
Cauce de la vida
Sobre la frontera con Paraguay, en el nordeste de Formosa, el Parque Nacional Río Pilcomayo es una de nuestras joyas secretas. Un humedal de gran importancia planetaria que se salvó de ser devorado por las vacas
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Si la geografía fuese una ciencia exacta, esta zona no debería existir. Entre los desenfrenos del Trópico y la mansedumbre de las zonas templadas corresponde que se ensanche un desierto, como en Africa, como en Asia, como en América del Norte, como en el planeta entero. Sin embargo aquí discurre esta dilatada pampa de montes, sabanas y esteros, puente para las especies, vínculo de vida. Casi un símbolo de un subcontinente rebelde a los encasillamientos.
El Gran Chaco (de la voz quechua chacu, lugar de cacería) abarca más de un millón de kilómetros cuadrados, que van desde las Sierras Subandinas hasta más allá de los ríos Paraguay y Paraná, desde la antesala del Amazonas hasta los pastizales pampeanos. La Argentina y Paraguay comparten la mayor parte. Bolivia tiene una tajada menor. Y Brasil cuenta con una muestra reducida aunque de enorme valor genético, donde prospera una especie peculiar de quebracho.
En este vasto escenario se dan las máximas temperaturas absolutas de América del Sur (más de 48° C) e impera un régimen pluvial de expresiones extremas y carácter monzónico. Hasta el 80% de las lluvias se concentra entre noviembre y abril, provocando desmadres e inundaciones. Y en invierno sobreviene la sequía. A estos factores se suma la poca pendiente de la planicie chaqueña (32 centímetros por kilómetro) y la abundante carga de sedimentos que traen sus ríos desde la cordillera, para conferirle a la región un toque de desvarío fluvial. En tiempos de desborde, los meandrosos torrentes cambian de derrotero, alargan sus nacientes hacia atrás o vagan caprichosamente por la llanura, sembrándola de lagunitas en forma de media luna, que los lugareños llaman madrejones. En tiempos de escasez, sus aguas mudan de dulces a salobres -provocando a veces la muerte de gran cantidad de peces- o desaparecen tragadas por el polvo, abandonando naves en medio de la maraña, con sus arboladuras ornadas de orquídeas y su cautivo casco cubierto por musgo, tal como se le apareció el galeón español a José Arcadio Buendía en Cien años de soledad.
Sobre los llanos del Chaco -como en los mitos de tobas, pilagás y mocobíes-, el Gran Fuego y el Agua Grande rigen el ciclo vital; del corazón de sus catástrofes surge el nuevo paisaje, el nuevo mundo.
Uno brota del reseco pajonal durante la sequía, despertado por la mano del rayo o del hombre. La otra derrama sus espejos cuando el cielo ensancha la lengua de los ríos. Incendios e inundaciones son las fuerzas cíclicas que mueven el universo natural: impiden la maduración de los ambientes jóvenes -su futuro de bosque-, reteniéndolos en una infancia de pastizal; frenan los avances logrados por el monte en los períodos de estabilidad; fundan un dinámico equilibrio. Deciden lo que perdura y lo que perece. Seleccionan, apartan, ponen a prueba los organismos, los obligan a grandes estrategias para sobrevivir, como la crianza oportunista de las aves, cortezas inmunes a la llama, pérdida de follaje en la seca, troncos de envoltura sedosa capaces del milagro de la fotosíntesis.
Así el Chaco resulta un caldero de alquimista, un ámbito donde lo único permanente es la variación. Refuerza esta característica la promiscuidad sexual de algunas familias vegetales, cuyos integrantes intercambian sus pólenes, se mezclan, se hibridan, confundiendo con su progenie a los botánicos.
De todos los Chacos que encierra el Chaco, el Parque Nacional Río Pilcomayo representa al llamado Húmedo u Oriental: la franja con régimen pluvial más generoso y la de mayor biodiversidad de la región. En los sectores deprimidos se entrevera la carnosa flora de bañados, esteros y lagunas. Las extensiones que sólo permanecen anegadas durante una corta temporada lucen pastizales salpicados de palmeras caranday. De este mar de pastos -en los lugares altos, donde no llega el agua- emergen isletas de monte, formadas por quebrachos, guayacanes, algarrobos y caraguatás. Y sobre los albardones que flanquean al Pilcomayo y sus antiguos cauces -los citados madrejones- señorea una sucursal de la Selva Misionera.
En este fascinante mosaico ambiental conviven casi trescientas especies de aves y sesenta y ocho de mamíferos (31,44 y 19,10%, respectivamente, del total argentino). Tan pródigo patrimonio impulsó la inclusión del parque entre los sitios amparados por la Convención Relativa a los Humedales de Importancia Internacional (más conocida como Convención de Ramsar, en honor a la ciudad iraní donde se firmó). Su elenco faunístico engloba, además, varias especies amenazadas (aguará guazú, mono mirikiná, yacaré overo, muitú, etcétera) y tres bichos sobresalientes: el carpincho -mayor roedor viviente-, el tapir -mayor mamífero de América del Sur- y el mono carayá o aullador, considerado el animal más ruidoso sobre la tierra por el Libro de los Récords Guinness (sus característicos aullidos pueden oírse a varios kilómetros de distancia).
Dos caminos de tierra permiten al visitante explorar los distintos ambientes del parque y, si la suerte acompaña, toparse con alguna de sus criaturas. Uno conduce a la cabecera oriental de la laguna Blanca (5 km del pueblo homónimo), donde hay un balneario, una suerte de mangrullo para observación de fauna y un camping medianamente equipado, cuyos árboles suelen recibir la visita de monos carayá. El otro termina junto al Pilcomayo (río rojizo en quechua) luego de atravesar el extenso Estero Poí -escenario de grandes concentraciones de aves acuáticas-, isletas de monte y pastizales erizados de palmeras. Andando sus veinte kilómetros pueden avistarse ñandúes, cigüeñas, garzas, zorros de monte, mulitas e iguanas overas. La selva ribereña del Pilcomayo, a su vez, añade tucanes grandes, martín pescadores, lobitos de río y algún tapir.
Hasta poco tiempo atrás, la pintura del parque debía completarse con una pincelada contrastante: hospedaba varios puestos y más de doce mil cabezas, presencias que generaban severos impactos en la naturaleza: sobrepastoreo y pisoteo ganadero, quemas periódicas para propiciar el rebrote de las pasturas, transmisión de enfermedades de animales domésticos a silvestres y caza furtiva. Y las vacas tentaron a cuatreros, que metían fuego al pastizal para borrar sus rastros, disparaban sobre los bichos del monte y tenían a maltraer a los guardaparques.
El problema venía de lejos. En los papeles, Río Pilcomayo nació el 29 de septiembre de 1951 -cuando Formosa aún era territorio nacional-, con una superficie de 285.000 hectáreas. Pero sólo comenzó a implementarse trece años después. Para entonces, Formosa ya era provincia y el área estaba en manos de la actividad agropecuaria. Es más: hasta le habían crecido núcleos urbanos (Clorinda, Laguna Blanca, Naick Neck, etcétera). Ante el hecho consumado y una decidida oposición local, la Administración de Parques Nacionales (APN) se vio forzada a ceder más de doscientas treinta mil hectáreas. A título de compensación, el gobierno formoseño le ofreció un rincón en el árido oeste de la provincia (origen de la Reserva Natural Formosa) y prometió reubicar a los pobladores que le quedaban al mutilado parque. Este compromiso jamás se cumplió. Y las vacadas de los antiguos ocupantes, sus puesteros e incluso algunos vecinos del parque, continuaron aprovechando sus pastizales y la abundante agua de esteros, madrejones y lagunas.
La APN dejó al tiempo la solución del conflicto, limitándose a imponer el pago de derechos de pastaje. Insólitamente le fue bastante bien. La infraestructura ganadera se fue cayendo por falta de inversión y, libre de manejo, la hacienda se tornó cada vez más chúcara en lo profundo de los montes. Hacia fines de los años 80, los vacunos del parque ya eran en su mayoría orejanos (sin marca) y, por lo tanto, pertenecían desde el punto de vista legal a la Nación. Además, sólo quedaban cuatro ocupantes con títulos históricos, que adeudaban por derechos de pastaje un valor varias veces superior al de sus rodeos. Y la Justicia había rechazado la pretensión de declarar nula la creación del parque, presentada por uno de ellos. Era hora de negociar.
En 1991, dos de los hacendados en cuestión acordaron retirar definitivamente del parque todo animal de su marca, desmantelar las instalaciones ganaderas (salvo un puesto, que se transformó en destacamento de guardaparques) y renunciar a todo reclamo de derechos de ocupación y pastoreo. A cambio, la APN condonó sus deudas y les concedió la captura, retiro, marca y comercialización de los orejanos durante un período de cinco años, con la única obligación de entregar cierta cantidad de la carne faenada a comedores escolares de la zona.
Conducido por el guardaparque Cristóbal Paramoz -entonces administrador del área protegida-, el plan de erradicación del ganado resultó un éxito. Al caducar los convenios, en diciembre de 1996 ya no había puestos, se habían repartido a las escuelas más de treinta toneladas de carne y sólo quedaban unos quinientos vacunos abagualados en los sectores más enmarañados del área protegida, que se planea eliminar con rifles de largo alcance o extendiendo el período de captura a caballo y lazo. Desde esa fecha, libre de presiones, el parque se convirtió en ejemplo de la vertiginosa capacidad de restauración que caracteriza a los ecosistemas del Chaco.
El desalojo del ganado no sólo devolvió verdores al paisaje. También restituyó a las hormigas cortadoras su condición de principales herbívoras del parque. Según cálculos dignos de Ripley, uno de sus hormigueros circulares -que alcanzan los cinco metros de diámetro- consume alrededor de media tonelada de pasto por año. Contra lo que pudiera creerse, esta enorme cantidad de materia vegetal no termina en el estómago de las hormigas. Sirve, en cambio, para formar la cama sobre la que cultivan los hongos que comen.
Más allá de tales precisiones, lo cierto es que los laboriosos insectos no podrán contener por sí solos el avance del pastizal sobre otros ecosistemas. Para mantener la heterogeneidad ambiental del parque, probablemente haya que recurrir a incendios prescriptos. En la región chaqueña, recordemos, el fuego resulta un factor esencial para el equilibrio ecosistémico. Pero para que sea un aliado de la biodiversidad original y no su enemigo -como en el caso de las recurrentes quemas ganaderas-, su uso debe basarse en pormenorizados estudios.
Otra herramienta-ahora que están dadas las condiciones necesarias- es la reintroducción del venado de las pampas y el ciervo de los pantanos, herbívoros que desaparecieron de la zona como consecuencia del impacto agroganadero y la caza indiscriminada.
En tal caso, habría beneficios adicionales. Por un lado, ampliar el territorio -y, en consecuencia, las posibilidades de sobrevivir- de estos amenazados animales. Y, por el otro, ganar una experiencia vital para la conservación de la fauna. Esperemos que esta inmejorable oportunidad no se transforme en asignatura pendiente, como ocurrió con el Parque Nacional El Palmar.
Los desafíos, se ve, no acabaron con las vacas. Pero ahora son los propios de un área protegida. La estancia ha muerto. ¡Viva el parque nacional!
Información básica
Fecha de creación: 29 de septiembre de 1951, por ley 14.073.
Ubicación: Noreste de la provincia de Formosa.
Superficie: 51.889 hectáreas.
Etimología del topónimo: Pilcomayo deriva de las voces quechuas ppillco (rojo o rojizo) y mayu o mayo (río), por lo que puede traducirse como río rojizo.
Clima: subtropical templado, con una temperatura media anual de 23° C; las lluvias (1.200 mm anuales) se concentran entre noviembre y febrero.
Cómo llegar: desde la capital formoseña, por ruta nacional 11 hasta Clorinda y 86 hasta las localidades de Naick Neck (173 km), donde arranca el acceso al área de camping, y Laguna Blanca (185 km), sede de la Intendencia del área protegida.
Dónde alojarse y comer: el parque dispone de un camping organizado (sin proveeduría) y comodidades para picnics y asados; en el pueblo de Laguna Blanca hay hospedajes y comedores.
Actividades recreativas: observación de fauna, fotografía de naturaleza, actividades náuticas sin motor en la laguna Blanca.
Temporada más propicia: marzo a noviembre. No se cobra entrada.





