Berlín, la fiesta vanguardista

Orden, buena onda, puntualidad y un abanico cultural donde lo underground se mezcla con lo mainstream. Cuatro razones para entender por qué todo el mundo se iría a vivir a esta ciudad, si no fuera por el idioma...
Luis Cobelo
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2 de diciembre de 2012  

El aeropuerto de Tegel queda dentro de la ciudad y es una delicia el sobrevuelo y descenso. Berlín se abre como un abanico, plana y nada distante. Se ven las comisuras de los límites y uno se dice que podrá recorrerla fácilmente. Espacios verdes por doquier sosiegan el corazón, y la posibilidad cierta de que al bajar se tendrán sensaciones nuevas, así se haya estado aquí 9 veces. Y si es la primera vez, tu historia cambiará. La vista de la bola de la torre de la televisión, si es de noche, iluminada, brillante, señala que allí está el este, pero ¿dónde está el oeste? No importa, ya lo averiguarás. Llegues de noche o de día, Berlín te dará buena onda. Luego viene el orden. ¡Qué delicia recibir las maletas a los 2 minutos de bajar del avión! Uno toma el autobús para Alexanderplatz, donde está la torre y centro neurálgico de ubicación de la metrópolis, puntualísimo, y piensa: "La certidumbre es lo máximo".

Caminar es lo primero; perderse, lo segundo. Mejor es no gastar energía en tratar de entender una lengua que ciertamente no es imposible de aprender para nadie, pero si vas dos semanas y todo el mundo habla inglés, hasta el chofer del autobús o el sepulturero del cementerio donde está enterrada Marlene Dietrich, no hay porqué sufrir. Y si no te enterás de nada o te perdés porque las calles tienen unos nombres que parecen absurdos, disfrutá: eso es viajar. Ayuda que el servicio de transporte urbano sea muy eficiente y te lleve a todas partes, pero es un servicio caro y de difícil comprensión. Puede sonar extraño, pero Berlín es una ciudad barata, mucho más que Madrid o Lisboa. Y para un latinoamericano, al dólar o al euro que sea, es una ciudad que se amigará con nuestra economía, dicotómica y bipolar.

Entonces, lo mejor es conseguir un mapa, caminar y alquilar una bicicleta. Aquí, un recorrido en cuatro etapas.

1. El barrio de Kreuzberg . Impulsor de las luchas sociales en la Alemania unificada, lleno de inmigrantes turcos (llegados para reconstruir la ciudad después de la Segunda Guerra Mundial) y de punks, la música impregna sus calles. Hay DJ por todas las esquinas, que pinchan músicas muy bailables. Los bares ofrecen bebidas alcohólicas frescas y aunque casi todos y todas están entonados, nadie hace el más mínimo gesto de violencia ni de enfrentamiento. Comparten en total libertad la opción de ser lo que cada uno desea ser, es decir: uno mismo. Berlín es una ciudad vibrante y viva, llena de vida agradable, una ciudad de mente abierta.

2. Lo más exótico de la ciudad . Sin lugar a dudas es el Muro, la vergonzosa pared de concreto que convirtió a Berlín en una pequeña isla occidental frente a todo un país oriental regido por la norma socialista-comunista por 40 años. Durante ese tiempo en Alemania vivieron una utopía muy linda que al final vieron que era insostenible. La práctica es otra cosa... Al fin, ese muro que parecía tan infranqueable se cayó y es agradable ver que los cambios son tan positivos... Porque los gobiernos pasan, pero la revolución está dentro de cada uno de nosotros.

Pero antes de eso hubo una guerra monstruosa y un antecedente que marcó a los alemanes para siempre: Hitler, casi nada. Obligado es un recorrido desde la Puerta de Brandenburgo hasta la Siegessäule o Columna de la Victoria, el obelisco con el ángel dorado que brilla así haya nubes negras (¿quién no recuerda la primera escena de Las alas del deseo, de Wim Wenders, en blanco y negro?). Entonces, alrededor de esta columna magnífica se observan impactos violentos de bala en todos los muros que la rodean. ¿Qué es esto? Un escalofrío recorre la columna vertebral; es imposible no trasladarse mentalmente a 1945, cuando los rusos asediaban la ciudad, Adolf se rendía cobardemente, suicidándose junto a Eva Braun, y la ciudad se liberaba. ¿Liberación? Nada más terminar la guerra, los rusos expandieron sus teorías y empezó otra era de oscurantismo para Alemania.

El Muro sigue siendo el elemento que todos buscan. Una de las cosas más estúpidas que el hombre ha intentado, en vano, es limitar las expresiones del ser humano, poniendo barreras o matando. Lo intentaron con el muro de Berlín, del que quedan pedazos pintados maravillosamente por artistas de todo el mundo, lo que desdramatiza su legado. Fue una pared de cemento gris, simple y soso. Un muro inservible, idiota, macabro. Sirve ahora verlo en pie, indultado por la historia, para recordarle al mundo que la imposición de un sistema teórico, lindo y precioso en la lectura, es obsoleta en el mundo moderno. Buena para nada.

3. La libertad de decidir qué hacer con tu vida . Por la calle de Oranienburger (nada que ver con una hamburguesa), los restaurantes italianos y tailandeses, los famosos puestos de salchichas con sabores variados y el genuino döner kebap conviven con las prostitutas berlinesas, de corsets apretados hasta el paroxismo, tacos imposibles y faldas tan cortas que parecen cinturones. Tienen su espacio bien marcado a lo largo de la calle. Berlín es una ciudad que promueve la libre sexualidad y no parece haber complejos. Pero, sobre todo, no hay policías que deban controlar las situaciones habituales que se generan alrededor de este sórdido mundo, al contrario de otras ciudades donde es muy probable que el crimen encuentre caldo de cultivo al lado de esta película. Aquí todo el mundo camina a su modo, sin temor: madres y padres con sus niños, turistas despistados, atractivos berlineses cenando en terrazas agradables, y pocos hacen caso a las prostitutas: no es un issue.

En una fiesta de personajes de la moda berlinesa, adinerados y fashionistas insolados por el resplandor de la fama, un hombre pasa desnudo de pies a cabeza, vestido sólo con una cadena de diamantes en la cintura, y ninguno de los modernos presentes expresa un ¡oh! para la escena. En la House of Shame, bar del underground más subterráneo de Berlín, su dueña, la famosa transexual Chantal, presenta las mejores bandas góticas y punks del momento, las cantantes experimentales más innovadoras. Allí, en la pista, rozar el látex de tu compañero o compañera de baile no significa que alguien quiera pasar a otro nivel. La norma es dejar vivir.

4. Si no fuera por el idioma, todo el mundo se iría a vivir a Berlín . La convivencia de lo más trash con la exquisitez de la buena vida es posible. Definitivamente, sí. Alemania, en cierto modo, es un país nuevo y Berlín también a su manera es una ciudad nueva, lo que la hace aún más rica y tolerante para la realización del ser humano integral. Es fácil sentirse libre. No existe el miedo. Como si Berlín fuera puro presente. La gente hace lo que le gusta. Evoluciona, cambia, reacciona. Por lo barato que resultan las menudencias de la rutina de la vida occidental, es una ciudad fantástica para trabajar y ser creativo, contagiarse de la metodología geométrica y gris alemana, y además resaltar, ser respetado. El arte es una buena manera de cambiar las cosas. La cultura underground se mezcla con el mainstream y no es un asunto importante. Y una cosa que nos parece relevante: no hay prácticamente ningún crimen. ¿Aún es eso posible?

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