
Cápsulas del tiempo, un salto hacia el futuro
Si existe un momento en el que se aviva el escozor por no perder el pasado y la inquietud por atrapar el porvenir, ése es el del cambio de siglo. Hoy, precisamente. Al filo mismo del siglo XX, cuando la fiebre por persistir vuelve a dispararse aunque sólo sea con un mensaje, vale la pena pasar revista a los extraños y variados recipientes y métodos en los que se ha materializado esta intención antes, y a los objetos y cartas que algunos porteños consultados al azar enviarían embotellados hacia otras décadas
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Se dice que el hombre se preocupa más en escudriñar el espacio que en hurgar las oscuras profundidades de los océanos. Algunos van más allá, y agregan: se sabe más acerca de nuestra galaxia que lo que todavía ocultan las aguas. Si los mares y océanos alimentaron siempre grandes temores, el universo ha sido, como contrapartida, una obsesión, cautivándonos desde el fondo mismo de los tiempos.
Es que desde aquella primera botella arrojada al mar -con un papel escrito en su interior, manteniendo a flote la esperanza de que alguien la recoja- hasta el dispositivo que desde hace 28 años la Pioneer 10 lleva acoplado a su estructura -en un viaje sin fin hacia otras galaxias, con un mensaje que pueda ser descifrado, alguna vez, por "habitantes de otros mundos" más allá de nuestra Vía Láctea-, el infinito y las profundidades desafían nuestra ambición de comunicarnos con lo más lejano.
Si el cine y la literatura -que van más rápido que la ciencia- encuentran en los océanos el escenario ideal para contar historias de náufragos solitarios y mensajes flotando sobre las crestas de las olas, la ciencia también se sirve de la infinitud del tiempo y del espacio para decir aquí estamos y para preguntar si hay alguien allá afuera.
El Nautilus fue para los mares misteriosos lo que el Enterprise para las lejanas estrellas. En ambos casos, el objetivo era la búsqueda, el mensaje, el encuentro. Y de a poco, la realidad empezó a confundirse con la ficción.
El mensaje que transporta el Pioneer 10, el primer intento serio del hombre por comunicarse con habitantes de otros mundos, lanzado al espacio el 3 de marzo de 1972, es equivalente a la botella al mar: la ilusión de que llegue a manos de alguien. Claro, el océano espacial es un poco más grande que todos los mares del mundo. Alguien dijo que la Tierra es, en nuestra galaxia, sólo como una pelota de fútbol en medio de una superficie similar a la de los Estados Unidos.
Así estamos en el Universo. Y por ahí anda el Pionner 10, en su fantástico viaje hacia la estrella más cercana, situada a 4 años luz de la Tierra, es decir, a la distancia que recorre la luz desplazándose a 300.000 kilómetros por segundo durante cuatro años.
Si bien la Pionner 10 es el objeto más veloz creado por el hombre, necesitará desplazarse por el espacio durante los próximos 150.000 años para alcanzar esa estrella. En el camino, la sonda atravesará millones de mundos y, tal vez algún día, pueda toparse con algo... o con alguien.
El mensaje que transporta la nave -donde se identifican el tiempo y el espacio al que pertenecían- está inscripto en una pequeña plancha de aluminio y oro. El indice de desgaste que puede sufrir es mínimo, lo que garantiza que pueda permanecer intacta durante centenares de millones de años.
Con este antecedente, la NASA encargó a Carl Sagan el desarrollo del más ambicioso mensaje a bordo de las naves interestelares Voyager 1 y 2 -predecesoras de las Pionner 10 y 11- para tratar de acercarnos a otros mundos. Para ello, Sagan diseñó las figuras de un hombre y una mujer superpuestas a la figura de la nave, seleccionó 115 imágenes y una variedad de sonidos de la Tierra, como las olas, el viento, los pájaros y las ballenas y añadió una selección musical (95 minutos de grabación) de diferentes eras y culturas, y también saludos en 55 idiomas, que va desde el Akkadian, que fue hablado hace 6000 años, hasta el quechua.
La búsqueda no se detiene. Con forma de botella, de cápsula espacial o de esferas herméticas, sostenemos un irrefrenable deseo no sólo de comunicarnos, sino, también, de que en el futuro alguien reciba nuestros mensajes y nos descubra como eramos hoy, en el pasado.
¿Quién, de chico, no ocultó en algún lugar una carta, una foto, un objeto, un papel con algún deseo escrito, con la idea de rescatarlo treinta o cuarenta años después, o más? Eran automensajes, en realidad -en esos tiempos seguros y con destinatario garantizado porque la muerte a esa edad no se entiende ni se acepta-, para redescubrirnos, para rescatar los primeros trazos de ilusión, para ver hasta dónde los años nos enriquecieron o nos castigaron.
Las cápsulas del tiempo existen, en la ficción y en la realidad. Y no importa dónde se las envíe, si al espacio, al fondo del mar o a treinta centímetros bajo tierra. Cada uno es dueño de su deseo encapsulado, y elige su destinatario. En ese afán por trascender -trascender nuestro efímero presente, enviando mensajes al futuro- hay quienes no se detienen en detalles ni se fijan en gastos, y hay quienes lo planifican desde la austeridad.
La NASA, por ejemplo, anuncia por Internet -aunque sin especificar precio- la posibilidad de enviar su nombre y apellido a Marte, grabado en un CD-ROM que transportará el Mars Surveyor 2001 Lander, la sonda que descenderá sobre suelo marciano el 22 de enero de 2002, para abrir el camino tecnológico a un futuro vuelo tripulado.
Para que su ego repose en Marte, no hace falta más trámite que ingresar a la página de la NASA, hacer un click en el logo y, al abrirse una ventana, apretar la tecla "Add my name" para ver la confirmación de su inscripción. Entonces, podrá ver su nombre y número de orden. Al hacer click sobre cualquiera de ellos, obtendrá un certificado oficial que acreditará su inclusión en el disco compacto. Otra experiencia, menos grata pero igualmente ambiciosa, comenzó a vivirse en España, en abril de 1977, al hacerse realidad el primer sepelio espacial. Porque si de deseos se trata, especialmente si es el último, el límite sigue siendo el cielo.
El Minisat, primer satélite diseñado y construido por España para misiones científicas como calcular la masa total del Universo e investigar la muerte de las estrellas, fue puesto en órbita por el cohete Pegasus, que a su vez había sido transportado hasta una altura de 11.500 metros por un avión Lockheed Tristar, que despegó desde una base aérea de las Islas Canarias.
La noticia, sin embargo, quedó relegada a un segundo plano al darse a conocer que en el Pegasus viajaban también las cenizas encapsuladas de 24 personas, entre las que estaban las de Gene Roddenberry, el creador de la serie Viaje a las Estrellas, y las de Timothy Leary, el padre del LSD, expulsado de la Universidad de Harvard en 1963 por involucrar a estudiantes a experimentos con drogas alucinógenas y al que el ex presidente norteamericano Richard Nixon calificó como "el hombre más peligroso de América".
Gerard O´Neill, pionero de las estaciones orbitales, y Krafft Ehricke, científico aeronáutico alemán, fueron otros que expresaron el deseo de ser enviados al espacio tras su muerte.
"Es un camino para la gente que siente fascinación por el espacio exterior y por participar en la apertura de una nueva frontera en contacto con el firmamento nocturno lleno de estrellas", se esforzó en explicar Chan Tysor, presidente de la funeraria norteamericana Celestic Inc, que organizó el acto funerario.
Se calcula que las 24 cápsulas funerarias conteniendo un kilogramo de cenizas, permanecerán en órbita entre 18 meses y diez años antes de entrar nuevamente a la atmósfera y desintegrarse "ardiendo en un homenaje final, como una estrella fugáz", según lo imagina Tysor.
Este deseo, último y peculiar, tiene un costo de 4800 dólares.
Menos ambicioso que los mensajes grabados en una plancha de oro y aluminio que busca destinatario más allá de nuestra galaxia; menos extravagante que mandar nuestros nombres a suelo marciano, y menos rebuscado que vagar nuestra muerte entre las estrellas, los habitantes de Puerto Madryn encontraron una forma más sencilla y terrenal de viajar en el tiempo, depositando en el lecho del Golfo Nuevo, a 700 metros de la costa y a 24 de profundidad, un cofre de 350 kilogramos de peso conteniendo recuerdos de esta época para que sea recuperado y abierto exactamente el 1° de enero del 2100.
La idea surgió como parte de los festejos por el fin del milenio. La municipalidad de Madryn encargó el proyecto a José María Goity, ex combatiente de Malvinas, andinista y esquiador, y a Fernando Orri, buzo, e instructor de instructores.
Poco antes de depositar el cofre -construido de piedra porfida, un tipo de roca de la zona que se utiliza para trabajos ornamentales- en el fondo del mar, Goity dijo que "es como una carga de profundidad que, en vez de explosivos, intentará llevar el alma de estos tiempos". Orri, su compañero, lo vio así: "Es un mensaje custodiado por ballenas y que dentro de cien años mostrará un poco de los problemas de hoy. A nosotros también nos gustaría saber si después de un siglo el hombre crece o se deteriora. Ellos lo sabrán".
Videos con imágenes de diferentes personalidades, una carta de las Naciones Unidas a la humanidad, cintas de audio, libros con pensamientos escritos por todos quienes lo hayan querido, mensajes en diskettes, publicaciones nacionales y regionales y un ejemplar de La Nación del 29 de diciembre de 1999, van por el primero de los cien años que deberán aguardar, bajo la silenciosa oscuridad, hasta que sean recuperados por otros hombres que se extrañarán, o no, por lo que allí encuentren. Vaya uno a saber.
Diego Curuberto
Critico cinematográfico, 35 años
Suponiendo que en otras cápsulas otras personas seguramente se ocuparán de incluir obras maestras indiscutibles como El ciudadano, la Novena de Beethoven, Let it Blee de los Stones y el Sargento Pepper de los Beatles y las obras completas de Borges, mi idea es que la cápsula que yo envíe tenga obras de culto que ayuden a poner un poco de sal y pimienta en las bibliotecas, discotecas y filmotecas del futuro remoto.
Mi cápsula tiene compartimientos por rubro:
LIBROS:
El diccionario del diablo de Ambrose Bierce, Manuscrito encontrado en Zaragoza de Jan Potocki, ediciones completas y sin censura de Las mil y una noches y Los viajes de Gulliver de Swift, La tía Julia y el escribidor de Mario Vargas Llosa, Aventuras de Arhtur Gordon Pym de Poe, El ejército de ceniza de Jose Pablo Feinmann, El corsario negro de Salgari, Los cigarros del faraón y El loto azul de Tintin por Hergé, Antología del cuento extraño de Rodolfo Walsh, Conversaciones entre Truffaut y Hitchcock, Escupiré sobre vuestras tumbas de Vernon Sullivan, Drácula de Bram Stoker, Mort Cinder de Oesterhed/Breccia, Crash de JG Ballard, El asesino dentró mío de Jim Thompson, un compilado de Los mitos del Cthulhu de HP Lovecraft, Cosecha roja de Hammett, algún compilado de los comics clandestinos eróticos conocidos como las Biblias de Tijuana, El hombre invisible de HG Wells, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Phillip K. Dick y Justine de Sade. También incluiría una edición de Leonard Maltin TV and Movie Guide, ya que nunca viene mal tener una a mano.
DISCOS
La Trilogía cósmica de Gong: Flying Teapot/Angel´s Egg/You
The Troggs greatest hits
Howlin Woolf the London
Sessions
El triple de George Harrison All things must pass
Soul meeting por Ray Charles y Milt Jackson
The Booker T. set por Booker T. and the Mg´s.
The thoughts of Emerlist Davjack de The Nice
Hot buttered soul de Isaac Hayes
Something else por The Kinks
Givin´ It back por The Isley Brothers
Axis...Bold as Love por The Jimi Hendrix Experience
The Inflated Tear de Roland Kirk
Lo mejor de Billy Bond y la Pesada del rock (por algo nunca se escucha la Pesada en la Mega... tontos!)
La discoteca de la cápsula tendría también todas las grabaciones jazzísticas del virtuoso Frederich Gulda, más La conferencia secreta del Toto´s Bar de los Shakers y los grandes éxitos de los Mockers, así en el futuro se hará justicia, y los uruguayos serán recordados como los maestros de la música beat.
PELICULAS
(Si no ponemos estas películas en la cápsula, seguro que no serán preservadas en ningún otro lado, lo que sería una verdadera pena)
La Biblia de John Huston
Marabunta de Byron Haskin
Robinson Crusoe de Luis Buñuel
El emperador del norte de Robert Aldrich
Moonfleet de Fritz Lang
El Coloso de Rodas de Sergio
Leone
Big trouble in Little China de John Carpenter
The night and the city de Jules Dassin
Reap the wild wind de Cecil B. de Mille
El ocaso de los Cheyennes de John Ford
Federico Reggiani
Bibliotecario, 30 años
¿Qué metería dentro de una cápsula de titanio que sería enterrada y abierta por la gente del año 3000? Me parece que la solución más económica sería meter todas las cápsulas de titanio que se han ido construyendo cada vez que alguna fecha terminó en cero desde que los pioneros fundadores de La Plata metieron unas botellas de vino en una caja en 1882. (Dicho sea entre paréntesis, cuenta la leyenda que esas botellas fueron bebidas, con justicia, por anónimos obreros fundadores, en el mismo 1882).
El arqueólogo del año 3000 que se encuentre la serie de cápsulas de titanio tendrá una idea bastante cierta de: 1. Las sandeces que las clases dirigentes llenadoras de cápsulas han considerado importantes y 2. (y principal) la autocomplaciente tendencia de los habitantes de los siglos XX y XXI a tratar de perpetuar su insignificancia.
Deborah Filc
Encargada de prensa, 28 años
Mi objeto sería un libro que se llama La conjura de los necios de John Kennedy Toole. Lo incluiría porque me encantó, me divertí mucho al leerlo y lo recomiendo por siempre. Aparte, me pareció impresionante la historia del escritor que se suicidó después de escribirlo porque nadie se lo publicaba.
Finalmente su madre lo publicó y se convirtió en un best seller.
Juan Ricardo Estebes
Estudiante, 16 años
Pondría en la cápsula un ejemplar de la autobiografía de Maradona, grabaciones de programas y ejemplares de revistas dedicados a los chimentos farandulescos, un informe sobre el sexgate de Clinton y otro sobre el noviazgo de Menem con Bolocco, para mostrar la importancia de los asuntos que nos desvelaban.
Mónica Sikora
Periodista, 32 años
Pondría varios productos light, bajas calorías y con edulcorantes. Y junto con eso, cuadros del barroco para que pudieran observar el cambio de gustos que sufrieron las estéticas de cada época.
Juan Manuel Canepa
Músico, 34 años
Pondría grabaciones de los Beatles, porque la música es la forma más alucinante de expresar el arte y el arte es lo más alucinante que desarrolló el ser humano, es la mejor conexión que hay entre un ser humano y otro. Y creo que ni la literatura ni la pintura lo logran de la forma en que lo hace la música. Es realmente un idioma universal, y los Beatles son los que mejor hicieron ese idioma. Después, vienen Bach y Beethoven. También pondría filmaciones de un hombre y una mujer haciendo el amor, porque es una de las formas más increíbles de comunicación entre la gente. Y con música y amor, creo que ya está. Creo que todo lo demás se le ocurrirá a algún otro.
Daniel Tognetti
Periodista, 30 años
Dejaría una colección completa de los Beatles, para que escuchen la mejor música popular del siglo XX. Un compilado de CQC para conservar el trabajo que me hizo sentir más orgulloso. La selección de los mejores goles de Maradona, para que vean quién fue el primer extraterrestre que habitó estas tierras. Un par de libros, como Historia universal de la infamia , de J. L. Borges, a Sangre fría, de Truman Capote y La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. Un televisor, una radio y el diario del día del entierro de la cápsula
Elsa Bornemann
Escritora, 48 años
Dada la fugacidad del tiempo que nos toca, fue muy escaso el que separó mi infancia del año 2000. Sin embargo, casi nada de lo que imaginé entonces -al proyectarme hacia este presente- se cumplió. (Entre cientos de cosas -y por ejemplo-, ser pasajera de viajes intergalácticos.... que todo alimento fuese producto artificial de cápsulas de laboratorios... develado -por fin- el misterio vida/muerte...etcétera).
Por eso, no dejaría ningún objeto en la cápsula de titanio destinada al año 3000. Acaso, sólo pediría a otros que colocaran -allí- mi propio esqueleto desarticulado, para que si los terrícolas perviven y evolucionan lo armen -de inmediato- como a un simplísimo juego de rompecabezas, con el propósito de determinar qué tal era una dinosaurio del siglo XX...






