
Augusto Monterroso, lo mínimo perfecto
El 7 de este mes, murió en México este gran maestro de la prosa breve. Dos notas lo evocan, junto a textos y dibujos suyos
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Nació en Tegucigalpa, Honduras (1921), pero fue guatemalteco, aunque vivió en Bolivia, Chile y sobre todo en México, donde pasó buena parte de un exilio forzoso.
Esa incierta localización en el mundo fue, en el caso de Augusto Monterroso, análoga a la ambigua condición de sus formidables libros. Porque su obra literaria –célebre en todo el mundo por su fatal y filosa brevedad– desdibuja con elegancia los límites entre el cuento, la crónica, el ensayo, el diario personal y la biografía.
Tímido hasta la teatralidad y de muy baja estatura, Monterroso realizó su tarea de lúcido comentarista del mundo en una zona indiscernible que transitó sin énfasis, con una mirada irónica o mordaz, pero siempre atenta a los matices.
El mundo era, según él, un lugar difícil, en el cual la justicia no siempre se impone, el bien y la razón no son valores absolutos, y el hombre es una criatura tragicómica, cargada de una animalidad generalmente omitida.
Fueron esa visión de lo humano y aquella preocupación moral las que lo acercaron a la fábula, género que revisitó con una orginalidad infrecuente: La Oveja negra y demás fábulas (1969) y Viaje al centro de la fábula (1978) dan cuenta de esa afición.
Pero es el manejo del humor el rasgo que marcó no sólo la obra, sino también la actitud de Monterroso ante las cosas. No fue un humorista profesional, mucho menos un cómico, sino algo más valioso: un hombre dedicado a comprender el carácter absurdo de la existencia.
Y en el reverso del temperamento zumbón de su escritura, permanece intacto el sabor agridulce de la experiencia. Por eso no es extraño que, junto a su mujer, la escritora mexicana Bárbara Jacobs, Monterroso haya compilado la primera Antología del cuento triste.
De pocas palabras, que solía desgranar con una voz tenue cargada de pudor y cortesía, Monterroso se ganó, con entera justicia, la admiración de autores como Gabriel García Márquez, Alvaro Mutis, Alfredo Bryce Echenique, Julio Cortázar, Pablo Neruda e Italo Calvino, que incluyó en una antología suya el célebre cuento de Monterroso El dinosaurio, considerado por muchos el más breve y contundente ejemplo del género: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.
Asimilado por pleno derecho a la vida cultural de México, su país de adopción, Monterroso no dejó por eso de sentirse guatemalteco, al punto que tuvo un papel protagónico en las negociaciones entre el gobierno y la guerrilla de Guatemala, hace unos años.
Cumplió esa tarea con cuidadosa fidelidad a sus convicciones políticas ligadas a la izquierda democrática, las mismas que lo obligaron a abandonar su país.
El autor de libros imprescindibles y perfectos como Obras completas (y otros cuentos) (1959), Movimiento perpetuo (1972), La palabra mágica (1983) y La letra e (1987), publicó también un modo personal de la autobiografía y el amor a su patria en Los buscadores de oro (1993).
En tono menor, asordinada, la obra de Monterroso da cuenta de su actitud ante la vida, una suerte de alegre escepticismo, según la ajustada definición del escritor mexicano Juan Villoro, uno de los más destacados discípulos del célebre taller de escritura que Monterroso dirigió durante años.
Salvo el Cervantes, recibió en vida las mayores distinciones otorgadas en lengua española.
El viernes 7 de este mes, el corazón de Monterroso dejó de latir
a causa de un paro cardíaco.
Es imposible saber si, como dice Noé Jitrik en su evocación, continuará conversando en algún lugar con sus amigos ya idos. Lo cierto es que sus libros seguirán dialogando por mucho tiempo con sus regocijados lectores.
Una sabiduría ajustada
Por Noé Jitrik
Evocar a Tito Monterroso a unos días de su muerte me parece algo raro, tan fuera de la ilusión de inmortalidad en la que transcurrió toda nuestra relación. ¿Basada en qué? No lo sé, era un hecho que se corroboraba cada vez que nos hablábamos o nos veíamos: unidos por un amor por la palabra, por la broma, yo sentía que se tendía entre nosotros el delicado hilo de una sonrisa: me bastaba oírlo para sentirme lleno de inmortalidad, o de futuro, si es mejor decirlo así. Sería eso, pero también el placer que me otorgaban sus textos que para muchos eran ingenio, para mí una sabiduría literaria infrecuente, una sabiduría ajustada, propia, que sostenía sus sorprendentes proposiciones. Tito era la literatura posible en un tiempo y en un mundo en el que la literatura real no proporcionaba excesivas gratificaciones: fantaseé, por eso, que había encontrado en mí un destinatario o un interlocutor, y por sentirme así fui un privilegiado, pero, desde luego, no el único, todos sus amigos lo fueron, y son mis amigos porque lo fueron suyos y todos, me imagino, han sido iluminados por su luz.
Para Borges, Spinoza era el más amable de los filósofos; de haber conocido a Tito, habría dicho que era el más amable de los escritores: sus textos eran amables, pero además sólidos, rezumaban poesía. Lo conocí hace más de 25 años: desde entonces pura celebración, hasta hace dos meses. Ese tiempo fue de regocijo, todo encuentro era una fiesta. Como la que se dio en 1980 en casa de Mario Monteforte Toledo: éramos Tito, Mario, Angel Rama, Ernesto Mejía Sánchez, Juan Rulfo, José Luis González y yo: la flor del exilio se diría, pero también así se vivía en México, con esa gente, era América latina. Sólo Mario y yo quedamos de ese grupo que, en otra parte, que no puedo imaginar, debe estar retomando esa conversación tristemente interrumpida.
Breve antología de un gran maestro de la brevedad
La Mosca que soñaba que era un Aguila
Había una vez una Mosca que todas las noches soñaba que era un Aguila y que se encontraba volando por los Alpes y por los Andes.
En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba las alas demasiado grandes, el cuerpo demasiado pesado, el pico demasiado duro y las garras demasiado fuertes; bueno, que todo ese gran aparato le impedía posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto.
En realidad no quería andar por las grandes alturas, o en los espacios libres, ni mucho menos.
Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser un Aguila para remontar montañas, y se sentía tristísima de ser una Mosca, y por eso volaba tanto, y estaba tan inquieta, y daba tantas vueltas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a poner las sienes en la almohada.
La tela de Penélope, o quién engaña a quién
Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.
Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decir nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.
De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras ella coqueteaba con sus pretendientes haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.
La Oveja negra
En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra.
Fue fusilada.
Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.
Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras, eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.
Sansón y los filisteos
Hubo una vez un animal que quiso discutir con Sansón a las patadas. No se imaginan cómo le fue. Pero ya ven cómo le fue a Sansón con Dalila aliada a los filisteos.
Si quieres triunfar contra Sansón, únete a los filisteos.
Si quieres triunfar sobre Dalila, únete a los filisteos.
Unete siempre a los filisteos.
Aforismos de Eduardo Torres
Abstinencia
Sólo los abstemios piensan que beber es bueno.
Cine
La mejor prueba de que el cine no es un arte es que no tiene Musa.
Enanos
Los enanos tienen una especie de sexto sentido que les permite reconocerse a primera vista.
Libro
Poeta, no regales tu libro: destrúyelo tú mismo.
Textos y dibujos de Augusto Monterroso, tomados de Cuentos, fábulas y Lo demás es silencio, recopilación de su obra publicada en México por Alfaguara, en 1996






