
Ciencia: el objeto de mi afecto
Las llamadas ciencias duras han generado algunos de los mayores descubrimientos del siglo XX. Aquí varios investigadores explican qué encontraron de atractivo en estas disciplinas, hablan de su visión del país y aseguran que la pasión y la creatividad no son sólo patrimonio de las bellas artes.
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Las llaman ciencias duras.
A lo mejor porque son duras de entender. O porque se supone que no hay nada más alejado de las blanduras filosóficas o de los mullidos colchones de la poesía. O porque tienen mala prensa en el secundario y muchos imaginaban el infierno bajo la forma de un logaritmo. Por no hablar de la biología y ese pobre poroto germinado año tras año, infatigable, incomprensible. Sin embargo, hay gente que ha encontrado belleza donde todos veían áridas ecuaciones. Elegancia donde todos veían teoremas inservibles. Gente capaz de conmoverse explicando el heroísmo de Galileo y la belleza de la física de Newton. Gente que en la doble espiral del ADN no ve un chirimbolo, sino una expresión emocionante de esa cosa rara que llamamos vida. Científicos. Investigadores. Nadan durante años en sopas de números primos, bacterias y fórmulas, hasta que un día sucede: E=m.c2. La penicilina. El rayo láser. Genoma humano. El fin de la viruela. El principio de la computación.
La verdad se escurre, pero cuando uno logra algo siente que le arranca un secreto a la naturaleza.
Dice el doctor Torres, director del Instituto de Investigaciones de Ingeniería Genética y Biología Molecular (Ingebi), ganador este año del premio Bunge y Born a la trayectoria. Los pasillos del instituto están abarrotados de heladeras gordas. En la puerta de uno de los laboratorios hay un cartel: "Sí, hay luz al final del túnel".
Bueno, esto es como un túnel. Uno se mete, no ve nada, y de repente ve una lucecita. La encuentran los que tienen la lucecita. No hay muchos que la tengan. Yo no sé si la tengo. A mí se me ocurren cosas mientras me estoy afeitando. La ciencia es un mundo placentero. Es un juego. A veces uno la pega, a veces no.
Sobre una pared, las fotos aumentadas de lo que fue su primer tema de estudio: algo llamado neurospora. Torres, que es médico e hizo el doctorado con Leloir en química biológica, empezó investigando a la par de Bernardo Houssay en la Facultad de Medicina. Pero le daban asco las ratas. Muerden. Entonces le dije a Houssay: "Mire, la verdad que no me gustan mucho las ratas", y me dijo: "¿Y qué le gusta, joven mamífero?" Le dije que algo así como la biología celular. Me dijo: "Bueno, vaya a ver al señor que está acá arriba". Y el señor de arriba era Leloir.
Leloir le sugirió que se ocupara de la neurospora que no es otra cosa que un tipo de moho y, después de un tiempo prudencial, Torres cambió de objeto de estudio: ahora se ocupa del Tripanosoma cruzi, el agente del mal de Chagas.
Estudiamos cómo controla el metabolismo este bicho. Me gustaría retirarme habiendo descubierto algo para curar. Pero a los grandes laboratorios no les interesa, porque son enfermedades sociales de los países pobres. Es como un acto de fe. Somos viejos monjes que mantenemos la velita prendida, les enseñamos a los aprendices y los políticos no pueden apagar la velita.
Se obsesionan con sus preguntas sin respuesta, se despiertan con la solución de un problema temblándoles en el limbo del sueño, pasan horas mirando un pizarrón para entender por qué el cálculo no dio bien. En el laboratorio de Ernesto Calvo, doctor en química, investigador, recientemente beneficiado con la beca Guggenheim, hay un cartel que reza: "Gesún es el camino".
Gesún es una computadora.
Aclara Calvo por las dudas. Desde su oficina se ve la plácida postal de la Ciudad Universitaria. En las paredes hay algunas fotos de colegas a los que Calvo presenta como la mafia de la química. Una foto de Einsten, la tabla periódica de los elementos en castellano, inglés, coreano y chino.
Este fue mi primer laboratorio.
Dice Calvo, y saca una foto en blanco y negro. Un chico de seis años frente a un amontonamiento de botellas en una terraza del barrio.
Desde esa edad decía que quería ser químico.
En 1979 terminó, se fue al Imperial College en Inglaterra, estuvo en Estados Unidos y de regreso al país fundó un grupo de investigación en electroquímica dentro del Instituto de Química Física de los Materiales, Medio Ambiente y Energía (Inquimae).
La química es entender el lenguaje de las moléculas. La electroquímica es electricidad con química. En mi laboratorio podemos hacer cosas que tienen que ver con un biosensor. Con ese aparatito vos te pinchás el dedo, ponés una muestra de sangre y en 20 segundos sabés cuánta glucosa tenés en sangre. Para estas maquinitas lo que hacemos es copiar la biología. Trabajamos con enzimas. La glucosa oxidasa, por ejemplo. Es una proteína que reconoce a la glucosa como la llave a la cerradura. Nosotros lo que tratamos de hacer es un dispositivo que cuando se produce ese reconocimiento genera una señal eléctrica y esa señal es procesada por una computadora y ahí el display te dice qué nivel de glucosa tenés.
Fernando Battaglini, químico y profesor de la facultad, asegura que contarles a los vecinos qué es lo que hace en un laboratorio es difícil. La gente quiere que uno le diga que se dedica a algo muy útil, entonces si les digo que me interesan los mecanismos de transferencia electrónica y resulta que el tipo no se acuerda de lo que es un electrón desde que salió del secundario... Los reyes ponían plata para que los sabios estudiaran las estrellas, porque por trigonometría podían calcular el tamaño del reino. Los tipos hacían eso, pero además miraban las estrellas para hacer modelos de cómo era el sistema planetario, porque sí. Y bueno, yo también quiero ver las estrellas por ver las estrellas.
Oscar Martínez es físico experimental. Según él, una especie en extinción. Es conocido por sus desarrollos en láseres de pulsos cortos, que entre otras cosas son aplicables en microscopias en sistemas biológicos. Dice que la experiencia del laboratorio puede dar frutos concretos en la sociedad y las empresas.
Hace poco instalamos en la planta de Siderar un sistema para medir suciedad en chapas. Esto es un desarrollo original nuestro, que ni los japoneses tienen, pero en la Argentina la sociedad y la física están muy separadas.
En 1994, Belén Elgoyhen, investigadora del Conicet, descubrió Alpha 9. Alpha 9 es un gen, una secuencia de ADN. Y un día de 1999, mientras Belén entraba a la base de datos de todos los genes clonados derivados del proyecto genoma humano, vio algo. Bingo. Fue Alpha 10.
Lo vi y dije: acá hay algo nuevo. Encontrar un gen es como encontrar una perla en mitad del océano. Estos genes se expresan en el oído interno y el sistema que forman está involucrado en el filtrado de sonidos de fondo, y en la prevención del trauma acústico. Las células del oído, por sonidos muy intensos, se van muriendo, y este sistema lo que hace es protegernos del trauma acústico. Pero esto uno lo hace por pasión. 1200 pesos por mes, y 10 horas de trabajo...
Las cosas no terminan en el ¡eureka! Hay que correr para publicar primero, porque la validación final de un trabajo de laboratorio se logra sólo cuando es aceptado para su publicación por alguna revista especializada. Después del descubrimiento, la rutina de rigor indica enviar el trabajo (que en esta instancia se llama paper) a la revista elegida que, a su vez, lo someterá al criterio de varios jueces. Sólo si estos señores científicos también aprueban el trabajo, la editorial avisa de su publicación. Entonces se grita por los pasillos y se descorcha champagne.
Daniel Bes, físico nuclear con un currículum que a duras penas entra en catorce carillas, es carpintero. Dice que sí, que uno cae en la tentación de creer que tiene cierto poder sobre la naturaleza cuando la conoce mucho y que hay que saber cuidarse de esa religión letal. Su despacho en la Comisión Nacional de Energía Atómica (Conea ) es una oficina rodeada por un mar de pizarrones escritos con letra de hormiga. Ahí, en un sillón añoso, el doctor Bes descabeza un sueño de cinco minutos luego del almuerzo.
Si no, tengo la tarde arruinada.
Llegó lejos ya como becario: hasta el instituto Niels Bohr en Copenhague, Dinamarca, donde pasó en vela cierta noche verificando un camino de fórmulas intrincadas. Cuando a las 5 de la mañana todo dio bien y la madre física le dio una palmadita en la espalda a su querido hijo Daniel, se fue a festejar a un puesto de panchos.
Y sí, me fui a comer un pancho. Mi tema de fondo ha sido el de los movimientos colectivos de muchos cuerpos. Pero ahora no me queda mucho tiempo. Nací en 1931. Mis colegas ya no se dedican. No creo que me quede tiempo como para saber alguna cosa.
Gusta de citar a Swift para describir el juego de muñecas rusas de la naturaleza: "Sucesivamente el átomo, su núcleo, los protones y neutrones, y los leptones y quarks. Como el horizonte, el límite de lo pequeño huye de nosotros y uno recuerda esa regresión infinita que describió Swift, ese experto en gigantes y enanos: Entonces los naturalistas observaron una pulga/ con pulgas más pequeñas que de ella se nutrían/ y pulgas aún menores que a éstas picaban/, y así continuaron, ad infinitum". Dice que aprendió poco, que sabe un puñado de cosas.
Voy a usar una frase que no es mía: conozco la relación que hay entre una cantidad de cosas y conozco una cantidad de formas en las que no se pueden explicar las cosas. Uno puede descartar más rápido cosas para llegar más rápido a cualquier otra, una especie de ahorro estético. Una economía de esfuerzos, y esa economía de esfuerzos tiene mucho de estético.
En 1996 el doctor Bes recibió el premio Bunge y Born. Su discurso, en ocasión de recibirlo, ponía en evidencia cuestiones álgidas de las ciencias argentinas. Entre otras cosas, dio a conocer un dato de The World Competitiveness Report 1995, según el cual Turquía encabezaba una tabla de 40 países ordenados por crecimiento real en gastos de investigación y desarrollo. Turquía había tenido un incremento del gasto en el período 19891993 del 78%. La Argentina cerraba la tabla con un decrecimiento en el gasto para estas áreas del (agárrense) 76,37 por ciento.
Siempre tuve dos actividades. Fui investigador e intenté resolver problemas de la actividad científica argentina. Ahora ya creo que es imposible.
¿Hacer las dos actividades?
No. Resolver los problemas de la actividad científica.
El despacho del matemático Gustavo Corach, director del Instituto Argentino de Matemáticas (IAM), investigador del Conicet, profesor de la UBA, está cubierto de pilas de libros que crecen desde el piso.
Yo nunca supe si el tipo se hace matemático o físico porque es raro o si se hace raro porque es matemático o físico. Pero algo debemos tener. Mi hija me dice que hablo raro, porque digo por lo tanto o de modo que...
La matemática, quizá como ninguna otra de las duras ciencias, provoca una reacción del tipo: ¿Y eso para qué sirve? Corach se dedica a la teoría espectral. Quién te dice que no me haya metido por el nombre. Hay palabras bellas en matemática. Espectro es una. La noción de simetría es otra. La matemática tiene una cosa de juego, vas descartando caminos, previendo algunas cosas, a veces descubrís alguna cosa que tiene su belleza. Hay fórmulas lindas. Enigmas lindos. No sé. Por ahí no sirve para nada. Sin embargo, para la encriptación en computación se utilizan números primos enormes porque son muy difíciles de desencriptar, y esas cosas tienen un origen en resultados matemáticos. Las matemáticas son un lenguaje diferente y la comunicación de lo que uno hace es difícil.
Probemos. ¿A qué te dedicás vos?
Es intraducible. Las novedades de las cosas que yo hice fueron porque estudié propiedades geométricas de objetos que nunca habían sido estudiados geométricamente. Esos objetos son espacios asociados a álgebras de operadores, y los operadores son transformaciones lineales, y la transformación es como multiplicar por un número... pero una cantidad determinada de números puestos de forma determinada en un cuadrado. Eso se llama matriz, y una matriz... actúa como una transformación de... de todo el espacio... Mirá, disculpáme... te puedo llevar rápidamente a la locura.
Dice y ofrece un té de manzanilla en compensación. Al doctor Roberto Signoli, matemático, director del departamento de matemática de la UBA, investigador del Conicet y eminencia en algo que se llama lógica matemática, dice que siempre lo fascinó el pensamiento abstracto.
Un ingeniero hace un edificio, y no se cae. Alguien puede calcular la trayectoria de un satélite, o llegar a la luna. Y eso es el poder del pensamiento, del razonamiento. Fernando Pitossi, bioquímico, aterrizó en la Fundación Campomar después de estar diez años dando vueltas por los laboratorios del mundo.
Me gusta investigar, pero no concibo al investigador como el prototipo del científico loco. Frankenstein haciendo sus cosas a escondidas, que un día sale y dice: "Miren el monstruo que tengo". Yo desmitifico mucho al científico bicho raro, al freak, que vive en una nube y se choca con el semáforo y sólo sirve para resolver ecuaciones de cuarto grado. A mí me gusta ir a ver a los Redonditos de Ricota y a Divididos, y me encanta jugar al fútbol, leer, escribir, y hago buceo. Al que le gustan las novelas o las películas de detectives le tiene que gustar la investigación. Ves una evidencia, encontrás un hombre muerto en una sala y tenés que averiguar por qué. Tenés indicios, entonces diseñás un experimento para contestar tu pregunta. Como hace un detective. Tiene un sospechoso y lo sigue. Tenemos adelante un cuarto oscuro, y con los experimentos vamos prendiendo luces para ver cada vez más adelante.
Dice que pensó en ese momento en que el médico le dice al paciente: "Ya sé lo que tiene, pero no puedo hacer nada", y desde entonces va detrás de la respuesta a una pregunta enorme: por qué se mueren las neuronas.
La esperanza que tenemos es a partir de un descubrimiento que se hizo hace 2 años, de unas células que están en el cerebro, que son células no diferenciadas. Ante estímulos diversos, esas células pueden devenir en neuronas o en otra célula que necesitemos. En el caso del mal de Parkinson y el de Alzheimer, necesitamos que devengan neuronas. El objetivo es tratar de ayudar a las células progenitoras, que es como se llaman estas células no diferenciadas, para dar a luz las células que necesitamos. La gran pregunta es cómo las activamos. Una de las formas es ayudarlas genéticamente. Darles genes a los pacientes para que la célula nos dé lo que la gente necesita para curarse.
Lilia Romanelli es física. Abandonò hace un par de años los laboratorios de la Ciudad Universitaria para aceptar el reto de formar parte de la nueva Universidad Nacional de San Miguel, en la que sigue investigando en su tema: teoría del caos o sistemas dinámicos no lineales, para los que entienden. La teoría del caos estuvo de moda años atrás, cuando todos hablaban de aquello de la mariposa batiendo las alas en Pekín y provocando un tornado en el Caribe. La idea básica es que una pequeña fluctuación en una cosa puede provocar un descalabro en otro lado. En pleno furor, la teoría se quiso aplicar más o menos a todo: para predecir el clima, el flujo de tránsito y el comportamiento de la Bolsa.
Se piensa que el caos es una cosa absolutamente desorganizada dice Lilia, pero la mirada del caos en la ciencia busca organizaciones debajo de aparentes desórdenes. Una organización subyacente. A mí me gusta mucho trabajar en lo interdisciplinario. Entonces, con el grupo empezamos a estudiar la fibrilación ventricular. Queríamos ver si la arritmia cardíaca obedecía a un tipo de situacion caótica o no. ¿Por qué? Porque el caos es controlable. Cuando una situación es caótica, uno la puede controlar. Vos podés, entonces, prevenir una patología futura del corazón. La física es una buena forma de tratar de explicar la naturaleza. Por ejemplo, esas cosas de musgo de la pared, ahí afuera. Por qué adoptan esa forma y no otra. Hay mucha belleza en esto, en la organización. En la armonía. Es como música. No hay nada disonante. Hay árboles que tienen una estructura fractal. Cortás una rama o un cabito y te das cuenta que tienen la misma geometría. Y eso es sorprendente. Pero no es perfecto. Está el azar para mostrar que no lo es. Es armónico. Una esfera es perfecta. Hay pocas cosas esféricas en la naturaleza.
Víctor Ramos es geólogo, profesor titular de geología de la UBA y vicede cano de la facul tad. Eligió la geología porque combinaba sus amores: el andinismo y las ciencias exactas. Se especializa en la historia de la tierra en los últimos quince millones de años y, en particular, en el levantamiento de la cordillera de los Andes. Un geólogo es una persona que sabe que toda la vida de un hombre no alcanza para hacer cosquillas a la historia de la Tierra.
Uno sabe que este trabajo lleva generaciones de geólogos. Uno ve la cordillera como una cosa tranquila pero sigue habiendo levantamientos, y lo que estamos tratando de medir es cuánto se está acortando la cordillera. La gente como Ramos puede hablar con pasión del último choque de continentes, de la formación de supercontinentes de nombres como Gondwana, Pangea y Rodinia. Puede anunciar sin que se le mueva un pelo que es capaz de reconstruir un mapa del mundo como fue hace 30.000 años y que el próximo supercontinente se formará dentro de cien millones de años. Que cada año, por otra parte, nos estamos moviendo a razón de nueve centímetros hacia el Pacífico.
La tarea de gente como Ramos ayuda, entre otras cosas, a detectar yacimientos de gas y petróleo, y a prevenir sismos o erupciones volcánicas. Ramos acostumbra nadar contra la corriente. Media comunidad geológica más uno no le creyó cuando, en 1984, el hombre descubrió en la precordillera de San Juan estructuras que habrían sido fondos oceánicos hace 450 millones de años.
Demostramos que casi todo lo que está de la cordillera frontal hacia Chile fueron terrenos que no pertenecían a América del Sur, que habían llegado en forma exótica al continente. Y eso nos permitió postular por primera vez cómo creció América del Sur: a través de terrenos que fueron chocando contra el continente. Por ese descubrimiento me nombraron miembro honorario de la Sociedad Geológica Americana, y hacía cien años que no nombraban a un sudamericano.
Ramos mira por la ventana. Allí, a unos metros del pabellón II de la ciudad universitaria, se ven unas lomadas. Nada raro. Un puentecito, la autopista, el estacionamiento.
Por ejemplo, eso es producto de un levantamiento de hace cinco millones de años, y yo veo las evidencias de que sigue levantándose. La gente no ve esa tercera dimensión del paisaje: el tiempo. Nosotros sabemos que gran parte de la Argentina fue mar hace 13,5 millones de años. El hombre como Homo sapiens está hace dos o tres millones de años. No es nada comparado con los 4500 millones de años que tiene la Tierra.
Ramos dice que no descansa ni cuando va a la playa. Si se revuelca en la arena y se le quedan pegados unos granitos, sonamos: ahí está el hombre, pensando en qué momento llegó hasta ahí ese pedacito de tierra de quichicientos millones de años.
Diego Harari usa rulos, ojos negros y con esa camisa a cuadros parece un leñador canadiense, pero no. Es doctor en física y se dedica a la cosmología, ciencia con preguntas ambiciosas: qué edad tiene el universo, cómo evolucionó hasta el estado actual. El tema general en el que trabajo es el big bang...
Dice cuidadosamente, con pánico a que no se entienda o peor, se malentienda lo que dice.
El modelo del big bang propone que en el pasado no existían los planetas ni las galaxias sino que había una gran sopa de partículas elementales a muy alta temperatura y en expansión. En determinado momento empezaron a formarse agrupaciones de materia que dieron lugar a las galaxias, las estrellas, los planetas.
Harari se dedica a problemas que tienen bello nombre y complicada explicación. Materia oscura, rayos cósmicos, radiación cósmica de fondo.
La radiación cósmica de fondo es electromagnética, pero que no fue emitida por ningún objeto en particular. Esta radiación es una reliquia fósil de cómo era el universo mucho antes de que se formara siquiera la primera estrella. De cuando existía esa sopa de partículas elementales. Esas radiaciones llegan a todos lados y no fueron emitidas por ninguna estrella o galaxia en particular, estaban ahí mucho antes de que se formara la primera estrella. Es un fondo que llena todo el universo. Un satélite pudo detectar variaciones muy pequeñas en la temperatura con que llega esta radiación de distintas regiones. Eso revela cómo habría estado distribuida la materia entre una región y otra. La materia era un poquitito más densa en un lugar que en otro, y eso sería la semilla de lo que fueron las galaxias que se formaron alrededor de esas zonas levemente más densas que otras. Otro de los grandes enigmas de la cosmología es la materia oscura. Las galaxias rotan y no se explicaría la velocidad a la que están rotando si lo único que hubiera en la galaxia fuera la materia que está en las estrellas, que son las que brillan, las que nosotros vemos. Entonces sólo se puede explicar esa rotación si existe una gran cantidad de materia a la que se llama oscura. La materia oscura es quizá el mayor componente del universo, y no sabemos qué es.
Es de esperar, dice, que en la próxima década sepamos qué es la materia oscura. La ciencia es una larga paciencia y una súbita impaciencia, como se dijo alguna vez, seguramente hablando de otra cosa, pero también, y por qué no, un poco de esto, claro.
Buscame en el Laboratorio de Fisiología y Biología Molecular. Hay un cartel.
Dice Alberto Kornblihtt, ganador de un premio de 100.000 pesos por año durante tres años de la Fundación Antorchas. Pero si uno le pregunta por sus títulos, él se pone simple: Yo me recibí de licenciado en biología.
Y omite los doctorados brillantes y los postdoctorados, además de que es profesor en la UBA e investigador del Conicet. Su tema es la biología molecular. En el laboratorio hay un mapa del genoma humano y un panel de corcho con algunas fotos de familias y colegas, un larguísimo poema humorístico en inglés y algunos chistes sobre computadoras y virus. Kornblihtt hizo el posdoctorado en Oxford y regresó a Buenos Aires en 1984.
Tenía muchas ganas de retribuirle al país toda la formación que yo he obtenido, desde la primaria hasta la universidad, en forma pública. Pero si bien cumplí mis expectativas, ha habido un achique constante y una disminución de la importancia que los gobiernos le han dado a la ciencia. Con cada gobierno tenés que empezar cada vez de cero a convencerlos de cuán importante es la ciencia. Este es mi lugar en el mundo, el lugar que yo quiero cambiar.
Al estudiante Alberto lo desvelaba una pregunta: cómo se diferencia una célula, cómo pasa de ser una célula sin forma ni función específica a diferenciarse y devenir célula muscular, célula ósea. Magnífica neurona.
La biología molecular estudia lo que se conoce como flujo de información genética. La información genética está contenida en el ADN, el ácido desoxirribonucleico, que es una sustancia química que está en los núcleos de las células. Esa información es transmitida a otras moléculas llamadas ácidos ribonucleicos o ARN y esas moléculas de ARN son las que son copiadas para formar las proteínas, que son el producto final de la información genética y lo que determina que cada célula cumpla las funciones que tiene que cumplir y haga que el organismo funcione bien. La biología molecular estudia todos los pasos de ese flujo de información genética, desde el ADN, que son los genes, hasta la proteína, que es el producto final. Claro que... cosas mucho más grandes y groseras, como el comportamiento, la angustia, el amor, el lenguaje, todo lo que implica el ser humano y los animales y las plantas son consecuencia de esas interacciones químicas entre moléculas, pero soy consciente de que no tendría ningún sentido tratar de explicarlo a través de interacciones, y que probablemente jamás conozcamos todas las interacciones necesarias para que se produzca algo tan complejo. No pretendemos explicar el mundo a través de lo molecular.
La regla número uno es que el 90% de los experimentos falla. Y de los que salen bien, unos pocos dan el resultado que se esperaba. Lo mejor que te puede pasar es que el experimento no dé lo que uno esperaba. La ciencia solamente avanza cuando los resultados que se obtienen no son los que uno esperaba.
Ahora es la Biblioteca del Departamento de Física, pabellón I de la ciudad universitaria, un atardecer malignamente lluvioso. ¿Querés que te explique? ¿Seguro? Bueno.
Pregunta el doctor en física Juan Pablo Paz, investigador del Conicet, director del Departamento de Física. Durante más de una hora, el doctor explicó con gran bondad e inmensa paciencia a esta cronista lo que era la mecánica cuántica. En la explicación se consumió una hoja de papel, tinta de lapicera y tiempo. Y esta cronista, créase o no, entendió. De modo que se puede. Es fascinante dirá Paz cuando termine. Por eso pienso que en el secundario... hacerte aburrir explicándote la física de Galileo... es pecado.
Por dedicar más de diez entusiastas horas por día a la docencia y la investigación, cobra $ 1100 en la facultad, más un incentivo del Conicet que debería ser mensual, pero que se cobra con atraso. El doctor Paz es conocido por sus investigaciones con algo que se llama computadoras cuánticas.
La ciencia te obliga a hacer ejercicios de humildad. Galileo obligó a la humanidad a que supiera que no ocupamos un lugar de privilegio en el universo. La mecánica cuántica también. Vos te vas formando una visión del mundo armada sobre la base de experimentos: experimentás distintas velocidades, si algo está caliente te quemás, etcétera. Bueno, el ejercicio de humildad es que estos conceptos que están caracterizados por ciertas escalas de energía, tiempo, velocidades y distancias no sirven para describir todo el universo. El universo a escala microscópica se comporta de una manera totalmente diferente. Enloquecedoramente diferente.
Y aquí es donde haría falta una charla de dos horas, o un video explicativo by Juan Pablo Paz. En vez de eso, diremos que su grial son las computadoras cuánticas: cada vez más chico, cada vez más rápido, cada vez más poderoso.
Una computadora donde se disminuye el número de átomos que se utilizan para almacenar un bit hasta llegar al límite de usar un único átomo para cada bit de información. A lo mejor nunca es tecnología. O lo es dentro de 50 años. Mi interés no es hacer algo que modifique la vida de la gente, sino más bien por el desafío intelectual. Mirá que hacerte aburrir con la física de Galileo o de Newton... hay que hacer esfuerzo para contártelo de forma aburrida. Vos pensá...
Y entonces agarra papel y lápiz, dibuja una esfera, sobre la esfera un edificio y sobre el edificio un tipito arrojando una piedra, y dice: Si tirás esta piedrita al piso, va a caer acá. Y si la tirás más lejos, va a caer más lejos, y más lejos, y si la seguís tirando más lejos, va a llegar un momento en que va a dar la vuelta. Bueno, Newton se dio cuenta. Darte cuenta de que la caída de un objeto tiene alguna relación con el movimiento de la luna alrededor de la tierra... eso no es nada obvio y hay que ser una bestia para darse cuenta, hay que ser un genio, un animal. La caída de un objeto es lo mismo que está haciendo la Luna alrededor de la Tierra. Es el mismo movimiento. La Luna está cayendo todo el tiempo alrededor de la Tierra. Da vueltas, que es otra manera de caer.
Claro.
Dime cuánto gana
Los 3581 investigadores en las distintas áreas que tiene el Conicet se dividen en categorías. La primera es la de investigador asistente: 720 personas cuyo sueldo básico es de 874 pesos. La siguiente es la de investigador adjunto. Los 1345 investigadores de esta categoría tienen un sueldo básico de 1021 pesos. Los 964 investigadores independientes la siguiente categoría ganan 1165. Los 429 investigadores principales, 1301 pesos, y los 123 investigadores superiores, 1446 pesos. Estos sueldos se ven incrementados en un uno por ciento por cada informe aceptable presentado, además de algunos adicionales por zona del país, donde trabajan y actividades previas reconocidas. Esto hace que los sueldos tengan un piso en los 800, y que si uno ha dedicado su vida a la investigación, ha vivido en zonas lejanas y no ha hecho otra cosa que pensar en la ciencia, llegue a ganar 4000.
Conicet, el padre de la criatura
El Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), fundado en 1958 por el Premio Nobel de 1947 en Fisiología y Medicina Bernardo Houssay que lo dirigió hasta 1971 está dividido en cuatro grandes áreas (ciencias agrarias, de la ingeniería y de materiales, ciencias biológicas y de la salud, ciencias exactas y naturales, y ciencias sociales y humanidades). Tiene a 3581 investigadores en todo el país, 1800 de los cuales son becarios, que realizan 1425 proyectos de estudio. El presupuesto del Conicet rondó, en 1999, los 197 millones de dólares. La administración anterior instrumentó una quita para el presupuesto de este año de 11,5 millones de pesos. Este año, si se aplica a la institución el ajuste impuesto por el Gobierno, la partida se vería reducida en otros cinco millones de pesos. El presidente del Conicet, Pablo Jacovkis, aseguró en mayo que realiza gestiones para evitar que el ajuste presupuestario afecte las partidas destinadas a la investigación científica y tecnológica, sobre todo porque del presupuesto 2000 ya se tuvo que destinar 1.500.000 pesos al pago de becarios del ejercicio 1999.
La Argentina invierte en ciencias menos del 0,45% del PBI. Sin ir más lejos, Chile invierte el 0,62% y Brasil, 0,76%. Las últimas novedades indicaban que si bien los sueldos de los investigadores no se reducirían, sí lo harían los de los administrativos y se restringiría la compra de equipamiento. Nada menos.
Diego quiere saber
Se llama Diego Ferreiro y es biólogo. Tiene 27 años, trabaja en la Fundación Campomar. Tocaba el saxo, trabajaba la madera, y ahora se dedica a la fotografía.
La pregunta general que me inquieta es qué está vivo y qué no está vivo, y cómo algo vivo permanece como tal. Cómo eso afecta a la sociedad, no sé. Es como cuando el tipo dijo: "La Tierra da vueltas alrededor del sol". Lo dijo el jueves y el viernes todo seguía igual, pero lo que trae aparejado es nada menos que la forma en que uno está parado frente al mundo. Por otra parte, uno es científico las veinticuatro horas. Por ahí estoy en casa cocinando y grito: "¡Ahí va, claro, tengo que hacer tal experimento!" Entonces voy y lo anoto. O me despierto soñando algo para aplicar en el laboratorio. O cometo el error de aplicar el método científico donde no es aplicable.
¿Por ejemplo? En relaciones amorosas. Uno no puede entenderse ni entender a una mujer racionalmente. Uno se pregunta por qué, y es un error. No es una pregunta atacable por ese lado. Es terrible resignarse a que el comportamiento humano no puede analizarse en un laboratorio. Je... por ahora...
¿Es más fácil conseguir chicas siendo científico? No son las mujeres que me interesan las que adoran algo porque es tal cosa. No sé. Tendría que estar muy buena...






