
Castelo: la culpa la tiene el diván
En tiempos tan ásperos como los actuales, consagrar una serie de entrevistas a los usos y costumbres de la amistad puede parecer un tanto ingenuo. Pero justamente de lo que se trata es de apelar a la nobleza de un vínculo que quizá nos ayude a vivir mejor. Para que las buenas costumbres del compinchismo y la cercanía fraterna no se pierdan devoradas por la urgencia, las faltas de atención y los olvidos a veces involuntarios, esta nueva serie de conversaciones con gente de la cultura, el periodi
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A Adolfo Castelo –edad incierta, creativo de publicidad y productor de medios masivos, periodista de radio y TV, viudo y ahora otra vez en pareja, dos hijas, una, Daniela, psicóloga y periodista, y la otra, Carla, también periodista–, uno se lo imagina tan lleno de amigos y amigas que no le alcanza el día completo para atenderlos, pero él desestima la idea y confiesa, sin orgullo, que no es todo lo sociable que debería ser. Admite que tiene amigos temáticos: de la juventud y del barrio, de la adultez y de la profesión, gays y amigas mujeres que por la confianza que alcanzan parecen amigos y afirma que, pese a haber recibido sorpresas en la materia, aún cree en la amistad entre el hombre y la mujer.
–¿Cuándo escuchaste la palabra amigo por primera vez?
–No olvides que tengo un hermano mayor y que él, en muchos asuntos, funcionó como banco de pruebas de experiencias. Debo haber visto, primero, que Carlos se juntaba con sus amigos en casa a jugar al truco, al monte, al siete y medio y, de a poco, me fui dando cuenta de que ésos no eran compañeros de ningún colegio (aunque lo fueran), ni de un trabajo, ni miembros de una cofradía. Eran amigos, una categoría diferente, la raza de las esquinas y de los barrios y de los cafés.
–¿Qué percibiste que era la amistad?
–Algo atractivo, una meta por alcanzar. Sin llegar a una definición, al principio veía que era diferente del vínculo entre mi hermano y yo, y que tampoco era comparable a lo que me pasaba con mis primeros compañeritos de juego. Me di cuenta desde chico de que era algo que valía la pena.
–¿Cómo es hoy la relación con tu hermano?
–Mi hermano es... mi amigo imposible. Cuando le cuento todo, me sincero y me abro y le expongo las cosas tal cual me ocurrieron, como hermano mayor que es, me reta. Se enoja el tipo. Pero lo quiero, es un ser extraordinario.
–¿Después pudiste hacerte de amigos, como ya se había hecho tu hermano?
–Sí, rápidamente. Los primeros fueron, como correspondía, chicos de mi barrio. Ahora, eso se ha ido perdiendo. Lo lamento por los barrios y por los chicos. El barrio... el barrio... para mí es el generador de casi todo.
–¿Qué barrio era?
–Más que un barrio, era una esquina en Bulnes y Charcas, en Palermo.
–¿Recordás haberle preguntado a alguien, siendo chico, si quería ser tu amigo o amiga y qué te respondieron?
–No lo tengo presente. Tal vez lo haya usado con alguna chica, con cierta intención de preguntarle si quería ser mi novia. Pero, imaginate, a un gallego introvertido y tímido como yo le costaba ser directo en sus sentimientos...
–¿Naciste en España?
–No, lo de gallego era una forma de decir. Por mi viejo, que sí había nacido en Logroño.
–¿Cómo son los gallegos a la hora de hacerse amigos?
–No dicen jamás que son amigos. Les parece que eso los va a condicionar demasiado. Antes de ser amigos, primero son capaces de ser socios. En otras épocas, se animaban a pronunciar la palabra amigos después de veinte años de verse todos los días.
–Luego de bastante vida vivida, ¿para qué dirías que sirven los amigos?
–En otros tiempos, el amigo fue el sustituto del psicoanalista y hasta del confesor. El psicoanálisis se devoró una parte del ejercicio de la amistad. En relación con algunos temas íntimos, hablarlos con un amigo sería más conveniente, porque no pondrá objeciones, ni hará interpretaciones. Es distinto agarrarte a las tortas con un amigo que discutir a los gritos con un psicoanalista. Las cosas dejaron de resolverse así.Todo esto son efectos de que la gente ya no se sienta más a la tardecita en la puerta de su casa a tomar el fresco y a ver la vida pasar y a conversar con el que llegue. Hoy todo es un mundo de encuentros fugaces.
–En la vida actual, ¿qué clase de valor es el de la amistad?
–Un valor muy postergado, hasta diría prostituido. Se le falta el respeto a esa palabra, se regala sin demasiado cuidado. Pero lo peor es cuando una pareja se separa y uno de los dos informa que ya no están más juntos, pero que quedaron muy amigos. Eso es pura dialéctica, me suena a usar la amistad como pretexto para meter los sentimientos en un corralito. Otra cosa que veo en las separaciones es que los amigos de la pareja se terminan repartiendo como si fueran bienes gananciales. No es que esté mal optar, pero cuando el razonamiento pesa más que la militancia amistosa, ahí entro a dudar, como cuando alguien decide seguir siendo amigo de los dos: a veces la amistad no es un empate.
–¿Hacés diferencias entre los conceptos de amigos y de amistad?
–Amistad me suena a algo más devaluado, un sentimiento al que le falta recorrer un trecho.
–¿Qué quisieras decirle a algún amigo o amiga que hace mucho que no ves?
–Sólo doy sus nombres: Graciela Lorenzo, a quien hace como 20 años que no veo, y a Federico Bedrune. Me reservo lo que quisiera decirles...
–¿Cuál es la actividad que más comúnmente desarrollás con amigos?
–Por lo menos dos. Conservo todavía a unos quince o dieciséis amigos de la juventud con quienes me encuentro cada dos meses. Milagrosamente nos vemos con, entre otros, el locutor Anselmo Marini, el abogado Jorge Olguín, el músico Alfonso Fassi, el contador Luis Franza, el periodista Orlando Barone. Con ellos, lo más tranquilizante es la sistemática repetición de las anécdotas que nos intercambiamos. Llegamos a contarnos o a preguntarnos lo mismo, no sé, calculo cincuenta o cien veces y, aunque lo sabemos todos, lo repetimos. Eso nos hace reír mucho. Y por otro lado están los amigos de comunión diaria, que uno ve en los trabajos, en los boliches, en los momentos de vida social. En esa religión uno intercambia las cosas del día, sin gran proyección, con charlas y contactos que ponen el interés más fuerte en las personas.
–¿Qué podrías llegar a hacer por un amigo?
–No sé, tendría que suceder algo para medir los límites. Las necesidades no se pueden medir.
–¿Tuviste problemas de dinero con amigos?
–¿Quién no los tuvo? Seguro que preferiría no haberlos tenido. La del dinero es una discusión bastarda, pero a veces necesaria, aunque siempre hubiera querido evitar ese tipo de conflictos.
–Cuando notás que un amigo anda, a tu entender, haciendo fuera del tarro, ¿se lo marcás o dejás que se de cuenta solo?
–Me meto, me meto, intento poner el tema encima de la mesa. Con cuidado, pero no me hago el tonto. En especial, para que cuente con un pensamiento distinto sobre el tema. Cuando la cosa no resulta, me enojo conmigo mismo. Pero, en general, diría que soy bien recibido con mis intervenciones. Igual, en los temas bravos, los que más discusión pueden suscitar, me doy cuenta de que tengo amigos obcecados, que hacen lo que quieren. Y ellos deben decir lo mismo de mí. Porque yo también hago lo que quiero.
–¿Qué tiene que ocurrir pa-ra que digas: Este no es mi amigo?
–Descubrir algo relacionado con la traición, no puedo soportar la falta de lealtad. Las relaciones pueden seguir pero, en el fondo, para mí ya no será igual.
–Cuando el tipo de vínculo no da como para llamar a alguien amigo, ¿cómo lo llamás?
–A ver... compañero y camarada me remiten a categorías políticas. Allegado es un término que escucho en el mundillo del fútbol. Compadre tiene una rima muy fuerte para esta hora del día y como hermano ya tengo, no sé con qué me entretengo. Me parece que aunque yo la uso muy poco, la palabra más adecuada sería conocido, porque marca unas distancias lógicas.
–¿Tenés facilidad para hacer nuevas amistades?
–No, no tengo gran facilidad.
–¿Por qué?
–Porque, pese a lo que pueda parecer, no soy muy sociable. Me sigo encontrando con viejos amigos, pero se lo debo a un par de ellos que son los que verdaderamente fogonean cada cita.
–¿Qué le prestaste a un amigo que nunca te devolvió?
–Cuando Landrú (N del R: el dibujante y humorista Juan Carlos Colombres) era amigo mío, le presté una armónica alemana, extraordinaria, que era de mi viejo, un notable músico aficionado y nunca me la devolvió. Después me enojé con Landrú, con ese episodio incluido. Seguramente él se va a enterar por esta nota.
–¿Y algo que vos no hayas devuelto nunca a un amigo?
–Hace 25 años, Gustavo Tacconi, compañero y amigo en la revista Mercado, me prestó un bongó bolichero precioso que recientemente mandé a reparar y que, lo digo públicamente, ya no pienso devolver. Y libros, que no devolví, debe haber una pila. Seguro.
–Pensando en algún amigo muy cercano y querido, ¿sentís celos cuando lo ves con otros amigos que no sos vos?
–¡Por supuesto! La cercanía de otros que, además, puedan ser mejores me pone los celos de punta y tengo que disimularlo porque no me gusta que me pase.
–Leyendo un libro, escuchando un disco o mirando una película, ¿te sucedió decir: Me gustaría ser amigo de este tipo?
–Sí, me pasó una vez con Marcello Mastroianni. Y por suerte, cuando lo conocí (sólo lo vi un par de veces), era tal como lo había imaginado. Tuvimos un intercambio poderoso. Así empezó también mi relación con Joaquín Sabina. El año último hice un ciclo de entrevistas por Canal 7 (Asociación ilícita) y, entrevistando al sacerdote y poeta Hugo Mujica, sentí lo mismo y no me equivoqué. Resultó un tipo interesantísimo. Pero hay casos al revés, de gente como Quino o Diego Maradona, soy amigo hace mucho, antes de que los quisieran conocer a ellos.
–¿Creés que existe la amistad entre el hombre y la mujer?
–Sí, siempre y cuando no haya confusiones o trampas. Digo que sí, en principio, pero no como estrategia. Cruzar cierto límite supone una traición. En un punto se convierten en relaciones sin destino, intrascendentes, pero siempre sufridas. Sin embargo, hace poco un buen amigo me habló de una categoría que desconocía, la de las amigas sexuales, que por un lado te pueden escuchar las confidencias y las pálidas, y al rato estar entregándote amor como la mejor. Es una experiencia que me falta. No sé si te acordás que al principio te dije que era gallego. Lo que hice, o traté, cuando el amor se me cruzó con una amiga, fue que desapareciera.
–¿El amor o la amiga?
–El amor.
–¿Tenés amigos gays?
–Sí, son muy buenos amigos, fantásticos, me hacen divertir de verdad.
–¿Te pasa de estar con amigas que, por la gran confianza existente, te terminan pareciendo amigos?
–Sí, me pasa mucho con María Teresa Ferrari y con la periodista María O’Donell; y a veces, te juro, es insoportable.
–Si esta nota tuviera música o canto, de los muchos temas que hay sobre la amistad, ¿cuál elegirías?
–Preferiría un tema orquestal, para que el canto no me distraiga. El grupo estaría integrado por una flauta, una batería y, por supuesto, en guitarra, el genial Luis Salinas, que es otro amigo que me hice de grande.
En las buenas y en las malas
(Por cuenta de Adolfo Castelo)
- Mis amigos péndex: Christian Quintiero; Horacio Cabak; Mariano Tarruela; los productores ejecutivos del programa de radio, Julieta Dusell y Daniel Gentilli; mi guionista Carlos Barragán.
- Mis amigos más grandes: ¡Uhhh!, me parece que no tengo. Ah, sí, por suerte mi hermano Carlos Alberto y mi odontólogo prócer, el doctor Ricardo Cánepa.
- Mis amigos más lejanos: Daniel Virtuoso, que hace 25 años que vive en Arezzo, Italia, haciendo fotografía de arte. Lo veo dos veces al año, pero necesitaría verlo todo el tiempo. También José María Chema Forte, de Radio Nacional de España; la periodista Cora Lasso y su marido español, el fotógrafo Manuel López Figueroa.
- Mi amigo más tanguero: El Negro Luis Rodríguez Armesto, que es actor y siempre me dice que el tango me está esperando.
- Mis amigo más rockeros: El Zorrito Fabián Quintiero y Daniel Gentilli.
- Mis amigos del ambiente y la profesión: Guillermo Stronatti, Estela Lóndero y Fernando Peña.
- Mi amigo-hermano: aunque tengo cortocircuitos con él, pero es Jorge Guinzburg.
- Mis amigos más sanguíneos: Jorge Guinzburg, Jorge Lanata, Alejandro Bagnati.
- Mi amigo en los dolores: el podólogo Rubén Fortino.
- Mi amigo en los conflictos: el psicoanalista Adolfo Benjamín.
- Mis amigos que ya no están: Julián Delgado, Carlos Abrevaya y Fernando Salas.






