Belén Blanco: "No creo en los personajes, creo en las personas"
1 minuto de lectura'

Una esposa de un alto funcionario encerrada en un especie de country y con un arma. No sabemos qué pasa afuera. Pero sí adentro, donde un soliloquio potente, lírico y por momentos sádico y barroco –nunca indiferente o banal– nos subyuga con la determinación de un amo hacia su esclavo. "Quisimos hacer una obra que le hablara al hoy. Por eso no es una adaptación", dice Belén Blanco sobre Kinderbuch, el unipersonal con motivos de Hedda Gabler, el clásico de Henrik Ibsen, que los viernes lleva adelante en El Camarín de las Musas. "Es un mujer atrapada que, en un punto, sabe lo que le va a pasar. Entonces toma whisky, habla con su hijo, juega con la pistola, mira una película pornográfica, escucha la música que le gusta. Se despide", describe, resuelta.
–Por momentos parece gozar en ese sufrimiento frío que despliega.
–Sí, porque no le queda otra.
–Es una obra que implica mucha concentración y entrega física. ¿Cómo es un día tuyo cuando sabés que tenés función?
–Es una dedicación porque es un texto muy complejo, que si bien lo tengo internalizado, me genera mucho miedo cuando salgo al escenario. No me deja tranquila.
–¿Sí? No se nota.
–Y bueno, como dice (David) Mamet: hay que saber estar tranquilo cuando uno no está tranquilo. Pero sí: me preparo bastante. Mi inconsciente trabaja solo.
–¿Por ejemplo cuando estás haciendo otras cosas y se te cruzan ideas sobre la obra?
–Sí. Pienso: esto no lo voy a hacer más así, lo voy a hacer de otra manera. El teatro tiene eso, te da la oportunidad de probar y probar. En ese sentido es muy lindo. Es como que no te deja solo, te acompaña.
–¿En tu vida?
–Te da menos soledad. Y en particular esta obra: está todo el tiempo conmigo. Me refiero a los textos.
–Una obra compañera.
–Sí, porque soy yo.
–¿Es algo que te pasa con el teatro en general o solo con Kinderbuch?
–Siempre que hago un trabajo trato de pasarlo por mí. Yo no creo en los personajes. No creo que existan. No creo en eso. Creo en las personas.
–No te interesa qué le pasa a un personaje, dijiste hace poco en una entrevista.
–Puede que me interese analizar qué es lo que está haciendo un personaje y cómo lo está haciendo. Pero no lo distancio de mí. No me parece que el otro (el espectador) quiera ver algo que vos no sos. Lo que quiere es ver algo tuyo, algo que le vayas a revelar. No que le mientas. El otro siempre quiere que le digas la verdad. Entonces, cuanto más cercano a vos seas, el otro lo va a apreciar mucho más. Por eso hacer una "composición" no me resulta creíble. No me interesa. A mí me gustan los actores que te dejan algo.
–¿Lo tuviste claro siempre o es algo que fuiste descubriendo?
–Un poco mirando qué actores te gustan. Y también cuando te sentís cómodo con los dires y actores con los que vas laburando. Ahí aprendés mucho. Ves por dónde se hacen las cosas. Así encontré ese punto de vista que me parece el más tranquilizador, el menos forzado. Eso no quiere decir que no investigue en la psicología de un otro. Pero ese otro soy yo. Esa me parece que es la capacidad de un actor: poder moverte de tus lugares comunes, de tus cotidianidades, de tus hábitos psicológicos y emocionales. La técnica se aprende para olvidar.
–A partir de cómo tomás la actuación, ¿te pasó de resolver algún problema interno a partir de haber hecho una obra?
–No. No resolví nada. Nunca. Tengo cada vez más problemas. Y con el teatro independiente, más todavía. Y eso que acá el teatro independiente es extraordinario. Soy dichosa de vivir en esta ciudad. Pero hay que laburar mucho, implica una entrega constante.
–¿Mucho tesón?
–Sí. Y por momentos me cansa. Y a veces no está bueno pelearla todo el tiempo.
–Pero igual vas variando. No dejaste de hacer programas de tele en el horario más masivo, por ejemplo.
–Me gusta mucho el teatro, soy sincera. Me lleva mucho tiempo, pero me gusta. Pero bueno, hay momentos para todo. Quizá cambio de idea.
–¿Qué lugar ocupa la música en tu vida?
–Escucho mucha música y escucho todo lo que te puedas imaginar. Desde la más grasa hasta la más sofisticada. Todo convive en mi oído. Lo que no me gusta mucho es el rocanrol, su forma cuadrada. Sí me gusta la música abstracta, la experimental, la música clásica. Y me gusta mucho la música romántica, los cantantes melosos. Convivo mucho con la música. Es importante para mí. Aunque el silencio me viene bien también.
–También debe ser necesario para un actor.
–Sí. Me gusta el silencio. No por nada vivo en un lugar muy tranquilo, alejado, en la provincia de Buenos Aires.
–¿Necesitaste escapar de la ciudad?
–No. Yo no me escapo. Me voy en todo caso. Nunca reconocería que me escapo. Sería una cobarde. Como escaparse de un problema.
–Y cuando andás por Capital, ¿te gusta alguna zona en especial?
–Me gusta caminar. Camino mucho a todos lados y casi siempre me pierdo. No pasa un día que no me haya perdido caminando en esta ciudad.
–Empezaste como actriz de muy chica y con papeles fuertes. ¿Cómo recordás a la distancia esos trabajos?
–No sé. Pasaron tantas cosas. No tengo muchos registros de mí hacia atrás. No me estoy juzgando si bueno o malo. Voy haciendo cosas que me parecen que están buenas.
–A diferencia de otros, no parece que hayas perdido esa potencia actoral con la que arrancaste cuando eras chica.
–Lo que pasa es que es un oficio difícil, que lleva mucho de uno y que tiene un alto grado de desgaste emocional. Aunque tampoco tanto. No es más difícil que el de un físico o un verdulero. Pero tiene su costo. Y su riqueza. No soy la misma después de haber hecho determinadas obras. Sin dudas cambié. Me dieron algo que no conocía de mí misma, que me fortalecieron. Siempre es un trabajo conjunto por más que estés sola ahí arriba.
–Para cerrar, ¿qué es lo que más valorás de una amistad?
–Para mí define mucho el poder hablar de cosas que no son importantes. Poder estar con el otro haciendo cualquier cosa sin sentirte mal. O bien. Poder estar en confianza más allá de la boludez que estés diciendo. Cuando pasa eso, hay una amistad. Ahí me hago amiga.






