
Así creamos Mandioca: hace 50 años nacía el sello que impulsó el rock nacional
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Por haber sido parte del asunto, me invitan a que relate aquí la gestación y los inicios de Mandioca, la madre de los chicos, la primera marca independiente en la Argentina de producción de lo que se llama hoy rock nacional. El experimento arrancó hace exactamente medio siglo, pero lo contaré en tiempo presente, buscando transmitir así la increíble vitalidad y la sensación de urgencia que aquel momento sigue comunicando a mi memoria.
(Mientras que entre paréntesis como estos que ahora abro, comentaré aquel pasado desde el presente en que escribo y que de haberlo adivinado, habría alarmado al chico que yo era).
Protagonistas de esa etapa primera fueron poderosas entidades musicales, hoy correctamente mitificadas: Manal, el trío preeminente de Javier Martínez, Claudio Gabis y Alejandro Medina; Miguel Abuelo, actor de sus poemas musicales, y Pappo, ya por entonces explosivo entre los Abuelos de la Nada. Se sucedieron tras esa eclosión originaria, Pappo’s Blues, Vox Dei, Billy Bond, La Pesada del Rock and Roll, Sui Generis, y todas las músicas y letras que siguen reflejando las muchas otredades que habitan el suelo de la República Argentina.
Estamos en 1968. Tengo dieciocho años. Muy oportunamente, ya que los jóvenes, es decir la masa en efervescencia de la generación del baby boom, nos hemos convertido en un sujeto central de interés para un heteróclito abanico de gente adulta atenta al devenir de la sociedad, profesionales de la sociología, la educación, la política, la moda, e infaltables los periodistas de los semanarios, que registran, describen y a menudo dibujan y pintan la actualidad según sus intereses y sus prejuicios culturales.
Pero (gran y significativo pero) en la Argentina del general Onganía, presidente de facto, también se ocupan de nosotros las fuerzas de policía. Ciertos signos exteriores (minifaldas en las chicas, pelo largo en los varones) les bastan para encerrarnos sin otro pretexto que la "verificación de antecedentes". Somos la diferencia inadmisible que se atreve a mostrarse y a rechazar, sin violencia pero con convicción, los caminos trazados, las convenciones, las restricciones, el rígido, sofocante modelo único. Es el año del Mayo francés y de la multiplicación por el mundo de los festivales de rock. Aquí llevamos ya unas cuantas temporadas calentando los motores. Creemos, cruzando los dedos, cándidos y descarados a la vez, que, incluso en esta Buenos Aires árida de posibilidades, que no nos quiere y nos lo demuestra, vamos a conseguir darle su lugar a la contracultura (palabra y realidad muy del momento) con la que nos identificamos.

De allí, Mandioca. Que por improbable que parezca, hemos creado y estamos poniendo en órbita con otros dos chicos, de veinte años, Rafael López-Sánchez y Pedro Pujó, amigos los tres y excompañeros del Colegio Nacional de Buenos Aires, en conjunción insólita con un señor de 36 años, Jorge Álvarez, editor inteligente de libros de éxito con casa a su nombre, y en esta aventura régisseur técnico del equipo y nuestra garantía ante el establishment. Su entorno no adora el proyecto. Un autor cuarentón me pregunta si Jorge es el padre de los chicos, es decir nosotros, el trío de pendejos, y le respondo que Mandioca es madre soltera.
Hoy, 12 de noviembre de 1968, en el flamante Teatro Apolo en la calle Corrientes, de las librerías abiertas día y noche y los viejos cafés donde se cruzan pensadores, artistas, beatniks, hippies, jurisdicción de la Comisaría 5ta., estamos presentando el proyecto Mandioca, en un recital que abre Cristina Plate, prosigue Miguel Abuelo, y concluye Manal, novedades absolutas una y otros.
Imaginamos esta noche no como un show sino como un acontecimiento, happening, celebración, y ahora en vivo, desde bambalinas, la vemos ir abriéndose como una rasgadura inevitable en la uniformidad del paisaje cultural de la ciudad, por la que irrumpe, a contramano, un gentío joven –todos hippies, según un señor mayor, molesto hasta de tener que pronunciar la palabra–. Quizá muchos de ellos entren por primera vez en un teatro. Con naturalidad, reciben el espectáculo como un ritual que les pertenece.
Rafael y yo, que decimos, casi a modo de mantra post-pop que el arte es la vida, perseguimos la idea de la creación permanente. Más allá de la música, quisimos esta noche como un hecho estético per se, una intervención de lo artístico en lo cotidiano. No hay tiempo ni medios para organizar el envío de invitaciones comme il faut, cartones atractivos en sobres de calidad, escritos a mano con una caligrafía elaborada. Se nos ocurre –Rafael recuerda que Jorge solía incitarnos con un "Deliren, chicos!"– una alternativa que marcará el estilo Mandioca. Hacemos imprimir afiches idénticos a los que anuncian, engrudados en paredes de barrio, en una sólida tipografía negra sobre fondo amarillo, las noches ¡a puro ritmo! de clubes y bailongos. Pero en los nuestros figuran, en prolijas columnas, los nombres (conocidos, e incluso famosos) de los invitados que esperamos reunir, una mixtura de personajes de la cultura y el espectáculo. Los que vienen se enteran de que algo está cambiando.

Una de las dos escaleras que llevan a la sala del Apolo, en el primer piso de una galería reciente, está enteramente ocupada por jóvenes cantantes, una parte del coro del Colegio, que, partitura en mano, atacan, a capella, aires de cantatas de Bach. Aparece luego, escoltada por un guardaespaldas, una muchacha en traje de novia que no lleva un bouquet de boda sino un grabador marca Geloso que emite, por supuesto, la Marcha nupcial de Mendelssohn. Recorre una alfombra roja, pero de papel. Detrás de ella, el público puede entrar en la sala, finalmente, tras una larga espera. En cada butaca les espera un programa, con un exquisito dibujo de Daniel Melgarejo, artista extraordinario, y un pito y una matraca que son empleados de inmediato (Pedro recuerda que hicimos que los hippies entraran gratis).
Dos artistas claves
Los dos grandes golpes al alma de esa noche de primavera, Manal y Miguel Abuelo, son esenciales para Mandioca. Encarnan dos aspectos, dos colores de la movida joven y adolescente que se anima a asomarse y que Mandioca aspira a representar. Compartimos también el ser, ellos como nosotros, inéditos en nuestros respectivos campos, cifras no previstas en el cálculo cultural de la época. No hay referencias para lo que hacemos, día a día nos toca inventar todo.
(Miguel Abuelo, no Peralta, que conocíamos de la movida hippie, había ya encontrado la esencia de su identidad en la mezcla imprevista de referencias múltiples, no sé si todas conscientes: folclore argentino, trova, María Elena Walsh, cabaret vanguardista, y también Béla Bartók y Walt Whitman, como supimos, me recuerda Rafael, cuando compartimos carpa en los entonces frondosos bosques de Valeria del Mar, de donde, tras pocos días de arte y naturaleza, fuimos expulsados por la policía. Miguel era un poeta, un cuentista en versos, dotado de un lirismo que atenuaba con ironías. Tenía, como todo seductor inveterado, un gran sentido de la teatralidad: jugaba con sus posibilidades vocales con ductilidad de actor. Se lo exigían sus canciones, que iban de la fragilidad al delirio. Nunca dejó de reinventarse: en los 80 explotó en un rock audaz que llegaba lejos. Claudio Gabis lo ve como un nuevo tipo de hombre y de artista, fiel a tradiciones de rebeldía y de bohemia, pero según los modos nuevos de pensar la vida que los jóvenes buscábamos explorar).
(Quién al escuchar a Manal, en digital, hoy en 2018, recibe un golpe, puede muy bien imaginar el shock total que producía inevitablemente el trío en vivo en 1968. No es que la rompieran solamente, también hacían añicos los prejuicios intelectuales y de clase, y el cipayismo implícito, que estigmatizaban el canto en español, admisible solo en formatos típicos, tango, folclore, boleros, o desdeñados, como el género tropical y el pop empático de los ídolos de la televisión. "Cantar rock, beat, soul, o sus variantes, en castellano era considerado mersa, berreta," confirma Claudio Gabis. Pero la originalidad y la potencia de Manal –que enlazaba, en la definición del guitarrista, "la simplicidad formal del blues, la riqueza armónica del jazz y la poesía madura y contestataria de Javier (Martínez)", y que a la vez "se podía relacionar con lo que hacían Cream y Hendrix en el norte"– acabó imponiendo ese cambio drástico en la Argentina, donde "el blues y el rock duro no hubieran sido posibles sin el trabajo de ablande que hizo Manal tocando en infinidad de clubes suburbanos, tres o cuatro shows cada noche de fin de semana, ante un público que, insólitamente, dejaba de bailar para escuchar, respetuoso y atento, el mensaje de las letras y las largas improvisaciones instrumentales" . Y precisa: "Más tarde, el carisma y talento de Pappo convirtieron esa música en algo masivo, pero la semilla, creo, la plantamos nosotros").
(Cincuenta años después, gente que estuvo en la noche del 12N o que vivió la época, y otra que por entonces estaba lejos de nacer, nos convencen de que Mandioca fue el hecho diferente que abrió el país al rock, por fuera del sistema. Hablan de hito, de mito, de un sueño que en el mundo de las megacorporaciones de hoy no es posible vislumbrar ni siquiera en un destello. Pero Mandioca era también imposible entonces. Por eso lo hicimos, o lo flasheamos, y por eso, en su estado primero, duró lo que una tormenta rica de relámpagos. Con el tiempo fue un fuego.)
(Junto a Rafael López-Sánchez entonces, López-Cambil después, que me lee a la distancia e interviene en lo escrito, y a Pedro Pujó, guardián fiel, celoso y meticuloso de todo lo que es Mandioca, otro de mis preciados compañeros en este viaje a la memoria compartida es Claudio Gabis, él también alumno del Colegio. Allí las inquietudes comunes nos reunieron años antes de la aventura de Mandioca. Los sitios donde hubo rock antes del rock nacional no fueron solo La Cueva de la calle Pueyrredón, donde se lo tocaba, o La Perla del Once, donde se lo elucubraba, sino también, mucho menos previsible, en una institución histórica de enseñanza secundaria, donde lo pensábamos y lo sentíamos como una parte crucial de ese otro modo de estar en el mundo al que aspirábamos. Exige, creo, un flashback dentro del flashback, o en términos más acordes al contexto, una analepsis dentro de la analepsis).
Año 1965, tercer ciclo lectivo, 15 años. El profesor de castellano más canchero del mundo, Juan Carlos Pellegrini, nos da como trabajo práctico escribir y armar una revista. Bautizo El ojo privado la que hacemos, impresa a mimeógrafo, con ilustraciones y fotos. Es la ocasión soñada para acceder a lo mejor de la literatura.

(Bastaba atreverse. El cielo, es decir Borges, era el límite. Él nos recibió un largo momento en la Biblioteca Nacional de la calle México, recuerdo que guardo para otras memorias).
Segundo en mi lista está Jorge Álvarez, portador del nombre que figura en la tapa de la mitad de los libros que pido prestados y estrella del circuito artístico-intelectual porteño. Nos recibe en su local de Talcahuano casi Lavalle. Firma cheques y fuma –y nos permite fumar– mientras nos responde sin condescendencia. Conclusión unánime: un tipo piola. Me pregunto si algún día me publicará. La frase, suya, que elijo para pie de su foto: algo quedará.
(En efecto, algo quedó).
No paramos, todo ha de ser ya. Al año, el reportaje, que ha gustado, es republicado en el número 0 de Esta generación, la revista en offset que hacemos con Pedro Pujó. En alguno de los cinco números que salen, Rita Segato escribe poemas y Claudio Gabis discurre sobre Dylan, los Beatles y las canciones de protesta. Yo escribo cuentos y más reportajes a la gente que para mí cuenta, como María Elena Walsh y Quino.
Somos jóvenes, no tenemos tiempo. Por la revista aparece gente estupenda. Como Rafael, con aura de rebelde y barba casi roja, fan de cine y de libros. A veces tiene coche y damos vueltas, discurriendo y buscando los posibles misterios de Buenos Aires y de sus alrededores, ya que somos del sur –Lanús él, yo Avellaneda–. En bloque, además de la literatura argentina contemporánea, el rock en inglés, el cine italiano, el pop art de los Estados Unidos, la moda de Londres, Jeanne Moreau, Mina y McLuhan, nos junta el gusto entrañable, la herencia aceptada de la cultura popular. (En la edad del todo o nada de nada, la fusión, el estado de individualidad derivó pronto en un constante tráfico de ideas por un circuito único de doble mano).
En el 67 somos hippies
(Los primeros cuarenta, precisa Rafael, nos reunimos en Plaza Francia. El Día de la primavera, chicas y chicos venidos de todos los suburbios acudieron a Plaza San Martín convocados por Pipo Lernoud, poeta y letrista, y Mario Rabey, otro amigo y compañero nuestro del Colegio. Los signos exteriores de disenso, pelos, ropa, colores, distaban de ser tan evidentes como los de las tribus urbanas del norte del planeta, pero actuaron de inmediato como un imán para los medios populares. Las revistas sensacionalistas y algunos noticieros de televisión convirtieron en algo exótico y ambiguo a la vez que inquietante, las guitarreadas, encabezadas por el hoy auroleado Tanguito, y la protesta puntual contra las guerras, la represión, las discriminaciones, expresada con cortesía y un cierto humor.)
(Hasta Primera plana, semanario del momento, armó un debate. Por los hippies vamos tres polemistas entrenados en el Colegio –Mario, Rafa y yo– y, garante seguro de autenticidad, Tanguito, con su espeso flequillo renegrido y sus insólitas calzas de juglar. Del lado opuesto, trajeados y de corbata, si bien poco mayores que nosotros, cuatro miembros de una cierta Federación Argentina de Entidades Democráticas Anticomunistas que nos acusaron de usar drogas, actuar por ideología para "la destrucción de la familia, la moral, los sentimientos y la tradición" y de buscar a "arrastrar a otros jóvenes" a lo que ellos llamaban "la carrera del vicio". Refrenamos toda ironía, como recuerda Rafael, ante la posibilidad –objetiva, en aquella Argentina– de piñas a la salida).
El activismo hippie no nos aleja de los ya frecuentados circuitos de la avenida Corrientes –teñida de intelectualidad de izquierda– ni de la movida del Di Tella, mixta y à la page con sus versiones locales tanto del pop como del living theatre. Leemos Roland Barthes: El grado cero de la escritura, editado fatalmente por Jorge Álvarez. En El colombiano, uno de los cafés preferidos para naufragar, Rafael escribe un texto de teatro al que llama Mandioca. La palabra se vuelve contraseña. En marzo de 1968, en la galería Lirolay, de la calle Esmeralda, yo presento Mano de Mandioca (lo llamé un ejercicio visual’, pero era una instalación avant la lettre).
Y seguimos empujando el tiempo, que no nos alcanza. En el otoño, Pedro comienza a trabajar en la editorial de Jorge Álvarez y en el invierno nos encontramos los tres muchachos delirando a rienda suelta junto al gran editor en persona, no en torno a libros ni a discos y recitales ni a cine o teatro ni a las artes visuales, sino a algo mayor, una vasta utopía, que engloba uno a uno todos esos intereses nuestros. Queremos hacer del corazón del barrio de San Telmo, que exploramos calle por calle, un enclave de contracultura en la ciudad de la rutina, un área decididamente diferente, un paso quizá hacia el otro lado del espejo.
(Semejante fantasía no podía prosperar. Pero algo quedó. Soñamos toda una gran película, dice Rafael, y pudimos concretar solo algunos capítulos, milagrosamente. Surgió así, rápidamente, Mano Editora, donde publicamos una larga secuencia de pósteres, formato inédito en la Argentina, con los Beatles, los Stones, Jeanne Moreau, Jane Fonda, Marlene Dietrich, Sartre, Buñuel, Truffaut, Raquel Welch, Picasso y, last but not least, nuestras adoradas Norma y Mimí Pons. Fue un rotundo éxito. Estábamos listos para Mandioca).
(Llegar al nombre llevó una noche de brain storming, dice Pedro. Con el énfasis en storming, pareciera, ya que a Jorge le gustaba Jorge Álvarez Discos. Pero la mano venía por otro lado. La madre de los chicos, un homenaje, era el nombre que, irónica, se daba a sí misma Dorita, la inolvidable madre de Mario, en cuyo departamento de Callao y Lavalle, y a pesar de sus protestas, nos habíamos instalado a divagar, por horas, a lo largo de todos aquellos años).
El recital, un gran momento, pasa. Los singles se venden discretamente. Ya es diciembre. Jorge, hasta allí fanático de jazz, ahora entregado a esta causa, se compromete. Vamos a Mar del Plata. Se alquila un local para boliche en un sótano sobre el Boulevard Marítimo, y un chalet en Independencia y Juan B. Justo para instalar a Manal y Los Abuelos de la Nada que se convierte en un mito instantáneo. El boliche también, pero allí por razones puramente artísticas.
(Anécdota para la eternidad: Jorge y Rafael deben presentarse en casa de Pappo para que la madre del futuro patrón del rock duro le dé permiso de viaje).
Del boliche, Rafael me dice: "Yo era gerente, empleado, y con vos decoradores y mozos. Los Almendra prestaron parlantes porque Jorge ya no disponía de crédito con Robertone, el especialista del sonido". Las mesas y asientos son neumáticos pintados; en las paredes desplegamos una infinidad de caretas de carnaval en cartón de Casa Lamotta, compradas en un descarte y en el cielorraso, clavamos zapatillas y zapatos en estrellas de papel plateado figuraban un paraíso democrático.
Las noches son intensas, la música única. "Ahora que el rock en la Argentina es todo –dice Rafael–, pareciera que hubo más gente que asistió a esas pocas noches que la que vio al Diego debutar en Argentinos Juniors". Se inundan los baños. Clausura inapelable. Fuera, bichos.
Rafael, otra vez: "El avioncito publicitario siguió llevando nuestro mensaje por las playas hasta el fin del contrato: La gente hacía cola delante de una puerta cerrada".
De regreso a Buenos Aires, enésima detención con rapada de pelo. Sofocamos. Hacemos Ezeiza-París el 12 de abril de 1969.
(Nuestra última producción fue el single de Samantha Summers, You y Te iluminaré, únicas grabaciones de una rubia jazzera con ecos de chanson française, que bastaron para hacer de ella una enigmática figura de culto. Hoy podemos revelar aquí que se llama Mónica Douek, y es otra amiga y compañera de la banda del bendito Colegio. Ella se fue un mes después, el 5 de mayo, día del Cordobazo. Pedro, a su vez, en diciembre del 70. Mandioca existió por menos de dos años. La idea, en cambio, no ha muerto, ni su necesidad. El pasado llegará mañana).
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