
Café de Flore: una mágica puesta en escena con la cúspide de la moda y el pensamiento

Llovía tanto en París, en el otoño de 1978, que después de unas semanas me compré galochas de goma. Me las ponía encima de los zapatos, así podía cruzar las calles, que parecían arroyos. En aquella época vivía en Saint-Germain-des-Prés, y cada mañana cuando salía de mi modesta pensión, con lluvia o sol, sabía certeramente que tenía otro día para trasegar con enorme cuidado y esmero, entre manos y alma, la esencia viva, mundana y misteriosa de una ciudad que regiría mi inspiración para siempre. París aúna la gloria de la victoria y de la derrota humana, con tal belleza de generalidad que derrama un aura vital que será siempre un trazo claro y longevo en mi memoria.
A media mañana pasaba por el Café de Flore a tomar un desayuno, ya comenzaban en la terraza a formarse mesas vanidosas de vestimentas y acicalamiento, con horas de espejos. Detrás de los anteojos negros de los comensales se escondían los rasgos de una noche de excesos o simplemente la mirada esquiva del voyeur, que con placidez observaban lo que el mundo ofrecía esa mañana; una puesta en escena mágica donde la cúspide de la moda y el pensamiento trascendental se abrazaban con holgura en la más gloriosa ciudad del mundo.
Quizás el Café de Flore fue siempre esto, desde que nació en 1887, una mezcla, un lugar de encuentro de intelectuales –Aragon, Apollinaire, Breton–, que dio lugar luego a los dadaístas y surrealistas y también sus opuestos; un universo vano que gesta aquella levedad que también conforma la vida, entre la frivolidad ligera de muchos jóvenes aplicados al solo júbilo y tantos mayores que se niegan a crecer, recelando la edad, transgrediendo a veces con suerte y beneficio; norma y forma.
Los opuestos se atraen, como si se necesitaran uno de los otros. Imaginen el tedio de un mundo sólo colmado de eruditos intelectuales absortos en pensamientos profundos o, por el contrario, de nimios; fugaces y frívolos que sólo alternan una vida trivial regida por las cosquillas únicas del festejo dorado y superficial. Un poco de cada uno, para una vida plena y por qué no contradictoria.
Dicen que en el primer piso se fundó el diario de extrema derecha Action Française y su creador, Charles Maurras, asevera que en la puerta se encontraba una estatua de la diosa Flora, que le dio nombre al café.
La terraza rezuma una excitación de personalidades excéntricas o gente que se quiere hacer ver, en el 78 se mezclaban los jóvenes de inclinación exitista con artistas, señores con anteojos ahumados con inclinaciones y apetencias dudosas, señoras con caniches, labios carmines y los buscavidas que con un café tomaban la silla toda la mañana. Llegaban dandies o boulevardiers, y cuando salía el sol antes de encontrar mesa, muchos se paseaban a paso de hombre con sus convertibles para hacerse ver con aquella lascivia propia del dragueur.
El Café de Flore es todavía hoy –con su servicio de café-bistro Parisino, estricto, medido pero de gran calidad– un palacio de la Rive gauche.
Sentarse a su mesa donde se disfrutan de perfectos oeufs à la coque con tostadas largas y finitas, un croque-monsieur servido en porcelana de horno de Limoges, la ensalada de haricots verts con aceite de avellanas, el steak tartar con pommes frites o la tranche de foie gras perfectamente rosada al medio con tostadas de brioche.
El Café de Flore sigue siendo un templo en mis visitas a París. A veces antes de entrar compro en la esquina la revista en blanco y negro Egoïste, o entro al lado, en la librería La Hune a comprar un libro de la colección La Pléiade.
Sólo que ahora, desde hace muchos años, evito las mesas bulliciosas de la terraza y me siento adentro, donde toman sitio los parisinos.






