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Todos los seres humanos atravesamos distintas crisis a lo largo de nuestra vida. Hoy te invito a analizar tres de ellas:
“¿Quién soy?”. “¿Cuál es mi propósito en la vida?”. Todos pasamos por la crisis de no saber quiénes somos durante la adolescencia. Pero también podemos experimentarla cuando ya somos adultos. Por lo general, al final de una década y al comienzo de otra, hacemos una revisión de nuestra vida. Miramos hacia atrás y pensamos: “Acá me fue bien… pero esto no lo logré”. Tengamos cuidado con estas revisiones, porque podemos construir un relato que no sea verdadero. ¡Nosotros somos mucho más de lo que nos contamos!
Una crisis de identidad también puede surgir, por ejemplo, después de un divorcio, cuando solemos preguntarnos: “¿Quién soy yo sin mi pareja?”. Esto ocurre porque se pierden rutinas y rituales que compartíamos con esa persona, por lo cual es necesario armar nuevos escenarios.
“No me veo bien, no me gusto, no me acepto”. Todos, en algún momento, nos hemos sentido así. Porque siempre hay partes de nosotros que rechazamos. Esta crisis universal comienza también en la adolescencia, cuando el cuerpo infantil cambia. El cuerpo comienza a desarrollar hormonas y ese joven ya no logra reconocer su propio cuerpo que ha crecido y cambiado.
Luego viene un período de adaptación. Pero, cuando llegamos a los 30, 40 o 50 años, el cuerpo vuelve a cambiar otra vez, y eso ocurre durante toda la vida. Estos cambios pueden afectar nuestra autoestima. Necesitamos entender que el paso del tiempo es una crisis normal. Todos poseemos un “mapa psicocorporal” que se va actualizando. Por eso, a medida que pasa el tiempo, ya no nos vemos igual que antes.
“Me cuesta valerme por mí mismo”, siente la persona que depende de los demás. Porque, en el fondo, cree que no puede sola y que siempre necesita de otro. “Necesito que me ayudes”. “Quiero que me valores”. “¡No me dejes!”. “¿Por qué no me respondés los mensajes?”. Estas frases pueden revelar un rasgo de codependencia.
Y la codependencia puede darse con los padres, con una pareja o incluso con los hijos. Cuando nuestros hijos crecen y se hacen autónomos, aprenden maneras de cuidarse en todos los aspectos. Como padres, deberíamos alegrarnos por ello, aun cuando dejen de vivir en casa; porque un día nosotros no vamos a estar. Por eso, ellos necesitan alas para volar y raíces para establecerse. Lo cierto es que, aunque se vayan físicamente, nunca se van de nuestro corazón.
Cuando notes que tu cabeza está girando alrededor de lo mismo, cambiá de ambiente. Si estás de pie, sentate. Si estás quieto, salí a caminar. El movimiento físico suele destrabar el bucle psicológico. No hay que subestimar el cambio de escenario físico porque este puede traer cambios emocionales.
Ponele nombre a lo que te ocurre. No digas simplemente: “Estoy mal”. Decí: “Estoy atravesando una etapa de incertidumbre y no sé qué decidir”. Tomate tiempo para entender qué te está pasando; eso puede ayudar a bajar tu nivel de ansiedad. Siempre es aconsejable rastrear la creencia o el pensamiento que disparó esa emoción.
Dejá de exigirte. A veces, nos convertimos en nuestro juez más exigente. Pero nosotros no somos ni jueces ni condenados. Por eso, necesitamos salir de esos roles. La hiperexigencia es propia del narcisista. Cuando nos exigimos, buscamos ser perfectos; pero la perfección no existe.
Y, si estás sintiendo dolor emocional, permitite sentirlo. No debemos luchar contra el dolor. No se trata de una enfermedad, sino de la expresión de que uno ha amado. ¿Qué es lo que hay que hacer con el dolor? Gastarlo, agotarlo, caminarlo y hablarlo.
Ninguna crisis, por dura que sea, es el fin del mundo. Todas implican una pausa, como una coma en la escritura, para seguir creciendo.




