
Mentir siempre ha sido parte de cualquier estrategia de levante, pero en la web es mucho más fácil. Memorias de un seductor desilusionado.
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Por Federico Bianchini.
Internet puede ser peligrosa. Sobre todo si uno es soltero y está a cargo de uno de esos proyectos de gran crecimiento profesional que no dejan más que el tiempo necesario para comer, viajar hasta el trabajo y, si se puede, dormir unas tres o cuatro horas. Y llega el sábado, el domingo, durante los cuales seguramente el trabajo no se interrumpa, y uno piensa qué hacer para que las salidas le rindan y le permitan conocer a una chica con la que poder hablar de algo que no tenga nada que ver con el maldito proyecto.
Internet puede ser peligrosa porque en Facebook Argentina, por ejemplo, hay inscriptas alrededor de 1.500.000 mujeres, de las cuales más de 300 mil son solteras. Peligrosa, porque el 52 por ciento de los usuarios locales de MySpace pertenece al universo femenino. Porque encontrarse con alguien que uno conoció por la red es demasiado fácil. Y porque en este punto radica el verdadero riesgo.
El principal problema empieza cuando uno se pone a buscar amigas virtuales y se da cuenta de que, al menos en la foto del perfil, todas están buenísimas. Entonces, ¿cómo saber algo, lo que sea, de una mujer, a través de los mínimos datos del perfil? ¿Cómo conocer a alguien por el día en que nació, los libros que dice haber leído o la música que, se supone, escucha cuando está sola? No se puede. Créanme que no se puede. Uno trata. Hace preguntas, intenta captar detalles. Es imposible. Todas se muestran enigmáticas; distantes aunque cariñosas, risueñas pero poco interesadas.
"La virtualidad da anonimato y el anonimato genera cierta impunidad –explica la psicoanalista Cristina Castillo, especialista en pareja y familia del Centro Dos–. Generalmente, en este tipo de encuentros aparecen dos cosas: por un lado, la mentira; y por otro, el hecho de que suele haber una distorsión entre la imagen que uno tiene formada de sí mismo y la que ven los demás."
En la web hay decenas de comunidades, páginas y herramientas que generan conexiones entre desconocidos, que estimulan el dating y simplifican el encare. Sin embargo, lo escribió Oscar Wilde alguna vez, "el que dijo la primera mentira fundó la sociedad civil". Y en internet, se sabe, el engaño es estrategia de seducción.
Con la primera, me encontré en un bar de Recoleta. Todo iba bien hasta que me comentó, como al pasar, que tenía una enfermedad terrible. "Enfermedad terrible", dijo, e hice una lista mental (pensé en las más atroces) de las que podría llegar a tener. "Soy bipolar", siguió. Comentario que, de alguna manera, me tranquilizó. La tranquilidad no duró mucho. "Estoy medicada y tengo totalmente prohibido tomar alcohol", dijo, mirando la tercera copa de Cosmopolitan que acababa de terminar. No soy un tipo demasiado delicado, pero la obsesión sexual que tenía la segunda llegó a darme miedo. A la tercera no la reconocí: la foto que me había mandado era de la época de la Perestroika.
Y esto no sólo me pasó a mí. Ayer, un amigo me contó que una vez, después de semanas de chateo, le preguntó a una mujer increíble, cariñosa, inteligente, por qué estaba sola. Es raro que una mujer así esté sola. "Tengo un hijo de 5 años. Para los hombres es un castigo". "¿Cómo? Un hijo de 5 años es una bendición", respondió él, galán, sin saber que ese mismo viernes, sentado en un bar de Palermo, vería llegar a la infartante mujer de la mano del crío.
Por eso, cada vez que alguien me cuenta, emocionado, del terrible minón que conoció por Internet, le digo que se calme, que se tranquilice un poco y que le pida a la chica que, sinceramente y fuera de todo histeriqueo virtual, le haga una lista, una pequeña lista agregada a la presentación del perfil, con sus defectos o, al menos, con una breve síntesis de todos los motivos por los cuales nunca deberían encontrarse.






