Arte y verdad sobre la mentira

Cuál es el status del engaño en la tradición de Occidente. Sobre esta premisa, una serie de ensayistas analizan el valor que se ha otorgado y se otorga al embuste en nuestra cultura
(0)
2 de diciembre de 2001  

Lo hacen los pájaros, lo hacen las abejas, hasta los profesores más educados lo hacen: entonces, ¿por qué no mentir? Con esa pregunta nos deja la lectura del libro The Liar‘s Tale: A History of Falsehood (El cuento del mentiroso: una historia de la falsedad), (W.W. Norton & Company, New York), del periodista británico Jeremy Campbell.

Este audaz viaje por el sótano de la historia intelectual resulta fascinante y perturbador. Aunque reconoce que la verdad debería ser la práctica normal de la sociedad, Campbell trata de que veamos que "para bien o para mal, la mentira no es un rasgo artificial, desviado o accesorio de la vida". La mentira es indispensable para la evolución humana, pues no podríamos sobrevivir exclusivamente a base de "una dieta tan magra como la de la verdad".

El cuento empieza en la crucial coyuntura histórica en la que Darwin descubrió el engaño y la falsedad que proliferaban en el mundo natural. Si el fingimiento funciona en el caso de los pájaros y las abejas, vale la pena analizar cómo funciona entre los humanos. Hay muchas pruebas, alega el autor, de la utilidad de las estratagemas, desde la mentira pura y llana, y las exageraciones hasta las verdades omitidas y los mitos sociales, a lo largo del avance evolutivo de la humanidad. Pero el interés de Campbell no se centra en la investigación científica darwiniana, sino en la argumentación intelectual con respecto al status de la mentira en la tradición de Occidente.

Su atención se enfoca en los desprestigiados pensadores que han cuestionado la eficacia de la pasión por la verdad. Así, entre la lista de personajes, el lector encontrará embusteros tan antiguos como Odiseo y el sofista Protágoras, mentirosos medievales como Ockham y Maquiavelo, los modernos Nietzsche y Freud y, finalmente, sospechosos posmodernos como Derrida, Lacan y Foucault.

Los relativistas posmodernos, dice Campbell, son descendientes directos de los antiguos sofistas, aunque por cierto ve una diferencia entre los embusteros actuales y los ingeniosos griegos. Los filósofos contemporáneos, que bajan del pedestal la búsqueda de la verdad y la reemplazan por la investigación del significado, no representan una contracultura marginal, sino que son los pontificadores que pretenden otorgar sentido al mundo de hoy.

En su opinión, esta nueva clase de sofismo "eleva la mentira al status de arte y la vuelve neutra al proclamar que el lenguaje es inherentemente indigno de confianza".

Y a pesar del evidente placer que Campbell siente ante la irreverencia de estos pensadores rebeldes —llega a sugerir, por ejemplo, que la animosidad de Nietzsche contra la verdad podría haberse suavizado con la ingesta de un poco de Prozac—, todo su cuento termina con una nota admonitoria: aunque la cultura posmoderna puede servir para liberar la imaginación, "alzando las anclas de la tradición y socavando los cimientos", también podría desatar "una especie de locura", que podría llegar a sumergirnos en un mundo digno de George Orwell, en el que decir la verdad se convertiría en un acto revolucionario.

De esta manera, su libro funciona en realidad como advertencia: la mentira, por fascinante y útil que sea como estrategia, no sirve como sustituto de la enloquecedora búsqueda de la verdad.

Irónicamente, aunque es verdad que la mentira nos ha acompañado siempre, también es cierto que cada ataque contra la verdad termina, inexorablemente, por invocarla.

El arte de mentir

En una escena clásica de La malvada –el famosísimo film dirigido por Joseph Mankiewicz en 1950–, el serpentino crítico Addison De Witt desenmascara a Eve Harrington probando que ha mentido con respecto a su vida para congraciarse con la actriz a la que anhela reemplazar. "En San Francisco no hay ningún teatro Schubert –le dice, desarticulando una anécdota que ha contado la joven actriz–. Jamás estuviste en San Francisco. Y ésa fue una mentira estúpida, fácil de descubrir, indigna de ti."

Addison y Eve comparten muchas cualidades –"desprecio por la humanidad, incapacidad de amar y ser amados, una ambición insaciable y talento", según el propio DeWitt–; pero, fundamentalmente, ambos son embusteros de primera línea. Es una manera de expresar la verdad implícita de la mentira, al menos desde el punto de vista del mentiroso: que mentir es un arte que requiere gracia y habilidad. Para una persona dotada para la mentira, un embuste mal dicho es como un torpe paso de baile, algo "indigno de ti".

Una mentira bien dicha, por el contrario, puede comunicar muchísimas cosas, según el contexto: puede ser una declaración de guerra, una broma amistosa, un gesto de solidaridad o de mezquina autodefensa.

Un libro reciente, escrito por Evelin Sullivan, publicado en Nueva York por el sello Farrar, Straus & Giroux, y que lleva por título The Concise Book of Lying, funciona como una guía y manual para mentirosos, incluyendo diagramas paso a paso para los torpes, y también ejemplos de prevaricaciones notables en el terreno de la historia, la mitología y la literatura.

Basándose en la Biblia, Shakespeare y el Manual de Diagnóstico y Estadística de Perturbaciones Mentales, de la Sociedad Americana de Psiquiatría, la autora proporciona un panorama amplio junto con un minucioso análisis de los textos, más un poco de filosofía personal.

El volumen contiene incluso un instructivo capítulo que enseña a mentir bien (de manera simple, ateniéndose a los hechos y sin vacilaciones).

El tema tiene, sin duda, carácter universal –¿quién no ha mentido, a quién no le han mentido alguna vez?–, y es más esencial a toda la raza humana que cualquier otro (incluyendo el sexo), pero la autora –igual que muchos comentaristas– no puede prescindir del juicio moral, que condena la mentira como algo malo, que daña al mundo.

Por cierto, mentir es malo, y hace daño al mundo (o, al menos, agrede la sensación de confianza humana), pero la historia y los textos registran ocasiones en las que la mentira se convierte en algo más interesante y trasciende el terreno del juicio moral, empezando por el Jardín del Paraíso.

No sólo la serpiente, sino también Adán, Eva y hasta Dios mismo se embarcan en diferentes grados de engaño: Dios les dice a Adán y Eva que morirán si prueban la manzana, cosa que no ocurre, a menos que uno interprete que la expulsión equivale a la muerte.

En el Antiguo Testamento, según Evelin Sullivan, la mentira es más bien un acto y no un estado interno, una herramienta pragmática que Yaveh suele pasar por alto y que con frecuencia incluso perdona y hasta recompensa –como cuando Jacob se cubre con la piel de un animal para engañar a su padre y hacerse pasar por su hermano Esaú y conseguir la bendición destinada a este último.

En el Nuevo Testamento, sin embargo, las cosas cambian: mentir es prueba del pecado, la mentira es un delito grave, y acaba en hipocresía. Convertida en crimen, se la estigmatiza y siempre se la rastrea hasta su origen primordial, el Diablo, "padre de las mentiras".

La autora ve al Diablo como uno más de la revoltosa familia de mentirosos icónicos, y lo incluye dentro de la subversiva mitología de los embaucadores, del mismo linaje que Hermes, el joven Krishna y hasta Bugs Bunny, ese bribón engañosamente frágil, que no deja de seducir al mundo para ponerlo patas arriba.

"Los embaucadores –dice Sullivan– son los héroes de los siervos y los esclavos, y de los desposeídos en general, que a través de ellos –y gracias al ingenio y la capacidad de engaño que los caracteriza– pueden participar vicariamente en la destrucción de algún personaje poderoso y bestial." El libro también analiza a los grandes mentirosos de la historia de la literatura, como Yago, y exalta el tratamiento satírico que Swift da al tema en Los viajes de Gulliver.

En el capítulo final, se dan ejemplos de embaucadores del reino animal, como las mariposas que practican el mimetismo batesiano, y son capaces de disfrazarse y cobrar la apariencia de otra familia de mariposas, que no resulta apetecible para sus predadores naturales.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Lifestyle

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.