
Collegium Musicum Con pasado, con futuro
Lo peor parece haber pasado para una institución de la que el país debería estar orgulloso. Rescatada del cierre por un rapto de sentido común, el Collegium tiene planes para crecer
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Los pasillos y las escaleras del Collegium Musicum, en pleno día de clases, son un constante desfile de chicos con enormes mochilas a cuestas e instrumentos musicales en mano, de padres ansiosos buscando a sus hijos y de apurados maestros saliendo y entrando en diferentes aulas.
Desde los rincones, parten suaves melodías de instrumentos, canciones de un enérgico coro y resonancias de saltos sobre un piso, seguramente de alguna clase de expresión corporal. En los vestíbulos de entrada a las aulas, los alumnos más pequeños improvisan juegos desparramados en el suelo, mientras sus familiares conversan sentados en unos bancos de madera. Un hombre de unos cuarenta y pico, vestido de traje, le asegura a otro que cada vez que puede no pierde la oportunidad de ir a buscar a su hijo, porque le encanta el clima de alegría y de música que se vive dentro del edificio.
Unas señoras mayores son las responsables de poner un poco de orden. Su principal tarea es coordinar los horarios de las actividades y cuidar a los alumnos en los momentos libres. Es raro no verlas conversar amigablemente con los chicos y sus padres. Una de ellas, Elizabeth, que también es maestra de iniciación musical, asegura que traspasar la puerta del Collegium Musicum es como entrar en un oasis cultural. Un oasis que empezó a gestarse en 1946, cuando un grupo de músicos europeos radicados en Buenos Aires, cansados de no contar con un lugar de encuentro y de difusión musical como los que estaban acostumbrados en sus países natales, decidió formar una asociación, a partir del modelo histórico de los antiguos Collegia Musica -plural en latín de Collegium Musicum-, que habían florecido durante los siglos XVII y XVIII.
Estas instituciones fueron agrupaciones de aficionados a la música, que con la dirección de célebres maestros -J. S. Bach fue uno de ellos- se juntaban con objeto de cultivar su arte. Eran el único ámbito donde los aficionados podían tener un contacto vivo con la música, ya que en las iglesias y en las cortes, el juego de las melodías estaba reservado exclusivamente al músico profesional. Los amantes de la música, en las horas libres que les dejaban sus ocupaciones, se encontraban a estudiar, tocar instrumentos y cantar.
A principios del siglo XX, la propagación de las salas de conciertos y la aparición de la radio y los discos amenazaron con convertir a los aficionados sólo en espectadores. Como respuesta a la nueva tendencia surgieron, en todas partes del mundo, renovados Collegia Musica. En la Argentina, nació alrededor de un pequeño coro de adultos, que interpretaba obras de vanguardia. El ideólogo fue un músico austríaco, Guillermo Graetzer, acompañado por dos musicólogos alemanes, Erwin Leuchter y Ernesto Epstein. Se conformó como una asociación civil sin fines de lucro.
Un enunciado, emitido en esa época por los fundadores, dejaba bien establecido cuáles eran los objetivos que perseguiría la institución: "El Collegium Musicum es reunión libre de los amantes de la música para consagrarse al arte con sinceridad y sin compromisos materiales".
Al tercer año de vida del Collegium, sus autoridades, convencidas de que el proceso de sensibilización musical en la gente debía comenzar desde temprana edad, crearon el Departamento de Niños, que revolucionó la enseñanza musical en la Argentina. Importaron de Alemania el Método Orff, que basa el aprendizaje en juegos rítmicos con instrumentos de percusión y placa.
Desde un principio, buscaron diferenciarse de las metodologías de estudio propuestas por los conservatorios. Decidieron no tomar un examen de ingreso ni de egreso. Su principal objetivo era despertar en los alumnos una vocación por la práctica musical, con la idea de que después cada uno elegiría si seguir estudiando profesionalmente o dedicarse a la música como aficionados.
Aurora Rivera, que entró a trabajar como maestra de iniciación musical a mediados de los años 60, cuenta que de entrada su formación docente, basada en una disciplina rígida, reinante en la época, chocó con los principios de la institución. "Acá tomé cursos y leí mucha bibliografía. Me formé para enseñar la música de otra manera, a través del juego. Así entendí que los alumnos primero tienen que vivir la música. Sólo después se les puede enseñar a analizarla", dice.
En muy poco tiempo, el Collegium Musicum se fue convirtiendo en un organismo mucho más complejo. Creó los departamentos pedagógico, artístico, de jóvenes y adultos; la Escuela de Capacitación Instrumental, el Centro de Investigación en Educación Musical y una biblioteca. Así comenzaba a recorrer sus tiempos de mayor esplendor.
El Departamento de Niños, que había comenzado con sólo ocho alumnos, llegaba a albergar más de mil chicos. Las actuaciones de los conjuntos formados dentro de la institución se multiplicaban en escuelas, fundaciones, plazas. Y la biblioteca llegaba a reunir alrededor de 15.000 ejemplares.
Hoy, el Collegium Musicum, por los problemas económicos que ha tenido que ir sorteando, sólo puede mantener, aparte de los coros y grupos, el prestigioso Departamento de Niños. Al frente de la institución se encuentran Ricardo Gratzer, como presidente, y su madre, Betti Gratzer, como directora. Para ambos, sobrino y cuñada del fundador, dirigir el Collegium es continuar con la tradición familiar.
Betti forma parte del proyecto desde su fundación. Hace unos pocos años, fue galardonada con el Premio Alicia Moreau de Justo, distinción que se da anualmente a cien mujeres destacadas en su actividad. Por su parte, Ricardo, que integró la Camerata Bariloche, entró a estudiar en la institución a los 7 años. Dice que toda su vida está signada por el Collegium. Hasta a su esposa la conoció en esas aulas. Ella se llama Dina Poch y es profesora de la institución desde 1965. A los tres les tocó pilotear una de las tormentas más duras que sufrió el Collegium Musicum. Una deuda cercana a los 200.000 pesos, la mitad correspondiente a particulares y el resto al Estado, puso, a mediados del año último, al Collegium Musicum a un paso del cierre. "Las dificultades económicas las arrastrábamos desde hacía tiempo. Y veníamos pidiendo por única vez una ayuda al Estado, pero la respuesta siempre era no", dice Ricardo Gratzer.
-¿Cómo fue que llegaron a acumular una deuda tan significativa?
-Un tema fue la gran crisis general que vivía el país. La gente, al no tener dinero, empezó a pedir más becas y nosotros no podíamos dejar de darlas. A la vez, fuimos perdiendo el apoyo de algunas empresas privadas que estaban atravesando momentos de crisis. Creo que nuestro error fue realizar una conducción muy lírica. Es muy difícil mantener una institución de este tipo sin un apoyo estatal.
-¿De qué manera lograron parar el desalojo?
-De tanto golpear puertas, nos encontramos con el senador García Arecha, que nos recomendó ir a los medios de comunicación para llamar la atención y ver si cambiaba algo. Empezamos llamando a algunos medios hasta que comenzó a rodar una bola de opinión pública que no podía parar nadie. Todos reconocían la importante trayectoria de la institución y se solidarizaban con el problema que estábamos sufriendo. Fuimos tapa de varios diarios, estuvimos en la radio, en la televisión. Conseguimos el aporte de 150.000 pesos por parte de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, gracias a un proyecto que presentó la aliancista Gabriela González Gass, que fue votado en un minuto por todas las bancadas. No es un subsidio, sino un fondo rotativo que nosotros vamos a ir devolviendo a través de becas, conciertos, charlas. Después, conseguimos un subsidio de 50.000 pesos de la Presidencia de la Nación. Así cancelamos las deudas.
-¿Cómo vivió la comunidad del Collegium Musicum cuando el día del desalojo se acercaba y no aparecía ninguna solución?
-Fueron momentos de mucha angustia, pero también de algún modo reconfortantes, porque era emocionante ver el apoyo activo que teníamos de los padres, los chicos, los profesores, ex alumnos, para tratar de que no cerrara la institución. Recibíamos miles de llamadas telefónicas, cartas y mail de solidaridad. Cuando logramos la solución, lloramos mucho. Fue un desahogo total. -¿Han tomado algunas medidas para no volver a vivir una situación similar?
-Estamos gestionando ante el Gobierno de la Ciudad una subvención permanente para que nunca más se repita lo que hemos pasado. En ninguna parte del mundo existe una institución de nuestras características que se autofinancie. Por otra parte, hemos iniciado emprendimientos que parecen alejados de la educación, pero que en verdad tienen mucho que ver con la conducción de una institución cultural. Creemos que no debemos diferir del manejo de una empresa comercial, en el sentido de un eficiente y sano aprovechamiento de los recursos. Por ejemplo, hemos realizado una especie de merchandising. Ofrecemos elementos que tienen que ver con la música y la institución: portarretratos pentagramados, tarjetas musicales, remeras, algunos instrumentos. También seguimos buscando el apoyo de más empresas, pero lamentablemente el empresariado argentino no está muy acostumbrado al mecenazgo. No terminan de darse cuenta de que no deben competir sólo a través de sus productos y dejar de lado temas como la cultura, la salud, que son muy importantes para la comunidad.
-¿Qué tipo de apoyo le brindan algunas empresas?
-Nos apoyan a través del mantenimiento de un fondo de becas para chicos de bajos recursos o para los hijos de sus empleados y auspiciando conciertos y programas. Con la empresa de ropa para chicos Mimo Company hicimos una alianza estratégica novedosa. Financian un grupo musical de niños, que bautizamos con el nombre de Conjunto Vocal e Instrumental Mimo and Company del Collegium. También, realizan las remeras de nuestro merchandising. Como hicimos unos diseños que les gustaron mucho, nos pidieron autorización para venderlas en sus locales.
El 2000 parece traer buenos augurios para el Collegium. A la sede central de Palermo y a sus filiales de Caballito y Belgrano se le sumará, en abril, una nueva en Vicente López. La matrícula de alumnos apunta a aumentar en comparación con el año último. "En estos momentos que son críticos para la educación, donde ha bajado mucho la matrícula de varias instituciones, nosotros no hemos estado ajeno a esa problemática. Ahora tenemos que competir con los cursos de computación, de idioma, con las actividades deportivas, que varios años atrás no eran tan promocionadas. Pero igual 1999 se han inscripto más de 500 alumnos", expresa Betti. La cuota mensual es de 80 pesos. Los planes de estudios del Collegium, destinados a niños de 3 a 12 años, siguen siendo tan revolucionarios y atractivos como los de sus primeras épocas.
"Como la adaptación de los más chiquitos suele ser muy difícil hemos implementado, por primera vez en la Argentina, una actividad que denominamos Haciendo música con papá y mamá, donde el chico aprende durante todo el año junto a uno de sus padres. Esta idea apunta a que se haga y se hable de música en el núcleo familiar", explica Ricardo Gratzer.
Los estudios están divididos en diferentes ciclos, determinados por edades: de los 4 a los 6 años, los niños cursan el nivel preparatorio, donde tienen iniciación musical y expresión corporal. A partir de los 7, comienzan a aprender lenguaje musical y flauta dulce. Luego tienen la posibilidad de estudiar otros instrumentos: piano, guitarra, violín, oboe, flauta travesera o batería. En ese ciclo, se forman los denominados talleres musicales.
Después, pasan al segundo nivel, de los 10 a los 12 años, donde los talleres se transforman en grupos musicales. Los alumnos que quieren pueden formar parte del coro de la institución. Las familias de los alumnos también pueden jugar con la música mientras sus hijos están en clase. Lo que empezó como una pequeña actividad musical para que a los padres no les parezca un clavo llevarlos y esperarlos, terminó transformándose en la Banda Musical de Padres y Amigos del Collegium.
"Es impresionante -cuenta Betti- cómo fueron evolucionando. Al principio, había algunos que no se animaban a sumarse, porque decían que tenían un toscano en la oreja y hoy son los primeros en tomar los instrumentos." Sin ninguna duda, el Collegium Musicum es una de las instituciones que más ha trabajado dentro del campo de la educación musical.
Por sus sedes pasaron más de cincuenta mil alumnos. Entre los más destacados que tocaron sus primeras melodías dentro del Collegium se encuentran el violinista Alberto Lysy, el director coral e integrante de Les Luthiers Carlos López Puccio, el músico popular Alejandro Lerner y una cantidad de componentes de la Orquesta del Teatro Colón y de la Sinfónica Nacional.
Cuesta creer que una institución con tantos antecedentes haya estado a punto de desaparecer, y que todos los años tenga que estar en vilo para saber si puede seguir funcionando.
Para chicos con problemas
El Collegium Musicum siempre trató de albergar a los chicos discapacitados que quisieran estudiar música. El problema era que en un momento debían interrumpir su aprendizaje, porque el establecimiento carecía de una estructura adecuada para su atención. Cansados de dicha situación, decidieron trabajar con notables musicoterapeutas hasta lograr armar un valioso proyecto: los Talleres de Expresión Musical para Niños con Problemas de Desarrollo. "No son clases de musicoterapia. Buscamos otro rumbo, porque, por lo general, estos chicos están llenos de terapias. Apuntamos a que experimenten el placer de hacer música y de que sean protagonistas de fenómenos artísticos, de acuerdo con sus posibilidades", aclara Ricardo Gratzer. El Collegium Musicum aspira a poder integrar, en un futuro cercano, a los niños discapacitados, con casos menos severos, a los cursos regulares del Departamento de Niños. "La inserción -dice Gratzer- se implementará de acuerdo a un cuidadoso plan de integración, analizando cada caso de acuerdo a sus características y potencialidades, y seleccionando también adecuadamente el grupo en el cuál será incluido". Los talleres fueron declarados de interés cultural por el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi), dependiente del Ministerio del Interior.





