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Miro los rostros de los chicos, envueltos en el estruendo del aplauso de sus padres, y me pregunto qué será de ellos. Lo que acabamos de escuchar en el salón de música de la escuela son tres canciones a cargo de nuestros hijos durante un acto de fin de curso. Sebastián abraza su guitarra eléctrica, limpísima después de haberle pasado un paño húmedo a primera hora mientras tomaba un vaso de leche chocolatada. Está serio, ensimismado, con la mano recorriendo el traste de la guitarra en algún ejercicio de digitación para calentar los dedos. Junto con Timo, uno de sus compañeros más entrañables, con quien está comenzando a dar sus primeros pasos en la amistad masculina, leen una anotación musical en un cuaderno, se dan codazos de complicidad, ríen con nerviosismo. Cuando empieza la canción, un estándar del jazz al que Sebastián aporta su guitarra rítmica, pienso en esas viejas fotografías publicadas en
Guitar Player
o
Rolling Stone
que muestran a Pete Townshend o Eric Clapton en alguna celebración familiar, cuando soñaban con ser estrellas de rock. Qué será de ellos. Hace unas horas, apenas, debí sentarme frente a algunos buenos compañeros de trabajo para anunciarles que una reforma estructural obligaba a desvincularlos de la compañía. Temí durante semanas enteras la llegada de ese momento, y muchas noches, cuando iba camino de mi casa, los imaginaba en el instante en que ellos habrían de llegar a sus hogares para contarles a sus parejas y a sus hijos que habían perdido el trabajo. Uno de aquellos días, mientras sonaba un disco de Stanley Turrentine, me senté junto a Sebastián en el living y le pedí disculpas por algún arresto de furia que derivó en un grito. Le expliqué que estaba muy tenso, vencido por la pena, y le dí las razones de esa tristeza. No te preocupes, me respondió mientras me abrazaba, si vos perdieras el trabajo yo te querría igual. Hubo algo reparador en esas palabras. En el eco de esa idea había una sabiduría que yo no pude descubrir. Anoche, cuando había pasado todo, tuve una sensación de vacío y una fatiga infinita. Sebastián me llamó a última hora para saber cómo me había ido. Supongo que mejor de lo que esperaba, dije en el teléfono, todo fue bastante amable y en algún caso fue afectuoso. Quiso saber si algunos de mis compañeros había llorado y le dije que sí, una de esas personas había llorado, pero no tenía de que preocuparse: aunque no tenía hijos, alguno de sus buenos afectos la abrazaría, y luego la vida seguiría su curso. Nada es para siempre, no lo son el dolor ni la desdicha. Esta mañana, cuando llegué a mi oficina, debí enviarle un correo electrónico a una de esas personas pidiéndole un contacto de su red laboral. Recibí lo que necesitaba al instante, y respondí con una línea: sos la misma bella persona de siempre. Cuando la llamé para confirmarlo, le pregunté cómo estaba. Todo bien, dijo la voz inesperadamente luminosa, con mi sobrina recién nacida en brazos. Era ése el abrazo protector que merecía.
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