
¿Compartimos el Wi-Fi?
Socializar la contraseña o abonar el servicio entre varios vecinos es para algunos una buena opción, pero para otros se transformó en una fuente de conflictos
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Bromas muy propias de la era digital, como "No tengo Internet, dame tu clave" o "Mi contraseña sólo a la chica del 6° B", pueden encontrarse en el más moderno tablón de anuncios de un vecindario: el listado de Wi-Fi disponible a nuestro alcance. Además de nombres menos simpáticos para las conexiones, como "Si te conectás te infectás" o el ya clásico "Virus", casos como "La comunidad de la calle Amenábar" explicitan una práctica que acumula adeptos y detractores: compartir el acceso a Internet entre muchos. A diferencia de servicios como la luz o el agua, cuya tarifa no admite ser repartida entre vecinos, Internet sí puede ser socializado por cortesía del volátil Wi-Fi, que une viviendas sin que sea necesario tirar cables entre balcones. Por ejemplo, la familia del 3° A puede compartir con la señora del 3° B las obligaciones y los beneficios del caso, o sea, el pago mensual y la contraseña, para entonces husmear la vida de los otros en Facebook o subir a YouTube videos de gatitos, entre otras actividades de internauta.

Al igual que ocurre en otros ámbitos, participar a los demás de un bien personal puede derivar en algunos dolores de cabeza, en este caso vinculados a la seguridad, a la privacidad de datos y también al buen funcionamiento del servicio.
A comienzos de 2015, Marina Baldanza, secretaria de 38 años, se mudó a un PH en Belgrano y apenas bajó los muebles del camión los vecinos de la pequeña comuna horizontal le hicieron conocer los artículos de un pacto de conectividad que mantenían hace tiempo. Uno, el router (esa caja cableada que irradia el bendito Wi-Fi) está instalado en la vivienda central, la que está a medio camino de la puerta de calle y la medianera del fondo. Dos, la tarifa se comparte entre las cinco familias del condominio. Tres, aquel que quiera abandonar la comunidad deberá avisar con un mes de anticipación. Y cuatro, no se discute la elección de la contraseña.
"Después de algunos meses de ser parte de este club, con mi marido decidimos abrirnos. Durante el día todo bien, pero durante la noche era imposible navegar, era lentísimo", cuenta Marina.

Con esta misma preocupación, Federico Escudero, de 26 años, estudiante de cocina, dice que si un vecino le ofreciera compartir Internet lo primero que haría sería preguntarle qué tipo de uso le da. "Si descarga muchos programas o películas, lo pensaría dos veces. Eso afectaría mi conexión y no hay nada peor que una conexión lenta", opina.
En efecto, uno de los inconvenientes de esta práctica es el impacto en la velocidad de navegación, según explica a LA NACION Pablo Ramos, coordinador del Laboratorio de Malware en la firma ESET. "Hay que tener en cuenta que una conexión a Internet es como un canal a través del cual una persona puede navegar, y mientras más personas haya en un canal, que se distribuye equitativamente entre todos, menor será la velocidad de navegación", comenta. No obstante, cada vecindario es un mundo aparte y la fatalidad no siempre acontece.
Francisco Picone, guitarrista y productor musical, además de dueño de una inmobiliaria que renta departamentos amueblados a turistas que llegan a Buenos Aires, cuenta que durante muchos años compartió su conexión con vecinos, aunque ninguno se hacía cargo de la factura ya que el pago corría por cuenta de la empresa en la que trabajaba. Dice que decidió compartir luego de probar unos días en los que no advirtió ninguna merma en la velocidad. Respecto al trato con los clientes-turistas, recuerda el caso de una mujer brasileña que se quejaba por el mal funcionamiento de la conexión en el departamento rentado. "Fui hasta la casa y vi que el Wi-Fi estaba abierto, que no tenía contraseña. Supongo que todo San Telmo estaba colgado", bromea.

La motivación principal para esta práctica es la buena salud financiera o, en criollo, guardarse unos pesitos y destinarlos a otro asunto. "Básicamente lo hicimos para ahorrar un poco, nos pareció que era lógico hacerlo", detalla en este sentido Clara Ramallo, una bailarina profesional de 26 años que comparte edificio y acceso a Internet con su cuñada. A contramano de lo que afirman los manuales, dice que no sufren una reducción en la velocidad de navegación incluso en las horas nocturnas, cuando todos los integrantes de las respectivas familias están en casa haciendo girar la rueda de la Web, desde el simple chequeo de mails hasta las exigencias que implica el streaming o la descarga de archivos pesados. Según confiesa Clara, el único problema que tienen es cuando se cae la red y entonces es necesario emprender el truco más viejo en la historia del consumo tecnológico: reiniciar, en este caso el módem de la empresa que provee el servicio, el cual está instalado en el departamento de su cuñada. "Nosotros somos los insoportables que siempre llamamos para pedir que lo desenchufen o reinicien", admite, riendo. Con el tiempo, incluso, decidieron hacer una copia de la llave para poder bajar y hacerlo por su cuenta cuando no hay nadie en el departamento desde el cual se irradia el Wi-Fi.
Clara sostiene que por el hecho de compartir Internet no ha sufrido ningún inconveniente en términos de seguridad: ni hackeos, ni crackeos, nada raro. Ocurre que en este tipo de "comunidades de conexión" reina la plena confianza y la cautela es idéntica a la que emprenderían si no compartieran más allá de las cuatro paredes. A fin de cuentas, aunque haya techos y pisos de por medio, aquí todo queda en familia. Eso sí, Clara asegura que pasa poco tiempo en casa y que si tuviera que utilizar esta conexión con fines laborales plantearía las cosas de otro modo. "Si trabajara en casa con Internet creo que me volvería loca", plantea refiriéndose a lo que pasa cuando se cae la red y hay que bajar a reiniciar. Es cierto: si da flojera hacerlo en casa moviéndose apenas del sillón, mucho más cuesta si hay que subir a un ascensor, abrir una puerta y entrar a tientas a una casa que no es la propia.
Además de la merma en la velocidad, hay un contratiempo que supone una gravedad quizá mayor: especialistas coinciden en que socializar el acceso a Internet podría hacer mella en la seguridad. "Sólo comparto mi contraseña con gente de absoluta confianza, en general con familiares y amigos que vienen a casa y me piden la clave para poder mantenerse conectados desde el celular sin usar el pack de datos. Pero nunca con extraños, ni siquiera con vecinos o conocidos del barrio", asegura Miguel Jaca, de 36 años, consultor en calidad en una empresa de desarrollo y soporte de software corporativo.
Miguel asegura que se negaría si un vecino le ofreciera compartir conexión para recortar gastos, principalmente por desconfianza. "En definitiva la IP estará a mi nombre y cualquier uso malintencionado, por ejemplo un fraude, un hackeo o crackeo de una cuenta, me vincularía por haber facilitado la conexión para hacerlo. Se ven caras, no corazones", remata.
Fidel Domingo, de 30 años, también forma parte del club de los que no socializan Internet. "No lo haría porque tanto en mi casa como en mi oficina tengo datos que considero importantes y me da pánico que alguno maliciosamente los pueda borrar o modificar. El simple hecho de que pueda mirar mis archivos me basta para decir que no. Ahora, si me decís que hay una forma comprobada e invulnerable de compartir Internet con vecinos estoy dispuesto a escucharla, a menos que las compañías de Internet estén dispuestas a acabar con quienes quieran terminar con su negocio", bromea Fidel, contador público y dueño de un supermercado pequeño ubicado en Caballito.
Miguel y Fidel no erran el tiro. Jairo Pantoja, de la firma especializada en seguridad Symantec, advierte que "dejar abierta la conexión de Wi-Fi de casa puede permitir que personas ajenas se conecten a esta red y puedan ver los dispositivos conectados a ella, tanto computadoras como portátiles y móviles", y que "podrían ver muy fácilmente la información de ingreso a sus correos personales, cuentas bancarias, servicios de suscripción por Internet e información personal en la nube".
Por su parte, el representante de ESET advierte que "compartir la conexión entre más de un domicilio o grupo de personas no tiene por qué ser un riesgo a la seguridad, si es que todas las personas que van a utilizar el servicio están de acuerdo y definen reglas básicas de uso". Y explica que muchos de los routers disponibles en el mercado permiten establecer que los equipos que integran la red no se puedan ver entre ellos. No obstante, Ramos anota un asterisco que todo buen vecino debería analizar por mucho que quiera ahorrar: al compartir conexión cabe la posibilidad de que si uno de los integrantes del círculo se infecta se comprometa la seguridad de todos los equipos conectados a la misma red.
Las puertas abiertas
La médica Laura Sasso, de 29 años, y Leandra Mangione , ama de casa de 31, coinciden en un desconocimiento acerca de las prácticas que robustecen la seguridad de una conexión. "No estoy muy al tanto de las medidas necesarias para que no me roben el Wi-Fi. Puede ser que me lo estén robando y yo no lo sepa. Sé que la conexión en mi casa tiene contraseña y cuando alguien viene de visita y necesita conectarse se la paso. ¿Eso la hace más vulnerable?", pregunta Sasso.
Mangione plantea: "La verdad no tengo idea de qué se puede hacer además de poner una contraseña. Sé que la conexión de casa tiene una, pero nunca cambié la que llegó originalmente. Igual tampoco me preocupa que me roben Wi-Fi mientras funcione bien". Sin embargo, los inconvenientes podrían ser considerables. Fernando Tomeo, abogado especialista en privacidad y delitos informáticos, sostiene que "dejar abierto el Wi-Fi es como dejar la puerta abierta de tu casa para que entren ladrones", pues el usuario se expone a que "cualquier pirata informático tome el control de tu ordenador y pueda utilizarlo para cometer un delito o para algún ataque de denegación de servicio masivo". Y tiene razones para decirlo. Tomeo lleva el caso de una señora de tercera edad que por desconocimiento dejó su red abierta y fue víctima de una toma de control de su computadora, lo cual derivó en que la División de Delitos Tecnológicos de la Policía Federal la involucrara en un hecho de pornografía infantil.
"Su casa fue allanada por la Justicia y ella fue imputada del delito de corrupción de menores, cuando nada tenía que ver. Esto te obliga a comparecer a un tribunal, presentarte y explicar lo sucedido con el consiguiente padecimiento psicológico y el costo económico que implica", cuenta el abogado, y señala que aquellos establecimientos que ofrecen Wi-Fi libre a sus clientes corren riesgos similares. Según dice Ramos al respecto, "la persona legalmente responsable de los incidentes, ataques o delitos que se cometan desde la red inalámbrica es quien contrata el servicio" y de este modo "el riesgo no es sólo para el hogar sino que también se encuentra presente en bares, restaurantes o compañías que dejen sus redes inalámbricas abiertas o mal configuradas".
Es bueno estar al tanto de lo siguiente: quien busca seguridad no estará cubierto con una simple contraseña. Al igual que Leandra, son muchos los que nunca cambian aquellas que llegan por defecto, lo cual las hace sencillas de adivinar. Las empresas colocan contraseñas comunes, por ejemplo "elnombredelaempresa1234". Además, existen programas más o menos accesibles para cualquiera, que son capaces de descifrar contraseñas, incluso las complejas, y entrar sin presentar más credenciales. Así, hay que tener en cuenta que la seguridad de una conexión depende de un conjunto de prácticas que cualquier usuario puede llevar adelante.
Ahora bien; más allá de los conocimientos técnicos de cada usuario para proteger su conexión, ¿cabe la posibilidad de denunciar a aquel que se "cuelga" sin el consentimiento del titular del servicio? Según señala Tomeo, en estos casos pueden darse varios supuestos. Por un lado, si aquel que roba señal la utiliza sólo para navegar en Internet, podría existir el delito de hurto, previsto en el artículo 162 del Código Penal, o de violación de secreto y acceso indebido a un sistema informático, previsto en los artículos 153 y 153 bis de aquel código, "ya que la señal inalámbrica (el Wi-Fi) podría considerarse una cosa mueble a los efectos del desapoderamiento que implica el primero de los delitos o un acceso indebido a un sistema o dato restringido previsto en el delito de violación de secreto". El especialista afirma que no conoce jurisprudencia nacional que se haya expedido en concreto sobre el caso aunque, desde su perspectiva, "la red inalámbrica puede considerarse una cosa (en los términos del Código Civil) susceptible de desapoderamiento y, en consecuencia, la acción encuadra en el tipo penal del hurto aunque sólo se utilice la red para navegar".
Una alternativa
"La idea de Fon empezó con uno de mis viajes a París, cuando buscaba conectarme a alguna señal Wi-Fi. Había un montón pero todas estaban cerradas con contraseña y no pude conectarme a ninguna. Además en esa época tuve que pagar una factura impresionante de roaming por navegar con mi teléfono -cuenta Martín Varsavsky, un empresario argentino radicado en España, que creó hace más de diez años esta comunidad Wi-Fi-. "Me pregunté por qué la gente no comparte su señal Wi-Fi y qué habría que hacer para que todos la abrieran a los demás. Entonces pensé que habría que ofrecer algo a cambio, y la respuesta que se me ocurrió fue que si das algo de tu conexión a los demás, también vas a recibir conexión a cambio, pero por todo el mundo".
Cada uno de los integrantes de esta comunidad, denominado "fonero", accede a compartir una porción de su ancho de banda a cambio de poder conectarse a otras conexiones compartidas por otros. Además, la promesa de Fon es echar por tierra los dos inconvenientes que más preocupan a los que socializan conexión. Según explica Varsavsky, se comparte sólo una porción de la banda ancha, "por lo que la velocidad a la que el usuario sigue navegando no se ve notablemente reducida". Y en cuanto a la seguridad, nota que la Fonera (un router especial que ofrece esta compañía y que permite ganar una suma de dinero cuando se comparte el acceso) separa la señal en dos, una con SSID (el nombre de una red inalámbrica) público y otra con uno privado. En este sentido, "si decides compartir tu contraseña con tus amigos, ellos tienen acceso a toda tu señal; con Fon es distinto ya que la señal se separa en dos y se mantiene privada mientras tú navegas. El resto de los usuarios se conecta a la señal que compartes (la que tiene SSID público), pero no tiene acceso a la tuya", cuenta.
Hoy hay disponibles más de 18 millones de accesos Fon en el mundo, principalmente en países de Europa, aunque Varsavsky cuenta a LA NACION que están en la búsqueda de un socio comercial que permita a esta comunidad hacer pie en la Argentina.
Sugerencias básicas para una conexión segura
Desde el router
Siempre conviene, antes que nada, cambiar el nombre predeterminado de la red y la contraseña de acceso a la configuración
Cifrar la información
¿Cómo se hace? Desde la página de configuración del router hay que desactivar la opción "Wi-Fi Protected Setup" y utilizar WPA/WPA2
Una huella
Una práctica más avanzada es establecer un listado de permisos al activar el filtrado por dirección MAC (una huella que identifica cada dispositivo); también desactivar la difusión del nombre de la red y la actualización del firmware del router





