
Carnavales eran los de antes
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Llegaba enero y los apuros de las fiestas amainaban, explotaba el verano y las vacaciones se instalaban de verdad, prometiendo días de sol, asados familiares y sobre todo el dolce far niente. Era el mes del olvido de la escuela y aquellos aires viciados de polvo de tiza que flotaba por las cerradas aulas invernales. Era la década del cincuenta, rígida y previsible, década del technicolor americano y el blanco y negro nacional, época de planes quinquenales y acaloradas discusiones familiares sobre fútbol (a viva voz) y política (en voz baja).
Mi familia no estaba en condiciones de ir a Mar del Plata o Córdoba porque éramos burgueses que habían conocido mejores épocas; teníamos todo lo indispensable y un poquito más, pero el "poquito" no incluía vacaciones. Nunca viví esa limitación como un drama, una frustración, ni mucho menos. Teníamos una casa grande con patio, parra, garaje y azotea para jugar a los indios, los cowboys y hasta a los astronautas (realidad algo lejana aún, pero por eso doblemente excitante). No ir a playas ni a sierras no era para mí, a los diez años, ningún motivo de tristeza. Enero era el mejor mes, después de octubre, por mi cumpleaños y los regalos, y ¡chau!, así era de fácil la vida. Al finalizar ese primer mes del año, comenzaban a aparecer en el Billiken –revista de consulta obligatoria para toda la clase media, alta y baja– avisos de Casa Lamota, "donde se viste Carlota", así rezaba el misterioso eslogan. ¿Quién era Carlota? ¡Enigma! Pero lo más importante era que en esa sastrería se confeccionaban disfraces para niños y niñas de dos a quince años. ¡Carnaval! Ya estábamos en carnaval, y ese aviso nos lo tiraba a la cara. Piratas, gauchos, damas antiguas, marqueses versallescos, zorros (negros y blancos), diablitos, hadas, aldeanas, lagarteranas, baturros, tiroleses y andaluces, gitanas y pajes medievales aparecían en esas páginas como un convite a la consagración y apoteosis del hermoso período anual. Después vendría el fin del jolgorio, y con el miércoles de ceniza, el entierro del Carnaval, y se enterraban también nuestras ilusiones mientras se perfilaban en el horizonte los impecables guardapolvos, blancos como nuestros semblantes, dispuestos a volver a tragar polvo de tiza hasta noviembre.
Vacaciones no tenía, pero disfraces sí, ¡y qué disfraces! Payaso, pollito, holandés, bailarín ruso, gaucho, mexicano, sargento americano y teniente argentino. Las fotos atestiguan mi felicidad y las poses son las de un gordito decidido a ser estrella. Después llegó el turbión de la adolescencia: crisis, granos, forúnculos y golondrinos al por mayor. "Le está cambiando la sangre", les explicaban los médicos a mis pobres padres, atónitos ante la proliferación granujienta. Llegó también la crisis del secundario. Ya no había que aguantar a una maestra, más la de música y la de dibujo. ¡No! Ahora doce reverendos hijos de la docencia superior se encargarían de volverme loco con logaritmos, germinaciones, dogmas religiosos, sujetos y predicados, teoremas, accidentes geográficos, sucesos históricos y, eso sí, el polvo de tiza, inalterable y contaminante. ¿Disfrazarme? ¿De qué? ¡De imbécil! Pero un año, allá por el 68 o 69, siendo ya un pedazo de adulto, una amiga, compañera de teatro, me convenció: se trataba de una fiesta privada en una casa con piscina, en San Isidro o Martínez, no recuerdo bien; el disfraz era obligatorio y no nos íbamos a perder esa reunión, ese buffet, esa gente divina de la high por la tontería de no volver a la infancia. Yo me fabriqué un traje de árabe; ella se puso una malla de baile, una paloma de utilería en la cabeza, tacos altísimos y una banda que decía Miss Lanús; otro amigo fue de Tarzán, con todo el cuerpo embadurnado con barniz dorado (se parecía más a un Oscar que a Tarzán). Llegamos en el auto de Tarzán, tocamos timbre; la noche era lluviosa y fría, así que ¡minga de pileta! Y la criada que nos abrió la puerta explotó de risa: nadie había hecho caso a lo del disfraz obligatorio y fuimos el hazmerreír del sarao. Optamos por irnos y a mitad de camino a casa se desató una tormenta, el auto de Tarzán se descompuso y Miss Lanús tuvo que pagar el taxi de vuelta. Claro, no teníamos otra ropa más que el disfraz, así que el bochorno era completo. Recordando mis disfraces de Lamota, exclamé lo que todas las viejas decían y dicen: "¡Carnavales eran los de antes!".





