
Con amigos argentinos y fama de mujeriego
Jack estuvo dos semanas en Córdoba, donde festejó su 24° cumpleaños, y las malas lenguas le atribuyen un romance que cartas preservadas en la JFK Library and Museum parecen confirmar
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Entre el 26 de mayo y el 10 de junio de 1941, John F. Kennedy estuvo en la Argentina, en una estancia en Ascochinga, Córdoba. Venía de un viaje de dos meses por otros países de América del Sur, última aventura de juventud tras graduarse en Harvard y antes de ingresar a la armada y, más tarde, la política. Buenmozo y millonario, era aún un joven ignoto, por eso no es fácil seguir una huella rigurosa de su itinerario. Como sugeriría Alejandro Dumas, cherchez la femme: la pista llegó a través de unas cartas que Stella Baby Cárcano le enviara meses después de su visita y que se conservan en la biblioteca oficial sobre JFK en Boston. La familia Cárcano se movía en el mismo círculo diplomático europeo que su padre Joseph. Kennedy los conoció durante la asunción del papa Pio XII en marzo de 1939 en Roma. Y la relación de cariño y amistad entre el chico americano y Miguel Ángel Cárcano –abogado, diputado nacional, historiador, periodista y entonces embajador argentino en Londres– y sus hijos, Stella, Ana Inés Chiquita y Michael duraría por el resto de su vida.
En la estancia San Miguel, Jack pasó su cumpleaños número 24. Fueron días relajados entre asados, cabalgatas, misas en la capilla del Sagrado Corazón de Jesús –donde una placa de mármol recuerda su paso– y clases de tango que le daba Baby y que él tomaba divertido, vistiendo una extraña combinación de bombachas de campo, alpargatas blancas y campera militar. Las malas lenguas les atribuyen un romance, que el tono de las notas digitalizadas y archivadas en la categoría Papeles personales/Amigos de la JFK Library and Museum no haría más que confirmar. Ella comienza una enviada desde San Miguel el 2 de febrero del 42: "My love: te escribo porque he estado pensando en ti y recordando los viejos buenos tiempos…." Sigue con detalles domésticos y luego agrega: "En cuanto a mí, todavía me estoy comportando, pero no le encuentro el sentido si por lo que veo no vas a volver más, como me lo habías prometido. Ocho meses han pasado". Y la firma: "Todo mi amor: Baby".
Stella y su entorno siempre negaron el romance. Cuidadosa del bajo perfil, se mostró muy contrariada cuando la biblioteca incluyó sus líneas tan personales en el inventario epistolar del ex presidente. Alguien cercano, que pidió reserva, cuenta: "Era correspondencia privada escrita en un contexto desconocido para cualquiera que hoy pueda acceder a ella y sacar conclusiones desde la fantasía". La misma fuente agrega que Baby "era muy pizpireta y alegre, un poquito frívola si querés" y da a entender que sólo en el marco de ese carácter jovial podrían interpretarse esas líneas: "No como un reclamo de amor, sino de bromas y cachondeo entre dos jóvenes bellos y afortunados en la plenitud de sus vidas".
La mujer se casó con el vizconde de Dudley, William Humble David Ward, y ostentó desde entonces el título de vizcondesa. Hoy tiene 98 años, dicen que llevados con lucidez, sentido del humor y una salud envidiable para su edad.
En cuanto a Jack, los Cárcano, divertidos, siempre estuvieron al tanto de su condición de mujeriego. En una carta, su amigo Michael le pide que reciba a una cuñada que planeaba pasar una temporada en EE.UU.: "Le di una idea estupenda sobre lo importante y casanova que eres, así que no me decepciones. Estoy seguro de que te lo pasarás muy bien con ella, sabiendo cuánto te gustan las chicas bellas e inteligentes". Baby también le reprochó alguna vez "el comportamiento casanova de los Kennedy".
Fantasía y especulaciones al margen, lo que los Cárcano conservaron durante décadas fue el recuerdo de una amistad noble con ese joven con gran potencial. Miguel Ángel le decía de forma profética: "Si querés ser un buen presidente, tenés que leer mucha historia", consejo que JFK siguió a rajatabla. La señora Cárcano le mandaba largos correos a su marido en Londres contándole lo impresionada que estaba por el nivel de las charlas que mantenía con el americano.
En abril del 66, Jackeline Kennedy viajó a la Argentina para conocer el lugar del que su marido siempre le había hablado. Vino con sus hijos John John y Caroline. Durante ocho días preservados en secreto, se alojó en la estancia San Miguel de Córdoba. Llegó con custodia y como único acto social recibió la visita de alumnos y maestros de la escuela María Josefa Bustos, que le regalaron un juego de mate con bombilla en plata con incrustaciones de oro. Recorrió la iglesia en la que su marido había escuchado misa, cabalgó y comió asado lejos de toda formalidad y protocolo. Más hermético aún fue el paso por el lugar de Caroline Kennedy, su marido Ed Schlossberg y sus tres hijos, hace pocos años. Cuentan allegados a los Cárcano que la relación con la hija mayor de JFK es lejana, pero aún cariñosa.
En esos días de 1941, Kennedy habría estado también en el campo del artista Florencio Molina Campos.






