Cómo ser pacientes con la impaciencia
"La paciencia empieza… cuando se termina la paciencia." La frase salió, muchos años atrás, de boca de un jardinero japonés que regaba sus plantas de manera cansina, concentrada, serena…
Japonés tenía que ser. Porque, más allá de la realidad apurada de las industrias japonesas allá en el Lejano Oriente, la imagen oriental le da ese toque exótico a una virtud dejada de lado por estos lares, la de la paciencia, sobre todo cuando el ascensor no sube y pasea por los pisos, mientras apretamos el botón una y otra vez, como si eso fuera a acelerar sus tiempos.
Años en entrenamiento de quererlo todo ya, como aquella desafortunada frase del malogrado Luca Prodan ("No sé lo que quiero, pero lo quiero ya") han hecho que no sepamos ejercitar eso de esperar a que las cosas cumplan su tiempo, sin tratar a los segundos como rivales a vencer. Pareciera que siempre tuviéramos algo mejor que hacer que estar allí, teniendo paciencia. Recordamos aquel texto El Principito, que decía:
"Era un comerciante de píldoras perfeccionadas que quitan la sed. Se toma una por semana y ya no se sienten ganas de beber.
–¿Por qué vendes eso? –preguntó el principito.
–Porque con esto se economiza mucho tiempo. Según el cálculo hecho por los expertos, se ahorran cincuenta y tres minutos por semana.
–¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?
–Lo que cada uno quiere...
Si yo dispusiera de cincuenta y tres minutos –pensó el principito– caminaría suavemente hacia una fuente..."
Vivimos como la "nada" el tiempo de la paciencia, pero es un grave error de percepción. En un maravilloso texto, Héctor Guyot explicaba, el sábado pasado en LA NACION, cómo la curiosidad por los detalles del camino nos evita perdernos en un surfear irrefrenable (impaciente) por sobre la superficie de la existencia. "En lugar de surfear las cosas, el curioso busca horadar la superficie para alcanzar el secreto que se oculta detrás." Esta curiosidad es el antídoto contra la idea de "nada" que nutre la impaciencia.
Haciendo base en un ejemplo que ofrece Guyot en su texto, el chico que mira las hormigas se siente uno con el tiempo, y no en competencia contra el devenir de los minutos.
La "utilidad" del tiempo no pasa por ganarle de atropellada, sino en adentrarse en lo que nos permite hacer, como por ejemplo caminar suavemente hacia una fuente de agua, mirar las hormigas llevando su carga, regar las plantas disfrutando hacerlo o charlando nomás...
Vivir no es intentar que las imágenes que nuestra mente produce lleguen sin más a la realidad de los hechos. A veces puede ser que la urgencia operativa nos lleve a ese tipo de eficacia "fáctica", pero de allí a vivir sólo en esa dimensión apurada e impaciente de la vida hay un abismo.
Pero así somos: occidentales y con poca disponibilidad para habitar el tiempo, no sólo "usarlo".
Por eso, la vida nos plantea otra de sus paradojas. Hay que ser pacientes con nuestra impaciencia. No hay que pelearse con ella. Mejor es respirar hondo y volver a respirar hondo y tenernos piedad cuando vemos que nuestros dedos aprietan por enésima vez el botón de ese maldito ascensor que no llega.
Observarnos hacer eso con cierta misericordia quizá nos dé un poco de risa de nosotros mismos. Y se sabe: reír hace bien, al punto de que, tras una buena risa, y sin dramatismos, quizá nos vengan ganas de ir a mirar las hormigas con nuestros hijos para observarlas nomás, dejando el surf existencial de lado un ratito. Sin ahorrar tiempo, sólo viviéndolo, observar cómo ellas, las hormiguitas, caminan pacientes, una detrás de la otra, llevando su carga con una vocación conmovedora... y sin apuro.
El autor es psicólogo y psicoterapeuta @MiguelEspeche







