
El rapero que anunció su propio final, es parte de un entramado social atravesado por el narcotráfico. Pero también es su contracara: la de los chicos que se refugian en la música o en la religión para escapar de la violencia.
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E?l cruce de la avenida Génova y la calle Campbell es una zona muy transitada del barrio Empalme Graneros, en el noroeste de Rosario. La circulación tiene doble mano, del otro lado se extiende una plaza, a cincuenta metros funciona un templo evangélico y en la cuadra siguiente se encuentran dos escuelas. En esa esquina, donde ahora pueden leerse pintadas que dicen Chuky presente y también Siempre llueve cuando se va un pibe bueno, había un quiosco de drogas, un búnker.
El búnker fue demolido en la noche del 12 de febrero de 2014. Los vecinos, en su mayoría jóvenes, llevaron martillos, mazas, lo que tenían a mano, y lo tiraron abajo. Unas horas antes, el soldadito que custodiaba el quiosco había asesinado a Ariel Alejandro Ávila, "Chuky", de 21 años, que vivía enfrente.
El caso tenía particularidades que lo recortaban entre los crímenes relacionados con el narcotráfico. Ariel Ávila hacía rap, había ganado un concurso municipal con un grupo de amigos y sus temas describían la vida cotidiana en medio de la violencia, las armas y las drogas en un mundo donde "los códigos de la calle ya no existen", como cantaba en "El barrio está peligroso", su canción más conocida. Ariel Ávila no soportaba la presencia del quiosco.
-Esté donde esté el búnker, siempre va a haber problemas y tiroteos. Por eso le daba con un hacha en los temas -dice Oscar Bravo, amigo y también rapero.
Hasta que se cruzó con el soldadito. Un adolescente del que nadie parece recordar su nombre, que se plantaba en calle Campbell, en el ingreso al pasillo que llevaba al búnker. Hubo un cruce de palabras, Ariel lo invitó a pelear sin armas. Pero el otro sacó un revólver y le disparó siete tiros.
<b>Infancias perdidas</b>
Oscar Bravo sonríe cuando cuenta esta parte de la historia.
-Con Ariel nos conocimos en la escuela. Éramos todos raperos. Siempre había un encontronazo en el recreo, nos enfrentábamos con palabras. Yo iba con Marcelo Favio y él con Matías Burgos. Había pica.
Les gustaba el breakdance y escribir sus propias letras, agrega Oscar, que entonces tenía 14 años y ahora cumplió los 20.
-El primer tema que hice hablaba sobre las drogas. Veía muchas muertes, veía la pobreza y la delincuencia, y hablaba del pibe al que le falta el pan en la mesa y la única opción que tiene, por no conseguir laburo, es agarrar un fierro y salir a robar.
Ariel Ávila fue el que primero se animó a mostrarle una letra al profesor de música de la escuela, Lisandro Rodríguez Rossi. La canción se llamaba "Infancias perdidas" y era autobiográfica.
-Contaba situaciones que había sufrido, pero también cómo salir adelante -cuenta el profesor-. En ese momento, asistía a una iglesia evangélica, el texto tenía algo de contención, era como un escudo contra los problemas.
Rodríguez Rossi pide un café en el bar de la estación YPF de Rondeau y Sorrento, en la zona norte de Rosario. Viene de trabajar en una escuela del barrio. En otra mesa, dos policías del Comando Radioeléctrico, de lentes oscuros y armas a la vista, se toman un descanso; de tan ajustado, el uniforme parece quedarles un número más chico, y se desplazan con movimientos bruscos, como si fueran muñecos de plástico articulado.
La referencia de Ávila era Vico C (Luis Armando Lozada Cruz, Estados Unidos, 1971), el primer cantante de hip hop cristiano, del que tomó el apodo La Profezia.
-La idea era que lo guiaba la palabra de Jesucristo –explica Rodríguez Rossi- y podía decir lo que iba a pasar.
Pero los pronósticos de Ariel se volvían oscuros. Pensaba que no iba a vivir mucho tiempo. En canciones como "Noches de balas" transmitía esa incertidumbre, que es la de los jóvenes de Empalme Graneros y de otros barrios periféricos.
-En las historias de estos chicos hay hambre, frío, drogas. Viven un tiempo en una casa, otro tiempo en otra. A través de las letras canalizan impulsos, malos o buenos, que otros reprimen, y después salen para cualquier lado porque están cargados de carencias y de resentimiento -dice Rodríguez Rossi, que trabajó diez años en Empalme Graneros como docente y como tutor en un programa que procuraba reinsertar a jóvenes en la escuela.
Ahora los policías del Comando se mantienen en silencio. Parecen observar el movimiento de la calle, como si estuvieran ante un espectáculo poco interesante.

<b>La técnica del hip hop</b>
El profesor Lisandro, como lo siguen llamando sus ex alumnos del barrio, hizo una base para la letra que había escrito Ariel. Grabaron en un salón desocupado de la escuela. Enseguida se sumaron los raperos del recreo y hubo más textos para considerar.
-Hablábamos de lo que pasaba en Empalme: los tiroteos, la droga, las venganzas -dice Marcelo Favio, que desde el año pasado se volcó al rap cristiano.
Marcelo es parco, como si una secreta indignación marcara las pausas y los silencios de su conversación. Más extrovertido, Oscar Bravo quiere contar los hechos con sus detalles, asegurarse de ser entendido.
-¿Cómo te puedo explicar? –dice cada vez que llega a un punto que le resulta complicado.
Empezó a llamarse Mr. Rap. La repercusión de los temas que grababa con el profesor Lisandro fue inmediata.
-Toda la escuela nos escuchaba. Decían: "Estos locos tienen temas, son reguasos".
En 2009, cuando la municipalidad convocó al concurso Ceroveinticinco, Rodríguez Rossi reunió a Ávila, Bravo, Favio y Daniel Moyano, y los hizo grabar "Para mi barrio". Los cuatro tenían entre 14 y 15 años. Se llamaron La técnica del hip hop, por alusión a la escuela y porque había que presentarse con un nombre.
-Tuvimos que hacernos amigos –cuenta Oscar-. Ahí nos empezamos a conocer, nos empezamos a juntar en la casa de Ariel; él tenía computadora, bajaba pistas instrumentales de internet y podíamos ensayar de otra manera.
El jurado valoró "una rítmica adecuada para los parámetros del hip hop" y "un flow afilado con el que describe con honestidad y estilo el paisaje urbano y social", y los dio por ganadores. Después grabaron un cedé artesanal, protagonizaron un cortometraje y comenzaron a actuar en recitales del género. Contactaron a Pabliko, referente del hip hop rosarino y líder de Purple House, y se relacionaron en el ambiente de la música. Sus temas seguían siendo la droga y la delincuencia.
-Nosotros vivimos esa vida –dice Oscar-. Capaz que el que tiene laburo lo primero que piensa de un pibe que roba es que quiere pagarse los vicios. Pero también está el que quiere tener bien a su familia y llevar el pan a la mesa. No te voy a negar que hubo ocasiones en que tuvimos que hacer eso.
Míster Rap apela a los sobrentendidos.
-Nos hicimos amigos, pegados, con Ariel. Cuando me echaron de mi casa, el loco me alojó; él y su familia me dieron lo mejor. Empezamos a vivir la vida nocturna y a hacer cosas de pibes de barrio que vos ya te imaginás.
Componer un tema era la forma de contar las historias de los pibes que salían a robar.
-No como pidiendo perdón, sino haciéndole entender al pibe que está en eso que nosotros también lo hacíamos, pero por una causa. Hoy tengo un trabajo y estoy agradecido, pero hubo ocasiones en que no tenía plata y lo hacía porque se daba así.
También provocaban rechazo. Iban al centro de Rosario y sentían que el público no los alentaba. Que los consideraban negros de la villa. Se presentaban como la THH Clika -las iniciales del grupo y el término del hip hop que significa pandilla- y tenían conciencia de lo que se proponían, como mostraban en "Esto es lo que tú ya sabes", tema que grabaron La Profezia y Mr. Rap:
La té doble hache es de Empalme.
Representa los barrios marginados de Rosario.
Oscar Bravo no se olvida. Gente de la vieja escuela los criticaba diciéndoles que eran una copia de Fuerte Apache, la banda de Esteban El As (Esteban Rodríguez) y El Gordo Massi (Maximiliano Ocampo). No veían algo muy simple: Fuerte Apache es un barrio, Empalme Graneros es otro barrio. Tampoco escuchaban lo que el grupo quería decir:
-En vez de tener la mente en robar, en drogarnos, en terminar atrás de las rejas, lo único que queríamos era ser la voz del barrio.

<b>El barrio</b>
Una marca en la historia de Empalme Graneros es la inundación de 1986. El desborde del arroyo Ludueña dejó a unas 40.000 personas bajo dos metros de agua entre el 23 y el 26 de abril de ese año. Desde entonces se hicieron obras, pero los vecinalistas todavía reclaman la construcción de un canal aliviador. Las grandes lluvias suelen revivir el temor.
-La historia de Empalme tuvo sus cambios geográficos y sociales –resume Rodríguez Rossi-. Fue un barrio de trabajadores industriales. A partir de los años noventa se formaron cordones de pobreza, hubo muchas migraciones de diferentes zonas del Chaco y se armó un tejido social en el que las instituciones comenzaron a deteriorarse.
Entonces hubo otra inundación menos visible que la del agua. Empalme Graneros ganó fama de ser el primer centro de distribución de drogas en Rosario.
En 1998 surgió en el barrio Purple House, el primer grupo de hip hop de la ciudad. El nombre vino del lugar donde ensayaba, el local de una rotisería abandonada al que sus dueños habían pintado de púrpura. Encabezada por Pabliko (Pablo Antonelli), con diversas formaciones, la banda grabó varios discos y se proyectó más allá de Rosario, con actuaciones en el Quilmes Rock y en el Luna Park, y grabaciones con Pity Álvarez y Gustavo Cerati.
Además de ser uno de los músicos más conocidos de Rosario, Pabliko es un gestor cultural que organiza encuentros de hip hop y recitales solidarios. Los cambios que atravesaron a Empalme Graneros no le parecen demasiado diferentes de los que acusa la ciudad de Rosario. La diferencia, en todo caso, es que en el barrio se notan más. A un rapero no le faltaba entonces de qué hablar.
-Cuando empezamos ya se vivía el problema de la delincuencia y la connivencia entre ladrones y policías. Con el correr de los discos empezamos a hablar de otras cosas –dice Pabliko.
La corrupción policial tiene infinidad de anécdotas en el barrio. Los vecinos no se olvidan, por ejemplo, de un comisario que sacaba a los presos de la seccional 20 y los enviaba a robar a lugares que él mismo apuntaba. O del que ponía sobre aviso a los búnkers cada vez que se venía un procedimiento de la Policía Federal o de lo que entonces se llamaba Dirección de Drogas Peligrosas, que a su vez colapsó por la complicidad de sucesivos jefes con el narcotráfico.
-Hoy la gente sabe dónde están los búnkers. Hasta la policía lo sabe -ironiza Pabliko.
La historia de Reflejos, el club del barrio, puede condensar el proceso de la historia reciente. Fundado en 1925 por anarquistas catalanes que se reunían en una biblioteca, sus bailes perduran como una época dorada.
-Por los años sesenta, entre los clubes de Rosario, estaba primero Provincial, seguía Gimnasia y Esgrima y después venía Reflejos. Y, muchas veces, Reflejos les daba la biaba en cuanto a convocatoria de público -dice su actual presidente, Daniel Antonelli, padre de Pabliko.
Si las paredes del salón social hablaran, podrían dar testimonio de esa historia, con actuaciones de Palito Ortega, Violeta Rivas, Néstor Fabián y Los Auténticos Plateros. El público que quedada afuera seguía los espectáculos desde las terrazas vecinas. A veces, los bailes terminaban con la llegada de la policía.
-Estamos hablando de un club picante que ha tenido también su mala experiencia –reconoce Antonelli-. La noche en que estuvo Tormenta, la cantante, hubo una batalla campal que duró entre tres y cuatro horas. Le quisieron robar el anillo, se lo disputaban entre dos bandas, y ella se tuvo que refugiar en una casa hasta las seis de la mañana. Y, en noches de bailanta, ha habido muertos. Por eso vinimos a revertir la situación.
Antonelli encabezó un grupo de vecinos que en 2005 ocupó el club y normalizó su situación.
-Esto era un antro, una especie de búnker. Si había algo robado en Rosario, venía a Reflejos; si alguien quería comprar o consumir droga, venía a Reflejos.
El club no tenía ni siquiera sillas o mesas. Carecía de las mínimas condiciones para funcionar y nadie iba a practicar deportes ni usaba la pileta de natación, donde actualmente las escuelas del barrio hacen su colonia de verano y las clases de gimnasia. Sin cobrar un peso, sin que se perciban cuotas societarias, con profesores que dictan talleres de danzas árabes, entrenamiento de boxeo y artes marciales ad honorem.
Antonelli contrató espacios en radios barriales para difundir su campaña. El programa era itinerante y se llamaba Reflejos en marcha. Le gusta decir que fue su versión del Aló presidente, de Hugo Chávez. Ahora el club cuenta con su propia emisora, FM Reflejos, que puede sintonizarse incluso más allá de Rosario.
El presidente enciende un televisor en el salón social y sintoniza El show de Carlitos Román, un programa de cumbia que grabó un capítulo en el club. En una vitrina, con varios trofeos, exhibe el cedé dorado de la discográfica de música tropical santafesina, un reconocimiento a la difusión del género. Los objetivos de Antonelli ilustran la situación del club y del barrio.
-Ponemos todo el esfuerzo en trabajar sobre los chicos. Les mostramos que puede haber una convivencia y un lugar donde estar tranquilos, en base al respeto. No les vamos a permitir alcoholizarse ni drogarse, ni que nadie venda alguna sustancia.

<b>Parte de la religión</b>
Marcelo Favio señala un antes y un después en su vida a partir del momento en que ingresó a la iglesia Esperanza de Vida. Ya se había distanciado de La técnica del hip hop sin perder contacto con sus compañeros. "Pero ya no cantábamos para el bien", dice, en el patio de su casa. También se sintió desanimado por algunas dificultades. A veces, no tenían plata para pagar el uso del estudio y se volvían del centro de Rosario sin grabar. En uno de esos viajes, cuando esperaba el colectivo para regresar al barrio, lo paró el Comando Radioeléctrico. Le pidieron que vaciara los bolsillos, y entonces vieron las letras de las canciones.
-¿Qué sos, cantante de cumbia? –le preguntó uno de los policías.
-No –contestó-. Soy rapero.
Y, por suerte, dice, no leyeron las letras porque hablaban de ellos. De lo que alguien sabe por pararse en la esquina. Que la policía pasa por el búnker a buscar su retribución y se va.
Pero esas historias son parte de un pasado que quiere superar.
-Yo vuelvo a las cosas de Dios porque no quería vivir como estaba viviendo. Hay un camino para cambiar. Dios es el único que te transforma y que te va a sacar de la miseria, de la delincuencia, del búnker. Ahora vengo a escribir letras que dan vida.
Marcelo va al culto los días domingo y en la semana participa en estudios bíblicos y en reuniones. Tiene un hijo de dos años y una hija de cinco, de crianza. Está desocupado.
Tuvo un período previo en la iglesia, durante la infancia. Entonces conoció a Ariel Ávila, aunque se hicieron amigos más tarde, a partir del rap. Ahora siente remordimientos.
-Fue como que Dios me avisó y me dijo que le hablara al Ariel –cuenta-. Yo fui y le dije: "Mirá, Ariel, estas cosas son así, vos conocés la verdad, vos podés cambiar, en el camino en que estás, podés terminar mal". Porque cuando escribía sus últimos temas, él cantaba su muerte. Lo llevé a un campamento, un encuentro de dos días donde se comparte la palabra. Yo lo estaba soñando a él. Pero después hice las cosas mal porque no lo fui a visitar.
A la vuelta de la casa de Marcelo funciona un búnker.
-¿No sentís las motos? Están todo el día.
Su familia se siente un poco más segura porque levantaron un tapial donde tenían un tejido de alambre. Antes estaban más expuestos a los tiroteos.
<b>Los muertos</b>
En 2013 hubo 265 asesinatos en Rosario. Un récord para la ciudad que la criminóloga Eugenia Cozzi atribuye a la convergencia de diversos factores: la proliferación de armas, las disputas en el mercado de drogas, la baja tasa de esclarecimiento de los homicidios. Y a un modo de construcción de identidad en contextos donde no existen opciones laborales ni otras formas de realización personal.
-Pero estos modos de construir la identidad no se dan de cualquier manera ni contra cualquiera –advierte-. No son pibes sin código, al contrario: la violencia que depara prestigio es la violencia entre pares. La idea es que quieren tirotearse con otros que también andan a los tiros. Cuando aparecen involucradas víctimas no legítimas –niños, mujeres, personas decentes-, construyen justificaciones para que su imagen no se vea dañada.
Cozzi cuestiona las versiones periodísticas de los hechos violentos. Son relatos simplificados que recortan la vida de sus protagonistas y los congelan en estereotipos, dice. Además, desmiente la ecuación que asimila muertes violentas a narcotráfico. Propone desnaturalizar esas narraciones y observar de cerca el contexto social y sus detalles para apreciar una trama sinuosa. No hay buenos ni malos, sino jóvenes que fluctúan entre actividades legales e ilegales, que ocasionalmente trabajan y ocasionalmente también estudian.
La intervención policial produce un efecto de sobrecriminalizar y, a la vez, desproteger a los jóvenes, dice la criminóloga, profesora en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario.
-En la periferia no hay un servicio policial como en otros lugares de Rosario. En el barrio Las Flores, cuando se arman tiros y aparece la policía, por ejemplo, los pibes les dicen "no es con ustedes, quédense tranquilos". La policía coopera o participa activamente en economías ilegales, también hostiga a jóvenes de sectores populares y desprotege a los vecinos.
En los márgenes de la ley, la violencia entre bandas o grupos aparece como un asunto privado. La filosofía es que los problemas de la calle se arreglan en la calle.
-Muchas veces, desde el Estado se piensa la cuestión en esos términos –destaca Cozzi-. Pero ahora la tasa de homicidios se disparó, empezaron a aparecer víctimas no habituales. Las muertes cruzaron las avenidas céntricas. Hay que romper con la idea de que son ajustes de cuentas para pensar políticas con las cuales abordar el fenómeno.
Antes del operativo del 9 de abril, cuando fuerzas de la Gendarmería Nacional, la Prefectura Naval y la Policía Federal desembarcaron en Rosario para disputar los territorios que controlan bandas de narcos, el sonido de los helicópteros que patrullaban la ciudad desde el cielo se hizo familiar para los rosarinos. Un intento de marcar presencia.
Pero la situación está a la vista. <>BAl caer la tarde hay jóvenes que inhalan pegamento en la vereda del Palacio Fuentes, emblemático edificio de la ciudad, frente al tradicional bar El Cairo, donde abren las puertas de los taxis.

<b>El búnker</b>
Conviven en un clima de tensión con los vecindarios. Algunos funcionan durante años en el mismo emplazamiento, como el que existía en La Cumbre y Los Cocos, en el barrio La Cerámica, hasta que una nena de 13 años fue herida en un tiroteo entre clientes y proveedores. Los episodios de violencia habilitan tácitamente la reacción de los vecinos, como ocurrió en el caso de Ariel Ávila.
Un búnker es un epicentro de hechos de violencia. Las disputas de territorio, las represalias y aun las mínimas diferencias se resuelven con ferocidad. El 23 de agosto del año pasado, María Soledad Nievas, de 19 años, fue quemada viva en castigo por llevarse drogas y plata del quiosco que atendía doce horas al día en 27 de Febrero al 7600, y fue derribado por vecinos; el 1 de septiembre, en otro ramalazo del episodio, el soldadito Luis Fernando Cuevas, de 14 años, fue quemado, sometido a mutilaciones y finalmente baleado.
Cuevas integraba una familia que emigró de Chaco a Rosario en 2005, después de la muerte de su madre, y que se asentó en Empalme Graneros. Fue a la escuela de avenida Génova y Barra, de donde lo expulsaron porque peleaba mucho, y jugó al fútbol en Los Águilas, un club del barrio. Decía que quería volver a la escuela, "pero siempre dejaba", según contaron sus familiares. Antes de matarlo lo castraron, le cortaron los pies con cortes en diagonal desde el empeine, lo rociaron con combustible y le prendieron fuego tapado con un colchón.
-La cara visible de los narcos son pibes. No ves gente grande, sino chicos de 9 a 13, 14 años. Los usan, los endulzan. ¿Qué le decís a un pibe que gana $5.000 por mes cuidando un búnker y que tiene, además, un estatus social porque lo respetan? -se pregunta Rodríguez Rossi, el profesor de música.
Es difícil ver una salida en el barrio.
-En muchos chicos está la idea de que sus vidas van a ser así, que no se pueden modificar y que si intentan algún cambio van a tener problemas con la pandilla. No tienen a nadie atrás. Es una especie de red que los lleva a los ambientes de la droga, principalmente para ser compradores y mantener el circuito. Y cuando no disponés de un arma, en ese marco, perdiste. Porque el otro sí tiene un arma.
Hay una división del trabajo entre el que atiende el búnker –el eslabón más débil de la cadena-, el que lo custodia y el que ocasionalmente hace de sicario. La economía delictiva es un espejo de la economía legal.
-Cuando un grupo se consolida en el mercado, empieza a tercerizar parte de sus actividades -apunta Eugenia Cozzi.
Los allanamientos a los que acceden los medios de comunicación muestran construcciones precarias, mal ventiladas y sucias. El entonces jefe nacional de la Policía de Seguridad Aeroportuaria, Fernando Telpuk, declaró en septiembre de 2012: "Rosario es el único lugar donde se reduce a la servidumbre a menores, encerrándolos por 24 horas para vender droga en una pieza, con solo un agujero por donde pasa el dinero y la droga. En cualquier villa de Buenos Aires, al narco que hiciera algo así lo matarían a ladrillazos".
El soldadito que mató a Ariel Ávila provenía de otro barrio y se perdió de vista antes de que lo alcanzaran los vecinos.
-Pero también son gente que conocés –dice Marcelo Favio-. Como no tienen otro rumbo, quieren la plata fácil. Son del mismo barrio, pero no tienen conciencia de que están matando a sus propios vecinos.
-El que es soldado en un búnker lo hace por tener una mirada o un respeto diferente, como que andan en la pesada y nadie los va a molestar –agrega Oscar Bravo.
Y está el sedimento de años de violencia, según Rodríguez Rossi:
-Algunos dicen que matan porque no tienen valores. En realidad, te matan porque están educados de esa manera. Viven en una vorágine en la que no tienen mucho para perder y tampoco se complican. El estatus se gana de ese modo: vendés drogas o sos pastor o sos músico, artista. No hay otras posibilidades de que te respeten, esa cuestión no pasa por decir que sos un trabajador.
El gobierno provincial inició en 2011 una campaña de demolición de quioscos de droga. Enseguida se comprobó que era inútil porque los búnkers volvían a instalarse en otro punto de la misma zona. Y, como política, solo apuntaba a los actores más vulnerables.

<b>El reencuentro</b>
El rap de barrio, como el de La técnica del hip hop, es lo que mueve el género en la Argentina, dice Pabliko.
-Hay gente que estudió música y se perfecciona, pero al principio no necesitás más que una base y una letra. Y toda la agilidad está en la mente y en el vocabulario. Ves pibes que saben tocar una guitarra, pero improvisan con una agilidad mental que te hacen pensar que podrían recibirse en Harvard.
Oscar Bravo imagina el hip hop como un árbol. Y, entre sus muchas ramas, la que más le gusta es el rap: "Un amigo que te escucha y a la vez habla por vos: nosotros elegimos ese camino con Ariel".
Siguieron juntos, aun cuando parecía que La técnica era algo del pasado.
-Nosotros éramos conocidos en la cultura del hip hop. Muchos comentaban que ya no cantábamos, que éramos unos caminantes. Caminantes se dice de los que están de pasada, los que no aguantan el peso de la cultura y se toman el palo. Pero mientras los demás hablaban, nosotros estábamos grabando temas nuevos.
Después de la muerte de Ávila, algunos amigos le aconsejaron cambiar el estilo de sus letras. Hacer algo más tranquilo. Oscar Bravo se enoja con el solo recuerdo de ese pedido.
-No -dice, con los dientes apretados-.
La técnica nació con un estilo y va a seguir por el mismo camino.
Habían compuesto dos nuevas canciones: "Así yo soy" y "Vuelvo al juego". Grabó su voz en el estudio de Lisandro Rodríguez Rossi. Faltaba la parte de Ariel.
El 24 de febrero Oscar volvió de su trabajo y se fue a bañar. Cuando salió de la ducha tenía catorce llamadas en el celular. Antes de atender, golpearon a la puerta de su casa.
-Era el primo de Ariel. "Oscar, te tengo que contar que lo guasearon al Chuky", me dice. Me quedé blanco, mudo. Lo único que quería hacer era encontrar a los responsables. Ese día yo estaba por ir a la casa. Si yo hubiera estado ahí, él hubiera seguido con vida.
La conmoción todavía se siente en las calles de Empalme Graneros. Como una respuesta ante el crimen, Lisandro Rodríguez Rossi volvió a reunir a los raperos del barrio. Marcelo Favio, Daniel Moyano, Matías Burgos y Oscar Bravo acaban de grabar un demo en homenaje a Ariel Ávila.
-Todos tenemos un grado de culpa en lo que pasó –dice el profesor-. Todos. Desde el docente que está en el curso con estos pibes y mira para otro lado hasta los padres y cada una de las instituciones. Ahora hacemos algo que a Ariel le hubiera gustado: concientizar con la música. Ojalá que llegue a la vergüenza de quienes deberían encargarse de estos problemas. Hay otros chicos que mueren en el barrio y nadie se entera.
El 9 de abril, el operativo de la Gendarmería, la Prefectura y la Policía Federal que allanó 88 búnkers en Rosario llegó hasta el barrio. El que derribaron los vecinos se había mudado a unas cuadras de Génova y Campbell.






