
Bernardo Kliksberg. La economía más humana
El compilador del libro Etica y desarrollo explica por qué es hoy imprescindible que el sentido solidario cierre como los números
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"En América latina debería sumarse a los otros valores la noción de que debe haber una ética de la prisa. Cada día que transcurre sin respuestas adecuadas a los sufrimientos de la población significa daños en muchos casos irreversibles", afirma el argentino Bernardo Kliksberg en las páginas de su último libro, Hacia una economía con rostro humano. Klilsberg, de 62 años, que vive en Washington y es asesor de diversos organismos internacionales y consultor internacional y coordinador general de la Iniciativa Interamericana de Capital Social, Etica y Desarrollo, del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), compilador del libro, co-auspiciado por La Nacion, Etica y desarrollo, La relación marginada, afirma que una cultura de la ética permitiría reduciría drásticamente los niveles de corrupción. Asegura que el peor riesgo es acostumbrarse a la pobreza y destaca que la profunda reacción de la sociedad civil en la Argentina le da sobrados motivos para la esperanza.
Más de 2000 personas, 500 profesores de América latina y 88 universidades de 17 países de América latina y Europa se congregaron la semana última en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA), para analizar Los desafíos éticos del desarrollo. De ese encuentro internacional nació la Red Latinoamericana Universitaria de Etica y Desarrollo cuyo objetivo es “promover la formación de los economistas y de los gerentes en valores éticos, y el trabajo voluntario de los estudiantes de Economía en todas las áreas, ya que constituyen la mayor matrícula (500.000 alumnos) de toda América latina”, afirma Bernardo Kliksberg, uno de los más prestigiosos expertos en pobreza y políticas sociales, y copresidente de este encuentro auspiciado por los gobiernos de Noruega, Francia y varias organizaciones internacionales.
Así quedó establecida una nueva agenda pública: cómo revincular la ética y la economía en un continente que ostenta los mayores índices de desigualdad e inequidad del mundo, y cuyos índices de pobreza, indigencia, analfabetismo y desnutrición no cesan de crecer.
“Los últimos datos disponibles causan fuerte impresión –dice Kilksberg en diálogo con La Nacion–. Las revoluciones tecnológicas que han conseguido ejercer condiciones de producción excepcionales permiten que el planeta Tierra esté en condiciones de alimentar a 12.000 millones de personas, es decir, al doble de la población que tiene actualmente. Al mismo tiempo, 3000 millones de personas –la mitad de la que existe– están por debajo de la línea de la pobreza (menos de dos dólares diarios), y 1200 millones están por debajo de la línea de la pobreza extrema (menos de 1 dólar diario), lo que contraría la ética más elemental. En este momento, en los países más pobres (representan 2500 millones de personas) la esperanza de vida es de 51 a 58 años, mientras que la esperanza de vida en los países más ricos (800 millones de personas) es de 80: la diferencia es de 25 años. Eso es escandaloso.
–Los efectos de esta desvinculación entre la ética y la economía son devastadores.
–Esta economía insensible a los valores éticos genera efectos como el abandono casi total de los niños en América latina, de los cuales el 60% son pobres y un tercio de los menores de 2 años está desnutrido en uno de los continentes con mayor capacidad de producción de alimentos del planeta. Hay más de 40 millones de niños de la calle. En Tegucigalpa (Honduras) hay, en este momento, 20.000 chicos de la calle, de los cuales el 60% está en estado de depresión, y 6 de cada 10 se suicidan. En la Argentina, el 70% de los chicos menores de 14 años está por debajo de la línea de pobreza. Esto significa una violación ética total, porque los niños son los más débiles en esta situación. La necesidad de revincular ética y economía es abrumadora si analizamos además el crecimiento de la corrupción.
–La corrupción es un fenómeno extendido que impacta, sobre todo, en los países en desarrollo. ¿Qué responsabilidad tiene la dirigencia empresarial?
–Hoy, en el mundo desarrollado ya no se habla de responsabilidad social empresarial, sino que hay un nivel más sofisticado: se habla de la empresa como ciudadano, se habla de una ciudadanía corporativa. La empresa es un ciudadano con derechos, pero también con obligaciones y responsabilidades muy importantes por cubrir. Se han desarrollado las normas ISO de calidad social de la empresa, o sea medir la empresa privada en el campo de su eficiencia en el cumplimiento de responsabilidades ciudadanas. Y hay fondos de inversión que les dicen a los inversionistas en las bolsas financieras y en los mercados que sólo inviertan en empresas con altos ISO de responsabilidad social, y eso implica responsabilidad hacia los consumidores, hacia los accionistas, hacia sus empleados, hacia el medio ambiente y participación en general en los grandes temas críticos para el país. La responsabilidad social cumple un papel fenomenal, no es sólo aportar dinero, no es sólo filantropía, sino que aporta nuevas tecnologías al servicio del sector social, canales de distribución y otras cuestiones.
–Eso sucede sólo en los países desarrollados. ¿Cómo evalúa a la dirigencia empresarial en América latina?
–Ese movimiento en América latina hay que potenciarlo. David Rockefeller dijo hace algunos años que era totalmente errada la idea de que la empresa sólo existe para beneficiar a sus accionistas, porque la empresa privada es demasiado importante en la sociedad y por lo tanto debe beneficiar al conjunto de ella. ¿Por qué Noruega tiene 0% de corrupción y encabeza el ranking de transparencia internacional? No porque haya un decreto que prohíbe la corrupción. Por supuesto que debe haber sanciones, pero sólo es una parte del tema. La cultura de valores éticos que desarrolló la sociedad mediante un esfuerzo del sistema educativo hace que todo intento de corrupción sea mirado con un desprecio profundo por el conjunto de la sociedad, y hace que la reacción en términos de sanción social directa de los vecinos, del entorno inmediato y de los familiares pueda ser tremenda. Esa es la mayor garantía y eso se cultiva en la escuela, en la familia y con modelos ejemplares.
–¿Cómo se siente frente a estos indicadores?
–A pesar de todo, soy optimista porque encuestas recientes indican que hay esperanza. Una de ellas señala que hay un crecimiento importantísimo de la cantidad de personas que hacen trabajo voluntario en las organizaciones no gubernamentales, iglesias y organizaciones de base, y esto en el marco de una recesión tan aguda. En otra se le preguntó a la población cómo percibe el hecho
de que 40.000 personas revisen los tachos de basura –ganan 180 pesos mensuales, o sea, muy por debajo de la línea de pobreza– y el 80% de la población expresó sentimientos solidarios. Sólo el 15% de la gente se manifestó en forma cruel. Eso significa que las bases éticas están intactas. Por eso mi esperanza también es grande.





