Comida y guerra, según La campesina , de Moravia
Comer en tiempos de conflicto bélico, con mercado negro y hasta algún banquete, en un drama que le rindió un Oscar a Sofía Loren en 1961
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Tan viejo era el marido de Cesira -la joven y saludable campesina que lo siguió para conocer Roma- que hubiera resultado inútil hasta para tareas de la más pasmosa retaguardia: agonizó antes de la Segunda Guerra Mundial, esa tragedia que también lo fue para su tienda de comestibles del Trastevere romano. El almacén de la ficción en la novela La campensina , del italiano Alberto Moravia, sobreviviría gracias al mercado negro y cuando Cesira lucía todavía tan codiciada como su hija Rosetta. Hacia el final de la contienda, ya en tiempos en que gobernaba Badoglio y los ingleses habían desembarcado en Salerno, los fascistas habían aumentado sus depredaciones, perpetrado despojos y agudizado esa histeria que despiertan los eclipses.
De Cesira a Sofía
Roma padecía hambre. El día que saquearon un almacén de la via Garibaldi, Cesira volvió a su tienda con una horma de queso de Parma en difícil equilibrio sobre su cabeza. "Cuando lleguen los ingleses -se ilusionaban casi todos- habrá abundancia." Habían pasado los buenos años, cuando se conseguía mercadería. Los que apostaban al futuro preferían seguir hambrientos y vender la comida a los ricos. Se arriesgaban con paquetes o escondían alimentos, como cuando Cesira entró en la ciudad con una ristra de salchichones atados alrededor de la cintura. En las afueras, en las colinas, los campesinos soñaban con el fin de las metrallas y la llegada de tiempos sin saqueos. Sobrevivir era la prioridad, pero si llegaban a la posguerra con muchas liras, mejor. Por eso especulaban con sus productos.
En 1943 Cesira consiguió una docena de jamones en las afueras de Roma y logró que un camionero los escondiera bajo una carga de cemento para el viaje a la ciudad. Así llegó el prosciutto a Roma, cuando se decía que Mussolini había huido y Cesira -la protagonista de La campesina , la novela que llegó al cine en 1960 de la mano de Vittorio De Sica, que en la Argentina se llamó Dos mujeres y que al año siguiente le dio un Oscar a Sofía Loren- aumentó sus ahorros una vez que los distribuyó de a uno. El pernil que llevó a un palacete de la via Veneto terminó acomodado en una despensa desbordante de latas enormes de sardinas, paquetes de pasta, bolsas de harina, tensos y acordonados globos de mortadela y más y más jamones. "Nunca se sabe", le contestó la emperifollada dueña de casa a Cesira, cuando ésta le dijo que, así, la guerra para ellos podría durar diez años más.
En verdad nadie acertaba en cómo sería el fin de la contienda en Roma, pero todo empeoró. Mejor fue dejar el negocio y asilarse en las colinas en casa de lejanos parientes o amigos donde tienen cerdo, harina, fruta, vino . La decisión se forzó cuando fue difícil entrar productos a la ciudad y la escasez hacía soñar con mesas bien tendidas.
Banquete inolvidable
Cesira empaquetó el último salchichón, unas latas de sardinas y el poco pan que las acompañó en el viaje con Rosetta hasta el valle de Fondi. Lo primero que hizo la familia que los acogió fue sentar a madre e hija a la mesa y darles un banquete inolvidable. "Tenemos pettola y fásuli ", las tranquilizó la dueña de casa con referencia a pastas y frijoles que les cedería para los primeros tiempos. Pero ese día fue una fiesta y comieron como tres horas seguidas. Primero salchichones y jamón, quesos caprinos, huevos duros, manteca, las pastas de yema, los frijoles gruesos y tiernos, y el pan casero, recién horneado y crujiente. Corrió el vino en jarras antes de que llegara la carne de ternera asada y el cordero en picadillo. Siguió aun después que trajeron los higos, los racimos de uva, la fruta seca, el mazapán. Cesó cuando sirvieron el coñac. Un año después -entre temores y vejaciones-, la guerra finalmente agonizó pisoteada por otros festines. Había tantos dolores que olvidar que las comilonas tapizaron la memoria del horror.
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