Carlos Sampayo, el hombre de la memoria musical

Es un argentino polifacético que anda por el mundo: historietista, poeta, novelista y, sobre todo, amante del jazz. En Memorias de un ladrón de discos reconstruye recuerdos perdidos a través de los registros de Armstrong y Ellington
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2 de julio de 2000  

Primero asoma una gran cabeza. Luego, un bastón. Aunque en realidad, estos elementos son antecedidos por una sonrisa que, como la del inmortal gato de Cheshire que acompañó a Alicia en su viaje por las maravillas, flota siempre anticipándose unos centímetros, unos segundos, a su legítimo dueño. Porque cabeza, bastón y sonrisa pertenecen a un solo y proteico personaje: Carlos Sampayo.

Detrás del nombre se ocultan, por ejemplo, un notable guionista de comics (que merece el máximo respeto en varios países europeos); un consumado erudito y crítico de jazz, autor de la enciclopedia Maestros del Jazz, editada en España, Francia e Italia, además de otros libros específicos sobre el tema; un poeta sensible y un novelista enérgico, que partió con El lado salvaje de la vida y acaba de presentar El año que se escapó el león.

Más allá de esto, Sampayo tiene una historia, tan vital y llena de matices como su obra. "Vos te vas en 1972", intenta rememorar alguien. La cabeza dice que sí y la sonrisa del gato se duplica con un brillo nuevo. "En 1972... Me cuesta el presente histórico que usan los argentinos. Será porque yo no tengo presente... y mucho menos histórico." Sampayo miente a medias: tiene presente y tiene historia, aunque por separado, y ambas de una riqueza insólita.

En 1972 le faltaba poco para cruzar la barrera de los 30 (nació en Buenos Aires en 1943), y menos para que al país lo atravesara la espiral de violencia cotidiana que se vivía por aquellos días. "Yo no adhería a ninguna utopía activa, y como la situación exigía definirse por uno u otro lado, sentí la necesidad de irme. La decisión fue difícil porque aun con su grado de violencia, Buenos Aires seguía siendo una ciudad extraordinaria."

El cambio no resultó sencillo. El primer destino fue Barcelona. "Cuando llegué a España eran los últimos tiempos de Franco, y llegaron las ejecuciones de Puig Antic y otros (las últimas con garrote vil), y tampoco lo pude soportar. Me fui a Italia, que estaba bien en ese momento. Viví en Milán hasta 1980 y fue una experiencia muy enriquecedora. Después volví a Barcelona, porque ahí estaba mi hijo."

Carlos Sampayo ya estaba en camino. Pero, ¿cuáles eran sus intereses? "La literatura era mi área, pero un área inmóvil. Como escritor de poesía inédita tenía el ámbito muy restringido, y si bien había escrito dos novelas y algunos relatos cortos, mi definición respecto de la literatura pasaba por mi condición de lector y autodidacto. No es tan extraño: esta condición es común a casi todos los argentinos. Por entonces yo trabajaba en publicidad, que me enseñó a escribir guiones. Esto después me sirvió para las historietas. Yo no sabía nada sobre el género hasta que me encontré con Muñoz."

Muñoz también es José, un dibujante de enorme talento. Juntos, Muñoz/Sampayo, armaron un tándem único que marcó la última edad de oro de la historieta: la década del 80. Se habían visto dos o tres veces en Buenos Aires, pero estando en Barcelona, un amigo común, Oscar Zárate, envió unos cuentos de Sampayo a Muñoz, que por entonces vivía en Londres. Pocos días después, el dibujante estaba en Barcelona trabajando con Sampayo. Era el comienzo de algo importante. "Nos entusiasmamos mutuamente con un proyecto común que salió y duró diez años." Al instalarse los dos en Italia, la colaboración se hizo más estrecha. "Con Muñoz comenzamos a escribir los primeros guiones en 1974, y los publicamos en Italia, en la revista Linus o Alter Linus, en la que había nombres muy importantes, si no me equivoco, creo que hasta estaba Pavese. Para mí fue un sueño. De pronto no entendí nada: escribía cosas que de algún modo me representaban y encima podía vivir de eso. Se comenzaron a publicar cosas nuestras en Francia, España, incluso en la Argentina... La cosa había prendido."

La elaboración de un comic en equipo con Muñoz era -y lo sigue siendo, porque se han vuelto a reunir al cabo de diez años- una suerte de juego en el que los dos creadores se convertían en un solo monstruo de dos cabezas y cuatro ojos. "Trabajamos en forma muy... conjugada. Yo me siento con la libertad de sugerir rasgos de personajes, y él de modificar algunas situaciones. Fue una excelente experiencia nuestra obra en común. Y está volviendo a serlo, aunque los ámbitos de publicación se han reducido enormemente. En este momento, se limitan a Francia." El retroceso experimentado por este arte que animó de forma tan activa las últimas décadas del siglo XX, Sampayo lo explica a través del campo expansivo demostrado por la televisión, que profundizó la pérdida del hábito de lectura. Sin embargo, en los momentos de mayor auge del comic, la televisión ya existía; incluso había quienes afirmaban que la consolidación del género se debía justamente a la pérdida del hábito de la lectura, en tanto el comic proponía una lectura más inmediata, menos reflexiva...

"Yo no estoy muy de acuerdo con eso -replica Sampayo-. Una lectura más inmediata presupone un mayor grado de superficialidad. Una historieta es una unidad, exactamente igual a un libro, que tiene las mismas exigencias para un lector atento y riguroso." Uno de los primeros títulos que dieron satisfacciones a la dupla fue Alack Sinner, un detective neoyorquino. De algún modo, se lo podía definir como un policial existencial.

Las novelas gráficas (así le gustan que las llamen) del dúo Muñoz/Sampayo comenzaron a ser reconocidas en toda Europa. Títulos como Juegos de luces, Europa en llamas o Billie Holiday -notable recreación de la vida de la cantante norteamericana-, comenzaron a llamar la atención. Y, sobre todo, Sudor sudaca. Por el guión de Sampayo desfilan seres anónimos que buscan su lugar en el mundo ante la incomprensión general. Por supuesto, el propio Sampayo se identifica como una víctima más de esa incomprensión. "Como resulta obvio, para cuando hicimos la historieta, ya había sufrido en toda su dimensión el significado de ese neologismo. Por eso lo asumí. El prejuicio se mantiene intacto. Incluso más: diría que hoy es peor, porque ahora tiene historia, ya hay varias generaciones. En la vida cotidiana esto se manifiesta continuamente. Sobre todo en Cataluña, donde además de ser argentino pertenezco a la minoría hispanohablante, que es la que no tiene el poder."

Sampayo confiesa que integrar la colonia sudamericana en España tiene alcances inusitados en muchos casos. Para empezar, el propio: "A mí no me publican. Yo vivo en España y trabajo en editoriales. Hay una resistencia muy fuerte frente a lo latinoamericano, salvo, claro, que llegue alguien que les asegure que es un buen negocio. Bueno, un caso es el de Rodrigo Fresán, que vendió muy bien su Historia Argentina. Pero, ¿sabés cuánto hace que no leo un libro de un autor peruano o mexicano que no sean Vargas Llosa o Fuentes? Y supongo que hay muchos y muy buenos escritores noveles peruanos, mexicanos, cubanos o colombianos."

Carlos Sampayo también logró trascendencia en la Argentina por medio de un guión que dibujó Solano López, autor entre otras obras maestras de El Eternauta. El guión de Sampayo, Evaristo, giraba en torno de la figura del comisario Evaristo Meneses, figura policial mítica a comienzos de la década del 60. El comisario Meneses se distinguía por poseer un grado de ética poco común dentro de la fuerza. A lo atractivo del personaje (aún vivo cuando se publicó la serie) habría que agregar la precisión fotográfica de los detalles de época. "Me gusta mucho el trabajo que hicimos con Solano López, la evocación casi perfecta del Buenos Aires de los años 50. Antes de irme a Europa, decidí inconscientemente preservar la evocación de esos años. Y ahora está surgiendo todo." A tal punto va saliendo, que su última novela, El año que se escapó el león (Norma, 2000), toma como eje algunos de los guiones que trabajó en Evaristo. "Casares, el protagonista de la novela, no es Meneses, aunque los dos se llamen Evaristo, pero es una forma de enganchar todo. Evaristo Meneses era un personaje singular, del que no sé realmente si tenía esa estatura ética que se le endilga. Lo que sí sé seguro es que detestaba la tortura. Podía amenazar, o tratar de intimidar de algún modo, pero nunca tocar el cuerpo de un prisionero. Trasladar a la actualidad esta imagen de un policía argentino resulta una quimera: Evaristo, en este sentido, es un decimonónico, un poeta de la represión."

El ejercicio de la memoria no es una tarea menor en Sampayo. La evocación -oral o escrita-, precisa, concreta, visible, de un tiempo que fue, resulta en él una empresa doblemente sorpresiva. Por una lado, por la calidad de las imágenes que rescata. Por otro, debido a una coyuntura mucho más dolorosa. En 1992, una dura enfermedad lo condujo a la antesala misma de la muerte. En el proceso de recuperación, quedaron como secuelas de la anestesia y en particular de la morfina ("suministradas largamente y con generosa impaciencia", acota) una incómoda sordera que luego se limitó a ser parcial y una mucho más incómoda amnesia. Como antídoto, Carlos escribió Memorias de un ladrón de discos, un libro tan sorprendente como revelador, en donde el paciente va recuperando la memoria personal y social a través de la música, concretamente, su música: el jazz.

"En escribir Memorias... tardé cinco años. Lo reescribí tres o cuatro veces, me costó mucho. En cierta forma, supongo que tiene que ver con lo que había detrás: el ejercicio terapéutico que siempre significa recuperar la memoria. Pero también fue saliendo. La correlación de estructura es la misma que figura en el índice: el primer capítulo es el primero que escribí, el segundo, el segundo, y así."

Cuando tenía 5 años, otra enfermedad obligó a Carlos a guardar cama. Sin ser consciente del todo, le pidió un disco a su padre, uno y sólo uno: The flat foot floogie en cara A, Caravan en cara B. El intérprete no es otro que Louis Armstrong, acompañado por los Mills Brothers en un viejo disco de pasta de 78 rpm. El pequeño Carlos finalmente sanó, y aquel disco pasó a tener una entidad mítica. Más de cuatro décadas después, al cabo de la nueva enfermedad, Sampayo vuelve a recurrir al ejercicio mágico de la música con fines terapéuticos.

"Me lo dictó un sueño: no había mejor modo de empezar que convocando dos nombres: Louis Armstrong y Duke Ellington", se emociona. Tal vez, porque el territorio de los sueños, como el de la música -incluso la música de las palabras-, son los únicos que Sampayo reconoce como patrias posibles.

"No puedo escribir con música -reconoce a pesar del amor que siente por las dos actividades-. Me involucra demasiado emocionalmente como para poder abstraerme lo suficiente con la escritura. Me gusta mucho la música del lenguaje; sin alejarme de lo que quiero contar, me divierte mucho trabajar con los sonidos. Muchas veces quedo admirado frente a gente que puede asimilar otra lengua, un idioma completamente ajeno a su cultura y su idiosincrasia. De pronto, pueden pasar de un mundo a otro sin mayores dificultades. El territorio de los sueños. Allí está la respuesta. Es la matria que tenemos todos. El territorio de los sueños de la propia infancia, y que para mí afortunadamente no está resuelto. Yo nunca podría ser un paciente de psicoanálisis a quien le dan el alta, porque tengo un caudal gigantesco de sueños. Entre 1945 y 1949 mi padre, que trabajaba en la fábrica de armamentos Bofors, nos trasladó a todos a Gotemburgo. El sueco fue el primer idioma extranjero que escuché, y aunque hoy no entiendo nada, a veces sueño en esa lengua desconocida. Esa es mi latencia. Mi infancia de la experiencia, mi infancia importante, comienza en 1950: Año del Libertador General San Martín, Perón cumple, Evita dignifica, Carlos Aloé gobernador de la provincia de Buenos Aires, Guillermo Patricio Kelly, Kaiser Carabela, Bidú, Crush, esas cosas... El Hotel Edén de La Falda, del que habla Luis Gusmán en su novela, que era donde pasábamos las vacaciones. Como no tengo resuelto desde el punto de vista psicoanalítico toda esa materia onírica de la experiencia formativa, la evocación surge sola. Los años 50 significan mi adolescencia, y cuando llego a la edad adulta entiendo que no tengo nada resuelto, toda esa materia está en camino. Y lo sigue estando."

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