
Calilegua: la selva que cotiza en la bolsa
De este ambiente depende la prosperidad del complejo agroindustrial más poderoso de la Argentina. Cuando la naturaleza ayuda a la producción
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Las sierras de Calilegua, en el sudeste de Jujuy, surgieron con la Cordillera unos veinte millones de años atrás. Desde entonces, atajan los vientos del Atlántico y les arrebatan su humedad. Las laderas serranas han ganado así un intrincado tapiz de árboles, arbustos, lianas, enredaderas y helechos.
En verano, época de lluvias, esta esponja selvática protege el suelo del martillar de las gotas y entrampa parte del agua caída. En el seco invierno ordeña la neblina originando las llamadas precipitaciones horizontales y va soltando el agua acumulada durante el estío. Así logra distribuir equilibradamente el irregular tributo de los cielos. Nunca falta agua en los arroyos que bajan de las sierras.
Al pie de los cerros, el valle de Ledesma extiende su prosperidad hasta el lejano espinazo de las serranías de Santa Bárbara. La compañía azucarera Ledesma llegó a esta caliente comarca en 1908. Hoy, es el complejo agroindustrial más poderoso de la Argentina, sus acciones figuran entre las líderes de la Bolsa de Buenos Aires y ocupa el primer lugar entre los productores de azúcar refinada a partir de caña propia. Gracias a un aprovechamiento integral del recurso, fabrica el 20% del azúcar y el alcohol que consume el país, y el 40% del papel para impresión y escritura. Además, produce medio millón de cajones de fruta (naranjas, pomelos, paltas), exporta por millones de dólares y cubre sus necesidades energéticas (casi el 20% de lo que genera la Central de Atucha) quemando el desecho cañero. Alrededor de la empresa florecieron desde espléndidas mansiones hasta ciudades enteras: Libertador General San Martín, Ledesma y Calilegua, que reúnen alrededor de setenta mil almas.
Todo este esplendor reposa sobre 40.000 hectáreas de caña de azúcar. La ávida gramínea precisa unos tres mil milímetros de agua por año para prosperar. Las lluvias aseguran no más de ochocientos. El resto debe aportarlo el riego artificial que alimentan los excedentes hídricos del macizo serrano. Una red de canales de centenares de kilómetros deriva el agua que desciende de las alturas por las cuencas de los ríos Ledesma, San Lorenzo y Sora. ¿Qué ocurriría si la espesura de Calilegua fuera arrasada? El agua bajaría en verano con fuerza aluvional, sembrando destrucción, barriendo suelos de cultivo, taponando con sedimento los sistemas de riego. En invierno y primavera, en cambio, la sequía asolaría los campos e impediría el normal abastecimiento de los centros urbanos. Mantener la selva en pie es vital para la economía de la región. No es casual que, en 1979, la empresa Ledesma donara las 76.306 hectáreas de enmarañada serranía que hoy conforman el Parque Nacional Calilegua.
El complejo agroindustrial hizo un negocio redondo. Por un lado, se garantizó los servicios de la naturaleza a largo plazo. Y por el otro, transfirió al Estado los costos de la conservación.
Tarucas en la niebla
Calilegua forma parte de una lujuriosa cuña que separa la Puna de los bosques chaqueños. Penetra desde Bolivia, montada sobre las Sierras Subandinas, y desaparece en Catamarca tras recorrer 700 kilómetros. Es el apéndice austral de la lonja selvática que discurre por las laderas orientales de los Andes a partir de Venezuela. Los ecólogos la bautizaron selva de las yungas o subtropical de montaña. Latitud y clima no le consienten la extrema prodigalidad de las florestas ecuatoriales y tropicales. Así, comparte con la Selva Misionera el tope del ranking de la biodiversidad criolla.
En el parque, por ejemplo, conviven 250 especies de árboles, 100 de helechos, más de 260 de aves (casi una tercera parte de la avifauna nacional), 80 de mamíferos y una infinidad de formas de vida menores. El inventario incluye árboles que superan los cuarenta metros, especies en peligro de extinción (taruca, yaguareté, ocelote, tapir, palo blanco), rarezas como la ranita de Calilegua y el surucuá aurora (pariente del quetzal centroamericano), magníficas orquídeas y la simpatía de ardillas rojas y monos capuchinos. Este tesoro atrae a visitantes de todo el mundo. Algunos buscan echar un vistazo a la pava de cara roja, el batará gigante u otra figurita difícil de ese elenco. Pero la mayoría tiene un interés más vasto: intimar con la pródiga selva andina.
Del pie a la cumbre de los cerros, las diferencias de temperatura y humedad determinan que la flora yungueña se escalone en pisos. La terrosa ruta que atraviesa el parque rumbo a Valle Grande –intransitable, a veces, en época de lluvias– permite enhebrarlos sin esfuerzo. En la zona baja, junto al arroyo Aguas Negras, los lapachos y palos blancos de la selva pedemontana se entreveran con las huestes del Chaco y abundan rastros de corzuela, lobito de río, tapir y mayuato. Camino arriba, entre los 550 metros y los 1600, aparece el tipo de vegetación predominante: la selva montana o nuboselva, una masa casi impenetrable y de eterno verdor, que las nubes suelen tragar durante el verano y principios del otoño. Es el hábitat de la ardilla roja, el mono caí, el cóndor real y árboles colosales como el cedro y el laurel. A esta maraña sudorosa le siguen los bosques montanos, con sus alisos, pinos del cerro y queñoas. Trepan hasta los 2300 metros, donde arranca el pastizal andino.
Alcanzar los encumbrados dominios del keu y el chinchillón no es cosa fácil. Hay que salir del área protegida y remontar a pie o lomo de caballo el camino de herradura que une los poblados de San Francisco y Alto Calilegua. De paso se puede conocer el espectacular Cajón del río Jordán, donde reside la curiosa ranita de Calilegua. Si las piernas aguantan, el programa incluye el asalto a los 3646 metros del cerro Amarillo. Enigmáticos vestigios coronan la máxima altura de las serranías. A su alrededor, los lugareños tejen brumosas historias de jesuitas y campanas de oro. Pero se trataría de un santuario incaico de altura. Cada Viernes Santo, por la madrugada, una procesión abandona Alto Calilegua en pos de las ruinas del Amarillo. Los cerreños dejan velas, ofrendas y rezos al abrigo de las pircas, reeditando un rito que abreva en el cristianismo y una fe anterior a la Conquista. Hasta no hace mucho se sacrificaba en la ocasión un venado o taruca. La creación del parque nacional al otro lado de los filos serranos y el éxodo de los mejores tiradores han archivado la tradición. El amenazado huemul del Norte, animal heráldico de Calilegua, pasta ahora sin sobresaltos.
Cuentos de la selva
El Noroeste tiene su propio yeti: el Uco, Ucumar o Ucumari. Se lo pinta como un ser de fiero aspecto, larga y oscura pelambre, ojos como brasas, fuerza descomunal y un grito que asusta hasta a los perros. Suele, según cuentan, destrozar maizales y corretear hacienda por las noches. Pero su pasatiempo predilecto es el rapto de mujeres, por lo cual le imputan cuanto embarazo acontezca en época de zafra, cuando los hombres faltan de casa.
La mítica criatura se inspira en el único úrsido de América del Sur: el oso de anteojos o frontino, que en el área quechua hablante también recibe el nombre de Ucumar. Vive en las selvas andinas, de Venezuela al sur de Bolivia. El arraigo local de la leyenda hizo sospechar que antaño llegaba a la Argentina y quizás aun encontraba refugio en las áreas menos accesibles y alteradas de nuestras yungas, como las Sierras de Calilegua.
Se confirmó su presencia en el departamento boliviano de Tarija, del que sólo nos separa el río Bermejo. Pero hasta ahora no aparecieron indicios convincentes de este lado de la frontera. Los biólogos opinan que del Ucumari sólo queda la leyenda. Sin embargo, los lugareños insisten en que el oso –no el mito– sigue asomando el hocico por Calilegua.
El otro personaje legendario de la región pertenece al folklore de los zafreros. A fines del siglo pasado, los ingenios amasaron fortunas de la noche a la mañana. Sus trabajadores adjudicaron el vertiginoso progreso a un pacto con el diablo: poder y riqueza a cambio del alma y una cuota periódica de vidas humanas. Transfigurado en el Familiar –un enorme perro negro–, el mismísimo Maligno vela por el cumplimiento del acuerdo. De noche ronda la propiedad a su cuidado y de día se guarece en un lóbrego sótano, donde recibe de tanto en tanto un peón como pago, que el patrón elige entre los más levantiscos. Cada ingenio, dicen, tiene su Familiar. Al de Ledesma le cargan más de una desaparición en tiempos de la dictadura militar.
Una frontera caliente
Las contadas excavaciones arqueológicas efectuadas en las Sierras Subandinas delinean un pueblo de agricultores, que miles de años atrás ocupaba las laderas bajas, fabricaba tiestos de cerámica y molía granos en morteros de piedra. Desapareció misteriosamente. Quizás, especulan los investigadores, fue barrido por una ofensiva de los indios del Chaco.
En el siglo XV, cuando el dominio incaico se extendió a nuestro noroeste, el encadenamiento serrano pasó a ser el último tramo de la frontera oriental del Tahuantinsuyo. Los incas instalaron en la estratégica franja grupos originarios del sur de Bolivia (ocloyas, churumatas, paipayas, cuis y osas), con la doble misión de contener las arremetidas de las belicosas tribus chaqueñas y extraer minerales preciosos. Esta población implantada se convirtió en nexo obligado de las relaciones comerciales entre el mundo andino y el Chaco Gualamba. Por sus manos pasaban plumas de guacamayo, redes de chaguar, miel, panes de sal e instrumentos metálicos.
La prosperidad acabó con la llegada de los españoles. Los mitimaes del Inca fueron bajados de sus apartados asentamientos hacia los valles, para trabajar en las fincas de los encomenderos y servir de colchón ante las eternas incursiones de guaycurúes y mataguayos, que ahora andaban a caballo. Las autoridades coloniales consolidaron más tarde esta nueva línea fronteriza mediante fuertes, como el de Ledesma, y expediciones punitivas. Así se despoblaron las sierras y comenzó el desarrollo de las zonas bajas.
Nadie sabe a ciencia cierta cuándo aparecieron las comunidades collas que pueblan actualmente las serranías ni de dónde vinieron. Cultivan maíz, zapallo, papas. Pero son básicamente pastores. En verano, dejan vagar el ganado por entre los pastos de las alturas y con la llegada de la dura etapa invernal lo trasladan hacia el borde selvático. Esta práctica, repetida por siglos, ha desencadenado algunos fenómenos erosivos.
Una herida menor comparada con las que padecieron los pisos inferiores de la selva de las yungas. Se los despojó primero de sus maderas valiosas. El desmonte abrió luego camino a la caña de azúcar, las hortalizas, los cítricos, el tabaco, el café, el banano y, en los últimos años, la soja. Y la explotación petrolera provocó verdaderos desastres ecológicos.
Pero el monte no es rencoroso. Continúa aplacando aguaceros, capturando goterones y exprimiendo nubes para que una corriente incesante haga crecer los cultivos.
La Revista agradece el apoyo brindado para la realización de esta nota por el intendente del Parque Nacional Calilegua, Antonio Temporetti, y los guardaparques Guillermo Nicolossi, Eloy Martínez y Alejo Salazar.
Corte del Alejo
Alejo Salazar es el guardaparque baquiano con mayor antigüedad en la Administración de Parques Nacionales. Tiene 58 años. Pero cuesta aceptarlo. Sobre todo, cuando se lo ve repechar los empinados senderos de la sierra. Ni siquiera los jóvenes mejor entrenados logran seguirle el paso.
Trabaja en Calilegua desde antes que fuera parque. Conoce su escabrosa geografía como nadie. El lenguaje cifrado en huellas y rastros carece para él de secretos. También la identidad y utilidad de toda planta. Es bienvenido en cada rancho cerreño. Y le basta un machete para sobrevivir en el monte. Cuentan que cierta vez, con esta sola ayuda, logró despejar la ruta 83 del colosal cedro que la cerraba. En memoria de la proeza, el sitio se llama hoy Corte del Alejo. No resulta casual que Salazar se convirtiera en maestro de guardaparques, pesadilla de taladores y cazadores furtivos, perito en cuestiones limítrofes, guía obligado de cuanto equipo científico y fotógrafo de naturaleza visite el parque.
Dentro de poco le llegará la hora de jubilarse. La conservación le debe un homenaje. Valgan estas líneas como el nuestro.
Parque Nacional Calilegua
Ubicación: sudeste de Jujuy.
Fecha de creación: 24 de julio de 1979, por decreto 1733.
Superficie: 76.306 hectáreas.
Etimología del topónimo: Andrés Fidalgo, en Breve toponimia y vocabulario jujeños, lo traduce como mirador de piedra.
Cómo llegar: desde San Salvador de Jujuy, por ruta provincial 56 y nacional 34, hasta Pueblo Calilegua y, desde allí, por ruta provincial 83 (130 km); cada mañana parte de la ciudad de Libertador General San Martín un ómnibus que atraviesa el parque rumbo al pueblo de Valle Grande.
Dónde alojarse y comer: hay un camping organizado en el parque, sobre el arroyo Aguas Negras; hoteles, restaurantes y supermercados son patrimonio exclusivo de Libertador General San Martín.
Otros servicios: Centro de Informes en Pueblo Calilegua, áreas de picnic en Aguas Negras y Mesada de las Colmenas, alquiler de bicicletas todoterreno sobre el acceso.
Actividades recreativas: observación de fauna, fotografía de naturaleza, montañismo, mountain-bike y hiking (hay seis senderos pedestres, con diverso grado de dificultad).
Temporada más propicia: invierno y principios de primavera; durante la época de lluvias (noviembre-abril), la ruta 83 suele cortarse. No se cobra entrada.
Para más información: Intendencia del Parque Nacional Calilegua, San Lorenzo s/Nº, (4514) Calilegua, Jujuy, telefax (03886) 422046, e-mail: pncalilegua@cooperlib.com.ar .
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