
Claudio Morgado: el hombre serio
Llegó a la tele de casualidad y hoy conduce un gran programa de humor político: Televisión Registrada
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Hace cuarenta y un años una maestra de escuela, Nelly, un profesor universitario de historia, Rubén, y un nene de un año, Esteban, veían entrar en su casa de Villa Luro al nuevo retoño familiar: Claudio Morgado. Era un 13 de agosto del último año de una década que terminaba. Apenas cuatro años después, el menor de los Morgado empezaba a peregrinar regularmente, con su hermano un año mayor, a uno de esos sitios que hacen que la vida de las personas cambien de modo más bien irremediable: el conservatorio de música del barrio. Esteban eligió la guitarra, pero cuando Claudio apoyó las manos sobre las vértebras tiernas de un piano, supo que en eso se le iba a ir la mitad de la vida. La otra mitad, por el momento, fue un patinar placentero por la mejor de las infancias. Jugar a los soldaditos en la inmensa biblioteca, ir al colegio a la mañana y a la tarde jugar al fútbol en la calle cortada donde estaba su casa. En la calle cortada por la que, años después, cuando su familia se mudó al Centro, Morgado empezó a pasar, espión, como un fantasma adolescente: con un colmillo de melancolía en cada ojo. Furtivo y rápido como la tristeza. En esa casa de Villa Luro festejó, exactamente, once cumpleaños. Justo entonces Esteban, el hermano mayor, calificó para entrar en el Nacional de Buenos Aires.
-El viaje desde Villa Luro al Buenos Aires era mortal, entonces nos mudamos al Centro.
El séptimo grado lo sorprendió en un colegio público mixto. El secundario lo hizo en el Nacional Nº 6 Manuel Belgrano. Empezó en 1972 y terminó en 1977. Dice que en el gimnasio había un polígono de tiro. Que, a veces, encontraban cápsulas de balas. Vacías. Mientras tanto, y en algunos otros aspectos, la vida transcurría como siempre. El era un chico así: raro pero feliz. Con mucha lectura de Sartre y de Marx, y la capacidad para pelearse a muerte por un par de ideas acerca del materialismo histórico, pero feliz. -Teníamos un grupo de ocho amigos, nos juntábamos a leer, comentábamos libros, leíamos a Sartre, por ahí te tocaba ir a una asamblea a discutir con un flaco de quinto año sobre materialismo histórico. En Semana Santa nos íbamos a Tandil, y nos quedábamos en el monte, con las carpas. No éramos nerds, pero estábamos más cerca de los nerds que de los winners. Incluso, con las parejas, éramos raros. Teníamos parejas laaargas. A los 14 años, teníamos parejas de dos años. Jaaaa. Eramos serios, serios.
Mientras, seguía la peregrinación al conservatorio de barrio para alimentar el hambre de su vocación.
-Con la música tuve varias voladuras de cabeza. Una fue cuando una profesora del conservatorio le regaló a mi hermano el disco Abby Road, de los Beatles. Fui comprando todos los discos. Cuando nos íbamos a una casa que tenían mis viejos en Santa Teresita me llevaba los discos, aunque no tenía tocadiscos Después, otro que me voló la cabeza fue Piazzolla. Con Esteban sacamos de oído un par de temas jodidos. Adiós Nonino lo tocamos en un concierto del conservatorio, a piano y guitarra. Tendríamos 12 años.
Terminó el secundario y, cómo era un chico serio, empezó a estudiar medicina. Casi al mismo tiempo empezó a trabajar como músico en un café concert, con Enrique Pinti.
-Fue mi primer trabajo. Tenía 17 años. Después de un año dejé medicina, y dije: "Voy a estudiar cosas que me gusten más". Estudié música en la UCA, ingresé en la UBA en Filosofía y Letras. Dos carreras al mismo tiempo, y trabajaba en el teatro.
Trabajó con Perciavalle, Pinti, Gasalla.
Hizo varias giras internacionales acompañando a Cipe Lincovsky, y un día, después de un tour que lo depositó en Berlín antes de la caída del Muro, decidió quedarse un tiempo dando vueltas por Europa.
Y entonces sucedió lo del tren.
-Viajaba mucho en tren. Una vuelta no me avivé que a algunos vagones los desenganchan y los enganchan en otro tren y van a distintos lugares. Yo quería ir al norte de Alemania, y confiado me dormí. Dije: "Llego a Hamburgo a las 7 de la mañana, me bajo y voy para el Norte". Me quedé dormido, me desperté siete y media, al vagón lo habían desenganchado no sé dónde, y vuelto a enganchar. Miro por la ventana y veo que el tren anda por una pradera con bruma, está amaneciendo. Lindo, viste, pero no sabía en qué lugar del mundo estaba. Podía ser Polonia, Francia. Me empezó a correr un sudor frío, estaba solo en el camarote y miraba los mapas por todos lados, y de pronto veo un cartel que dice: "Ulm". Mitad de Alemania. En vez de ir para el Norte me había ido al Sur. Y me empecé a relajar, dije pero sí, qué tengo que hacer, si estoy recorriendo, cuál es el problema. Me fui a Munich, a Italia, a lugares que ni pensaba. Pensé: "Ahora voy a ir donde me lleve la vida". Fue muy loco porque uno siempre tiene ese chip del control, de la planificación. Y de golpe me pasó eso, totalmente fuera de control.
Y después de eso, le pasó lo de la televisión. Igualito: totalmente fuera de control. A principios de los años 90 lo llamaron para que fuera el músico detrás de cámaras de un programa nuevo. Era para chicos, lo dirigía un tipo simpaticón. El tipo se llamaba Julián Weich y el programa era El agujerito sin fin. Andaban por ahí Esteban Prol, María Eugenia Molinari y después, y precisamente de la mano de Morgado, se sumó Pablo Marcovksy.
-Yo laburaba hasta diciembre de 1991, en principio era lo que iba a durar el programa. Pero empezó muy mal. No andaban los teléfonos, era medio desastre, y se iba a terminar de un día para otro. Un día un directivo del 13 lo ve a Julián Weich y le dice: "Uy, este pibe me hace acordar a Pepe Biondi". Ahí todo empezó a cambiar.
El agujerito sin fin fue uno de esos programas para chicos que hacen historia. Lo miraron adolescentes, adultos jóvenes, padres con sus hijos. Y ahí estaba Morgado, el muchacho que tocaba el pianito detrás de cámara.
-El programa se alargó hasta marzo de 1992, y yo me fui de vacaciones, entonces dejé un suplente, un alumno mío, que era Pablo Marcovsky. Un día, lo ve una mina de la producción y pregunta: "¿Quién es ese potro?" Lo empiezan a poner delante de cámaras. Cuando vuelvo yo me cuentan esto y digo: "Pero dejalo a Pablo, está bárbaro", y me dicen que no, que yo vuelva y que inventemos algo para Pablo. Entonces empezó a presentar los clips. Después empecé a aparecer también yo delante de cámara, y de golpe el histrionismo empezó a funcionar, y la gente decía: "Che, Morgado, qué bueno eso..." Y yo decía: "Pucha, estudiando música treinta años para que me reconozcan por esto". Jajaja.
Porque Morgado es, antes que cualquier otra cosa, un músico, aunque no le queda mucho tiempo para estudiar, ni para tocar, ni para investigar.
-Siempre digo que no soy actor. Yo estudié música y sé lo que es estudiar un arte y llevarlo a la profundidad, los años que cuesta adquirir una técnica apropiada. Por eso no me considero ni a ganchos actor. Yo trabajo en la tele comunicando una cosita, un cierto tipo de humor. Donde creo que puedo adquirir más profundidad es en el ámbito musical, pero necesito más tiempo. Me hubiera gustado ser un Gismonti, un Hermeto Pascoal. Me gustaría... tener un mínimo estimado de vida de doscientos años. Me hubiera encantado tocar el chelo, o el saxo, o actuar como los dioses o escribir muy bien. Lo bueno de la tele es que me sacó la apetencia de ser conocido. Entonces, en lo musical, ya no me interesa que me conozcan. Como tengo una gimnasia con el reconocimiento, esa cosa hedonista ya está, la ejercité y me encanta, pero estoy en condiciones de no ponerle esa carga a lo musical.
Morgado ostenta un currículum impecable: empezó en El agujerito sin fin, siguió en El acomodador, fue parte fundamental de ese otro programa de culto para chicos que miraban hasta los adultos que fue Cablín (catorce premios, incluidos Martín Fierro, Ace y Broadcasting), conduce los lunes, a las 22, junto a Fabián Gianola, y por América, Televisión Registrada, y desde hace poco más de un año y medio hace un programa diario para chicos en Canal 7: Pulgas en el 7.
-Tuve la suerte de hacer siempre cosas buenas. Me fue un poco mal económicamente porque no pude capitalizar mucho. Hace diez años que laburo en tele y podría estar mucho más tranquilo. Cuando se terminó Cablín en 1998, porque se vendió VCC, me quedé mal, porque pensé que iba a seguir para siempre con Cablín, pedí un crédito para comprar una casa, y bueno. Pero seguí con El acomodador y después vino TVR y Pulgas...
Con una máscara a la Buster Keaton, un gesto entre cansado y adormecido, una cierta ausencia, el hombre descarga, en TVR, el sablazo donde más duele. Desde hace un par de años, y después de la muerte anunciada de CQC, Televisión Registrada es responsable de, entre otras cosas, los mejores resúmenes sobre nuestras miserias argentinas cotidianas.
-No creo que pueda haber alguna modificación a partir de mostrar a los políticos como son. Vos los mostrás con sus lapsus, las contradicciones, pero esto funciona casi por la contraria. Los blanquea ante la opinión pública. Para ellos nunca es negativo estar instalados en la opinión pública. Ahora, la gran misión del periodismo es tratar de descubrir cuál es el mecanismo por el cual uno puede molestar a esta clase política aberrante que a veces tenemos. Hoy, criticar a un político en la cara le sirve al político. En TVR estamos haciendo lo más cercano a lo que los puede... irritar, pero no lográs ninguna renuncia a partir de eso.
El hombre sostiene la máscara quieta y el ácido corrosivo de TVR, y conduce con toda fluidez un programa para chicos.
Hay hombres así.
Hombres serios que ejercitan la furia de un modo sereno.
Además, Morgado tiene un montón de hijos. Manuela, de 8 años; Lola, de 4; José, de 2. La mujer con la que está casado hace más de doce años está a punto de dar a luz al cuarto.
-El momento que más me gusta es la noche. Ahora estoy cruzado. A las 6.30 ya estoy desayunado para llevar a los chicos al colegio, y a las 11 de la noche no puedo más. Pero los chicos lo pueden todo. A mí me da mucho placer estar con mis pibes. No sabés, son geniales, y son muy lindos, salieron unas cosas hermosas. Son hermosos. Hermosos.
Porque tanto los quiere, cada noche va por los cuartos como un brujo de tribu, cama por cama, y abre libros de cuentos seleccionados según gusto y edad.
Entonces, junto a la fogata sedosa de los veladores, puede verse a un hombre serio, a un músico en reposo, a un padre orgulloso de su pequeña aldea familiar.





