
Cerebro y emoción
Señor Sinay: Con la expresión "parece que fue ayer" surge que algo muy del pasado se siente como presente. ¿El tiempo no pasa tan rápido en nuestro interior?
Roberta Garibotti
re:
Según las neurociencias (disciplinas que investigan nuestro sistema nervioso en todos sus aspectos), cada una de nuestras experiencias crea una sinapsis, un cableado de neuronas. Éste se instala en el cerebro como recuerdo o aprendizaje. Y queda indisolublemente ligado a una emoción. En el momento de la experiencia (puede ser tanto física como intelectual) se genera en nuestro organismo un fenómeno químico: determinados neurotransmisores (hormonas que llevan información de una neurona a otra y también a células de músculos y órganos) estimulan una reacción ante lo que estamos viviendo. Cada vez que nuestra memoria recupere esa vivencia o pensamiento, los neurotransmisores entrarán en acción y reavivarán la sensación y la emoción que acompañaron a la experiencia. Lo harán de tal modo que la viviremos como si estuviera ocurriendo en el presente.
El médico Joe Dispenza, especializado en neurofisiología y bioquímica, hizo una accesible síntesis de estos mecanismos en su obra Desarrolle su cerebro. En ese y otros trabajos se explica cómo nuestras primeras reacciones ante el mundo externo (el medio, los otros, los hechos) son emocionales y parten de la amígdala, ubicada en el mesencéfalo o cerebro límbico. Este es nuestro segundo cerebro (el primero es el encéfalo, al que atañen las funciones básicas de supervivencia). Y, por fin, está el que nos hace humanos, el tercer cerebro o neocórtex, que en nuestra especie ocupa el 40% de todo el órgano. Éste nos permite asociar, recordar, imaginar, intuir, inferir, proyectar, tener noción del tiempo, reflexionar, argumentar. Nos saca, en la medida en que lo activamos, de lo puramente emocional, nos permite trascenderlo y reprogramar nuestra relación con las emociones, amén de entenderlas. Saber esto nos ayuda a salir del fatalismo emocional por el cual sentimos que estamos atados al pasado o que el tiempo pretérito fue mejor, cuando lo único cierto es que, como señala el gran Fontanarrosa, "todo tiempo pasado fue anterior". El cerebro humano puede ayudar a que el pasado no nos secuestre del presente.
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