
Bagdad, Irak: estudiar, a pesar de todo
Un periodista del diario ABC de Madrid visitó la Facultad de Español en la Universidad de Bagdad, y allí recogió la experiencia cotidiana de los alumnos que, hacinados en aulas desvencijadas, analizan textos de Lope de Vega, escuchan a Julio Iglesias y piensan en su futuro laboral
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BAGDAD, Irak.- Los cacheos son constantes en Bagdad, y la Universidad no es una excepción. A las puertas del campus, un cartel recuerda, sobre la bandera nacional, los rostros de tres importantes clérigos chiitas asesinados. Sin embargo, al contrario de lo que ocurre en otros centros de estudios superiores del mundo árabe, no es el islamismo el que se enseñorea de sus jardines descuidados y sus aulas desvencijadas, destruidas por los bombardeos de las fuerzas angloamericanas: si algo positivo puede encontrarse en el régimen de Saddam Hussein, es haber erigido una sociedad laica.
Laicismo que llega al ex tremo de que, en pleno Ramadán, los alumnos apuran sus cigarrillos tranquilamente entre clase y clase; las mujeres se ajustan el hiyab o el pantalón vaquero, indistintamente; y la cafetería, abierta, ofrece comida, refrescos, café y té: como en la mayoría de los restaurantes, existen dos zonas separadas, pero, en lugar de indicar espacios para fumadores y para no fumadores, delimitan el lugar de quienes observan el ayuno y de quienes no lo hacen.
Hacinamiento
La Universidad de Bagdad (hay otra en la capital, la Mustansiriya) recuerda a cualquier institución docente de su categoría. La guerra, sin embargo, ha traído problemas de hacinamiento que superan a las casas de altos estudios en no importa qué latitud del planeta. Los edificios bombardeados obligan a que los alumnos se apiñen en las aulas, llegando a convivir hasta doscientos matriculados en una sola clase.
En la Facultad de Español, el problema se ha solucionado no abriendo este año la inscripción para el primer curso de la carrera. Sin embargo, la situación dista de ser ideal.
Hikmat Alawi, uno de los directores, se muestra diplomático cuando agradece el apoyo y la colaboración que ha recibido, desde siempre, por parte de la embajada de España en su país. Pero un corto paseo por los claustros basta para encontrar carencias de todo tipo.
Amina, profesora de conversación, se lamenta en perfecto castellano:
-Mire, esta mañana hemos ido de compras por Madrid. Para encontrar el vocabulario que debían emplear los alumnos, tuve que buscar entre decenas de ejemplares. Necesitamos libros, material, de todo...
De similar parecer es Mohamed, profesor de Historia:
-Hace años que hemos solicitado becas para el profesorado y para los alumnos, pero éstas llegan con cuentagotas, cuando llegan.
¿Y los alumnos, que superan el millar? En la clase de cuarto, el último curso, los jóvenes debaten sobre la obra de Lope de Vega, la influencia francesa en los escritos de Iriarte y Samaniego, y reconocen el ABC cuando este enviado especial se identifica como periodista del periódico centenario.
Mayoría de féminas
La cosa cambia con las chicas de segundo (las féminas superan el 90 por ciento de presencia en los pupitres, viejos y de madera).
Todas quieren trabajar en España, pero en un grupo de treinta ninguna conoce al autor de El Quijote.
En cambio, no es necesario preguntarles por Enrique Iglesias, pues son ellas quienes se interesan por saber si el periodista conoce personalmente a ese chico que canta.
Ahmed, un joven posgraduado que prepara su especialización, comenta:
-En Irak sabemos que el pueblo español está con el pueblo iraquí; distinguimos entre la actitud de la gente y la de su gobierno. Pero, quizá sería una buena idea que España se apresurase a instalar en Bagdad un Instituto Cervantes, como existen en otros países vecinos, para no dar la sensación de que es un país que sólo envía soldados.
Una riada de estudiantes abandona el campus, entre los cancerberos con Kalashnikov que velan la puerta de entrada. Una música familiar se escapa por las ventanas de la cafetería. Es una canción... de Julio Iglesias.
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