Celebrar las diferencias

Daniela Dini
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1 de agosto de 2015  

Supe que esa cita no tenía mucho futuro cuando, en la barra del bar, yo pedí un Negroni y él, una caipi. Tiempo después una amiga me contó, frustrada, que cuando el mozo trajo el bife de lomo se lo quiso dar a él, que lo rechazó con un "gracias, yo como la ensalada", y dijo que no de nuevo cuando le acercaron la copa de vino, que también era para ella. Otra foodie aceptó sin prejuzgar la cita en el patio de comidas de un shopping, y a la vuelta reconfirmó que no tenía sentido volver a salir con alguien que la invitara a tomar café de cadena en un vaso de cartón, sin sentir que eso era, más que un insulto a un buen espresso, un muro de diferencias de intereses asegurado.

Entre las parejas que conozco, no falta quien se queje de no poder salir, por ejemplo, a hacer una ruta de ceviches porque ella no tolera ni siquiera ver pescado, o la típica donde el marido se enorgullece de la barra que armó en su living, y ella, abstemia fundamentalista, no prueba ni un Gin Tonic. Yo misma tuve una relación muy larga con un eximio asador que se bancó mi etapa veggie sin chistar frente a los vegetales grillados, pero con una clara mirada de decepción sobre mi plato. Y a mí me tocó asumir, de regreso al mundo omnívoro y al de la soltería tiempo después, que un punto a favor en un potencial candidato es la curiosidad y no el prejuicio frente a probar un nuevo tipo de cocina. Que entienda y comparta la aventura de experimentar a través de algo tan simple y tan complejo como una comida. Lo que comemos, quizás hoy más que nunca, arma debates que no escapan a la pareja. Porque no tiene que ver nada más con una cuestión de gustos y costumbres, sino con elegir pasar un momento con el otro.

Comemos todos los días por una necesidad biológica de la que no podemos prescindir. Lo que sí podemos es elegir quién nos acompaña y cómo transformar esa cuestión irremediable por el resto de nuestras vidas, en algo disfrutable. Negociar es la clave, plantear un juego y no un campo de batalla, y no aburrirse. Derribar la rutina y encontrar nuevas cosas con las que sorprenderse al lado del otro, independientemente del resultado.

Más que el acto de alimentarse, comer es un punto de encuentro. Compartir de a dos –más un momento que un plato– es también, una forma de descubrir al otro. Celebremos las diferencias, que, por suerte, existen y hacen más divertida la vida y, doy fe, también más perdurable al amor.

Periodista especializada en viajes y gastronomía

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