Calorías en el vino: cuál beber (y cuál evitar) si te estás cuidando

Si hay que reducir calorías, ¿tiene sentido empezar por el vino?
Si hay que reducir calorías, ¿tiene sentido empezar por el vino? Crédito: Joaquín Hidalgo
Joaquín Hidalgo
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1 de noviembre de 2018  • 19:11

Llegó noviembre. De cara al verano la balanza para algunos pasa de ser un decorado en el piso del baño a un policía moral. O peor: una suerte de profesor de gimnasia del colegio secundario, malhumorado y arbitrario, con un silbato dispuesto a marcar cada bocado y copa que haya en la carrera que nos espera hasta el 31 de diciembre.

¿Qué hacer? Por supuesto, se puede ignorar a la Stasi de los gramos con un guiño de indulgencia o bien ponerse a especular con las calorías con fervor contable para tratar de ajustar, palabra de moda, la cintura. Pero ninguno de esos bandos me gusta: creo en el placer como una ética pero me incomoda el resultado estético, por decirlo de alguna manera gráfica, particularmente en el cinturón.

Más allá del bando, ahí está la balanza para dar su fiel veredicto: después de un verano de ejercicio, en abril pesaba 82 kilos y, al cabo de un invierno de viajes y pereza, estoy unas rayitas arriba de 87. Y eso que según mi médico tengo "una balanza macanuda".

Reviso mi dieta –es lo que haría cualquiera– y salvo unas galletas fuera de horario que me cuesta suprimir o alguna comida laboral en la que hay que probar de todo por razones profesionales, y que no se puede reemplazar, el resto "es sano y en porciones adecuadas", otra vez según mi nutricionista, Gustavo Kliger. Entonces, observo el vino que bebo a diario con cierta sospecha, y me pregunto: ¿cuánto contribuye la bebida que más me gusta a estar fuera de balance?

Contar vinocalorías

En el mundo hay todo un debate acerca de si las bebidas alcohólicas deberían venir o no etiquetadas con información nutricional. Tanto en Estados Unidos –donde ya es opcional– como en Inglaterra, el asunto está en la agenda pública. Aquí aún no. Y razones para que siga así no faltan.

Bien mirado, el vino en particular no es un portador de excesivas calorías. Y nuevamente bien mirado, hay vinos y vinos.

Un espumoso seco, del tipo Nature o Brut Nature, por ejemplo, aporta unas 70 calorías por cada copa (100ml). Algo parecido a un alfajor de arroz o a un durazno y medio.

Un vino dulce, tipo cosecha tardía o dulce natural, con unos 50 o más gramos de azúcar por litro, puede trepar hasta unas 300 calorías y más. Algo así como tres bananas o un alfajor triple por copa.

¿Y el Malbec? Si es seco y ronda los 14,5 de alcohol –digamos, el estándar– se acerca a las 120 calorías. Nada grave.

El asunto claramente está en beber no más de dos copas y siempre de vinos secos. Mientras que el alcohol es el responsable de las calorías (y el azúcar multiplica el factor), en el caso del vino no parece preocupante. Pero esconde un truco, que es justamente la parte difícil: el vino es más rico con las comidas y en compañía. Ahí es cuando el silbato del profe de gimnasia suena en tu cabeza en el bar, el restaurante, o en casa a la hora de la cena.

Compensar, la clave

Los cuenta calorías saben que cada cosa que ingieren requiere ajustar la próxima. Así, por ejemplo, es fácil medir las copas en distancia: por cada copa de vino tinto de más hay que contemplar una caminata de media hora o bien un trote de doce minutos. O, en tal caso, saltearse la picada. Pero ponerse a hacer contabilidad en kilómetros o gramos de comida parece algo torturante: ahí no hay placer alguno.

Ahora bien, si un Torrontés floral lo acompañamos con unas empanaditas; si un Sauvignon Blanc filoso lo maridamos con un tapeo de mar –incluidos unos ostiones, tampoco es cosa de escatimar–; o un Malbec frutado y ligero lo servimos con un chorizo de campo y unas tostadas untadas con oliva y quesos duros, la parte del vino es la menos importante a la hora de ajustar.

En todo caso, deberíamos mirar los platos con más celo. Pero si la felicidad se aproxima en algún punto a la indulgencia, al menos en materia de comidas y bebidas lo mejor será ajustar la cantidad de veces que de acá a diciembre nos sentaremos a una mesa servida en abundancia, que contar las calorías de cada bocado. Así cada gusto será exactamente eso, un gusto, y no una declaración jurada. Total, para policía contable ya está la balanza.

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