodaba Malena es un nombre de tango. No la conocía mucho, y cuando llegué para el rodaje de Nueces... venía con el topicazo del argentino encima: melancólico, chanta... y me encontré con una ciudad muy dura y con problemas, pero también muy vital. Me han llevado por todos los barrios. Esta fue una película en la que me cuidaron como pocas veces en mi vida. Además, el tema me interesa: Nueces... muestra cómo la historia puede cambiar el destino de la gente. Yo vengo de una tercera generación de la guerra civil española, que cambió el destino de mis abuelos, mis padres y el mío.
El destino. Un acertijo que se resuelve en el último segundo, una ley que Ariadna sigue con fervor religioso. Ella dice que va adonde el destino la mande. Y, hasta ahora, la mandó bien.
-Me gusta irme, viajar. Por mi trabajo estoy alejada de España durante mucho tiempo, pero no me llevo conmigo cosas materiales. No las necesito. Hombre, si puedo me llevo gente, las personas que quiero. Pero luego me gusta mucho la relación muy nómada; si me paso muchos meses en una ciudad me agobio. Siempre fui así. En casa nos mudamos varias veces, más de tres en Barcelona, unas cuatro en Madrid, y ahora vivo en París, Los Angeles...
Nació en Barcelona, en 1969. Creció entre un padre abogado, una madre empresaria, dos hermanos mayores, y compañeros de escuela con los que jugaba al fútbol hasta amoratarse a golpes. - Vamos, también tenía mis muñecas. Yo siempre estaba imaginándome cosas. Cuentos, historias entre muñecas... creo que la imaginación era lo mejor que yo tenía. Aunque el fútbol también me encantaba. Y bailar... De pequeña era muy activa: nadaba, estudiaba baile, canto, violín, y todo lo hacía mal, pero lo hacía. Es decir: no tenía talento, soy negada para el baile, para la música también. A mis hermanos se les da la música más que a mí.
Mientras los hermanos tocaban en Matamala, un grupo de rock de cosecha propia, ella estudiaba idiomas (francés e inglés) y cursaba en la Escuela de Arte Dramático de Barcelona. Poco tiempo después, con la adolescencia fresca, un jeans gastado y una remera de saldo, apareció en la portada de V.O., una de las revistas más vanguardistas de España. Ya reunía los requisitos para ser una joven revelación. A saber: había trabajado en varias obras de teatro; llevaba conducidos y protagonizados tres de los programas más importantes de la televisión autónoma de Cataluña (en uno de ellos, Graduïs ara pot, daba clases de lengua castellana); y con apenas 16 años había sido convocada por Bigas Luna para la película Lola, como la hija de Angela Molina.
-No es que empecé y todo fue un boom. Empecé bastante joven y cada cosa a su tiempo. He trabajado mucho y no he parado nunca de intentar hacer cosas que me gustan. Y además he tenido la oportunidad de hacer esas cosas, que ya es mucho.
Vuelve a sonar el teléfono. Por quinta vez durante la entrevista, el teléfono maldito. Quiebra las cejas a dos aguas, hace un gesto de pregunta parecido a la súplica que arrastran los niños cuando piden por favor, mami, una vueltita más. La última vueltita.
-Te prometo que es la última vez que atiendo, si no te molesta -se disculpa, con una cara de pena que da pena-. Es que acabo de llegar y me están llamando los amigos que me he hecho en el rodaje. Deja que les atienda y les diga que llamen luego, ¿sí?
Atiende, entonces.
-Sí, soy yo. Sí. Pues yo creo que no. Muy bien. No. ¿Usted dice para dejar el pasaporte? Entonces no. No creo. Por eso. No tengo nada de valor, ni joyas ni nada. Exactamente. Gracias.
Clic.
-¡La caja fuerte! ¡Para los diamantes!
Se desborda con sus ojos que ahora ríen, como si la presunción de diamantes fuera el mayor crimen, y el mayor absurdo, que le pasó en la vida.






