Con el debido respeto, señorita

Jennie Howard
Jennie Howard Crédito: Historical Images of Framingham State University
Gloria Casañas
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27 de febrero de 2019  • 00:31

La "señorita" Jennie Howard, que ya peinaba canas entre sus apretados rizos, interrumpió su tarea y miró por sobre la montura de sus lentes al recién llegado. En el colegio no había quien no la conociera, y a menudo se veía en dificultades para alcanzar su despacho de Regente debido a las muestras de cariño que acompañaban su andar. Desde que se hizo cargo de la Escuela Normal, luego de brindar su saber y aplicar su voluntad en otras escuelas de la República Argentina, San Nicolás de los Arroyos era su hogar.

  • -Creo que ha llegado la respuesta que esperaba.

Había un resabio de tristeza en el anuncio que le traía aquel alumno, al que ella había conocido desde los pupitres de los cursos de aplicación.

Jennie supo que se trataba de su pedido de jubilación extraordinaria. Lo demoró tanto como pudo, pero su voz ya no soportaba el rigor del oficio, ni siquiera ahora que lo limitaba a la dirección del colegio.

  • -Quise ser yo el que le diese la noticia, porque así…-y la voz varonil se quebró al traicionar el cariño que sentía por su maestra.
  • -Siéntese, Lorenzo.

Ella recordaba sus nombres, sus travesuras, y hasta algún que otro entuerto amoroso de los mayores. Todos los recuerdos de una vida entre pizarrones, borradores, carpetas y vigilias pasaron ante ella. Frotó los lentes con su pañuelito de encaje para darse tiempo de aclarar las lágrimas que empañaron su mirada. Lorenzo siguió con la suya los movimientos pausados de la maestra que era el alma del colegio. Serena y enérgica, justa y amable, él abrazó el oficio de maestro para ser como ella. Sus padres habían acudido en persona para agradecer a la señorita Howard el ejemplo señero dado al hijo. ¡Un maestro en la familia! Estaban orgullosos.

  • -Quería preguntarle, con el debido respeto, si cuando dé mis prácticas…

Ella sabía de antemano lo que él diría. Eran sus primeras clases como maestro, y anhelaba su aprobación. Temía que el retiro de la Regente le impidiese ese veredicto final. Jennie no sería Jennie si se marchase del colegio sin más, como quien cierra la puerta de una vieja casa. ¡Quedaba mucho por hacer! Mientras se preparaba para la nueva etapa que la aguardaba, su cabeza imaginó cientos de formas de continuar con lo que mejor sabía: enseñar. Se es maestro hasta el fin, casi como una condena.

  • -Pierda cuidado, que tendrá mis críticas –le dijo con tono afable, el que usaba cuando revestía de seriedad un asunto que la divertía.

La sonrisa masculina, de oreja a oreja, fue su mayor premio.

  • -¡Gracias, señorita! Yo…-y de nuevo el inoportuno nudo en la garganta.
  • -Usted debe cuidarse, Lorenzo, para que no le ocurra como a mí, que ya casi no puedo hablar. Sospecho que los nuevos cursos le darán bastante trabajo. ¿Cuándo es su clase?
  • -La semana entrante.
  • -Pues allí estaré, aunque sea muda.

El joven se incorporó, henchido de gratitud, y cuando se encaminaba hacia la puerta del despacho, la señorita Howard lo sorprendió aún más:

  • -Y lo espero al día siguiente en mi casa para tomar el té. Ya somos colegas, Lorenzo.

Aquél fue el día más dichoso del flamante maestro.

(Nota de la autora: Jennie Howard, recibida en la Escuela Normal de Framingham, Massachusetts, fue una de las maestras más queridas entre las que vinieron cobijadas por el plan educativo del presidente Domingo Faustino Sarmiento. Después de jubilarse se radicó en Buenos Aires, donde falleció en 1933, a los 89 años, en medio de grandes y prolongadas muestras de respeto y cariño)

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