
¡ATENCION! chicos pensando en el futuro
Cada caso es distinto: algunos eligen pensando en la vocación y otros, en el bolsillo. Pero la crisis actúa de modo paradójico: como ninguna profesión asegura trabajo, los jóvenes apuestan a sus propias inclinaciones
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-Cuando me bajé del sueño del pibe de ser bailarina, en tercer año, me anoté en Imagen y Sonido.
Se ríe Sol, sentada en el piso de un aula del Instituto Vocacional de Arte Labardén. Algunos que la escuchan se ríen con carcajadas gruesas y ella se pone sus ojos de chistosa y dice fuerte: -Es que yo quise ser bailarina toda la vida, pero cuando iba a entrar en la Escuela Nacional de Danza me dijeron: "No, nena, te vas a morir de hambre". Imagen y Sonido me gusta. Ya pude sacar la danza de mi vida. La hago aparte... como hobby.
Diego, Emiliano, Guido, Leandro, Diego, Nahuel, Nicolás, la miran esperando más.
-¡Y es una mierda hacer las cosas como hobby! Lo odio.
Estalla Sol, riéndose crispada, y todos se ríen crispados y ella mira como diciendo que en el fondo todo es un chiste. Pero tampoco tanto.
Argentina año 2000. El 50% de las personas que tienen entre 20 y 25 años no terminó el secundario, según datos del Indec. El 20% de la población de la misma edad pertenece a sectores de población casi marginales. Entonces, esta nota va a hablar sólo de unos pocos. De los que pudieron terminar el secundario -o están en eso- y tienen la posibilidad de elegir. Un futuro. Una carrera. Una vocación. -¿Sabés de cuánto era la desocupación en 1990? Del 6% -dice Daniel Filmus, de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), con voz de no poder tragar las dos cifras de este final de década-. Los que egresan hoy de una universidad son los primeros egresados de la hiperdesocupación. Por otro lado están los chicos que tienen la secundaria incompleta o completa, pero sin estudios terciarios, que tienen un futuro negro y que ni salen a buscar trabajo porque ya buscaron y no consiguieron.
Ya no hay sueños dorados de m´hijo el dotor. Hoy el título universitario no es pasaporte seguro a un salario fijo, vital y móvil. Después del título que supimos conseguir vienen el posgrado, un curso en el extranjero, alguna especialización y así hasta el final del final de la vida. -¿Te acordás de las Academias Pitman? -se pone ácido Filmus-. El logo mostraba un chico con un diploma, y te salvaba para toda la vida. Ahora los chicos saben que el diploma no los salva. Hoy, en la Argentina, un 30% de los chicos entre 15 y 24 años está sin trabajo, y esta estadística sólo baja entre los que terminan la Universidad. La escuela media es el piso mínimo necesario para conseguir trabajo.
En el Labardén, los siete magníficos cruzan gritos entre sí, conversaciones a ras del suelo.
-A veces me confundo -se ríe Sol- porque tengo un tío lejano que no sé si hizo tercer grado y era camionero y ahora tiene quinientos camiones y yo tengo mis dos papás que son profesionales, arquitecto y psicóloga, y estamos bien. Pero... somos clase media ahí.
Emiliano tiene la vida dividida entre la música y las ciencias exactas. Quiere ser licenciado en física, con posgrado en el extranjero y todo.
-La física me encanta y si voy a hacer algo por la guita, no hago nada. En la época de mis abuelos, se rompían el lomo para mandar a los hijos a estudiar. Antes tener un título te aseguraba la vida. Ahora, la vida no te la asegura nada. De última, nos hacemos linyeras. Ja.
Después, la charla deriva hacia otras cosas. Se quejan de que el CBC parece hecho a propósito para que nadie pueda aprobar, que todo cuesta tanto, que el que quiere estudiar música en la escuela de Avellaneda tiene que acampar una semana antes en la puerta para conseguir vacante, y después está el tema del secundario.
-Mirá que yo voy al Pellegrini -dice Guido, de pelo tremendo y 16 años- y la verdad, estudié dos veces en el año.
Leandro tiene 20 años, estudia magisterio en el Mariano Acosta. Hizo la especialización en música en el Labardén y adoraría vivir de eso. Ese es su rayo. El fuego que lo quema. La música. Por ahora, por las dudas, se está haciendo maestro.
-Te ponés a pensar y decís: "Loco, voy a ser el maestro del siglo XXI ¡y tengo faltas de ortografía!" Daniel Filmus arriesga que la contrapartida de una situación laboralmente endeble es que al menos hay más gente eligiendo lo que les gusta. Algo así como "si vamos a morir de hambre, llevémonos las botas puestas". Si bien en la UBA las inscripciones siguen siendo mayoritarias en facultades que dictan carreras tradicionales -Medicina, con 11.575 personas en 1999, y Económicas, con 13.107-, las ciencias sociales crecieron de 3980 inscriptos en 1995 a 6360 este año. Pero Filmus asegura que ni la escuela secundaria ni la Universidad preparan para la realidad del mercado. A Axel Escudero, por ejemplo, nadie le avisó nada, cuando a los 18 empezó periodismo en la Universidad de Belgrano. -A los 18 quería ser periodista y nada más, y ahora veo que el mercado no necesita periodistas. Si pudiera volver atrás elegiría otra carrera que me guste, pero que me permita vivir. Cuando terminé el secundario dije: "Voy a seguir el llamado de mi vocación para no frustarme". Es imposible no pasar por una universidad, pero también hay que hacer cursos, computación, idiomas. A esta edad, el 60% de mi sueldo va a parar a mi educación, pero yo no puedo prolongar esta situación hasta los 30 años. Rocío es hermana de Axel y tiene 19 años. A los 18 le dijeron que tenía que trabajar y ella trabajó. Debe algunas materias del secundario. Usa piel pálida, pecas -pocas- y un montón de vocaciones de las cuales ha elegido estudiar una: psicología, porque necesita título para ejercer y además le encanta. Le da también por la decoración, el baile, el diseño. A Rocío le dicen Río, quiere 6 hijos, tiene juanetes, es tentada, decora todo lo que se le cruza en el camino y tiene sueños. De los caros y de los baratos.
-Soy muy voladora, pero realista, y muy optimista con lo que vendrá. No sé por qué, no creo que me vaya mal con cualquiera de las cosas que me gusta. Si soy psicóloga, no voy a ser nada más psicóloga. Uno de mis sueños caros es bailar en un espectáculo en Londres con Mikhail Baryshnikov. Y de los baratos... hacer un curso de fotografía.
Alexander Klosinski es rubio casi blanco y de ojos celestes. De 21 años. Trabaja nueve horas por día en una heladería. Esta mañana está sentado en una sillita de colegio, en el Servicio de Orientación Vocacional del hospital Borda, terminando un test de orientación que tiene fama de ser uno de los mejores de la ciudad. El primer impulso de Alex fue ser guardaparque.
-Pero ya no. Porque quiero estar con una mujer que pueda trabajar, chicos que vayan al colegio, y es egoísta que todo el mundo tenga que seguirme por los parques nacionales de medio país. Entonces, ahora pienso en veterinaria. En algún momento pensé en análisis de sistemas porque tenía entendido que era una carrera con más posibilidades económicas. Menos mal que me pincharon el globo. No quiero que mi carrera me dé una situación económica holgada, sino un poquito de felicidad.
El Servicio de Orientación Vocacional del hospital Borda ha recibido un aumento de demanda desde 1993 hasta 1998 de un 200%. Cada dos meses, 380 personas -de todas las edades, porque el servicio también acepta adultos- pasan por allí buscando un futuro donde calzar las patas.
-En este momento -dice Dulce Sauaya, al frente del servicio- vemos que la tecnología ha dejado muchos espacios en desuso y abrió otros que casi no se conocen. Esa es la complejidad de la orientación en este momento.
Dicen, pero sólo dicen, que muchas de las profesiones que existirán en el futuro todavía no pueden estudiarse en forma de carrera por la sencilla razón de que no existen. Por otra parte, cada vez es mayor el riesgo de empezar a estudiar una carrera y que, al terminarla, esa carrera ya no tenga aplicación.
-Muchos de los padres de los chicos son profesionales que sienten una gran decepción de sí mismos -sigue Sauaya- por la degradación del lugar del profesional, porque ahora son empleados mal pagos o desocupados. Eso se transmite, el padre no quiere que el hijo repita su propia historia. En este servicio, en 1994 notábamos una dicotomía total: lo que me gusta y lo que tengo que hacer para vivir. Hoy, la incertidumbre atraviesa todos los campos y no hay carrera que garantice la inserción en el mercado laboral, con lo cual apuntan más a lo que les gusta.
Si en 1993 el 24% de las personas que consultaban este servicio se inclinaba por carreras relacionadas con la salud, en 1998 el porcentaje había bajado al 8%. Las ciencias sociales pasaron del 7% al 10% en ese período. Económicas y jurídicas se mantienen firmes y la educación está en franca retirada (del 16% en 1988 al 9% en 1998). Ciencias de la comunicación subió de un 7% en 1988 a un 12% en 1998. Las artes se mantienen en crecimiento: de un 2% en 1988 a un 3% en 1998. Esta mañana, en una reunión de seis o siete varones que están terminando su test vocacional en el Borda, hay un chico de nombre Damián. Parece que Damián ha insinuado que le gustaría dedicarse a la política y ahora ya hace media hora que todos lo fustigan y machacan sobre la imposibilidad de ser honesto y ser político. Días después, hablando con Damián por teléfono, esquiva el tema, dice que todo fue un equívoco, que lo de la política no es fuerte, que alguien le preguntó algo y él dijo por decir, que su padre trabajó en algún cargo durante el gobierno de Illia y que una vez fueron juntos a una marcha por lo de Cabezas a Pinamar, que de casualidad se subieron a un micro de los radicales. Y ahí, dice casi pidiendo disculpas, se le ocurrió que alguna vez podía militar. Aquella mañana en el Borda, alguien comentó por lo bajo que si Damián hubiera dicho que quería ser policía lo hubieran tratado mejor.
Alcira Romano es licenciada en psicología y especialista en creatividad empresaria.
-En el futuro va a haber poco empleo, pero nunca va a desaparecer el trabajo. De todos modos, a estos chicos el futuro se les presenta promisorio, saben que van a tener que estudiar toda la vida, pero son más flexibles que los adultos, y a la hora de elegir una carrera piensan más en lo que les gustaría hacer, no en lo que va a ser rentable o los va a ayudar a conseguir trabajo, porque esa respuesta no la tiene nadie.
Martín Garrocho, 18 años, nieto e hijo de artistas, vocación por la pintura desde que tiene memoria. Apenas terminado el secundario se anotó en el CBC para diseño gráfico, pero salió corriendo espantado ante la sensación de cárcel, de ministerio ruso a la antigua que le provocó la Ciudad Universitaria.
-Ese cuatrimestre me cambió la vida. Fue la primera vez en mi vida que tuve que dejar de pintar. Los lugares se llaman con nombre de cárcel, pabellón A, pabellón B. Todo parece hecho para desanimarte, el entorno, la carga horaria. Ahora estoy pensando en hacer publicidad en una privada. Además, estoy yendo al taller de pintura de Sergio Bazán, que antes lo daba Kuitca. La vocación de la pintura ya ni la pienso. Con eso no puedo volver atrás. Pero esa vocación sola es un poco frágil. Necesito reforzarlo con algo que también me guste, como puede ser el diseño publicitario, la escenografía de publicidad. El futuro lo veo con optimismo absoluto, porque no quiero ser millonario, quiero tener la plata necesaria, nada más.
Carolina Giordano dice que es el mismo apellido, pero que nada que ver. Tiene 15 años. Está haciendo el secundario y estudia canto con una profesora particular, además de estar formando su banda de música muy grunge. Quiere ser estrella del rock, pero además va a estudiar licenciatura en publicidad.
-Quiero tener un título, pero me veo viviendo como estrella del rock and roll. A las personas que fueron a la Universidad se les nota que son diferentes. Yo la veo a mi vieja, que es ingeniera agrónoma, y eso se percibe. Además, si por ahí me hago vieja, o me canso de la música, triunfo en la publicidad. Mi mamá me dice que haga lo que quiero hacer, que no hay que bajar los brazos, pero en su mente no creo que crea que puedo llegar a algo con la música. La gente más grande está resignada. Uno dice: "Yo quiero ser cantante" y te dicen: "Sí, a tu edad yo decía lo mismo, pero después terminás lavando pisos con tal de darles de comer a tus hijos". La mayor frustración sería que todo lo que me dijeron ellos resulte verdad. Que todo termine siendo difícil, que meterse en el mundo de la música sea difícil, que irme a vivir con mis amigas a los 18 termine siendo difícil. Eso sería lo peor. Tener que darles la razón. Igual, soy superoptimista. Creo que hay que tener talento y suerte, y saber mezclarlos. Si tenés el don, y además te gusta, es perfecto. No puede salir mal.
El otro día, la mamá de Ana Clara se hizo la carta astral y le salió que su hija iba a tener mucha plata, entonces ahora Ana Clara se ríe y dice que la vocación por la ingeniería industrial se la robó al ex novio de su hermana, que le fue prestando libros y ella se enamoró del álgebra. Pero de ser una de las mejores alumnas de un colegio privado, católico, de monjas y señoritas, pasó a ser la vergüenza de la casa haciendo un CBC en el que fue la más bochada. -Yo no le echo la culpa al colegio ni nada, pero no te preparan para estudiar en la Universidad. Yo aplicaba el mismo método del secundario. Y lloraba. Mi papá me miraba y me decía: "Bueno, Any, si te va mal con esto seguí maestra jardinera". Yo no podía creer que mi propio papá me dijera eso. Ahora disfruto a pleno de lo que estudio. Supongo que es difícil el futuro, pero confío en que voy a trabajar de lo mío y a los 40, que es cuando ya no servís para el mercado, parece, tendré algo propio.
Federico Quiroga tiene 18 años y va al Lengüitas. A él lo salvó el campito de papá en Santa Teresita.
-Me gusta escribir, pero no sé si dedicar mi vida a la escritura, o al campito, o a medias. Entonces voy a estudiar para ingeniero agrónomo. Ese es el plan A. Después tengo muchas ideas para hacer plata. Poner un restaurante económico donde haya un único plato, mil kilos de ravioles, y van todos y pagan un peso. Después, también está la idea del globo. Un globo aerostático con piso de acrílico para mirar para abajo, y llevar gente de paseo. Pero lo más realista es lo del campo. Hasta hace un mes iba a seguir letras. Después se me ocurrió que iba a vivir a mate cocido y pan. En Ingeniería me fijé las materias y son dos años de unas que odio, química, biología, y tres años de cosas lindas: suelos, climas. Cuando saque plata del campo, me compro el globo. Sé que es una suerte lo de tener el campito. Si no tuviera el campito, Dios mío, estaría traumatizado.
Jorge Mena es psicólogo y docente e investigador de la Facultad de Psicología de la UBA.
-Aparece desdibujada la idea de que las carreras tradicionales como Abogacía, Medicina, Económicas, aseguran el futuro económico. Para correr el riesgo de morirse de hambre, prefieren la incertidumbre económica haciendo lo que les gusta. Muchos chicos han pasado por la experiencia de que los padres pierdan el trabajo y eso los hace pensar en una realidad hostil.
Julia Arango va al colegio privado mixto -caro- San Agustín. Se mueve poco del Barrio Norte en el que nació. Dice que cuando empezó a ir al Borda para hacer el curso de orientación vocacional se asombró de ver cómo eran otros barrios, otras gentes. Se anotó en Económicas para el año que viene. Quiere una seguridad, un futuro. Vean, para saber que todo deja marca: -A mi papá lo echaron de la empresa donde trabajaba cuando yo tenía 10 años. Al poco tiempo consiguió trabajo de nuevo, pero me marcó bastante eso. Estaba en lo de mis abuelos y ahí me enteré. Mi abuela lloraba y yo me veía mendigando. Después tengo como una laguna hasta que consiguió trabajo de nuevo y todos respiramos.
Santiago Noguer estudia Ingeniería Mecánica en la UBA y trabaja en una empresa de pinturas. Su papá es licenciado en administración de empresas. Trabajó en una 18 años y un día lo despidieron.
-Eso fue hace tres años. Ahora trabaja en una compañía de seguros, pero en aquel momento tuvimos que salir a trabajar todos. La carrera me va a costar mucho porque trabajo ocho horas por día en una empresa de pinturas y cuando termino no puedo más. Cuando a mi viejo lo despidieron, nos lo dijo mientras estábamos cenando. Me agarró toda una cosa así en el cuerpo... Nos cayó como una bomba. Alguno después, en su intimidad, habrá llorado.
Nicolás tiene 17 años y Gastón 18. Los dos van al San Vicente. Nicolás se anotó en Económicas. Le gusta y confía en que le va a asegurar un porvenir. Confía en casi todo, Nicolás. En el país, que está mucho mejor que hace unos años, y en que el rugby le va a seguir dando los mejores amigos que la vida puede dar. Juega en el Alumni. -Me siento muy feliz porque soy consciente de que no es fácil poder ir a un colegio como el que yo voy, donde me pueden formar bien, según ciertos valores, y que no todos tienen la posibilidad de jugar al rugby. La verdad es que yo no he conocido directamente gente en una mala situación económica, pero en el colegio hay un grupo de misión que va a Cafayate, y uno escucha lo que ellos cuentan y la verdad que esa gente la tiene que pelear mucho. Lo que hacen estos chicos de misionar me parece admirable. Yo no voy porque no me hallo. ¿Sueños? No. Desde que era chiquito dejé de pensar en cuál podía ser mi sueño. Tener una familia, ser feliz, supongo.
Gastón tiene 18. Se va a tomar un año en Europa con amigos antes de empezar Ingeniería Industrial en la UBA. La sinceridad del tipo.
-Yo quiero ser exitoso. Me veo en un sillón de directorio. Soy ambicioso y optimista. Estoy muy contento porque saco la billetera y tengo 10 pesos para ir a bailar y vivo en Barrio Norte, pero a la vuelta de la esquina hay gente que no tiene nada. Estoy contento con mi realidad; pero, claro, eso es egoísta. Me parece que con el colegio sólo no alcanza para educarte. Nunca estuve en una villa, por ejemplo, y hasta que no lo vivís en carne propia no se te abre la cabeza. Cuando los pibes que van al colegio lleguen a grandes y no les alcance la guita se van a dar cuenta de la realidad del país, de lo que está afuera del raviolcito. Que no todo el mundo vive como yo.
-Cuando estés en la silla del directorio, ¿te imaginás como un tipo misericordioso?
-No sé. Es muy fácil decirte que voy a compartir todo lo que tengo, pero sería muy hipócrita. Tengo entendido que la gente de mucha plata es muy tacaña. No sé.
Soledad Murugarren es compañera de colegio de Gastón, Julia y Nicolás. Tiene 18 años y va a seguir Letras en la UBA porque quiere escribir y le encanta leer, aunque no tiene la más pálida idea de qué tipo de trabajo podría conseguir con ese título, salvo el de profesora. Trabajo que, claro, detesta.
-Me anoté en la UBA porque quiero salir de la burbuja de mi colegio. Hace un tiempo me anoté en inglés afuera y había gente que no podía pagar las clases del mes y ahí me di cuenta de que hay cosas que yo ni me entero. Para mí es importante hacer lo que me gusta. Con el talento y las ganas me va a tener que alcanzar. Me angustia mucho la resignación. Me acuerdo que una vez estábamos cenando y comenté algo de mis ideales, y mi viejo me dijo: "Sí, yo pensaba lo mismo a los 18 y después se me pasó". Me puse a llorar en la mesa. A mi viejo le causó gracia, y yo cada vez lloraba más. No me entra en la cabeza que la gente pueda perder sus ideales. Yo no los voy a perder. Sé que me va a costar, porque ahora estoy en buena situación económica y con esta carrera muy bien no voy a estar, pero eso también forma parte de crecer.
Silvestre tiene 20 años, trabaja de lunes a viernes, de 9 a 6, de cadete en una oficina, y de miércoles a sábado en Niceto, una disco y restaurante. Está ahorrando para hacer un viaje y después sí, de cabeza a la Universidad. Aunque antes tiene que dar materias del secundario.
-Quiero estudiar. Ciencias políticas. Derecho. Periodismo. Vocación no tengo. Nada. Cero. Soy rápido con los números, negocios. Quiero estudiar para decir tengo una carrera, un título. Porque si no seguís como va todo el mundo, sonaste. Pero me gustaría poner un buen restaurante. Yo me imagino más como un buscavidas que como un profesional. Un tipo que hace negocios, cosas así.
Sergio Rascován, presidente de la Asociación de Profesionales Orientadores de la República Argentina (Apora), dice que esto de que alguien pueda preguntarse qué le gustaría hacer del resto de su vida es muy nuevito. Típico de sociedades capitalistas modernas. En la Edad Media nadie andaba por allí preguntándose qué quería ser cuando fuera grande.
-Hoy estudiar no es garantía de trabajo ni llave de ascenso social, pero los que estudian se sienten más protegidos, menos expuestos a una sociedad muy competitiva. Hay dos posiciones: una es la de los que dicen me importa un cuerno si me gusta lo que estudié porque lo que yo quiero es hacer guita, y la otra que es la de los que dicen quiero hacer lo que me gusta y punto. Yo diría que hay que encontrar un equilibrio entre las dos. A mí me parece que si se entiende por vocación un deseo asociado a una única profesión, la vocación no existe. Si por vocación se entiende un impulso fuerte que se va a ir construyendo y reconstruyendo a lo largo de la vida, que no es una sola, y que hay aspectos vocacionales que se resolverán en prácticas no profesionales, la vocación existe. En general se vive como una cosa de persecuta: ¿tengo la vocación, no tengo la vocación? Hay que tranquilizar la cuestión.
El Conservatorio Superior de Música Manuel de Falla tiene 2500 alumnos, 300 profesores y cuatro sedes. La demanda es enorme. Si se pudiera incorporar la lista de aspirantes completa, se podría abrir un instituto para otros 2500. El promedio de edades de los alumnos es de 18 años. La mayoría estudia y trabaja en algo casi siempre relacionado con la música. El Manuel de Falla es un sitio por el que se cuelan los ruidos. Las paredes son delgadas, y hay ruidos de pies, de voces, de flautas, ruidos de risas, ruidos de clases. Eduardo Sasiaín y Juan Manuel Abras tienen 24 años, y Gisela García Gleria, 27. Son alumnos del instituto a punto de egresar. Esto quiere decir que, a pesar de que hace más de diez años que están estudiando música, apenas les quedan dos o tres más. Gisela estudió además Ingeniería Textil en la UTN, pero ahora que las textiles tienen la mala costumbre de estar en quiebra, la carrera le sirve poco. Juan Manuel está estudiando licenciatura en historia paralelamente a la carrera de Composición y Dirección Orquestal. Eduardo estudia música hace once años y tiene casi tantos títulos como dedos en las manos: es maestro de música, director de coro, está haciendo la carrera de flauta dulce y travesera. Tiene 85 materias aprobadas, y todavía tiene para tres años largos. Toca en casamientos, bar mitzvás, fiestas de quince, y es maestro de música en dos colegios privados y dos estatales. Cuarenta horas semanales de trabajo. Más el estudio. Más los bar mitzvás. Y él dice que es absolutamente feliz. Que puesto a elegir, elegiría una y otra vez lo mismo, lo mismo, lo mismo, lo mismo.
-A veces uno piensa que estudió 12 años para trabajar en un colegio en el que a los chicos ni siquiera les interesa la música, y es un poco molesto, porque los maestros de grado estudian dos o tres años. Igual, me encanta laburar con chicos. Verle la cara a un pibito del jardín de infantes cuando le gusta algo que le enseñaste... no se puede ni explicar.
Juan Manuel dice que si a uno le gusta algo como la música no se puede escapar. No existe opción. Eduardo confiesa que a veces se sorprendió pensando: "Pucha, por qué no me gustará algo más rentable". Cuando salió del secundario hizo trampa: estudió un año de ingeniería en sistemas para asegurarse un porvernir, pero un día se puso a llorar y dijo: "Ma sí".
-... ma sí, sigo con la música. Me dio miedo llegar a los 50 años con un sueldo de 12 lucas y preguntarme: "¿Y si hubiera estudiado música?" Pero está mal que no te avisen cuando empezás a estudiar que hay cosas que te aseguran mejor posibilidad de trabajo. Por ejemplo, todos se meten en piano, pero nadie te dice que si estudiás corno o fagot tenés muchas más oportunidades. De fagot, hay un solo estudiante.
Julia Gastellu tiene 17 años y vive en Baradero, con madre y padre. Tiene tres hermanos en Buenos Aires y uno en Rosario. La mamá es profesora de historia y el papá agricultor jubilado. El año último hizo un curso de orientación vocacional. Tenía la idea de hacer Letras, pero con el curso descubrió Antropología y se anotó en la UBA.
-Todo el mundo te pregunta si es la carrera de buscar ruinas, y decís que no, y si es la de desenterrar cacharros y decís que no. Cuando les explicás qué es, te recomiendan que sigas carreras contables. "¡Uh!, con esa carrera te vas a morir de hambre." No tendrías que estar condicionada por tantas cosas para elegir una carrera. Hay gente que estudia administración de empresas y un buen día dice: "¡Ah!, mi sueño era ser director de cine". Claro que está en cada uno arriesgar o no, pero hay un montón de factores que no ayudan.
Los ojos de Sabrina Alcaraz son azules clarito. La piel de 17. Estudia en el Lengüitas, después de haber hecho hasta cuarto año en colegios privados. Va a estudiar Ciencias Políticas en la UBA, aunque por momentos también piensa que tiene vocación religiosa. Va mucho a la parroquia de María Betania y le encantaría ir al Africa para ayudar a la gente pobre, pobre gente de Mozambique.
-También tengo mucha inclinación artística. El otro día le decía a mi papá que no entiendo cómo no terminé en una carrera artística y me dijo: "No, porque te hubieses muerto de hambre". Yo sé que hubiera sido una lucha si hubiera elegido algo artístico. También me gustaba psicología, como mi mamá, pero ella me dijo que me iba a morir de hambre. A mí me gusta mucho lo que voy a estudiar, pero veo que muchos compañeros eligen una carrera por descarte, por una salida económica, y que a su vez la gente grande no piensa que nosotros podamos cambiar nada. Te dicen que te salves solo. Dicen que la juventud está perdida. Yo veo que la gente grande está tan apagada...
Dice Sabrina y la piel le hace tin, un resplandor de luz.
-Y yo quiero estar encendida.
Anahí y Magalí, por amor al arte
Magalí tiene 16 años. Anahí Pankonin, también. Son compañeras de un secundario del Estado y del Instituto Labardén. Magalí quiere estudiar plástica en la Prilidiano Pueyrredón, pero para asegurarse algún ingreso va a hacer primero el magisterio. Anahí apuesta al teatro y supone que se ganará la vida como camarera hasta que trabaje como actriz.
Magalí: "Mi idea es hacer el profesorado de Arte Plásticas. Me emociona trabajar con nenes y pinturas, pero me preocupa bastante el hecho de no poder bancarme. Sé que con la carrera de Artes Plásticas voy a ser bastante pobre. Lo sé. Igual ni loca haría algo que no me gusta para bancarme económicamente. Mi mamá es docente y mi papá es buzo. Yo los aplaudo porque los veo cansadísimos a los dos, pero hacen lo posible para hacer lo que les gusta. Yo con comer, tener un lugar para vivir, listo, para qué más".
Anahí: "Mis viejos son antropólogos y trabajan como artesanos. A mí nunca me faltó nada. No quiero tener algo que no tuve. Parece raro, pero nunca pensé en estudiar o no algo por la plata. El miedo que tengo es de no servir. Ser una mala actriz". Magalí: "Sí, yo de hecho creo que no soy muy buena. Es el miedo más grande. Digamos que estoy convencida de que voy a intentarlo. De todo el resto, no".
El mundo según Hugo
Hugo Simkin es hijo de socióloga y de músico. Tiene 18 años y está terminando el Lengüitas. Trabaja los fines de semana en un videoclub de Palermo Viejo, llevando películas a domicilio. Dibuja como los dioses.
-Me gustaría vivir como ilustrador más que como historietista. Tengo ganas de irme a España a estudiar diseño gráfico. Hoy es difícil la salida laboral, entonces prefiero morirme de hambre con lo que me gusta. No deberías llegar a quinto año y decidir lo que va a ser el resto de tu vida. Hasta acá uno hizo jardín, primaria, termina el secundario y de golpe todo depende de uno. Yo me manejo con una lista de profesiones y voy tachando. Hay cosas que ya no puedo ser: futbolista, concertista de piano. Bombero todavía no la taché. Astronauta, sí. Confío en que si tenés un poco de capacidad y un mínimo de voluntad tenés que abrirte camino. La plata no me preocupa, no quiero autos y sofás. La realidad es que voy a terminar siendo taxista y les voy a guiñar un ojo a los pasajeros por el espejito y les voy a decir: "Así como me ve, yo a los 18 me quería ir a estudiar afuera. Y mire cómo terminé", y entonces el tipo me va a contar sus problemas económicos. Pero al menos tengo una idea de lo que quiero hacer. En mi colegio hacían talleres de cómo ser exitoso y había gente que decía: "Estoy entre bioquímica y corte y confección". Una vez hice un test vocacional, te dan una lista de cien libros y te dicen elegí uno. Todos se llamaban La aritmética y yo, Me gusta ser médico. Pero si yo supiera qué quiero ser no tendría que ir ahí. El libro Dibujando historietas no estaba. Lo que era arte te lo metían en un libro que se llamaba Haciendo arte. Igual, en este país está todo mal desde la Revolución de Mayo. Uno está en el almacén y entra una vieja y dice: "Es el peor momento del país". Mentira. Siempre estuvo mal. Todos los años escucho que es el peor momento del país. A mí me parece que toda la gente está muy hecha bolsa. Que todo el mundo está destruido. Que hay muchas cosas para sufrir en el mundo y cosas para ser feliz. Yo prefiero tratar de ser feliz.






