
Con la sagacidad del lobo
Por Eduardo Tarnassi Para LA NACION
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La semana última explicamos cuál era el sistema organizativo interno de la jauría en la sociedad de los lobos. Comentamos también que los científicos denominaban a cada uno de sus integrantes empleando letras del alfabeto griego: el jefe es identificado como alfa y, de ahí en más, se llega a omega, letra con la cual se designa al más débil del grupo.
Pero, ¿quién es alfa en ese grupo complejo? ¿El que se muestra más erguido, con la cola más parada y la musculatura bien marcada? No sólo eso. Es quien establece las leyes de funcionamiento del grupo, a tal punto que sólo él decide quién se puede reproducir y quién no.
Establecidas de ese modo las jerarquías, los lobos entienden los deseos de su jefe a través de toda su gestualidad. Planteadas así las cosas, no existe la violencia entre ellos: los que ocupan los estratos superiores de esa sociedad animal no abusan de quienes deben obedecer, salvo cuando de defender los cachorros se trata o si llega a escasear la comida.
En la jauría siempre existe algún grado de parentesco: algo similar a lo que ocurre en la familia humana, en la que se da una estructura de autoridad relativamente semejante.
Fundamentalmente, eso explicaría por qué los cánidos fueron los primeros animales domesticados por el hombre. Dicho de otra manera, los lobos encontraron ciertos parecidos en la forma de vida de los seres humanos, y eso habría hecho posible la convivencia.
A partir de un razonamiento semejante, la naturalista norteamericana Jean Craighead George sostiene que los cánidos se comunican entre sí del mismo modo que lo hacen con nosotros, de lo que surge que si uno comprende lo que dicen, puede contestarles.
Según su teoría, el humano es alfa para su perro, aun cuando éste lo fuera entre sus semejantes. Cuando el animal se porta mal, automáticamente el hombre se yergue y lo mira amenazante, tal como lo haría el jefe de la jauría. Seguramente el can se echará panza arriba, exactamente igual a como actuaría un omega.
"El perro -afirma la estudiosa- brinda al humano alfa y su familia todo el amor y el respeto que el lobo da a su jefe en la jauría." Los lobos, como los humanos en general, son padres diligentes aunque severos. Las hembras, que nunca muerden a sus cachorros, los disciplinan con gestos como el de apoyar una pata sobre el lomo del transgresor. Ese instinto atávico sería la razón por la cual el perro casero comprende determinados gestos de su dueño.
La doctora Craighead George sostiene que "una característica del alfa es que no tiene que luchar por su posición; por eso, el amo no tiene que pelear con su perro para que le obedezca. La obligación de un alfa es enseñar".
Todo lo expuesto hasta aquí permite deducir que entre los cánidos no existe el trato democrático. Podríamos afirmar que su conducta está orientada a seguir las indicaciones del jefe como camino para sentirse feliz.
En síntesis, explicar la correlación de papeles entre el amo y su perro sirve para afirmar que un perro bien educado está siempre alerta, por cuanto cumple las leyes de la naturaleza.
La combinación de gestos, expresiones faciales, miradas y órdenes verbales es comprensible para él porque ese mismo lenguaje empleó su madre para educarlo en los inicios de su existencia. Y, a la inversa, cuando mueve alegremente la cola, la mete entre las patas, ladra o gime, está queriendo decir algo que, por lo general, es fácilmente comprensible.






