
Entre el trabajo y el placer, Buenos Aires ofrece cada vez más clubes privados que funcionan como espacios de coworking con un alto estímulo para la socialización.
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Por Martín Jali
Marcados por el hermetismo y la exclusividad, los clubes privados nacieron en Londres en el siglo XVII y funcionaron como el espacio de reunión por excelencia de la aristocracia y la High Class masculina. Pero el tiempo hizo de la suyas y el concepto poco a poco se fue ablandando. Hoy, los clubes abren su abanico y se relacionan cada vez más con las industrias creativas, el arte y el pulso que rige la vida de cualquier ciudad del mundo, integrando el trabajo y el placer en un solo lugar. Destinados a diseñadores, pintores, arquitectos, cineastas y creativos varios, ahora nuclean happenings, eventos y espacios de coworking a la manera del Club Norwood en Nueva York, la franquicia Soho House o el Brody House de Budapest. Pero hay más: los espacios de coworking que llegaron al país en la última década como alternativa del home office hoy también se expanden hacia el ámbito social. Obviemos la famosa frase de Groucho Marx: “Nunca pertenecería a un club que aceptara como miembro a alguien como yo”. Ahora laburar y pasarla bien es posible, todo en un mismo lugar.
Club House

Se sabe: Club House fue el primero en su tipo en el país –abrió en 2011– y formateó el concepto nacional de club privado, urbano y cultural. A metros de la plaza Armenia, cuenta con amplios y elegantes salones, terraza, dos bares, una espléndida pileta, jardín, un restaurante abierto todo el día y una serie de actividades rotativas para sus miembros, entre ellas catas de vino, clases de coctelería, fiestas privadas y ciclos de cine. Pero, además, funciona como un Hotel Boutique, con cinco habitaciones a las que pueden acceder huéspedes de todo el mundo.
“A pesar de que nos instalamos hace seis años, el concepto sigue nuevo. El único referente es otra escuela que tiene que ver con el Jockey Club. Lejos estamos de eso, y muy felices”, aclara Florencia Tagino, directora cultural del club.
El perfil de los socios es amplio: desde creativos hasta abogados, pasando por celebrities locales, de quienes el club guarda especial secreto. “Si bien somos un club cultural, y eso lleva a que haya una predominancia de personas que están involucradas en industrias creativas, no es excluyente. Tenemos una comunidad bien heterogénea, no pensamos que las personas están definidas por su profesión. Es decir, más allá de sus actividades, tiene que ver con lo que cada persona busca. En este caso, un espacio exclusivo, pero nunca esnob”, aclara Florencia.
Club House también funciona como un espacio de coworking, pero atentos, hay música y charla contagiosa, en un mix donde lo social se entremezcla con el trabajo. Lo mejor está en el restaurante y en el bar, ideal para reuniones de trabajo distendidas.
Los interesados en ser miembros, después de llenar un formulario, son citados para una entrevista. La única condición es ser mayor de 23 años. ¿Los beneficios de pertenecer? Acceso a la casa hasta con tres invitados –abre de martes a domingo, desde las 11 hasta cerca de la medianoche, dependiendo del día y de los eventos–, un 30% de descuento en las habitaciones del hotel y acceso a clubes recíprocos alrededor del mundo, por ejemplo, en Madrid, Nueva York o Santa Mónica.
Mansión Boero

Mansión Boero comenzó a cobrar forma cuando Daniel Thompson, un inglés de 29 años, conoció a Nico, por entonces gerente de la mansión, en un pub de San Telmo. Conectaron de inmediato y, luego de un año y medio de tareas de refacción, abrieron hace apenas unos meses las puertas de esta casona construida en 1919 por el arquitecto Francisco Boero. Hoy, a la manera de la franquicia Soho House, que propone un espacio de placer y trabajo para creativos, la mansión funciona como un club privado con sus cuatro pisos abiertos para sus miembros.
“Acá estamos ofreciendo un servicio 360, algo que no existe en el país. Podés arrancar el día a las 10 de la mañana con una clase de yoga, trabajar un poco, después almorzar en el jardín, luego tener reuniones con clientes y terminar en la pileta. Todo en una misma jornada”, cuenta Daniel, en mangas de camisa sobre un sillón Chesterfield.
La mansión está ubicada a pocas cuadras del Parque Lezama y, en su exquisita combinación de art nouveau y déco, cuenta con dos bares –uno interior, otro en el jardín–, pileta climatizada, sala de pool, terraza, salones de trabajo, sauna, sala de proyección privada, restaurante y servicio de conserjería. Pero el concepto Boero estaría incompleto sin su batería de actividades, que incluye muestras de arte interactivo, fiestas privadas, pool party, peluquería, conciertos y cenas temáticas.
“Los miembros también van sumando a la causa del club: proponen y realizan eventos, para los cuales no cobramos. Es decir, si tenés tu propia empresa y querés hacer algo, bienvenido. La realidad es que buscamos gente que quiera disfrutar del lugar. No nos importa cómo estás vestido, si usás traje o no, es cómo sos y qué podes sumar a la causa”, explica Daniel.
Al igual que otros clubs semejantes, Daniel y sus socios tienen un encuentro personal con cada aspirante. No es, dicen, una especie de filtro, sino una reunión informativa para conocerse mutuamente. “Lo que nos importa es la variedad, así que es muy raro que te quedes afuera”, explica Daniel. La membresía individual cuesta unos $6.000 anuales, aunque también hay propuestas para parejas ($10.000) y membresías corporativas ($16.000).
Céspedes

Ya en pleno ámbito del coworking, Céspedes sobresale por una propuesta que nuclea el trabajo con el placer y la distensión. En pleno barrio de Colegiales, corrido, pero no tanto, del frenesí cool de Palermo, se encuentra este espacio de 230 m2 que cuenta con todas las comodidades de un buen ambiente laboral: salas de reuniones, puestos de trabajo, coffee store, dirección comercial y un buen jardín interior para descansar la cabeza. Al típico background coworker Céspedes suma charlas especiales, noches de películas al aire libre, asaditos y la promesa de una huerta comunitaria.
Para Eugenia, habité de Céspedes y editora científica, el combo es perfecto: “Empecé hace poco más de seis meses, porque trabajo independiente y no me resultaba nada productivo trabajar en mi casa. Acá tengo todo a mano, me siento cómoda y está bueno el ambiente de trabajo porque nos complementamos entre todos con los conocimientos, las ideas y la experiencia de cada uno”.
Paul Iribarne, un ex asesor y empresario de ONG que ansiaba tener su propio espacio, fundó Céspedes en 2011, cuando los espacios de coworking comenzaban en el país. Pero, claro, le dio una vuelta de tuerca, que terminó de configurarse por su presencia y la energía de los asistentes. “En Céspedes lo social y lo profesional se entremezclan, y se arman comidas, salidas y encuentros de comunidades freelancer. También queremos sumar clases de yoga e ir pensando qué otras actividades armar. Nuestro perfil se ha dado siempre hacia el lado independiente y seguramente seguirá siendo así”, explica.
Entre el nomadismo digital y la presencia de viajeros internacionales –alrededor del 20% de los usuarios del espacio son extranjeros, especialmente europeos–, una gran ventaja de Céspedes es su acceso full time. “Este es un típico barrio porteño, que brinda opciones para venir en bici. Y al no dar directamente a la calle, podemos ofrecer acceso las 24 horas. Un golazo para mucha gente, no porque vengan a las cuatro de la mañana, pero saben que tienen la posibilidad”, datea Paul.
Los planes que ofrece son bien heterogéneos: acceso completo los siete días de la semana, plan que puede compartirse entre dos personas ($4.200), franjas fijas de seis horas de lunes a viernes ($3.000) o packs de cuatro o 12 pases en franjas de 6 horas, ya sea por la mañana, la tarde o la noche ($900/$1.900).
Manawa
Con todo el pulso de un hostel para laburantes, Manawa se ubica en Nicaragua y Thames, centro neurálgico de Palermo Soho, pero funciona como un pequeño oasis, enmarcado en sus patios internos y terrazas. Allí se suceden las mesas de ping pong y las hamacas paraguayas, entre las salas de reuniones al aire libre, la cocina, la parrilla y los espacios de trabajo per se. Por si faltaba algo para el combo trabajo y relax, Manawa incluye un pequeño espacio para la siesta reparadora. Nada mal, ¿no?
“Hay tres perfiles en Manawa: los que vienen a trabajar porque están hartos de estar en su casa, los que se pegan un embole bárbaro y no se pueden concentrar, y los que están de viaje. Acá podés trabajar al sol, en un ambiente cosmopolita y creativo, entre nómades y trabajadores remotos”, dice Martín Nardone, manager del lugar y DJ, quien también opera su consola en Manawa. El coworking es literalmente su espacio de trabajo y también su propia casa. Abundan los músicos, diseñadores y arquitectos. Es más, no es nada raro que la zona chill out se convierta, al caer la tarde, en un after work.
“La idea detrás del coworking es la generación de sinergia. Es decir, la energía que se comparte, que se traduce en clientes, en gente que te echa una mano, que le pega un ojo a algo que estás haciendo, una canción que terminaste”, datea Martín. Y agrega: “Hoy cualquier trabajador digital necesita un amigo que sea diseñador gráfico, otro que sea webmaster, otro programador. Si antes se necesitaba el amigo doctor y el amigo abogado, hoy se necesita un CM”. Ideal para creativos que necesitan un break.






