
Bares
Un clásico de barrio, en las cercanías de la plaza Flores
1 minuto de lectura'
A la vieja casona de Flores la historia le sale por las paredes porosas de su frente con toques ocres y antiguas rejas, intactos desde hace más de 120 años. El solar perteneció a Pedro Goyena, ensayista de la generación del 80; así lo recuerda una placa de bronce situada junto al imponente portón de madera por el que ingresaban los carruajes. Pero eso era el siglo último; desde hace 16 años, otro es el fin y otras las artes que pueden apreciarse en el Café de la Subasta que lo ocupa.
Mezcla de bar de barrio, escenario de citas amorosas a la caída del sol, y de lugar de encuentro a la salida del cine o de alguna disco cercana. El café de la calle Membrillar combina la antigüedad de los objetos que lo decoran con los cuadros de nuevos artistas, expuestos sobre sus paredes pintadas de amarillo. Ladrillos en el techo, mosaicos centenarios en el piso, adoquines de otra época en el patio del fondo en el que un viejo árbol de nísperos le disputa protagonismo al aljibe.
Lo de los cuadros no es un mero detalle. Presente en el nombre del café, si bien allí no se comercializan directamente, la idea de exponer obras de artistas plásticos que el público puede comprar fue plasmada desde el inicio. Un espacio nada despreciable para los pintores deseosos de hallar un lugar en el que mostrar sus trabajos sin cargar con costo alguno. Cada mes, los cuadros son reemplazados. En estos días, y hasta el 3 de diciembre, Patricia Pinciroli acompaña, con sus tintas sobre papel, a los óleos de Rodolfo Omar Carullo (también técnicas mixtas) y Fernando César Besada.
Los fines de semana, como lo hizo desde la apertura del bar, Buby regala melodías de tango, rock, boleros y un largo etcétera, desde el viejo piano con sus cuerdas a la vista, casi escondido hacia el fondo del salón. Marilyn sonríe desde un inmenso póster en blanco y negro, a un costado de la barra de madera que porta un grifo de bronce con forma de serpiente, otra antigüedad que despierta la curiosidad de los visitantes.
Pero a medida en que la noche avanza, las melodías lanzadas por los parlantes arrojan ritmos más contemporáneos. Sin discriminaciones, la música que se escucha en el Café de la Subasta admite repertorios tan variados como heterogéneo es el público que allí concurre. Desde los Rolling Stones hasta Luis Miguel, todo vale. Incluida una repentina rendición ante la nostalgia que puede sorprender a los más jóvenes, un sábado a las 3 de la mañana, con temas de Sandro o Los Gatos.
Y si se trata de ponerle sabor a la velada, cerveza suelta ($ 3 el chopp) y tablas de fiambres (entre $ 16,50 media, hasta $ 24 la súper) marcan la tendencia. No faltan los seguidores del superpancho Subasta que llega cubierto por panceta, jamón, queso, lechuga y tomate, amén de la guarnición de papas fritas ($ 6). Los golosos sucumben ante los panqueques de dulce de leche con helado ($ 5,50). Y, para regar la trasnoche, se impone el clericó ($ 10). Sin duda, se trata de un clásico que bien merece dejarse llevar por las tranquilas calles que atraviesan la avenida Rivadavia, en las inmediaciones de la plaza Flores.
Café de la Subasta. Membrillar 66.
Abre de lunes a jueves, de 9 a 1; viernes y sábados, hasta las 5; domingos, de 17 a 2.






